16 mar 2015

Otra pausa

Hay momentos para todo y este momento es para hacer una pausa. Durará poco, lo sé y así quiero creerlo, pero ahora toca echarse a un lado y hacer un paréntesis en la vida de este blog.
El material está escrito. El trabajo de volcarlo aquí será fácil. Y habrá nuevos temas y más de lo mismo. Será una breve pausa. Pero una pausa muy necesaria.
¡Hasta pronto!

9 mar 2015

Infidelidad

—Quince jodidos años —le dijo Sebas a la camarera—. ¡QUINCE JODIDOS AÑOS! Aguantando, ¿comprendes? Aguantando insultos, malos tratos. Sí, malos tratos, porque cuando una mujer se pone a darle a la lengua es peor que la peor de las palizas que un hombre le pueda dar. Quince jodidos años con las mismas historias, las mismas preguntas incómodas, las mismas frases con veneno, las mismas indirectas de mierda. Soportando que te machaquen un día y otro y otro también. Respirando y tratando de mantener la calma. Intentando escapar cuando la cosa se pone fea. Haciéndote ilusiones con que mañana será mejor, pero eso es mentira, ¿comprendes? Es mentira. Igual que todo. El amor es una puta mentira y sólo puedes pensar en rajarte las venas para salir del paso, pero ¿sabes? No sales. ¡NO, JAMÁS SALES!
Nadia atendió a otro cliente desesperado y después regresó junto a Sebas. Le gustaba escuchar las historias de aquel buen hombre borracho.
—Siempre jodiendo el mismo coño, ¿puedes entender lo que eso significa? Quince años sintiendo exactamente lo mismo. Rozándote un poco debajo de las sábanas a ver si así se calienta y no encuentra una buena excusa. Besándola primero un poco para fingir que hay amor, ¡já! —dio un buen sorbo a su cerveza—, pero metiéndosela después con violencia para saciar tu sed de mujer, ¿comprendes? Las mismas posturas, los mismos «ays», las mismas frasecillas estúpidas antes de correrte dentro de un plastiquito ridículo. Dime, Nadia. Dime que la vida no es una mierda.
Nadia puso algo así como una sonrisa complaciente y atendió a otro tipo desesperado. Cuando regresó a Sebas éste se había levantado y se estaba sacando la cartera del bolsillo.
—¿Suficiente por hoy? —le dijo.
—Sólo por hoy.
Sebas puso un billete encima de la barra y Nadia supo que se podía quedar con la vuelta.
—Gracias, guapo —le dijo.
—¿Guapo? Esa sí que es buena.
Guapo... pensó Sebas, tú sí que estás cachonda.
Cuando entró en casa, Sebas estaba lo suficientemente borracho como para desear el culo de su mujer. Se desvistió y se metió en la cama, donde ella dormía con los tapones para los oídos puestos.
Se quitó los calzoncillos y con el pene en media erección empezó a golpearle el trasero tapado con un pijama. Ella le ignoró primero y después se quitó los tapones para los oídos y preguntó algo así como «¿qué coño quería?». Sebas respondió «el tuyo» y siguió jugueteando, agarrándose el pene con una mano y tratando de quitarle el pijama con la otra.
Después de uno o dos minutos de negativas y de algún insulto, ella estaba desnuda también y húmeda para recibir a su marido. Sebas la tomó, primero de lado, luego encima, luego del otro lado y finalmente debajo de ella comiéndole el coño con todo el esmero que pudo. La mujer no daba crédito al esfuerzo de su marido y creyó sentir algo parecido a un orgasmo justo antes de que él se corriera.
—Buf —dijo—. Es lo único que puedo decir.
Seguía jadeante. También incrédula, y agarró con miedo las sábanas cuando regresó a su lado de la cama y dejó que el pulso se recuperase.
—Muy bien... —dijo—. No sé qué te ha pasado hoy... pero muy bien.
Como siempre después de cada polvo, Sebas se levantó al baño a terminar de limpiarse. Se miró en el espejo y, también como siempre, se sintió una mierda grande y maloliente. Pero había estado bien. Sin duda. Muy bien.
Terminó, tiró de la cisterna y regresó a la cama, donde su mujer estaba girada y tenía otra vez los tapones puestos. Por el camino Sebas descubrió, con una sonrisa interior, el secreto de aquel polvo memorable: en realidad se acababa de tirar a Nadia. Puede que fuera suficiente que le llamase guapo para arreglar su matrimonio.

4 mar 2015

Amor de oficina

Fueron unos días muy divertidos. Todavía me entra la risa cuando me acuerdo.
Llevaba un tiempo fijándome en Alejandra. Yo era nuevo en la oficina y Alejandra llevaba allí uno o dos años y era una de esas personas que parecen saberlo todo de su trabajo; así que cuando llegué me sentí a su lado como una mierda en el zapato. Pero estaba buena y era simpática. Por eso nunca la odié.
No nos hablábamos mucho y toda interacción se restringía a alguna coincidencia a la hora del café y a mis constantes seguimientos con la mirada desde la trinchera de mi ordenador, pero eso cambió una buena mañana.
Alejandra se había acercado a hablar con la compañera de mi derecha de no sé qué asunto de pedidos que creían que se habían hecho y al final no y el jefe las iba a matar a las dos pero malo sería que al final no se pudiera arreglar. Yo miraba de reojo y no escuchaba demasiado, pero de pronto hubo un silencio y después Alejandra dijo «un momento que ya vengo» y salió extrañamente escopetada.
Decidí seguirla pocos segundos después, fruto supongo de una extraña intuición, a dondequiera que fuese a dar con su bonito trasero de entrenadora de ballet. Oí un ruidito en el pasillo de la fotocopiadora y supuse que era ella. Solía estar allí. Oí la máquina tragando papeles y luego soltándolos por otro sitio. Una hoja tras otra. No paraba. Justo antes de entrar escuché unos pasos acelerados y, una vez dentro, ya no había nadie pero la fotocopiadora seguía tragando y soltando hojas. Me quedé delante del aparato, al acecho, pero nadie vino ni cuando todas las copias estuvieron hechas. Entonces lo comprendí todo. Respiré y un olor penetró mi nariz y me hizo echar la cabeza atrás de manera instintiva. Era un olor a pedo. Un pedo no muy fuerte, para nada nauseabundo, pero sí quizá un pedo largo y profundo de un cuerpo, sin embargo, perfectamente sano por dentro. Un pedo de chica. Un pedo de Alejandra.
No esperé a que el olor se pasase y, riéndome por dentro, salí por donde se debía de haber escapado, pero no había rastro de ella en el siguiente pasillo ni en el siguiente. Pero la tenía acorralada. Tarde o temprano volvería a por sus hojas y tendría que cruzármela. Yo habría ganado la batalla.
Caminando un poco más me la encontré sentada en una silla a las puertas del despacho del jefe, y pude ver que estaba colorada como un tomate y, aunque trataba de disimularlo, visiblemente nerviosa.
—¿Esperas a Agustín? —le dije.
—Eh, sí... —contestó con dudas evidentes—. ¿Le has visto?
—Hoy se pidió el día, ¿no lo sabías?
—¡Ay! ¡Es cierto! ¡Qué tonta soy!
Podría haberse inventado cualquier excusa creíble para estar allí y me hubiera dejado sin argumentos. Se levantó.
—Gracias por avisar. Pensaba que estaba reunido con alguien porque tiene la puerta cerrada.
Me siguió. Entonces me sentí una especie de pastor guiando a las ovejas, sólo que guiaba a mi ovejita camino del lugar del crimen.
—Por cierto —le dije, a punto de entrar en el pasillo de la fotocopiadora—. Tienes ahí las copias que acabas de hacer.
—¿Copias? ¿Mías? —fingió estar extrañada. Yo había visto una de las hojas con la lista de pedidos, confirmando que eran suyas.
—Sí. Las que dejaste haciendo antes. Estuve un rato al lado de la fotocopiadora cuando vi que nadie venía, por si se las llevaban sin querer.
En ese momento supuse que se acababa de morir de vergüenza. Sabía que yo sabía que se había tirado un pedo y que lo había olido.
—Ah, sí —dijo—. Ya me olvidaba. Gracias.
Ya no había mal olor. Cogió sus hojas y seguimos caminando. Yo me senté en mi sitio y ella volvió a la conversación con mi compañera de la derecha.
Durante varios días Alejandra me rehuyó todo lo que pudo, pero yo la buscaba. Sentí que después de aquel pedo el hielo se había roto entre nosotros, que era el momento de atacar. Así que, tras forzar varios encuentros "fortuitos", nos hablábamos con naturalidad y terminé invitándola a tomar algo fuera del trabajo.
Cuatro o cinco días después conseguí tirármela con cierto salvajismo (aunque no le digáis a ella palabras como «tirármela» o «salvajismo», que no le gustan nada las brusquedades) y, hablándolo con calma y sin calentones de por medio, decidimos salir juntos oficialmente; y hasta hoy.
Por cierto, que terminó reconociéndome que se había tirado el pedo, aunque la tía no se ha vuelto a tirar más desde que estamos juntos.

27 feb 2015

Amor en el agujero negro

Después de años de viaje al centro de la Vía Láctea, era lógico que Tim y Norah terminaran enamorándose.
Hacía mucho que habían perdido el contacto con La Tierra y las señales emitidas no tenían retorno. Pero tampoco había vuelta atrás. Sabían que su billete era sólo de ida y que su misión era enviar datos, fotografías y descripciones detalladas de todo cuanto sucedía alrededor. Su odisea mortal era todo un hito para la humanidad.
Ahora estaban en el interior de Sagitario A y, aunque de lejos parecía una fatal fuente de luz y radiación, a distancias menores el espacio vacío se hacía grande y la nave surcaba la nada sin problemas aparentes.
Pero una nueva fuente de luz aparecía al otro lado de los cristales, y ésta sí parecía intensa y violenta a medida que se acercaban. Las sospechas de los astrónomos se confirmaban: un agujero negro supermasivo giraba en el centro de la Vía Láctea.
Tim y Norah tenían dos opciones: o desviarse y vagar por el vacío hasta agotar las reservas de alimento y tomarse luego la pastilla de muerte rápida, o mantener el rumbo y ser los primeros seres humanos y, ¿quién sabía si la primera forma de vida inteligente?, en ser engullidos por un agujero negro.
Los dos lo tenían claro y se adentraron todavía más en Sagitario A.
Meses después el brillo tras el cristal era cegador y comenzaron a notar los efectos de la gravedad que se aproximaba al infinito. Mareos, sacudidas y una sensación de velocidad en permanente aumento a pesar del potente sistema compensatorio de la nave.
Su velocidad de caída en espiral se acercó a la de la luz e imaginaron sus cuerpos comprimidos a ojos de un observador externo.
—Creerán que nuestro tiempo se ha congelado —dijo Norah.
—Se habrá congelado del todo en el horizonte de sucesos —puntualizó Tim.
Pudieron ver colosales chorros de gas y materia desapareciendo en sus narices. Un espectáculo indescriptible.
—Es el final —dijo Norah.
Las sacudidas eran muy fuertes. Rondaban el horizonte de sucesos y, después, nadie, nadie, nadie, sabía qué les sucedería además de morir.
—Desnúdate —dijo Tim.
—¿Seguro que quieres que sea así? —preguntó Norah.
—Segurísimo. Ya que el tiempo se congela, que lo haga con una imagen memorable.
Se despojaron los dos de sus ligeros trajes. Luego, sin demasiado protocolo, Tim empotró a Norah contra el panel de mandos y, agarrándola por el cuello y obligándola a mirar los fuegos artificiales del otro lado del cristal, inmortalizó para un observador externo el momento de su contacto con el horizonte de sucesos, metiéndosela por detrás lo mejor que pudo. El auténtico agujero negro.

22 feb 2015

Dos amigos mirones

Once eran los años de vida en los cuerpecitos de Rafael y Manuel. Rafa y Manu, entre ellos. Amigos desde la guardería, en aquel barrio y sin mayores responsabilidades que traer buenas notas al final de trimestre y procurar que papá y mamá no descubrieran sus fechorías, no existía objetivo alguno a largo plazo y sí unas inagotables ganas de jugar y no aburrirse jamás hasta que se hiciera de noche y alguien los bajase a buscar o les gritase desde la ventana.
Otros niños iban y venían en sus vidas. Se hacían sus amigos y el grupo era grande. Se montaban buenos partidos de fútbol y gloriosas tandas de escondite, pero la vida de los mayores era complicada y al final esos niños se cambiaban de casa o de compañías o, simplemente, un buen día ya no formaban parte del grupo. Pero allí seguían Rafa y Manu, inseparables, eternos.
Aquella tarde habían jugado al fútbol en las porterías sin redes de la pista de tierra que llamaban la «rompepiernas», aunque en realidad lo que rompía eran los pantalones de los chicos cuando caían, y si acaso propiciaba alguna que otra herida con pronóstico leve.
Después de la merienda ya quedaron menos chicos y, como casi siempre, al final de la tarde solos estaban Rafa y Manu. Los que habían resistido al bocadillo habían subido ya. Eran obedientes. Disciplinados. Ellos no.
Los dos amigos no sabían muy bien qué hacer. Su imaginación no daba para mucho pero entonces Manu se acordó de algo:
—Tengo una idea —dijo.
Se levantó e indicó a Rafa que lo siguiera.
Estaban frente a un pabellón polideportivo que habían inaugurado hacía un mes o dos.
—Aquí. Ayúdame —dijo Manu.
Señaló una papelera redonda pegada a la pared del pabellón. Era una papelera de madera que oscilaba en torno a un eje en la parte superior. No era fácil subirse a ella sin ayuda.
—Tú aguanta —dijo Manu—. Que no se mueva.
Rafa obedeció sin sospechar todavía los propósitos de su amigo.
Manu se agarró a algo en la pared y también en la pared apoyó una pata. La otra pata se fue a la cabeza de uno de los postes que aguantaban la estructura y, confiando en la firmeza de las manos de Rafa, tomó impulso y se subió al perímetro de la papelera, asegurando con sus pies el equilibrio y cambiando los puntos de apoyo de las manos a una cota superior de la pared.
El chico allí encaramado elevó los talones y alcanzó a mirar a hurtadillas a través de un cristal que daba al interior del edificio. Se agachó y al cabo de uno o dos segundos rió triunfalmente.
—Jajajajaja —dijo—. Ven, sube.
Manu se hizo fuerte con una sola de las manos apoyadas y utilizó la otra para tirar de Rafa, que tras escuchar la risa de su amigo, se había agarrado a la pared y trataba de subir él sólo sin preguntar el motivo de la carcajada.
Después de una leve oscilación de la papelera, los dos estaban arriba y lograron equilibrarse y sentirse seguros para mirar otra vez por el cristal.
—Tienes que ser discreto y mirar como hice yo —dijo Manu—. Si nos ven nos la cargamos, ¿vale?
—Sí, sí.
—Venga, vamos.
Los dos niños elevaron la cabeza a la altura de los ojos por encima de la repisita del cristal y observaron. Tres o cuatro segundos.
—Guau —dijo Rafa.
—¿Valía la pena o no?
—Muchísimo. ¿Quiénes son?
Manu se lo explicó. A él se lo contó una de las niñas de clase que también estaba dentro. Ella y otras del colegio y de fuera eran de un equipo de gimnasia y entrenaban ese día y otro en el pabellón. Manu recordó que le había dicho de qué hora a qué hora entrenaban y que luego se duchaban en los vestuarios del pabellón.
—¿Podemos mirar otra vez? —preguntó Rafa.
—Claro. ¡Pero que no nos pillen!
Se asomaron de nuevo. No percibieron mucho riesgo y hablaron con los ojos clavados en el espectáculo de una docena de niñas desnudas:
—Me gustan mucho las tetas —dijo Manu.
—Y a mí —dijo Rafa—. Cuanto más grandes mejor.
—Y lo de ahí abajo está también muy bien.
—Algunas ya tienen pelos. Mira esa, la de la derecha.
—Es de un curso más —aclaró Manu.
—Pues me gusta.
—A mí desnudas me gustan todas.
—Jajajajaja.
—Jajajajaja.
Se bajaron ambos al mismo tiempo. Luego saltaron también a la vez de la papelera y echaron a andar camino de la plaza.
—¿Tú cómo le llamas a lo que tienen ahí abajo? —preguntó Rafa.
—¿A qué? ¿A...? —Manu se señaló la entrepierna y el otro dijo sí—. No le tengo nombre.
—Yo tampoco.
—Pues ¿sabes qué? Me gusta eso que no tiene nombre.
—Y a mí. Como las tetas.
—Sí, como las tetas.
—Creo que a todos los hombres les gustan.
—Sí. Aunque creo que es más importante lo de abajo.
—Sí. A mi padre le escuché decir una vez que los hombres pueden matar por una buena de esas.
Estaban de nuevo en la plaza. Los columpios estaban vacíos.
—¿Vamos ahí? —preguntó Manu.
—Sí, pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que cada vez que entrenen vayamos a ver tetas y cosas de esas.
—Hecho.
—Hecho.
Se dieron la mano y se subieron a los columpios. Todavía quedaba un rato para jugar, hasta que un gritó de la madre de uno de ellos atronó en la plaza y tuvieron que marcharse.