11 mar 2013

El hombre al que todos envidian

Es el hombre al que todos envidian. Joven y guapo. Carismático y atractivo. Triunfador y buen amante.
Luce elegante su indumentaria moderna. Cualquier trapo le sienta como un guante. Apoyado en la barra, disfruta un sabroso cóctel mientras departe, displicente, con los amigos que han hallado en su compañía la suerte de aquella noche.
Pero Él espera, sencillamente espera, a que una de las damas que se codean en el bar desfallezca ante sus encantos y se acerque para conocerle, charlar, quizá bailar y, en todo caso, enamorarse por una noche.
Tácitamente, se ha bajado la cremallera y ha extraído su codiciado pene tan digno de adulación. Es como si se lo estuviera sacudiendo mientras emite hipnótica testosterona.
¿Sabes que te digo, tío? Que estoy hasta los cojones de ti y de tu careta de palurdo y te juro por dios que no tengo nada que perder y cualquier noche te pego un tiro entre ceja y ceja y abur tu vida perfecta. Hijo de la gran puta.    

6 mar 2013

Secreto de madre

Siempre fue una niña curiosa, y curiosa fue de adolescente y lo era ahora de adulta que tenía cabeza y corazón para comprender un poco de la vida y aprender de las piedras con que tropezaba.
Por eso sabía que había secretos que era mejor guardarse, mas cuando descubrió, en uno de sus arrebatos de curiosidad, una carta en la mesilla de noche de su madre, se preguntó si se había equivocado en dictaminar quién era el malo o la víctima, de aquel melodrama que se hacía llamar familia y que no eran más que ella y sus dos padres discutiendo día sí día también, o guardándose mutua ignorancia, o dibujando malas caras que no hacían sino convencerla de que aquello del amor para toda la vida no era cosa más que de cuentos y películas estúpidas.
La carta llevaba fecha de hacía unos días y, bajo el oportuno encabezado, rezaba así:
«¿Acaso crees que me he olvidado de ti? Dime, ¿acaso lo crees? Puede que sí, o mejor dicho, puede que digas que sí o que quieras creer que sí. Pero muy en el fondo, o quizá no tan abajo, sabes que no, que ni por asomo. Sencillamente, me es imposible, lo he intentado, me he refugiado en otras, he buscado sustituirte, me he casado, de hecho ¡sigo casado! Viviendo una vida que no me corresponde, disimulando una tranquilidad y una felicidad que no hacen sino incrementar mi desasosiego y mi frustración. Porque la vida pasa y no logro apartarte de mi cabeza y dejar de preguntarme qué hubiera pasado si… o cómo llegamos o esto… o por qué tú y yo no estamos juntos.
Me hace llorar. Lloro por dentro como jamás he llorado, por haberme dejado conducir por una vida que nunca quise y nunca quiero, teniendo tan cerca la única que realmente siempre he deseado y deseo. Lloro por dentro porque la vida es corta y temo que nuestro tiempo ha pasado para siempre. Lloro por dentro pero temo llorar por fuera más pronto que tarde y entonces se descubra mi verdad y eche a perder no sólo mi vida, ya perdida, sino la de mi mujer y mis hijos. ¿Qué dirían si descubriesen que su padre no es más que un farsante? ¿Con qué cara miraría a mis hijos, dios sabe que son lo que más quiero, si supiesen que no son fruto del amor verdadero, sino del cariño conformista por una persona que jamás ha sido ni será esa persona?
Que jamás será tú.
Lloro por dentro y ahora mismo lloro por fuera, aprovechando mi soledad para desahogarme de la única manera que sé. Escribiéndote. Lloro pero soy feliz sabiendo que en estos momentos amargos al menos enfoco mi vida, aunque sólo sea con el simple acto de escribir una carta, hacia donde apunta mi felicidad. Mi única felicidad. Sabiendo que enseguida tendrás algo mío en tus manos, que también tú te refugiarás de los tuyos para entregarte por unos instantes a mí.
Me pregunto qué pensarás entonces. Si esto es una locura. Si debería dejar de escribirte. Si debería pedir ayuda. Si tú misma deberías dejar de contestarme para no dar pábulo a mi imaginación y, por tanto, a mi frustración. Pero quiero pensar que no, que también algo de lo mío hay dentro de ti. Lo noté desde el primer momento, ¿recuerdas? La primera vez que nos vimos, rodeados en la manifestación de toda aquella gente que no dejaba de gritar e insultarse unos a otros. No, sé que no lo olvidas porque aquel día tan triste para todos no lo fue para nosotros. Conectamos. Se sabía en las miradas, en los gestos, en las pocas palabras que pudimos dirigirnos solamente para asegurar nuestro contacto en un futuro.
Pero claro, yo llegué tarde y tú ya conocías al que sería tu marido. Quizá estabas enamorada entonces, o eso me jurabas, y quizá lo sigas estando hoy en día, pero sé que algo consigo despertar en ti y eso me mantiene vivo y desesperado.
Me despido ya, porque enseguida dejaré de estar solo. Ella entrará en casa y debo borrar todas las huellas, incluidas mis lágrimas y mi mala cara, que la hagan sospechar. Lamento el tono amargo de estas líneas, pero sé que una de las cosas que te gusta de mí es que desnudo mis sentimientos y me presento como un hombre íntegro y sincero. Y a mí me gusta que te guste.
Siempre tuyo.»
 Dobló la carta y la guardó en su sitio. Paralizada, primero sintió rabia y luego le invadió una extraña sensación de injusticia. Injusticia porque año y medio atrás había descubierto a su padre besándose con una compañera de oficina en una cafetería. Él la vio también y salió tras ella, deteniéndola e implorándole que mantuviera aquel secreto, que se había equivocado y jamás volvería a suceder. Se trataba, según él, de una vieja amiga que había aparecido en el momento justo, cuando él y su madre pasaban una mala etapa.
Ella accedió y se lo guardó, pero siempre sospechó que aquella relación ni se había limitado a un simple beso ni a un solo encuentro. De hecho creía que seguía engañándola hoy en día.
Y mientras, su madre habla con un desconocido de amores platónicos…
Se pregunta qué ejemplo seguir, si el de la infidelidad o el de la estupidez. Lo único que tiene claro es que, efectivamente, eso del amor para toda la vida es cosa de cuentos y películas estúpidas.

2 mar 2013

Coruña 21

Iba a contarlo en plan testamentario, el sábado pasado, tipo «Aviso a navegantes. Mañana puede que me muera y esta es la lista de mis posesiones y de las personas que quiero que la custodien: […]». Pero no. Al final me dio una pereza de la hostia y, joder, estoy bastante ocupado y no saco todo el tiempo que quisiera para esto. ¡Claro que no!
Así que aquí llego, siete días después (unos cuantos más desde la última vez que me digné a escribir), para relataros mi luctuosa y, a estos efectos, ineficaz jornada.
Se trataba de una carrera a las diez de la mañana, con un frío aquellos días que acojonaba sólo el pensar que yo debería ponerme en manga corta y pantalón corto para realizar una actividad bastante masoquista. Pero así soy, medio masoca, y estaba decidido a completar la media maratón (veintiún kilómetros con noventa y siete metros), en un tiempo bastante digno, y sentirme así no una persona estupenda, pero sí menos digna de ser expectorada por todos los santos del cielo.
Me había preparado desde semanas atrás, jodiéndome ligeramente el pie y la rodilla sólo lo justo para que me dijese a mí mismo: sí, aún puedes. Y cuando llegó el domingo por la mañana y me desperté a las ocho y desayuné mi tazón de cereales y mi zumo de naranja, sólo tuve que concentrarme en cagar, no fuera que me viniesen las ganas en medio de la carrera, y no os lo creáis pero… ¡lo conseguí! Justo antes de salir de casa. Todo emocionado… era el empujoncito que necesitaba para llegar motivado.
Y cuando me bajé del coche y, aunque llovía, comprobé que precisamente gracias al agua el frío no era tanto, la motivación fue casi total. Y digo casi porque joder… son veintiún kilómetros, que no es ninguna coña. En cualquier momento me podía dar una pájara y hasta luego Lucas. Por eso los nervios volvieron justo antes del pistoletazo inicial; por suerte, sin nada que soltar desde el intestino grueso.
Empezó. No voy a pararme a perder el tiempo en explicaros los pormenores del circuito y la carrera. Sólo diré que eran tres vueltas a lo mismo, todo en llano, y estábamos apuntados unos mil trescientos y pico.
En cuanto a sensaciones, pues fui controlando al principio, pensando en todo lo que me quedaba aún para terminar. A medio camino creí que la rodilla y, sobre todo, el pie, me jugarían una mala pasada, pero no, medio se anestesiaron como por arte de magia, y pude hacer una última vuelta bastante rápida, llegando a meta casi esprintando. El tiempo, hora treinta y nueve. Puedo estar orgulloso, ciertamente.
Después, al ropero, a estirar un millón de años, a comer y beber lo que te regalan, a la ducha, etcétera. Lo que no sé es si llegué a sentirme mejor persona, porque toda la tarde me la pasé tirado en cama: no podía moverme. Sí, me sentía mejor persona, sin duda.
Lo dicho, que soy masoca. Por eso repetiré.

19 feb 2013

Mi amigo el coco

Os voy a contar una historieta.
Sucedió cuando tenía pocos años, cuatro o cinco a lo sumo, y es de los primeros recuerdos de que soy consciente, entenderéis por qué.
Cada noche, cuando me iba a dormir, después del obligado beso en  la mejilla a mis padres y mi hermana mayor, uno de ellos, normalmente mi padre, se acercaba a la habitación para comprobar si estaban las luces apagadas, si estaba bien tapado, etcétera. Y como acababa de despedirme de ellos y por tanto no me había dormido todavía, rara era la vez en que no me cantaba la famosa rima: «Duérmete niño… duérmete ya… que viene el coco y te comerá».
Así noche tras noche, con el coco a vueltas. Al principio no le daba demasiada importancia a la letra. Me conformaba con el ritmo pegadizo y somnoliento de la canción para dejarme engañar y dormirme más rápidamente. Pero pronto adquirí cierta conciencia y analicé la frase. Y la conclusión fue la misma que la de la mayoría, supongo, a poco que se piense: ¿quién cojones podía dormirse sabiendo que un monstruo horrible esperaba para nada menos que comernos?
Es difícil, eh, no os creáis, convivir con la idea de que una bestia aguarda tras la puerta para, en cuanto las luces se apaguen, ¡zas! Me lo imaginaba de dos maneras. Una, entrando sigilosamente mientras yo mantenía los ojos cerrados, con un rato por delante todavía sin dormir, pero ¡intentándolo! ¡lo juro! Entonces, sin hacer ruido, empezaba a notar cómo algo se movía entre mis pies y abría los ojos y ¡allí estaba! Devorándome de abajo arriba, con la mitad de mis piernas en sus fauces, como si fuera una serpiente que se come un cervatillo. La batalla se desataba y, cuando mis padres llegaban, yo ya estaba en el estómago del coco atacado por sus ácidos mortales. La segunda manera era más macabra. El coco entraba sin sigilo alguno, rugiendo y lanzando zarpazos, y yo, del acojone, no tenía tiempo ni de reaccionar y dejaba que me tajase por todas partes hasta que me desangraba y podía proceder al banquete.
Bonito, ¿verdad?
Pero no os preocupéis porque reaccioné. Harto de amargas horas en vela sin que, afortunadamente, el coco hiciese su letal aparición, una noche decidí pasarla entera sin pegar ojo para esperarle. Pensé que si no aparecía así entonces es que no existía. Así que apagué las luces (porque supuse que así es como le gustaba, a oscuras, para dar más miedo), y clavé los ojos en la rendija de la puerta que permanecía entreabierta. No sucedía nada y yo bostezaba. Me daba bofetadas para no dormirme porque debía aguantar. Me costaba mucho y creí rendirme y hasta eché alguna cabezadita. Pero lo conseguí. Aguanté heroicamente cinco o seis horas cuando al fin hubo movimiento.
Se escucharon unos pasos en el pasillo que se detuvieron justo tras la puerta. Se me pusieron de corbata. Entonces la puerta se abrió y vi su silueta. Era una cosa de más de dos metros y peluda, con unas zarpas en las manos y los pies que metían miedo. Una especie de hombre lobo muy chungo. Venía jadeando.
—Quizá siga sin funcionar el ascensor –pensé.
La cosa entró y lanzó un tímido rugido, jadeante todavía.
—Grrrr…
—Hola…
—Grrrrrrrrrrrrr –no le gustó mi saludo.
—¿Qué quieres?
—¿Tú qué crees? –pensé que debía de ser gallego como yo porque mi padre decía que los gallegos muchas veces contestábamos a una pregunta con otra pregunta.
—Ah, sí. Comerme.
—Exacto. ¡Mira qué listo!
Se acercó un poco y pude verle la cara. Era feo con ganas y babeaba entre sus colmillos que le sobresalían de la boca. También tenía sangre entre los pelos. Seguramente venía de comerse unos cuantos insomnes infelices.
—Saco muy buenas notas –dije, al sentirlo cerca.
—A mí eso no me importa.
—Es que como dijiste que era muy listo.
—Sí, pero no duermes, en eso tienes un suspenso.
—Lo hice aposta.
—¿Ah sí? ¿Qué quieres, provocarme?
—No.
—Pues lo parece, chaval, ¿entonces por qué no dormías?
—Quería conocerte.
—¡Ja! ¿Conocerme?
—Sí.
—¿Conocerme? ¿Conocer a un monstruo? ¿Para qué querría un niño conocer a un monstruo que se como niños, eh?
—No estaba seguro de si existías.
—¡Cómo! ¿Quién puede dudar de mi existencia, eh? ¿Acaso tu papá no te cantaba la canción: Duérmete niño, duérmete ya…?
—Sí, pero… creí que sería para que me durmiese pronto, nada más.
—Pues ya ves, chaval, no te han mentido.
—Ya, ya veo.
—Aunque he de reconocer que eres valiente, ¿sabes?
—No sé. Puede ser.
—Sí, eres valiente. Quedarte despierto esperando al monstruo. Muy digno, sin duda.
Se rascó la barbilla como pensando qué hacer. Lanzaba tímidos gruñidos y daba pasitos de un lado a otro.
—Seré valiente –dije–, pero de poco me servirá, ¿verdad?
—¿A qué te refieres?
—Bueno, que supongo que me comerás de todas formas.
—Hummm…
Levantó las sábanas y me miró de arriba abajo. Incluso una de sus garras rozó mi pecho. ¡Estaba muy afilada!
—Eres una tentación, lo reconozco. Hoy ya me he comido unos cuantos como tú y…
—Como yo, ¿cómo?
—Así, delgaditos, de buen porte. Con pinta de espabilados. Y de verdad… una exquisitez.
—¿Y no estás harto?
Gruñó.
—¡Soy el coco! ¡Jamás me harto! Jamás, ¿entiendes?
—Sí, sí, pero…
—Ahora, a callar. Pero te has ganado dos cosas. Una, que haré que no sufras. Te lo prometo. Y dos, que puedes decir unas últimas palabras, o escribirlas incluso. Piénsalas unos segundos.
Pensé. Él daba vueltas. No parecía nervioso. Era como si fuese su último trabajo de la noche.
—Lo tengo –dije.
—Muy bien. Adelante.
—Quiero ofrecerte un trato.
—¡Ja! Tú estás chalado. Ofrecerle un trato al coco. Menuda forma de desaprovechar tus últimas palabras. Grrrrrr….
—Espera, aún no me has escuchado.
—Grrrr. Salió pesadito el niño… tienes un minuto, ¿me oyes?
—Sí, sí, un minuto. Te ofrezco casa.
—¿Perdón?
—Sí, te ofrezco casa.
—Soy el coco, chaval, yo no tengo casa.
—¡Por eso mismo! Te ofrezco que te quedes aquí, viviendo en esta habitación. Sólo tendrías que esconderte en el armario las horas que mis padres estén, porque seguro que no les hace mucha gracia que rondes por aquí. Pero no te preocupes, que no suelen pasar mucho tiempo en casa. Entonces podrías salir y andar por la casa o incluso ir a la calle.
—¿Y de qué me alimentaría?
—Todos los martes hay pescado y todos los jueves verdura. Yo los odio. Me las apañaré para traértelo. Y el resto de días te traería las sobras. Piénsalo, cansa siempre comer niños, ¿no crees?
No dijo nada. Farfullaba para sí mismo y lanzaba algún que otro improperio. Estuvo así un rato, pensando y pensando.
—Apúrate –le dije–, está amaneciendo y se despertarán mis padres.
—Ya, ya.
—Piénsalo. Comida y alojamiento gratis. Y por las noches podríamos hablar de vez en cuando.
Pasaron unos pocos minutos. Yo incluso fui al baño a hacer pis.
—Trato hecho –dijo.
—¡Trato hecho!
Iba a ofrecerle mi mano para cerrar el trato pero no tuve tiempo. A toda prisa abrió las puertas del armario, se coló entre la ropa de invierno al fondo y se echó a dormir. Roncaba como un viejo pero con las puertas cerradas apenas se le escuchaba.
A partir del día siguiente debía tener cuidado. Le dije a mi madre que tenía edad suficiente como para ocuparme de alguna responsabilidad, y le pedí que me dejara encargarme de mi armario. Ella aceptó y así evité sospechas. Olía toda mi ropa un poco mal, como a orco, pero han pasado veintipico años y ahí sigue mi coco. Durmiendo en el armario y comiendo mis sobras. Y tiene buena conversación, no os creáis.
Pobre, no sé qué será de él el día que me independice.

Menuda gilipollez.

16 feb 2013

Donde nunca pasaba nada

Érase un mundo donde nunca pasaba nada. La gente hacía sus vidas; algunos se consideraban felices y otros tremendamente desdichados. Se diferenciaban sólo en su conformismo, porque todos opinaban en que allí jamás sucedía nada que animase su existencia.
Vivía entre los desdichados un joven escritor dispuesto a cambiar el mundo desde su pluma. Tal era su arrojo y su convicción que lo dejó todo para dedicarse a las letras, y tomó con entusiasmo un  puñado de folios en blanco y se encerró para inspirarse y sacar a la luz una gran historia.
Le haré ver a esta gente que éste triste mundo tiene también algo que decirnos, se dijo. Y con esa idea empezó a trabajar. Pensó y pensó y los días pasaron, y cuando se quiso dar cuenta había terminado pero en lugar de una gran historia todo lo que logró escribir fue este triste microrrelato.