4 nov 2013

Esas malditas gafas

El perro ya no venía a ladrar alrededor del coche. Se había acostumbrado a la presencia de aquel extraño armatoste a una distancia prudencial de la caseta y de la entrada a la vivienda.
Apagué el motor. Después apagué la radio. Era un gesto instintivo después de aparcar y aguardar prudencialmente uno o dos minutos para asegurarme de que la conversación se prolongaría todavía un rato más. Un maravilloso rato más.
Conocía de sobra el paisaje más allá de los cristales. El jardincito, los setos descuidados, el pavimento de hormigón blanco reflectante y la fachada amarilla tras cuya puerta desaparecería poco después no sin antes girarse, sonreír y despedirse con la mano.
Sujetaba con fuerza la carpeta y varios montoncitos de apuntes que no le cabían dentro. Era inútil tratar de convencerla de que dejase todo en el asiento de atrás hasta que se bajara. Una vez dentro de su terreno, algo o alguien parecía darle la orden de coger sus cosas y ponerse en guardia.
Hablaba y hablaba. Las clases. Los profesores. Los exámenes que se avecinaban. Lo cerca y lo lejos que estaba todo. Las vacaciones. Las oportunidades de futuro. Yo asentía e introducía mis comentarios, mezcla de sinceridad y oportunismo ante lo que decía. No sé si la escuchaba o si hacía que la escuchaba. Creo que intentaba escucharla pero no podía. Me lo impedía lo que tenía dentro. Su propia imagen me lo impedía. Miraba moverse su boca mientras hablaba y sus dientes tras ella. De vez en cuando mis ojos se escapaban un poco más abajo. Sus pechos se escondían entre los apuntes y el brazo doblado para sujetarlos. Su escote tenía poco de prominente y, aún con eso, me desconcentraba. Le gustaban los pantalones blancos pero últimamente se atrevía con las faldas. Sus piernas desnudas me robaban, si cabe, más atención a sus palabras. Volví a su cara, a sus ojos, y entonces era como si me desmoronase por dentro. Los buscaba detrás de sus gafas de sol, tratando de adivinar algo, de saber realmente qué le pasaba por la cabeza a través de ellos. Pero era imposible. Apenas se veía la forma tras los cristales negros. Lo hacía para maltratarme. Sin duda. Un día tras otro se ponía aquellas gafas y jugaba con ellas. De vez en cuando separaba una mano de sus apuntes y tocaba la montura. Yo esperaba verle por fin sus ojos pero solamente se recolocaba las gafas unos milímetros; menos quizá. Eran una tortura aquellos cristales negros rodeados de finas líneas marrones hasta las orejas. Cada vez que sueño con una mujer, recuerdo vagamente al despertarme que viste unas gafas exactamente igual que aquellas.
—Hora de irse –dijo.
—Mañana será otro día –solía añadir después.
Yo no podía retenerla. ¿Bajo qué pretexto? Los nervios y el sudor me consumían pero de mi boca salían cordiales palabras de despedida. Luego nos dábamos dos besos. Un gesto que repetíamos las últimas veces; todo un avance porque antes no nos tocábamos.
La olí con discreción. Luego se alejó y se bajó del coche. El perro fue a recibirla pero ella siguió su camino con indiferencia. Arranqué el motor y la radio comenzó a sonar automáticamente. Esperé protocolariamente a que llegase a la puerta, se girase, sonriese y me dijese adiós. Desapareció con sus gafas de sol.
Así transcurrió otro día más en que permanece en secreto lo perdido y enamorado que estoy de ella. ¿Hasta cuándo podré soportarlo? ¿Cuántas veces he de llevarla a casa para decírselo? ¿Por dónde va a reventar todo esto? ¿Se quitará alguna vez esas malditas gafas?
El coche estaba en marcha y me esperaba una tarde de estudio. Al fin y al cabo los exámenes estaban cerca para mí también. Subí el volumen de la música. Luego me tiré un potente, prolongado y satisfactorio pedo.

30 oct 2013

Mientras conduzco

Son las siete menos algo de la mañana y la cabeza —parece mentira— está bastante fresca. Me cago en dios cuando suena el despertador y concluyo que ya no me quedan más cojones que levantarme si no quiero andar apurado, pero luego, una vez desayuno y estoy en la carretera, mi cerebro posee cierta actividad. Me parezco más a un zombi de vuelta a casa, entre bostezos.
Son cuarenta y ocho kilómetros de camino. Quince rotondas, nosecuantos tramos de cincuenta, curvas de mierda, algún coche volcado. Y aún de noche, por supuesto. Total: cincuenta largos minutos para llegar al chollo, porque soy así de rata y no pago el peaje hasta la vuelta.
Entonces imagino cosas.
Hay un tipo subido a la mediana (donde hay mediana), y la gente va corriendo hacia él y el tío les da un puñetazo que los deja secos y los empuja a una especie de hoyo cuyo fondo no se alcanza a ver. Las farolas disparan rayos láser verdes que pillan a uno de cada tres coches. La gente arde viva dentro pero así es la carretera del futuro. Las casas se levantan y salen corriendo arcén arriba, hasta los cojones de los inquilinos. Las señales de cincuenta son electrónicas y su valor sube y baja como la bolsa. Ahora están a treinta y uno con cinco, ahora a noventa y tres con algo. Mola porque si la pillas arriba vas fostiado. El fuego se come los árboles de los alrededores, que se lanzan llamaradas de un lado a otro. Debajo de ellos hay milicias de pueblerinos que se llevan fatal y andan a tiros, escondidos en trincheras improvisadas. Hay que tener cuidado; de hecho mi Corsa ya tiene un par de balazos en la carrocería. Luego están las rotondas. No todas son circunferencias. Hay espirales 3D e hipérbolas que se prolongan hasta el infinito. Lo que  me jode es que no sé a quién ceder el paso. Entro en un túnel y es una especie de trance psicodélico. El fondo es negro pero hay luces verdes, amarillas y rojas formando espirales en movimiento. Los paisanos corren por el arcén más rápido que yo por mucho que le pise: me pregunto si no seré gilipollas por no hacer lo mismo; haría deporte y ahorraría. Los semáforos caen como guillotinas a intervalos regulares de nos segundos, pero es fácil evitarlos cruzando en el momento oportuno.
De pronto todas las casas son puticlubs y de sus puertas salen tipas que ofrecen sus cuerpos esculturales por bien poco: veinte euros. Quince, diez. Cinco, uno con diez, ¡como el café! Mierda, tengo novia, pienso. Sigo de largo.
El tío de enfrente viene con las largas puestas y se me quema la córnea. Duele bastante. Lloro. Pero hay que llegar al trabajo aunque ya no tenga ojos. Satanás está haciendo autostop. Iba a pillarlo pero se me adelantó el hijoputa de delante, ¿quién sería? Veo un cartel a un lado:
Alex P1
  +1.0
¡Bien! Le quito un segundo al que viene detrás pero miro por el retrovisor y parece que me está comiendo el culo. ¿Cómo será que te coman el culo?
El coche de delante es un gran fardo de billetes que dice ¡catch me! Pero cómo corre el hijoputa. Bárcenas me adelanta y los pilla por la ventanilla. Me mira, me hace una peineta y se echa un eructo gigante del que sale una gaviota. Luego me acuerdo de que a mí me llaman Luis el cabrón cuando me peino hacia atrás.
Las líneas blancas de la carretera se convierten en cocaína. No me drogo ¡pero es un chollo! Saco la nariz por la ventana e intento esnifar. Solo la polución alcanza mi pituitaria. Me frustro muchísimo.
Pero luego pienso: Alex, si tú no consumes drogas. Y vuelvo a pensar: ¿habrá alguna que consiga que todo esto sea verdad? 

25 oct 2013

Las asas

Se nota en el ambiente infestado de aire ponzoñoso. Le miran mal, por encima del hombro. Casi como a un terrorista o a un pederasta. Desde luego, candidato a recibir un escupitajo en el ojo.
Porque a la vista es un tipo de uno ochenta, con buen porte, buenos hombros, espalda algo ancha, bien vestido, pinta de sano. De deportista. Parece esconder una tableta de chocolate Lindt bajo la camisa. El terror de las nenas y la envidia del resto de gallos.
Pero ay amigo... lo que verdaderamente esconde. En efecto no va mal de hombros, de espalda e incluso de brazos pero... seguimos bajando y ¿qué hay? La tableta de chocolate apenas se intuye bajo una fina capa de grasa que inutiliza cualquier esfuerzo por sacar los músculos a la luz. Pero ahí no se acaba la cosa, ¡desde luego que no! Lo peor está a unos centímetros a izquierda y derecha: un par de michelines que vive dios si no parecen dos tumores metastasiados cintura alrededor.
Dos lorzas saturadas de grasa animal que bien podían tener un agujero en medio y hacer de asas de ese poca cosa que fácilmente se convertiría en olla exprés con guiso, lentejas y cerveza dentro. Eso es lo que le gusta al desgraciado. Sus asas desmerecen todo intento de mantener el cuerpo entre la decencia. Hacen de él toda una caricatura del ridículo personificado. Son el trauma y la vergüenza. La carcajada a hurtadillas. El perfecto contraejemplo, el espejo en el que nunca mirarse. La arcada y el vómito.
No sabe si son herencia, un mal metabolismo o el resultado de años de descuido. Quizá un castigo de dios por haber sido un hijoputa en otra vida.
No deja de luchar por eliminarlas y, sin embargo, ahí están las asas ganando la batalla del sinsentido en que se ha convertido su vida. Se pone la camiseta de nuevo. Humillado. Cobarde. Tan cobarde como escribir este relato en tercera persona.

20 oct 2013

Rutina

Cada noche se sentaba en un parque y veía la vida pasar.
La gente llegaba del trabajo y corría a sus casas a refugiarse. Caminaban como máquinas hacia su destino escondido al otro lado del portal. Mañana sería otro día igual.
Muchos otros paseaban a sus perros. Alguno de esos animales se acercaba a olerle y le movía el rabo, sin tomarse demasiadas confianzas porque el dueño vigilaba con recelo a escasos metros. También para los perros mañana sería otro día igual.
¿Dónde está dios?, se preguntaba. ¿Es esto todo lo que ha creado? ¿Esto es lo que ha dispuesto para nosotros?
Al tratar de responderse sólo lograba ponerse nervioso. Fumaba y se mordía las uñas pero no se le deshacía el nudo del estómago. Notaba cómo los edificios se le venían encima y cómo el cielo se encogía hasta aplastarle. Era asfixiante.
Dejó que unas lágrimas mojasen el trozo de banco entre sus piernas abiertas. Permaneció largas horas sin encontrar una respuesta. También para él mañana sería otro día exactamente igual.

13 oct 2013

El físico

Eran las once y media de la noche y en la Facultad de Ciencias sólo quedaba una luz encendida. Pablo apuraba sus últimos meses de tesis doctoral y se le hacían cortos los días junto a su compañero de laboratorio: un póster en blanco y negro en el que Albert Einstein echaba la lengua al fotógrafo.
—Claro Alberto –dijo el físico–, tu amigo Pablo es un genio. ¿Pero qué dices? ¿Quieres que te cuente otra vez mi brillante idea? Pero si ya me dijiste que no lo entendías. Ji, ji, ji. Einstein, no sabes una puta mierda de mecánica cuántica, ¿a que no? –echó la lengua, imitando al hombre del póster–. Vergüenza me daría, ¿me oyes? ¡Vergüenza!
Una música se escuchó de fondo. Era difícil adivinar de dónde procedía.
—Sí, Alberto. Es sábado y la gente se divierte. Pero no todo el mundo termina follando, ¿eh? ¿O qué pensabas? Las tías no se suelen fijar mucho en el Cociente Intelecutal para seleccionar varón. Una pena con mi ciento treinta y cinco, ¿no te parece?
Ya hacía rato que dos enormes lamparones de sudor impregnaban los sobacos de la camiseta de Pablo. Llevaba once las horas allí metido, sin contar las pausas para comer, mear, y cagar.
Tecleó algo con extrema velocidad y se levantó.
—Y yo no soy el típico friki, Albertito. ¿O no te acuerdas de las borracheras que me pillaba? Claro que ahora estamos a dos meses de la presentación y... –se meneó bruscamente intentando dar obviedad a su razonamiento–. No pretenderás que me vaya por ahí de jarana. Aunque si por mí fuera... el dios malvado inventó las resacas para que tíos como yo soltásemos la botella de vez en cuando. Ji, ji, ji. ¡Cómo que exagero! ¡Menudo era yo!
Deambuló despacito alrededor de la mesa del laboratorio. Se sentó de nuevo y se mantuvo concentrado sin apenas pestañear, como si hubiera dado con una mágica clave.
—Bueno, bueno, bueno –se tiró un pedo–. Esto ya va estando. Bien, bien, bien. Ji, ji, ji. Grabamos y listo. Otra jornada productiva, ¿a que sí? Pulsamos el botón y... guardando. Otra buena jornada, sin duda. Tu amigo Pablo es un verdadero genio, no me lo niegues.
Miró con desesperación la pantalla. ¡Esto tarda una eternidad!, parecía indicar su gesto.
Se frotó el pelo como queriendo arrancárselo. Hacía rato que se había despeinado pero según él, así le brotaban mejor las ideas.
—Lo malo es esto. ¡La espera! Dime Alberto, ¿en qué puedo ocupar estos valiosos segundos? ¿Cómo dices? ¿Que quieres que me masturbe otra vez? –se agitó los testículos con cierta violencia–. ¡No, no y no! Eso sería hasta obsceno. ¿Y si hay cámaras? Bueno si hay cámaras habrían visto lo de antes –en efecto, ya se había masturbado a media tarde–. ¡Pero no! Me he prometido a mí mismo que una al día y no más. ¡Y yo soy hombre de palabra!
Volvió a levantarse, esta vez caminando a marchas forzadas. Su impaciencia era evidente.
Se acercó a cerrar la ventana pero antes se asomó, observando la negrura que reinaba en el campus.
—¿No te gustaría saber cómo es eso? Tampoco te pierdes gran cosa. A decir verdad, estarías rodeado de una considerable cantidad de hijos de puta que te harían la vida imposible. No están preparados para gente como nosotros. No, señor. Tú y yo somos de otra pasta. No se merecen que nos mezclemos con ellos –se acercó al póster y susurró al oído de Einstein–: aquí estamos como dios, hazme caso.
Luego volvió a la ventana y cerró haciendo un ruido espantoso que nadie oiría. Dio unas cuantas vueltas delante de la pantalla.
—Claro que en algún momento tendré que salir de la cueva –se volvió con brusquedad, mirando ahora fijamente el proceso de guardado–. Pero ya hemos madurado, Alberto. Incluso ellos lo habrán hecho. Puede que ya no sea objeto de sus burlas o si no tendré que cambiar de compañías, ¿no te parece? Pues a mí sí, lo siento. Y no soy tan antisocial como te crees. Es sólo que la física me absorbe demasiadas horas. Pero si no... si no podría tener amigos, ¡y hasta una novia! Ji, ji, ji. ¡Sí, una novia guapa y simpática! ¿Por qué no?
Finalizó por fin el guardado. Pudo sentarse para terminar su jornada.
—Listo por hoy. Inicio, apagar. Muy bien. Muy muy bien. Otra jornada triunfal. Experimento exitoso a la vista. Acojonante, ¿verdad? Lo sé. ¿Mañana a qué hora nos vemos? ¿Las nueve te parece bien? A mí también. Pero no te enfades si me quedo dormido. Hoy puede que me ponga una peli y me masturbe otra vez. Puede incluso que llame a una prostituta. Ji, ji, ji. ¡Que no, tonto! Que soy un hombre de principios. Bueno, pórtate bien, ¿eh? Que no me entere yo de que has sido malo. Ji, ji, ji.
Y salió del laboratorio dando saltitos. El mayor genio de la facultad se disponía a dormir. Bueno, no sin antes satisfacer sus necesidades. Puede que incluso dejase de ser un hombre de principios.