19 feb 2013

Mi amigo el coco

Os voy a contar una historieta.
Sucedió cuando tenía pocos años, cuatro o cinco a lo sumo, y es de los primeros recuerdos de que soy consciente, entenderéis por qué.
Cada noche, cuando me iba a dormir, después del obligado beso en  la mejilla a mis padres y mi hermana mayor, uno de ellos, normalmente mi padre, se acercaba a la habitación para comprobar si estaban las luces apagadas, si estaba bien tapado, etcétera. Y como acababa de despedirme de ellos y por tanto no me había dormido todavía, rara era la vez en que no me cantaba la famosa rima: «Duérmete niño… duérmete ya… que viene el coco y te comerá».
Así noche tras noche, con el coco a vueltas. Al principio no le daba demasiada importancia a la letra. Me conformaba con el ritmo pegadizo y somnoliento de la canción para dejarme engañar y dormirme más rápidamente. Pero pronto adquirí cierta conciencia y analicé la frase. Y la conclusión fue la misma que la de la mayoría, supongo, a poco que se piense: ¿quién cojones podía dormirse sabiendo que un monstruo horrible esperaba para nada menos que comernos?
Es difícil, eh, no os creáis, convivir con la idea de que una bestia aguarda tras la puerta para, en cuanto las luces se apaguen, ¡zas! Me lo imaginaba de dos maneras. Una, entrando sigilosamente mientras yo mantenía los ojos cerrados, con un rato por delante todavía sin dormir, pero ¡intentándolo! ¡lo juro! Entonces, sin hacer ruido, empezaba a notar cómo algo se movía entre mis pies y abría los ojos y ¡allí estaba! Devorándome de abajo arriba, con la mitad de mis piernas en sus fauces, como si fuera una serpiente que se come un cervatillo. La batalla se desataba y, cuando mis padres llegaban, yo ya estaba en el estómago del coco atacado por sus ácidos mortales. La segunda manera era más macabra. El coco entraba sin sigilo alguno, rugiendo y lanzando zarpazos, y yo, del acojone, no tenía tiempo ni de reaccionar y dejaba que me tajase por todas partes hasta que me desangraba y podía proceder al banquete.
Bonito, ¿verdad?
Pero no os preocupéis porque reaccioné. Harto de amargas horas en vela sin que, afortunadamente, el coco hiciese su letal aparición, una noche decidí pasarla entera sin pegar ojo para esperarle. Pensé que si no aparecía así entonces es que no existía. Así que apagué las luces (porque supuse que así es como le gustaba, a oscuras, para dar más miedo), y clavé los ojos en la rendija de la puerta que permanecía entreabierta. No sucedía nada y yo bostezaba. Me daba bofetadas para no dormirme porque debía aguantar. Me costaba mucho y creí rendirme y hasta eché alguna cabezadita. Pero lo conseguí. Aguanté heroicamente cinco o seis horas cuando al fin hubo movimiento.
Se escucharon unos pasos en el pasillo que se detuvieron justo tras la puerta. Se me pusieron de corbata. Entonces la puerta se abrió y vi su silueta. Era una cosa de más de dos metros y peluda, con unas zarpas en las manos y los pies que metían miedo. Una especie de hombre lobo muy chungo. Venía jadeando.
—Quizá siga sin funcionar el ascensor –pensé.
La cosa entró y lanzó un tímido rugido, jadeante todavía.
—Grrrr…
—Hola…
—Grrrrrrrrrrrrr –no le gustó mi saludo.
—¿Qué quieres?
—¿Tú qué crees? –pensé que debía de ser gallego como yo porque mi padre decía que los gallegos muchas veces contestábamos a una pregunta con otra pregunta.
—Ah, sí. Comerme.
—Exacto. ¡Mira qué listo!
Se acercó un poco y pude verle la cara. Era feo con ganas y babeaba entre sus colmillos que le sobresalían de la boca. También tenía sangre entre los pelos. Seguramente venía de comerse unos cuantos insomnes infelices.
—Saco muy buenas notas –dije, al sentirlo cerca.
—A mí eso no me importa.
—Es que como dijiste que era muy listo.
—Sí, pero no duermes, en eso tienes un suspenso.
—Lo hice aposta.
—¿Ah sí? ¿Qué quieres, provocarme?
—No.
—Pues lo parece, chaval, ¿entonces por qué no dormías?
—Quería conocerte.
—¡Ja! ¿Conocerme?
—Sí.
—¿Conocerme? ¿Conocer a un monstruo? ¿Para qué querría un niño conocer a un monstruo que se como niños, eh?
—No estaba seguro de si existías.
—¡Cómo! ¿Quién puede dudar de mi existencia, eh? ¿Acaso tu papá no te cantaba la canción: Duérmete niño, duérmete ya…?
—Sí, pero… creí que sería para que me durmiese pronto, nada más.
—Pues ya ves, chaval, no te han mentido.
—Ya, ya veo.
—Aunque he de reconocer que eres valiente, ¿sabes?
—No sé. Puede ser.
—Sí, eres valiente. Quedarte despierto esperando al monstruo. Muy digno, sin duda.
Se rascó la barbilla como pensando qué hacer. Lanzaba tímidos gruñidos y daba pasitos de un lado a otro.
—Seré valiente –dije–, pero de poco me servirá, ¿verdad?
—¿A qué te refieres?
—Bueno, que supongo que me comerás de todas formas.
—Hummm…
Levantó las sábanas y me miró de arriba abajo. Incluso una de sus garras rozó mi pecho. ¡Estaba muy afilada!
—Eres una tentación, lo reconozco. Hoy ya me he comido unos cuantos como tú y…
—Como yo, ¿cómo?
—Así, delgaditos, de buen porte. Con pinta de espabilados. Y de verdad… una exquisitez.
—¿Y no estás harto?
Gruñó.
—¡Soy el coco! ¡Jamás me harto! Jamás, ¿entiendes?
—Sí, sí, pero…
—Ahora, a callar. Pero te has ganado dos cosas. Una, que haré que no sufras. Te lo prometo. Y dos, que puedes decir unas últimas palabras, o escribirlas incluso. Piénsalas unos segundos.
Pensé. Él daba vueltas. No parecía nervioso. Era como si fuese su último trabajo de la noche.
—Lo tengo –dije.
—Muy bien. Adelante.
—Quiero ofrecerte un trato.
—¡Ja! Tú estás chalado. Ofrecerle un trato al coco. Menuda forma de desaprovechar tus últimas palabras. Grrrrrr….
—Espera, aún no me has escuchado.
—Grrrr. Salió pesadito el niño… tienes un minuto, ¿me oyes?
—Sí, sí, un minuto. Te ofrezco casa.
—¿Perdón?
—Sí, te ofrezco casa.
—Soy el coco, chaval, yo no tengo casa.
—¡Por eso mismo! Te ofrezco que te quedes aquí, viviendo en esta habitación. Sólo tendrías que esconderte en el armario las horas que mis padres estén, porque seguro que no les hace mucha gracia que rondes por aquí. Pero no te preocupes, que no suelen pasar mucho tiempo en casa. Entonces podrías salir y andar por la casa o incluso ir a la calle.
—¿Y de qué me alimentaría?
—Todos los martes hay pescado y todos los jueves verdura. Yo los odio. Me las apañaré para traértelo. Y el resto de días te traería las sobras. Piénsalo, cansa siempre comer niños, ¿no crees?
No dijo nada. Farfullaba para sí mismo y lanzaba algún que otro improperio. Estuvo así un rato, pensando y pensando.
—Apúrate –le dije–, está amaneciendo y se despertarán mis padres.
—Ya, ya.
—Piénsalo. Comida y alojamiento gratis. Y por las noches podríamos hablar de vez en cuando.
Pasaron unos pocos minutos. Yo incluso fui al baño a hacer pis.
—Trato hecho –dijo.
—¡Trato hecho!
Iba a ofrecerle mi mano para cerrar el trato pero no tuve tiempo. A toda prisa abrió las puertas del armario, se coló entre la ropa de invierno al fondo y se echó a dormir. Roncaba como un viejo pero con las puertas cerradas apenas se le escuchaba.
A partir del día siguiente debía tener cuidado. Le dije a mi madre que tenía edad suficiente como para ocuparme de alguna responsabilidad, y le pedí que me dejara encargarme de mi armario. Ella aceptó y así evité sospechas. Olía toda mi ropa un poco mal, como a orco, pero han pasado veintipico años y ahí sigue mi coco. Durmiendo en el armario y comiendo mis sobras. Y tiene buena conversación, no os creáis.
Pobre, no sé qué será de él el día que me independice.

Menuda gilipollez.

16 feb 2013

Donde nunca pasaba nada

Érase un mundo donde nunca pasaba nada. La gente hacía sus vidas; algunos se consideraban felices y otros tremendamente desdichados. Se diferenciaban sólo en su conformismo, porque todos opinaban en que allí jamás sucedía nada que animase su existencia.
Vivía entre los desdichados un joven escritor dispuesto a cambiar el mundo desde su pluma. Tal era su arrojo y su convicción que lo dejó todo para dedicarse a las letras, y tomó con entusiasmo un  puñado de folios en blanco y se encerró para inspirarse y sacar a la luz una gran historia.
Le haré ver a esta gente que éste triste mundo tiene también algo que decirnos, se dijo. Y con esa idea empezó a trabajar. Pensó y pensó y los días pasaron, y cuando se quiso dar cuenta había terminado pero en lugar de una gran historia todo lo que logró escribir fue este triste microrrelato.

8 feb 2013

Lo que le dirías a tu padre

Dos tipos elegantes charlan en una cafetería. La jodida vida. Cómo hemos salido adelante a pesar de todo. Oh, sí, dos viejos perros que se han sabido ganar el pan. Y te veo muy bien, ¿oíste? Una camarera agraciada acerca dos vasos más. Lo de siempre, ¿verdad? Por supuesto, Mary. Las gotas de ginebra caen desde cierta altura y salpican la mesa tras golpear los hielos que estallan en el fondo. Los tres ríen y Mary pasa la bayeta. Luego se va meneando sus curvas y los caballeros no le quitan ojo hasta que se pierde tras la barra.
Después hay silencio mientras disfrutan de su gintonic. Tampoco hay demasiadas cosas que decir. Beben y miran alrededor. Es un día precioso por el que vale la pena beber.
Terminan. Pago yo. No, yo. Está bien, podrás pagar con esto, dice uno. ¡Hombre!, responde el otro, ya creí que te olvidabas. ¿A qué habíamos venido si no? No necesito esto para ver un buen amigo. Si prefieres me lo llevo. ¿Quieres el contrato o no? Ríen ambos.
El receptor mira el sobre. No hace falta que cuente, ¿verdad? Por supuesto. Bien (se levantan), te acompaño a la puerta. Un billete cae en la barra a la voz de quédate con el cambio. Mary da las gracias.
Fuera los tipos se despiden con un fuerte apretón de manos. ¿Para cuándo?, pregunta el donante. Como mucho en quince días tendremos algo. ¿No habrá sorpresas? ¿Alguna vez las ha habido?
El hombre con el sobre se sube a un coche negro. ¿Al congreso?, preguntan desde el puesto de conductor. Sí, Miki, al congreso. El hombre cuenta el dinero y sonríe. Está todo menos los veinte que le dejó a Mary. Oh, Mary, Mary, dejaría todo por tus curvas. Enseguida llegan a la Carrera de San Jerónimo y Miki detiene el Mercedes. ¿Mañana a primera hora?, pregunta. Sí, Miki, recuerdos a Fina, y que se mejore.
Saluda a los ujieres y entra en su despacho. Enciende las luces, abre ligeramente las persianas y conecta el ordenador. Suena el teléfono pero no le apetece cogerlo. Se sienta y bosteza. Estira sus huesos hasta que estallan. Entonces abre el último cajón de la mesa y guarda el sobre. Al hacerlo descubre entre más papeles una nota manuscrita. La extrae, se pone las gafas de cerca y lee. Es una redacción que su hijo Rubén, de diecisiete años, ha escrito para el colegio cinco cursos atrás. El tema era “Lo que le dirías a tu padre”. Así decía:
«La semana pasada nos han explicado lo que hacían los políticos. Bueno, nos han hablado del Rey, de las Cortes Generales (se llaman así, ¿no?). También de la democracia, de lo mala que era la vida cuando no la había y la suerte que tenemos por vivir en democracia.
»Mientras la profesora hablaba mis amigos miraban para mí porque sabían, porque yo se lo conté, que mi padre era político y que yo conocía mejor que ellos eso de las Cortes Generales. Les conté a todos lo que tú me decías cuando te preguntaba de qué trabajabas y por qué ibas siempre con traje si decías que era tan incómodo. Me explicaste que las personas estábamos aquí para intentar hacer mejor la vida de las demás personas, y que por suerte tu trabajabas en eso, en andar todo el día de un lado para otro para que todos podamos vivir un poco mejor.
»Aunque no entiendo muy bien cómo lo haces exactamente, digo lo de cómo puede hacer uno solo que todos vivamos mejor, me gusta tu trabajo. Me gusta mucho que mi padre sea político y espero que estos días entienda mejor cómo haces con lo que nos diga la profesora. Así estaré mejor preparado para cuando yo también lo sea, ojalá que tan bueno como tú».
Dobla la hoja. No llora pero siente que debe hacerlo. Se le revuelven las tripas. Respira hondo y cierra los ojos. Quizá así comprenda mejor qué coño ha pasado para llegar a ser la mierda corrupta que es.
Aguarda unos instantes. Cuando se despierta, un hombre le mira desde el otro lado de la mesa y encañona una pistola que le apunta directamente a la frente. No tiene tiempo para sudar ni para que se le corte la respiración. Sólo escucha te lo mereces, cerdo, y después el seco sonido del gatillo. No siente nada.      

30 ene 2013

Periodistas

Mira que no me caen muy allá los periodistas. Mejor dicho, el género periodista, la generalidad, pues amigos periodistas tengo un par (dos, exactamente), y espero que sigan siéndolo.
No, no me caen muy bien. Se inventan noticias. Son sectarios, partidistas, fanáticos. Por supuesto, parciales y subjetivos. Y más por supuesto aún, no importa lo que digan, sino lo que vendan. Ellos son los mejores y los demás muy malos. Ellos dicen la verdad y los demás mienten. Ellos son los puros, los elegidos, los que pueden fardar de rigor.
Todo esto lo sabemos todos, pero hoy, sin ánimo de querer romper una lanza a su favor, sí me gustaría hacer una reflexión que, por lo menos, dignifica la profesión aunque sea en su idea original bien entendida.
Y lo hago en relación a otra clase de seres que, con más facilidad, suscita la controversia y los más bajos instintos de la colectividad: los políticos. No entraré en sencillas descripciones del porqué del rechazo generalizado a la clase política. Sería fácil hasta para mí.
Lo digo porque, aunque sólo sea por joder a la competencia, por joder al amigo político de la competencia, por darle gusto al amigo de turno; si no fuera por los medios de comunicación, en especial los periódicos, jamás descubriríamos la calaña que tenemos por clase preferente. Prevaricaciones, cohechos, corruptelas, chantajes, comisiones, invenciones, enchufes, EREs, cuentas suízas. ¿Quién, sino un medio interesado, podría sacar a la luz, o intentarlo, todo esto?
No quiero entrar en el caso a caso: Bárcenas, familia Puyol, Gürtel, Andalucía en general, Brugal, etceteretísima. Sólo quiero hacer de nuevo la reflexión: si un puto periódico, en su afán quizá de joder, de vender, lo que tú quieras… no destapase todo eso, ¿cómo lo sabríamos? Yo no veo que el poder judicial actúe de oficio jamás ante estas causas. Jamás. Luego sí, se llenan la boca con el tema de la independencia de la justicia y gilipolleces así, pero aquí el trabajo de investigación no lo hacen ellos.
Pero mejor es ver aún el esperpéntico y asqueroso espectáculo que montan los partidos, ÚNICO PODER REAL DE ESTE PAÍS, tras saberse un asunto turbio. Al principio unos lo niegan todo mientras los otros dejan caer acusaciones. Está siempre el tú eres peor y el mírate lo tuyo que bien te llega. Y después, si la cosa avanza, el ovejas negras hay en todas partes, el que caiga todo el peso de la ley y, por supuesto, el ejemplar ejercicio de transparencia del que presumen. Amén de que probablemente a los pocos días su periódico amigo sacará a la palestra un asunto que afecte al adversario. Tienen cojones. Ni el caballo de Espartero. Aquí nadie sabe nada. Aquí siempre se es legal. Aquí siempre se es ecuánime y maravilloso.
Luego quieren que la gente se calme. De verdad que no entiendo cómo no ha sucedido algo más que el 15-M. Con menos de esto en el norte de África habría miles de muertos. Será que somos más civilizados de lo que nos creemos.
¿Hasta cuándo? Sinceramente, no lo sé. Ni siquiera añadiré la típica coletilla de que no todos son iguales porque, de entrada, todos los partidos sí lo son. Encubren su mierda hasta las últimas consecuencias; si hace falta escupiéndola hacia la bancada de enfrente. Luego, detrás de los partidos, están las personas, y claro que habrá de todo, pero pienso que si uno lleva años en la política habrá visto, segurísimo, algo raro y se ha quedado calladito por temor a las consecuencias. Y jamás nos enteraremos.
Como no nos enteraremos de la mayoría de cosas que pasan. Porque no siempre interesa saberlo todo. Ni, por supuesto, a los políticos, ni a los periódicos, ni, quizá, a nosotros mismos. Pensar mal sobre la opción política de cada uno duele y es reconocer la victoria del rival. Por ahí no pasamos, no señor… mejor es comulgar y decir también que es un bulo. Total, al final el tiempo pasa y aquí ni dios va a la cárcel, ni dios paga, hay que joderse…
En fin, que ya me callo. Veamos… son unos tres mil trescientos caracteres. A cero veintiséis euros cada uno… un pastón. Le preguntaré por whatsap a Amy Martin.

17 ene 2013

Por culpa del gas

La tenía en el bote. Os juro que la tenía a punto de caramelo.
Llevaba veintipico minutos subido en la elíptica y mi sudada era de campeonato. No soy yo de sudar mucho y con la camiseta deportiva apenas se me notaba marca alguna camachil, pero hasta se me habían caído un par de gotas sobre la pantalla de la máquina y no me faltaba mucho para parecer uno de esos cerdos a los que miraba y pensaba: joder, qué asco. No en vano, antes de la elíptica había salido a correr con un colgao corre-maratones de patas finas y energía infinita, y nos habíamos hecho catorce kilómetros en poco más de una hora. Pero aún era pronto para irme al vestuario y, por algún motivo, decidí que todavía me quedaban fuerzas para media hora más.
Y en principio creí que había sido una decisión cojonuda porque, como dije, tras veintipico minutos dándole que te pego, una madurita interesante, de cinco o seis años más que yo, recién llegada ella (la primera vez que la veía), con su camiseta ajustada a estrenar, su pantalón corto y sus bonitas piernas al aire y su pelo hecho coleta, se me puso a mi lado, en la elíptica de mi izquierda, y empezó a darle a los botones tratando de comprender el mecanismo.
Pero la pobre no daba y mantenía una posición extraña, con un pie delante y otro detrás sobre las bases de la máquina, sin saber muy bien qué hacer. Hasta que se rindió y me miró y me preguntó cómo iba con una sonrisa que denotaba su derrota pero que yo quise ver como una declaración de intenciones. Le contesté sin reducir mi ritmo infernal:
—Es aquí… mira, en el botón… pones el tiempo… luego pulsas ENTER… si quieres pones el peso… –así lo hizo. Luego empezó unos torpes movimientos. Lo hacía al revés– Estás haciéndolo hacia atrás… sí, mejor para… arranca con el derecho, hacia adelante, ¿ves…? sí, así… y mejor que apoyes los pies delante del todo, es más cómodo…
Por fin logró hacerse con la máquina y empezó a describir unos buenos círculos con sus piernas. Me gustaba.
Ella parecía feliz dominando aquello y me miró para compartir su felicidad:
—Parece que ya le pillé el truco –dijo–. No era tan difícil. Muchas gracias.
Luego se fijó en mi ritmo y en que mi nivel de dificultad era bastante alto en comparación con el suyo:
—Jolín –decía–. Tú sí que le das caña… yo a tanto no quiero llegar… que seguro que me mareo… y no podría, vamos, no podría…
Yo respondía que no era para tanto y que era sólo cuestión de acostumbrarse.
—Ya, pero… –seguía ella– para hacer eso hay que venir muchísimo… seguro que tú tienes las piernas muy duras… y el trasero igual… –nos reímos cuando dijo eso– ¡Qué envidia!
Le dije que a ella no le hacía falta. Habíamos entrado en materia. Muy buen culo, por cierto.
—¿Vienes mucho…? –preguntaba–, caramba, cuatro o cinco días… yo estoy empezando, a ver si puedo tres… por cierto, me llamo Vanessa, ¿tú…? encantada… seguro que coincidiremos por aquí más veces… dios, llevas media hora, es lo máximo que se puede según dice aquí, ¿no…?
Sí, era la máximo y aunque no lo fuera, mis piernas no me permitirían mucho más. Pero tenía pensado prolongar el enfriamiento para ganarme unos cuantos puntos extra. Ya sabéis, para esperar a que se cansase y precisarle después cómo funcionaba la máquina de step, las bicis o cualquier otro aparato.
Entonces ocurrió. Empezó el tiempo de enfriamiento y noté una súbita relajación. Por fin mis piernas descansaban, cuando del intestino surgió un gas que poco a poco descendió colon abajo hasta llegar al borde del ano. Sentí que no era gran cosa, posiblemente ni sonaría si lo dejara escapar, pero no podía arriesgarme a que Vanessa lo oliese y abur ligue. Así que me concentré en mantener prieta la entrepierna para evitar problemas y, cuál fue mi sorpresa cuando, supongo que de tanto exceso, descubrí que no respondía de mis músculos ni esfínteres, y suavemente, como un trueno muy lejano, el pedo se me escapó irremediablemente durante unos fatídicos segundos.
No sonó, y podéis pensar que eso me salvaba, pero no. Noté que el gas me había calentado las cachas considerablemente y eso era señal inequívoca de que traía consigo la peste más asquerosa, de esas que hasta ni uno mismo sabe si hace bien oliéndola debajo de las sábanas.
No esperé a comprobarlo. Sin mediar palabra, me bajé de la elíptica y corrí a estirar a las espalderas, rezando para mis adentros para que la nube tóxica se hubiera venido toda conmigo y no hubiera invadido el espacio aéreo de Vanessa.
La miré a lo lejos, y no puso cara de estar respirando veneno, pero estoy seguro de que algo tuvo que notar, porque yo soy experto en pedos así y, por supuesto, no es la primera vez que me pasa en el gimnasio. Claro que otras veces no hay semejante cachonda tan a mi alcance, y me jode una barbaridad que, por culpa de un gas, me haya podido perder el que sin duda hubiera  sido el polvo de mi vida.
Tampoco sé qué hacer la próxima vez que la vea. Después de haber quedado como un maleducado, sino como un guarro, dudo que quiera volver a querer saber nada de mí. Os lo contaré.