18 feb 2015

No más discusiones

Gerardo tenía muy mala hostia. No tenía mal fondo el chaval, en absoluto, pero si le jodían se cabreaba de verdad y le importaba una mierda que se pusiera por delante el mismísimo Papa.
El problema es que se enamoró de Paloma, una mujer de armas tomar. Tenía también su mala hostia, pero Paloma era más de soltar puyas y clavar pequeñas dagas ahí donde más duele, en el momento justo de joder al contrincante, quedando así demostrada su superioridad intelectual.
Os podéis imaginar las discusiones conyugales. Había gritos y, a veces, objetos que volaban y cerámica rota; luego el tono bajaba, pero sólo para que los vecinos no escuchasen los sapos y culebras que emanaban de sus bocas ponzoñosas, y el final se repetía: Gerardo casi tiraba la puerta de un hostiazo y poco después, salía derrapando del garaje al volante de su Golf GTI de 220 caballos. Conducía como un piloto de rally por las pistas que se conocía como la palma de la mano y, cuando había descargado la suficiente adrenalina, regresaba a casa y se metía en la cama, donde esperaba Paloma semi-desnuda, que también tenía sus métodos para calmarse.
La madre de todas las discusiones empezó por un malentendido. Planes contrapuestos para un fin de semana y compromisos que Paloma no podría atender porque Gerardo no le había informado, al parecer, de una juerga que tenía pensada con sus amigotes desde hacía sabe dios cuanto. El caso es que, tras los gritos y los vasos voladores, Gerardo mentó los muertos de Paloma, como insulto genérico, y ésta, ni corta ni perezosa, le soltó que para muerta bien muerta estaba la víbora de su abuelita, casi de cuerpo presente después del velatorio de hacía unas semanas. Gerardo la agarró de las muñecas y, aunque Paloma estuvo tentada de pedir perdón, el orgullo le pudo y juró que bien empleado le estaba por no avisar de sus planes y que si se quería ir con sus amigos que ya sabía dónde estaba la puerta, pero que la olvidase. Hubo gritos otra vez, recuerdos para más familiares, patadas a las mesas, sillas arrastrándose y un gran «que te den por culo» de Paloma cuando Gerardo, cómo no, cogió las llaves de su Golf y astilló el marco de la puerta con el portazo con el que desaparecía.
Condujo Gerardo sin respeto alguno por su vida. Ya ni miraba en los cruces, así que pobre del coche que por casualidad pasase por allí. El motor del Golf rugía a cien y ciento veinte por aquellos caminos de vacas. Las ruedas chirriaban y pisaban las ortigas del interior de las curvas. Saltaron algunas piedras. Gerardo notaba la fuerza centrífuga; los nervios de acero, los cojones en la garganta.
Pero le costaba serenarse. Aquella zorra había llegado muy lejos faltándole a su abuela. Pensó Gerardo que quizá no valía la pena vivir en semejante tensión por mucho que luego follase como una bestia, y cuando por fin se planteó en serio la gran pregunta, el Golf GTI salió volando por el estribo de un puente para encontrar, veinte metros más abajo, el infierno en el que Gerardo estaría por fin a salvo.

13 feb 2015

Cerca y lejos

La agarré por el cuello. Era la primera vez que la tocaba. Sus ojos cobraron pavor cuando le confesé que la mataría en aquel mismo instante. Aumentando poco a poco la presión de mis manos, le expliqué que mi egoísmo me impedía alejarme, pero no soportaba la condena de tenerla cerca el resto de mi vida sin poder acercarme. 

7 feb 2015

Magia para ratas

Ninguna rata destaca en la cloaca sobre las demás, y en aquel bar de mala muerte de poco importaba que yo vistiera un traje de mil euros entre mendigos, borrachos, prostitutas, drogadictos y otra gente a la que no le habían ido demasiado bien las cosas.
Apostado en mi taburete, con la cabeza gacha y los hombros encogidos, dejaba que los hielos se fundieran en el Jack Daniels hasta que fuera un buen momento para agarrar el vaso y llevármelo a la boca. Después volvía a dejar el vaso en la barra, apoyaba el brazo con el que me había servido el trago y miraba de nuevo los hielos. No me levantaba a mear. No hablaba con nadie, sólo con la camarera para que rellenara el vaso. No me movía. No escuchaba la música que invitaba al suicidio. Sólo miraba mi Jack Daniels y bebía, miraba y bebía, mientras en mi cabeza le daba vueltas a una serie de asuntos hasta que la borrachera crecía y se apoderaba de mi cerebro, momento en que podía levantarme, pagar la cuenta, regresar a casa e intentar dormirme todo lo rápido que me fuera posible para dar la bienvenida a otro día que difícilmente me podría deparar algo positivo.
Poco más puede esperarse de un hombre desesperado y solo.
Sobre todo, solo.
Alguien así, ante un escenario tan deprimente, para pocas líneas más daría, pero recuerdo una noche, mi cuarta o quinta semana allí, en que sí hubo algo más. Algo que valía la pena. Algo que desde luego no me pertenecía, pero que sí penetró en mi imaginación como una descarga eléctrica y que por un momento me hizo olvidar que todo cuanto me rodea es simple y llanamente una auténtica mierda.
Un grupo de hombres y mujeres estaban a mi lado. Ellos no eran como los demás ni como yo. No eran ratas. Sólo estaban allí para divertirse un rato, beber y largarse con sus exitosas vidas a otra parte.
Inevitablemente me giré hacia ellos y me quedé así un rato, sin miedo a que me preguntaran si no tenía mejor cosa con que entretenerme. ¿Qué podía perder un tipo como yo?
El caso es que no podía apartar mi mirada de ellos. Estaba hipnotizado, poseído. Mientras los demás hablaban y contaban chistes y movían tímidamente sus pies en un intento de acompasarlos al espantoso sonido de fondo, una de las chicas bailaba de verdad. Estaba en mitad de todos, pero no era una más. Ella bailaba y no le importaban nada los chistes y los comentarios. Y qué manera de bailar. En los años de mi vida. Levantaba sus brazos al descubierto e incrustaba sus manos en el pelo, perdiéndose sus dedos en la frondosidad y haciendo emerger de entre los demás un buen puñado de pelos, despeinándose intencionadamente en un acto de liberación de energía. La camiseta se le ceñía a la espalda y las caderas se movían a un lado y a otro, suavemente, mientras las rodillas se doblaban y toda ella bajaba unos centímetros y volvía a subir, y daba vueltas con los ojos cerrados, y de vez en cuando el movimiento de caderas era adelante y atrás, adelante y atrás, sin que las piernas dejasen de subir y bajar. Estaba follando allí mismo. Follaba con alguien que sólo ella sabía. ¿Sería su marido? ¿Su amante? ¿Serían todos los hombres de este planeta? No lo sé. Eso sólo lo sabía ella, pero contemplándola  comprendí que, después de todo, existía la esperanza incluso para mí.
La clave estaba en el culo. Aquel culo resguardado tras unos vaqueros bien ajustados. Era redondo lo miraras desde donde lo mirases: algún tipo de figura geométrica perfecta. La tersura saltaba a la vista, fruto sin duda de horas de gimnasio. Me pregunté cómo sonaría tras una palmadita firme. Tenía que ser el sonido del cielo y de las estrellas. Y verlo en movimiento, acompañando a aquellos brazos elevados y aquellas caderas serpenteantes, era, aunque suene a barbaridad, mejor que ver nacer a un hijo.
El espectáculo duró dos o tres canciones. Hubiera sido justo levantarse y aplaudir, pero la justicia no existe.
Cuando cesó el baile ella se integró al grupo y a sus estúpidos diálogos. La magia se esfumó. ¿Alguien además de mí había tan siquiera percibido esa magia?
Esperé un poco hasta que ya no tenía motivos para seguir mirándola. Regresé a la barra y al Jack Daniels. La vida volvía a ser una mierda.
No la ha vuelto a ver. Dudo que aparezca otra vez en aquel antro. Es lógico, nadie en su sano juicio lo haría. Yo en cambio hace tiempo que perdí el juicio, y como no creo en los milagros beberé y beberé hasta que un buen día reúna el valor suficiente para arrojarme a las vías del tren. Puede que el infierno esté lleno de culos así, ¿por qué no?

2 feb 2015

De sueños o pesadillas

Pocas veces hablo de mí. Y tú lo sabes. De hecho te dije un día que me gustaba muy poco hablar de mí mismo, que yo era más de poner el hombro y escuchar que de desahogarme dándole a la lengua, ¿recuerdas? Pero de vez en cuando pasa esto, que exploto, y lo que no tengo a quién decir cojo y lo escribo, no sé con qué objetivo, pero lo escribo y ahora lo que creía lo más íntimo pertenece, sin ánimo de fanfarronear, a toda la humanidad.
Odio los sueños felices. Los odio a rabiar, con toda mi alma. Con las pesadillas me queda el consuelo de que la realidad es mejor que la imaginación, pero la vuelta a la realidad tras un sueño en el que alcanzas tus deseos más profundos es un duro golpe que no te provoca sino mayor desgracia que la que ya padeces sin añadidos ficticios. Porque lamentablemente vives más tiempo en la realidad que en ese idílico estado, y eso es difícil de encajar. Más cuanto más intensos son esos deseos.
Esto viene a cuento, claro, de mi sueño más reciente. En realidad fueron dos sueños. Uno hace unas cuantas semanas, aunque no le quise dar más importancia, quizá por ciertos factores externos que no vienen al caso. El otro fue esta misma noche y no podría jurar que no se me escapó una lágrima tras cerciorarme de que aquello no era real.
Del primer sueño ya no recuerdo demasiado. Sólo tu cara con un deje de tristeza después de haberte besado, pero no era una mala tristeza, más bien parecía eludir a algo que se removía en tu interior. También me acuerdo del sabor del agua en tus labios, porque llovía a cántaros aunque juraría que era un espacio interior, y los pelos que se te pegaban a la cara por la lluvia, y el contacto de tu abrigo cuando te sujetaba por la cintura sin que tú te quitases las manos de los bolsillos. Me desperté creyéndote al lado para volver a besarte. Pero no estabas.
Aunque aquel está casi olvidado. El sueño de ayer sí fue increíble y terriblemente reciente. Y a pesar de su proximidad, es sorprendente cómo por segundos olvidamos escenas y lo que aquí voy a contar no es ni la mitad de la mitad de la mitad de lo que he soñado. La historia completa, estoy seguro, hubiera fructificado en un gran relato.
Estábamos tú y yo y había más gente. No recuerdo quienes pero los conocíamos. Había barullo pero todo era familiar. Familiar y lejano al mismo tiempo, como los extras de una película en la que tú y yo éramos los actores principales. Ellos eran necesarios pero irrelevantes, ¿comprendes?, sin robarnos el protagonismo.
De pronto me acerqué a ti. Una vez de tantas que me acercaba a ti tras una excusa para hacerlo. Yo me puse un poco nervioso, como siempre que te tengo cerca aunque tú no lo notes, ¿o quizá sí? Y me dijiste:
—Tienes que besarme.
Yo podía olerte. Eran muy pocos centímetros de separación. Insististe:
—En serio, Alex, tienes que besarme ahora.
La gente seguía a lo suyo, ajena absolutamente a lo que sucedía frente a sus narices.
—No puedo —dije yo.
—No me digas eso. ¿No es lo que querías?
—Más que nada en este mundo.
—Entonces ven.
Ahora eran sólo milímetros. Una brisa un poco fuerte nos hubiera hecho tocarnos.
—Adelante —dijiste.
—No puedo. Así no. No puedo.
—¿Así cómo?
—No es así como quiero hacerlo.
—Haremos bien las cosas.
—Si te beso estaremos haciéndolo mal.
Recuerdo otra vez agua corriendo por tu frente. Yo sin embargo no estaba mojado. Te rodeé la cintura. Tú, por supuesto, mantuviste tus manos en los bolsillos del plumífero.
—Es que es necesario que me beses, ¿comprendes? —casi lloras al hacerme la pregunta.
—Lo sé. Pero no puedo arriesgarme a que sea un beso de despedida.
—Será el primero de los besos.
—Eso no puedo saberlo.
—Sí, porque como te dije, voy a hacer bien las cosas.
—Primero haremos bien esas cosas, ¿vale?
—Te prometo que no será sólo un beso.
—¿Hay sentimientos?
—Hay sentimientos. Perdona no haberme dado cuenta hasta ahora.
—Entonces dejemos que todo siga su curso.
—No sabes lo que me cuesta separarme de ti, pero que así sea.
—Te juro que más me cuesta a mí después de todo lo que he esperado.
—Pero es sólo un hasta luego... hasta que se arregle...
—Lo que tú y yo sabemos.
—Sí, lo que tú y yo sabemos.
Hubo una pausa en la que me alejaba de ti como si tuviese ruedas, con una continuidad en mis movimientos carente de sentido físico. Volví a ver a la gente en su maremágnum de rutina cuyo sentido me es imposible descifrar.
—Ahora tengo que despertarme —te dije.
—Lo sé. Pero prométeme una cosa... —volviste a estar a punto de llorar— Prométeme que te despertarás con la sensación de sí haberme besado.
—Te lo prometo.
Y me desperté otra vez con tu agua en mis labios y tu olor en mi boca y en mis narices, deseando sin éxito dormirme otra vez antes de que el desvelo fuera tan intenso que me fuera imposible reenganchar el sueño, y finalmente hundido ante lo que definitivamente había sido irreal.
Ahora dime, ¿es bonito soñar? ¿Es justo? ¿Hay algo de realidad en todo lo que te he contado o es sólo una mala pasada de mi imaginación? Dime algo, por favor, porque me estoy volviendo loco y temo el momento de volver a dormirme y encontrarme contigo.
Quiéreme o mándame a la mierda, pero termina ya con esto.

28 ene 2015

El cadáver andante

Todo empezó hace cosa de un mes o dos.
Tenía sobre mi cama un cuadro de la muerte. Era una muerte muy bonita, con los ojos rojos brillantes sobresaliendo en su carita huesuda, con su túnica y con la boca abierta para dar más miedo, apareciéndose de entre las nubes grises para intentar tocar con su mano un barco zozobrante en medio de un mar embravecido de una noche de invierno.
Pues bien, de la noche a la mañana —y fue así literalmente—, la muerte desapareció del cuadro. Sí, desapareció del paisaje. Ya no estaba. Allí seguían el cielo gris y el mar revuelto y el barco a pique, pero no había ni rastro de la protagonista del cuadro, y en su lugar el paisaje se había completado con más nubes y más océano, como si de otra instantánea de una desgracia inminente se tratara pero esta vez sin la muerte por el medio.
Me preguntaba cómo podría haber sucedido semejante extrañeza y, desde entonces, acontecieron cosas muy muy raras. Cosas tremendas. Era como si la muerte que abandonó el cuadro ahora estuviese rondando mi casa como un fantasma y se hubiera apoderado del techo, las paredes, el suelo y todos los muebles. Se notaba una presencia constante; no sé explicar la sensación exacta, aunque sí algunos hechos para que os hagáis una idea.
Por ejemplo, la casa está más fría. Pongo la calefacción a trabajar y sube un poco la temperatura, pero hay permanentemente una corriente de aire que te entra por donde la espalda pierde el nombre y te cala hasta la médula, y es inexplicable porque todas las puertas y ventanas están cerradas. Otra cosa. Los chirridos. Suceden sobre todo de noche. Escucho como si alguien estuviese en las lacenas de la cocina o en el armarito del cuarto de baño,  alguna puerta se abre y se cierra sola y suena como si las bisagras necesitasen un poco de tres en uno. También hay humedades. En muchas esquinas del techo aparecen charcos de agua y grietas, y hablando con el vecino de arriba me dijo que por esas zonas no tiene tuberías que puedan perder agua. Y lo más aterrador es que se murieron todas las plantas y se desarrollaron telas de araña por todas las esquinas, por mucho que riego las macetas y limpio bien el polvo y mato todos esos bichos patilargos. Es como si de golpe hubiera cambiado el ecosistema de mi casa y ahora fuera una especie de desván o trastero en desuso.
Pero lo más curioso es que a raíz de todo esto también empezó a cambiar mi carácter e, incluso, mi aspecto físico. Me noto más pálido. No fui nunca yo de tener muy buen color, pero ahora mi cara parece enferma, débil, insustancial. También he adelgazado. No tengo apetito. Antes comía como una lima pero de pronto empezaron a sentarme mal la mayoría de comidas y mi dieta se limita a la cantidad justa de proteínas e hidratos para realizar las funciones vitales. Se me notan todas las costillas.
Por dentro me volví más agrio, más malhumorado. Respondo mal cuando me hablan, rehúyo las conversaciones y odio un poco a todos los seres humanos. Yo nunca he sido muy extrovertido pero pasaba por atento y educado, y ahora soy sólo un pobre chico que prefiere la soledad de su casa tenebrosa a la luz del día y la cálida compañía de conocidos y amigos.
¿Qué me está sucediendo?, me pregunto una y otra vez. Me atormenta la idea de no volver a ser el de antes y, sin embargo, no puedo ni siquiera intentarlo, como si una fuerza invisible me impulsase también a mí a convertirme en el ser despreciable que soy. Y me temo que es ELLA esa fuerza misteriosa que está detrás de todo esto. O peor aún, que en realidad, la muerte que se había salido del cuadro ahora habita en mí; dentro de mí; que yo mismo soy la muerte, o por lo menos un cadáver andante para quien los días en este mundo ya no tienen sentido.
No lo sé. De verdad, no lo sé. Pero es así tal y como os estoy contando. Creo que ahora soy la muerte y no sé si tengo superpoderes o alguna misión importante que cumplir, pero espero por lo menos descubrirlo pronto porque os juro que esta vida que llevo, o mejor dicho, esta no vida que llevo, no me gusta nada.