5 nov 2015

La paradoja del pajillero

Simón había sido un voraz pajillero. Todo un profesional de la zambomba. Salido como un bonobo y follador de pascuas en mayo.
Conoció a Rebeca. La amiga de la novia de un amigo. Se gustaron, quedaron unas cuantas veces, se enrollaron y, ¡tachán!, se hicieron novios. La primera pareja de Simón a sus treinta y cuatro primaveras.
Al principio todo fue de color de rosas. Cines, cenas, compras, recaditos, paseos por el parque, paseos por la playa, paseos por el monte, escapadas de fin de semana y sobre todo, follar y follar y follar como si no hubiera mañana. En hoteles, en el coche, en casita cuando estaban solos, en casita cuando papá o mamá dormían en la otra habitación, etcétera. Se pasaron la vida inundando de gemidos, lamparones, condones usados y hediondos clínex todo cuanto sitio medianamente íntimo se toparon.
El caso es que Simón no podía ser más feliz. ¡Por fin se olvidó de sus pajas! Si notaba ardores ahí abajo sólo tenía que llamar a Rebeca y descargar. En el peor de los casos ella estaba de regla y tenía que esperar uno o dos días, un tiempo irrisorio para Simón. Sólo en sus mejores sueños había igualado su realidad: una realidad de fantasías que hasta entonces sólo encontraban salida encerrado en el baño en un triste cinco para uno.
Mas el paso del tiempo trajo también los avatares propios de una relación madura: planes de futuro, moderación de la pasión y discusiones. Hablaban demasiado aún cuando no tenían nada nuevo que contarse. Las cosas se hacían por hacer. Cada uno tiraba por su lado.
Aunque jodían habitualmente y con toda naturalidad, el sexo terminó siendo lo único salvable de una relación que se apagaba.
Simón asumió el nuevo escenario. Siempre sería mejor aguantar el chaparrón y meterla de vez en cuando que condenarse a incontables años de pajas a diario. Mientras, Rebeca creyó siempre en el amor subyacente bajo aquella nefasta realidad, y vivió soñando que la felicidad resurgiría como por arte de magia.
Pero la felicidad nunca resurgió, y por imposible que pareciese, el sexo terminó por resentirse. Los polvos eran escasos en cuantía y parcos en placer. Correrse dentro del preservativo era para Simón como lavar los cacharros después de comer o limpiarse el culo tras cagar: un acto rutinario e ineludible, hasta que un buen día no pudo más y, después de decirle a Rebeca que tenían que hablar y dar un par de rodeos, soltó la frase que pondría fin a aquella tormentosa relación:
—Echo de menos las pajas.

31 oct 2015

Plan de vida de una noche

Un buen día José Manuel concluyó que ya había recibido suficientes palos de la vida. ¿Qué más jodiendas podía esperar de Dios Nuestro Señor? Tres divorcios y tres negocios a la ruina metían en el alcohol a cualquiera.
Mientras le daba al trinque construyó su gran plan. Sería un pelotazo. El pelotazo definitivo. Luego, a vivir como un puto rajá.
Setenta y cinco millones de euros. Ese era el bote de la primitiva que se sorteaba aquel sábado.
José Manuel invirtió tres mil euros, casi todos sus ahorros, en el sorteo. Unas cuantas apuestas múltiples y combinaciones sueltas con sus números de la suerte. Lo tenía todo estudiado. Aunque no se llevase el bote, era casi imposible que no recuperase la inversión y, a poco que le sonriera la suerte, ganase dinero. A José Manuel se le daba muy bien la estadística.
Esperó ansioso el sorteo. No bebió aquel día, ni siquiera cuando empezaron a salir las bolas por la pantalla de la televisión.
Dos minutos después tenía el resultado. No le tocó nada. Bueno, sí, dos de tres y algún reintegro. No más de treinta euros. ¿Qué probabilidades había de eso?
Estaba arruinado. Triste y arruinado. Dios Nuestro Señor había reservado para él una última jugarreta. Salvo milagro, moriría pobre.
Se levantó y abrió el mueblecito del comedor. Había buenas botellas allí. Escogió una y se sirvió algo. Era un buen momento para beber. ¿Qué otra cosa se puede hacer cuando tu plan de vida se va al garete?   

25 oct 2015

No hay amor para Carmela

De un trago, Carmela se bebió un tercio de su Eristoff Black. Estaba borracha. Era un sábado por la noche y estaba muy muy borracha.
Su intención no fue nunca terminar así. El alcohol debía haber sido un pequeño empujón; nada más. Se había puesto su vestido negro nuevo, ese por el que pagó un poco más de lo que siendo razonable se podía permitir. Se había maquillado siguiendo los consejos de una blogger profesional, con un resultado, desde su punto de vista, difícil de mejorar. Se había mentalizado de que estaba guapa y de que, ¿por qué no?, aquella iba a ser una buena noche.
Se encerró en el baño y, después de mear por cuarta o quinta vez, rompió a llorar delante del espejo que reflejaba el fracaso más absoluto. Se le corrió el rímel y aunque se aplicó unas toallitas casi milagrosas, cuando salió otra vez a la acción se notaba algo raro alrededor de sus ojos.
Allí estaba, en la pista de baile, o mejor dicho, en el escaparate donde ella y las amigas se movían y se dejaban ver hasta que un tío o un grupito de tíos se les acercasen como moscas a la mierda para ver si conseguían algo.
Después de una hora y media sin detener sus pies, el resultado era el conocido: triste y borracha como una cuba, mientras alguna de sus amigas sí había conseguido ligar y, las que no, o tenían un novio al que verían a terminar la noche o parecía no importarles acabar solas porque, al fin y al cabo, ¿qué más daba una noche sin ligar si lo habían hecho lo anterior o lo harían la siguiente?
Pero no era el caso de Carmela. Carmela no ligó el finde anterior ni el anterior ni... sabe dios cual había ido el último, y no llevaba trazas de hacerlo hasta que el infierno se helase.
El motivo era sencillo. Carmela era buena persona. Amable y generosa hasta el empalago. Sería una novia complaciente y entregada; la nuera que toda madre desea.
Un encanto de chavala.
Pero todo eso no sirve de nada cuando pesas quince quilos de más, cuando tu cara no es del todo agradable, tus piernas parecen un embudo y ni siquiera las tetas van acorde con el restante exceso de masa. Le gustó mucho el dulce durante la adolescencia y nunca fue ella de hacer deporte, y ahora era demasiado tarde para cambiar. Las dietas exprés de nada valían. Ella nunca sería Bar Refaeli o Sara Carbonero. Di Caprio o Casillas jamás se fijarían en la buena de Carmela.
Pertrechada con otro Eristoff Black, se movió ridículamente y trató de ser una más del grupo, aunque ella jamás sería una más. Nunca las miradas de uno de esos chicos irían dirigidas a Carmela.
Por eso bebió rápidamente. Era beber o pensar. Y si pensaba lloraba. Y estaba hasta el coño de llorar.
Además la bebida era su última esperanza. La esperanza para bajar el listón y aceptar ser follada por un chico horrible y desesperado como ella. Si el príncipe azul no aparecía —y no tenía por qué aparecer jamás—, al menos podría encontrar el amor de la forma a la que aspiraba una gorda fea y sin morbo: follando con cualquiera en cualquier pisucho o en cualquier portal o en cualquier coche y después si te he visto no me acuerdo. Y quizá mejor no haberte visto.

24 jul 2015

Un tipo infeliz

Estaba descontento. No había una razón principal para ello, pero tampoco la había para lo contrario. Era una mezcla de odio al prójimo, rabia generalizada, impotencia y aburrimiento. Ciertas cosas me proporcionaban pequeñas satisfacciones: un cubata bien hecho, pasearme en pelotas por casa; y otras muchas cosas me frustraban: una discusión de mierda, el saldo de la cuenta, las caries, los michelines que no desaparecían, el estreñimiento. Supongo que había más cosas malas que buenas. Era un tipo infeliz.
Sábado por la mañana. En el piso de arriba había niños y no paraban de gritar y arrastrar cosas. Lograron despertarme y estropear mi único día de descanso real. Desayuné fuerte, como si me lo mereciese, fregué los platos acumulados del día anterior, escuché en la radio que había un congreso del partido popular, me puse un chándal e hice la cama, procurando deshacer las minúsculas arrugas de las sábanas y mantener una simetría perfecta al colocarlas. Manías de una mente desocupada. Salí de casa.
Cinco o seis niños jugaban en los columpios. Unos tenían una maquinita y otros jugaban de verdad. Las mamás y algún papá vigilaban mientras aguantaban un abrigo o una mochila y hablaban. Eran buenos vigilantes. Parecían disfrutar de la vida.
Un tipo pasó corriendo con un perro. Era un perro grande, marrón y blanco, con la lengua por fuera pero supongo que satisfecho. Se notaba que el tío estaba también satisfecho con todo ese sudor por la camiseta. Perder calorías hace feliz a mucha gente.
Iba de camino al supermercado. Me habían hecho la lista de la compra y obedecería. Me crucé en la acera con un conocido que pasaba por allí. Me dijo que se alegraba de verme y yo le dije que yo también. Después me preguntó por el trabajo y la familia y puso cara de satisfacción cuando le dije que sin novedades y concluyó que eso significaba que de maravilla. Cuando yo le pregunté por sus asuntos me contó un par de historias de sus hijas y no sé qué rollo de una reducción de plantilla en el trabajo, y después me dio una palmadita en la espalda y se despidió con una gran sonrisa.
Entré en el súper. No me inspiran nada en particular esos sitios. Entre carros de la compra y más niños insoportables, pude observar a alguna mamá que valía la pena, pero estaban demasiado ocupadas atendiendo a sus carros y a sus niños, y tampoco me inspiraron nada especial. No eran para tanto.
Encontré las cosas. Sabía dónde estaban. Sólo tuve dudas sobre qué naranjas eran las de zumo, pero una trabajadora me dijo que todas valían así que cogí las que mejor aspecto tenían. También me costó decidirme entre los yogures. Pase por la sección de condones. Ahí me fui a los clásicos: nada de jugármela con eso.
Tenía todo en el carro. Me acerqué a la caja que parecía que avanzaría más rápido. Escuché cómo una madre regañaba a su niñita y, luego, cómo esta misma madre le echaba por teléfono una bronca a alguien mientras colocaba sus cosas en la cinta. Cuando fue mi turno, coloqué las cosas y observé que la cajera era bastante eficaz a la hora de poner el código de barras cerca del lector. Pensé en reconocer su mérito, pero también pensé que quizá ella pudiera creer que me estaba insinuando o era una especie de pervertido, así que me mantuve calladito.
Volví a casa. Hacía calor. La gente iba ligera de ropa; sonriente, como si su estado de ánimo mejorara con el buen tiempo. Escuché alguna vez que eso era habitual; que el sol alegraba a la gente.
Deshice las bolsas de la compra. Cada cosa a su sitio: lacenas, nevera, despensa... Luego entré en el cuarto de baño. Hice pis, tiré de la cadena, me abroché la cremallera y me acerqué al espejo. Me salían dos pelos de la nariz así que cogí unas pinzas y tiré de ellos, aguantando el dolor. Miré. No parecía que hubiera más que sobresalieran.
Fui al salón. Encendí la radio. Hablaban de los intervinientes en el congreso del partido popular, pero pronto saltaron a las últimas noticias del campo español. Traté de poner música pero desistí. No se pillaba bien la emisora. Cogí el spray y la bayeta. No me hacía falta una lista de tareas para saber que me tocaba limpiar el polvo. Me puse a ello. Las estanterías, los cajones, los libros, las figuritas, ¡las malditas figuritas! Los agricultores estaban muy preocupados por la bajada de precios de las materias primas. Todos ellos parecían al borde de la ruina.
Me asomé un momento a la ventana. Más sol y gente y perros y bancos y árboles. Aquel era el mundo que me rodeaba. Todo eso era mi mundo y yo estaba en él quisiera o no. Dejé la ventana y volví al spray y la bayeta. Tenía todo lo que quería. Insisto: era un tipo infeliz.

12 jul 2015

Mi soledad

Necesitaba la soledad. Aquella soledad, me refiero. Es cierto que estaba solo en el sentido de "ausencia de pareja", es decir, de "mátate a pajas si quieres", pero cuando digo que aquella soledad fue necesaria hablo de una situación concreta, de verme solo físicamente y aguantarme a mí mismo durante, por ejemplo, un día entero.
Llevaba un tiempo solo en el otro sentido y desde entonces mi vida se había convertido en una especie de montaña rusa "suavizada" (sin grandes sobresaltos, la verdad): una búsqueda constante de emociones con el único objetivo de rellenar como fuera mi tiempo. Me había transformado en una marioneta en manos de todo aquel o aquella o aquellos y aquellas dispuestos a invertir o malgastar parte de su tiempo conmigo: tomando algo, viajando, paseando al perro, follando, ¿por qué no?, charlando de la puta vida, aburriéndonos... así día tras día. El caso era ocupar mi tiempo. No estar solo. No parar. No pensar. Prohibido pensar.
Y todo eso está muy bien, solo que en el fondo (y no tan en el fondo quizá), sabía que todo era una fachada para evitarme a mí mismo, y que tarde o temprano toda mi mierda rezumaría y la hostia sería gordísima, así que concluí que necesitaba estar solo. Calma. Tranquilidad. Aburrirme. Sufrir incluso. Dejar que la mierda rezume. Pensar, pensar, pensar...
Recuerdo lo duro que fue. Aquel sábado. Nadie a quien llamar. Nadie a quien escribir. Ningún sitio al que ir. Nada que hacer en casa. Horas y horas por delante. La ocasión perfecta para... para no sabía muy bien el qué, pero sí para estar solo.
Los minutos y las horas se me hicieron eternos. Desayuno, hago la cama, me pongo la ropa de correr y voy a caminar. Una hora y media. Un café en el bar de siempre. Miro internet, las cuatro o cinco páginas de siempre. Como algo ligero: ensalada de pasta preparada tres días antes. Una siesta, cuarenta minutos. Todavía son las cuatro y empiezo a sufrir. Es sábado: podría quedar con una guarrilla del badoo o largarme a recorrer tiendas o a mirar tías desde el paseo al borde de la playa. Pero no. Esa no es la idea. Me entran los escalofríos. Horas por delante, ¿qué hago? Un poco más de internet, limpio el polvo. Me asomo a la ventana. Nada me inspira absolutamente nada. Vuelvo al ordenador. Me aburro y la previsión de aburrimiento es peor que el aburrimiento en sí. Hiperventilación (esto es exagerado, claro). Las seis. De ninguna forma me reencuentro a mí mismo.
Recuerdo que después me tumbé en cama. Leo. Un libro de viajes. Luego el libro de por las noches: una novela histórica que no me acaba de convencer. Miro el techo. El techo no me dice nada. Las siete. Siento que el día empieza a llegar a su fin pero joder... qué largo se me hace. Internet. Un concierto de Metallica. Investigación en google sobre cómo viajar a los sitios que había mirado en el libro. Da igual. No pienso ir allí.
Las nueve. Me entra el hambre. Voy a la cocina. Un poco de fiambre y unas rebanadas de pan bimbo. Y una copa danone de postre. Vuelvo al salón. Tengo unos cuantos whatsaps. Amigos lejanos que me proponen un plan. Digo que no aunque me cuesta, pero con ese "no" siento que hago lo correcto.
Me acuesto en el sofá. En la tele sólo dan el debate de la sexta. Hago como si me interesase. Dan la publicidad. ¿He ganado ya? Me pregunto. En realidad no lo sé. No sé de qué habrá podido valer todo aquello.
Voy a la habitación. Internet otra vez. Nada nuevo. Es tarde. No para un sábado, sí para cualquier otro día. He ganado, concluyo. No siento nada, no me siento victorioso, pero he ganado. Mi día de soledad ha pasado. Lo he logrado. Antes de irme a dormir cojo el teléfono, llamo a un número de putas, les digo que me manden una, la tía viene y resulta una gorda inabarcable. Follamos, le pago, se va y después sí, me meto en cama.