27 oct. 2012

Una vida incompleta

Me he tirado a una gorda de cien kilos. He dormido abrazado a dos modelos desnudas. He tenido sexo semanas sin parar con mujeres diferentes.
He comido en los restaurantes más caros. He probado manjares exóticos. He bebido exquisito vino y whisky de las mejores barricas.
Me he drogado con los famosos de la tele. He practicado deportes de riesgo. He estudiado. He trabajado. Me he hecho rico. He mejorado la vida de quienes me rodeaban.
Y sin embargo nunca he conseguido prenderme un pedo con un mechero: ¿cómo pretendes que sea feliz?

22 oct. 2012

A solas con el gobernador

El espejo no mentía. Aquel tipo con arrugas en las mejillas, pequeñas marcas rojas en frente y boca, dientes desgastados y capilares inyectados de sangre en los ojos era él. Sí, era él. Era él y no le gustaba. Necesitaba una buena capa de maquillaje. Un disfraz. Necesitaba ser capaz de soportar aquella horrible visión.
Bebió vino. El vino que como siempre debía recibirle en el mini-bar si en el hotel no querían perder un cliente. Entonces apartó la mirada del espejo y llamó a su asesor, que esperaba con el resto del equipo en la habitación de al lado. Gritó a su asesor:
—¡Timmy! ¡TIMMY!
Timmy entró con rapidez.
—¿Bradley?
­—Más vino, ¡ya!
—Sí, señor.
—Y que entre María.
Se marchó Timmy y Bradley volvía a estar sólo ante el espejo. Prefirió no mirar. Aquello no podía ser bueno. Cogió la botella. Ya no quedaba ni gota. Aquello era aún peor. SIEMPRE vaciaba una botella antes del mitin pero aquel día necesitaba más. Por algún motivo. O por ninguno. Pero necesitaba más.
Entro en el cuarto de baño y puso la cerradura. Se bajó los pantalones y se sentó en el wáter. Hizo fuerza pero no consiguió expulsar nada. Sintió que jamás lo conseguiría. Pero allí se quedó. Agarró su pene y jugó con él. A un lado y a otro, arriba y abajo, haciendo circulitos, hasta que la puerta de la habitación se abrió y alguien entró.
—¿María?
—Soy Timmy, Bradley.
—¿Dónde está María?
—Enseguida sube, señor.
—¿Y mi vino?
—Entre mis manos. ¿Quiere que se lo abra?
—¡Ni hablar! Déjalo en el escritorio y ve a por María. La necesito.
Timmy desapareció nuevamente y Bradley se subió los pantalones, tiró de la cisterna y regresó al vino. Descorchó la botella y llenó el vaso hasta arriba. Bebió. Se sintió un poco más relajado. Bebió tranquilamente y pudo pensar. Pensó en cuando era un chaval. En lo diferente que era. En lo mucho que se reiría si se viese a sí mismo vestido de traje, encerrado en la habitación de un hotel, bebiendo vino y esperando para ofrecer su gran mitin. Pensó en los valores: la honradez, la palabra dada. En lo mucho que le costaría ahora meterse en una buena pelea, darle al otro su merecido y luego invitarle a una pinta. ¡Aquellos sí que eran tiempos! O cuando le robó la navaja a aquel gitano que quería robarle y terminó robándole él. O cuando se tiró a aquella vendedora de periódicos debajo del puente. Sí, señor, los buenos tiempos. Luego vino el primer trabajo, y el segundo, y el tercero donde conoció a aquel tipo, aquel viejo verde al que le cayó simpático. Ése que le prometió que lo metería en la política. ¡Maldito el día!
Se sirvió otro vaso. Bradley, el chico rebelde de los barrios bajos. Bradley, el alcalde prometedor. Bradley, el gobernador y candidato a la reelección, bebiendo para poder llevarlo, para poder ser el Bradley que todos querían escuchar en el último mitin de la campaña.
La puerta sonó. Sólo María golpeaba así con sus finas manos.
—Adelante.
Dos piernas no muy largas pero bien hechas, con medio muslo a la vista. El pelo alborotado por las prisas, queriéndosele pegar a la piel morena por la libertad, por las muchas horas de rayos uva. María se deshizo de los bártulos que cargaba y entonces se le vio lo bueno de verdad. Aquel escote que enloquecería al mismísimo Santo Padre, con esas dos cosas queriéndosele desbordar, apelotonándose la uno contra la otra y diciendo papi aquí estamos, con esa voz puertorriqueña tan dulce.
—Cuando quiera, señor.
—Sí, claro. ¿Quieres un trago?
—No, señor. Ya sabe que no bebo.
—Pues deberías, María. Deberías.
María abrió una maletita donde alojaba el kit básico para maquillar al gobernador.
—Puede sentarse el señor.
—Sentarme. Por supuesto.
Bradley se sentó frente al espejo que odiaba. Pronto tendría su merecido, cuando María terminase su milagro de cada día.
—¿Mucho o poco? –preguntó María.
—¿Qué pregunta es esa? Ya lo sabes.
—Como quiera, ¿no?
—Como quieras.
María comenzó su trabajo. Bradley se calló para contemplar el reflejo de aquellas dos cosas que botaban. Se movían, aparecían a un lado y a otro de su cabeza. Realmente eran dos bolas grandes y hermosas. Se querían salir. Querían salirse de aquella prisión de sujetador y él deseaba presenciar el momento.
Notó la crema fría sobre la frente. Eso serviría para disimular las marcas rojas. Miró una vez más el escote y cerró los ojos. Bradley había estado casado cuatro veces y las cuatro mujeres le habían abandonado. Al parecer era insoportable convivir con un político de primera línea. Una a una se habían encargado de vaciar su cuenta corriente y ahora estaba obligado a seguir en la palestra para garantizarse una jubilación digna. Eso sí, cuidándose muy mucho de no volver a caer entre las bragas de cualquier fulana dispuesta a repetir la jugada. Luego estaban los hijos, nueve en total. Apenas los conocía. De algunos tenía que pensar el nombre y, desde luego, le costaba hacerles cara. Pero no le importaba. Él sólo debía pasar la paga a final de mes y dejar que sus buenas madres se encargaran de ellos. Seguramente él no hubiera sido una buena influencia.
María iba rápido. Le había extendido otra extraña sustancia por los mofletes y ahora estaba dándole al pincel por encima. Bradley sintió cosquillas y abrió los ojos, y entonces se reencontró con los pechos de María a punto de rozarle un hombro y creyó estar en la gloria.
La tenía dura. Tan dura que podía romper las cremalleras del traje de seis mil euros. Lo que daría por ser libre y poder intentarlo. Sólo intentarlo…
Alguien entró en la habitación. Timmy.
—¿Qué quieres?
—Una hora, Bradley.
—Ya lo sé.
—Le traigo su discurso. Corregido. En la última página tiene las cifras por si…
—Ya, ya, ya… como siempre. ¿Algo nuevo?
—Bueno, es el último mitin de la campaña, señor. Unos cuantos mensajes trascendentales.
—Bah… déjalo ahí mismo.
—Señor, ¿lo va a…?
—Sí, Timmy, lo repasaré.
—Gracias. Ya sabe que hoy la prensa ha recogido que anoche olvidó una frase.
—Lo sé, Timmy.
—Por supuesto. Pero las encuestan dan un empate técnico y no podemos permitirnos…
—¡Joder, Timmy! ¿Qué coño te pasa? ¿Acaso te crees que no lo sé?
—Entiéndame, señor. Tenemos muchos compromisos para esta legislatura y muchos dependemos del domingo para seguir  ganándonos el sueldo.
María suspiró y le hizo más cosquillas, esta vez desagradables. Seguramente también su sueldo dependiera de qué Bradley ganase el domingo.
—Está bien, Timmy –dijo Bradley–. Tendré cuidado. Te lo prometo. Ahora déjanos, ¿quieres?
—Sólo una cosa, señor.
—¿Sí?
—María, ¿te queda mucho?
—Oh, no. Dos minutos.
—Bien. Señor. Hemos llamado al News of the Joke. Mandarán una periodista que estará esperando en recepción. Al parecer esos comunistas cuentan con muchos lectores en internet. No estaría de más que contestase unas preguntas para ellos.
—¿Has dicho News of the Joke?
—Sí, señor.
—¿No son los que hacen chistes y caricaturas?
—Lo son. Pero valoran que los políticos sean cercanos y, como le digo, mucha gente los lee, sobre todo jóvenes y…
—Vale, vale. Le contestaré.
—Perfecto. María…
Timmy se esfumó por fin. Bradley pensó unas cuantas respuestas ingeniosas para el News of the Joke. Calculó que le preguntarían sobre el candidato Vermont, sobre los escándalos de corrupción de alguno de sus compañeros o sobre las últimas declaraciones de su segunda esposa, que se dedicaba a arrastrarse de plató en plató despotricando sobre él; seguramente porque ya se había pulido en ropa y coca toda la pasta que le había sacado. Pero no la culpaba. Él también se arrastraba, sólo que de mitin en mitin, de acto en acto, de reunión en reunión, de despacho en despacho, de comida en comida, y su sueldo y sus comisiones parecían más dignas. Se cambiaría por ella.
—Listo, señor Hill –dijo María.
Bradley se miró y se gustó un poco más. Otro milagro de María, aunque le hubiera perdonado una chapuza si se lo compensaba de otra manera.
—Gracias, guapa.
María recogió y se fue. Bradley miró su trasero gordito hasta que le abandonó tras la puerta. Se acercó al espejo. La cosa había cambiado. Parecía un tipo serio, firme, que sabía lo que se hacía. Y más cuando se colocó las gafas, de las que prescindiría si no fuera porque desde el partido le habían dicho que le daban una imagen culta y diligente.
Se ajustó la corbata y entró en el baño. Meó. Se sacudió los hombros y el cuello y volvió y cogió el discurso de Timmy. Se sirvió más vino y bebió antes de leer una sola palabra. Se paseó de un lado a otro con el discurso en una mano y la copa en la otra. Las mismas palabras de siempre. Algunas verdades, algunas mentiras. Sí, alguna cosa trascendental, medidas que ni él conocía, pero podían colar y quizá supusieran unos cuantos votos.
Estaba preparado. Salió con su maletín de piel y tiró de la puerta. Adiós a su vigesimocuarta habitación de hotel en veintiocho días.
Le esperaban en el hall. Simon y Elton, los guardaespaldas, dejaron sus periódicos en la mesa y se levantaron. Eran buenos tipos. Grandes y fuertes. Serviciales. Sin muchas luces, pero se dejarían los huevos por salvarle y seguro que follaban más.
—Chicos.
—Señor Hill.
—Señor Hill.
Le deprimía la presencia de Simon y Elton. Le recordaban que él no podía ser uno más. Jamás podría volver a conducir un Cadillac con una fulana borracha y en minifalda a su lado. Ahora era el ocupante trasero de un enorme Ford blindado que tenía prohibido conducir. Jamás podría volver a salir borracho de un bar tras insultar al camarero y recibir dos buenos puñetazos. Jamás se sentaría en el jardín de la universidad a buscar conversación con cualquier tía. Ahora tocaba mirar a un lado y a otro, escuchar insultos, halagos. Recibir palmaditas, huevazos. Quizá un disparo entre ceja y ceja.
Sí, un disparo, quizá fuese lo mejor.
Se despidió del recepcionista, un viejo tonto que le había dado la murga sobre cómo debían ser las cosas mientras le acompañó a la habitación. Bradley odiaba a esos tipos, y odiaba más tener que callarse y decir «sí, claro» y no poder mandarlo a la mierda o simplemente pedirle que se callara.
Salieron. Allí estaba la reportera. Ella sola, con una grabadora. Era poca cosa y no muy allá pero rubita y con cierto toque de inocencia. Me valdría, pensó Bradley. De hecho, en ese mismo momento le ofrecería perderse en una isla remota y olvidarse del resto del mundo, aunque odiaba los piercings, Bradley, los odiaba, y esa tipa lucía dos o tres en la cara y otras dos o tres en cada oreja, seguramente para no llamar la atención entre esos anarquistas del News of the Joke.
En la calle hacía frío. El coche estaba lejos y gobernador y guardaespaldas caminaron mientras la reportera les seguía y preguntaba. Por suerte poca gente sabía que allí se hospedaba y pudo caminar con cierta tranquilidad.
Media hora después, Bradley Hill aparecía tras el lateral del escenario de un pabellón polideportivo. Diez mil personas le aplaudían y jadeaban. Él aplaudió también y agradeció a todos su presencia. Se dirigió al estrado y miró la multitud antes de hablar. Quizá entre todos aquellos infelices algún loco portase un fusil y fuera un magnífico tirador.

16 oct. 2012

Algo grande

Soy de los que creo que toda persona está llamada a hacer algo grande. Una voz interior nos recuerda que no pasaremos desapercibidos por este mundo. Que mientras los gusanos nos devoren las entrañas nuestro careto aparecerá en los libros, nuestro nombre se escuchará en la radio o nuestra obra será trending topic mundial durante nosecuantos días.
Es una esperanza, a veces la única esperanza. Oh, sí, el glorioso futuro, el perfecto porvenir que nos aguarda a no muy largo plazo. El saber que el presente es sólo eso: presente, un minúsculo lapso de tiempo de mierda al que seguirá la tierra prometida, el reconocimiento, el dinero, la fama, las tías babeando, los autógrafos, los flashes, los aplausos, el maná, las cuarenta vírgenes, el multiorgasmo, la eyaculación eterna pensando en la imagen de nosotros mismos. Sí, ese día llegará.
Tenemos metas. Sueños le llaman algunos. En realidad son necesidades. Necesidades sin las que nos habremos dado cuenta de que somos inferiores a algunos que SÍ lo han conseguido, y eso es algo que no podemos soportar.
A mí me pasa. Espero el no sé qué, mi oportunidad, sin darme cuenta de que quizá no soy más que el león que duerme y espera que la gacela herida venga a despertarle. Lo sé, hay que salir a cazar, si no no se come, si no no se llega, pero no tenemos armas, o no sabemos cómo utilizarlas, o tememos que un cazador más listo nos esté apuntando y dispare. Y mientras, dejamos, dejo, que una nube tóxica de conformismo emponzoñe mi vida, me contamine hasta tal punto de que me crea que estoy bien, razonablemente bien, pero yo sé que no. ¿Quién no sabe realmente que no?
La esperanza es el cambio. Quizá se produzca, quizá no. Quizá el león despierte. Si no lo hace corre el riesgo de morirse de hambre y, lo que es peor, creerse aún así que está bien.

12 oct. 2012

Whatsapp

Emoticones aparte, aquel tipo estaba en el corrillo, dándole al trinque, sin hacer mucho caso al asunto porque entre sus manos sujetaba su iphone 5 y no dejaba de mirarlo y teclear, mirarlo y teclear. Ella estaba en otro bar, junto a la barra, contoneando sus curvas de cuando en vez para no desentonar de su grupo de amigas, pero más pendiente de lo que decía su Blackberry rosa.
Era una conversación por el whatsapp:
«ola»
«ola»
«q tal?»
«bn
kien es?»
«luis
manu m dio tu num»
«q manu?»
«el rastas»
«ah
okis
y q qerias???»
«s 1 larga historia
xo n resumn
m dijo manu q tnia 1 amiga muy interesante»
«aja»
«no t parecra mal»
«eso dpnd»
«d q?»
«d kien seas tu
xq aun no se na d ti»
«xo eso se arregla»
«tiens 1 foto?»
«nop»
«ntncs?»
«podems verns y cmpruebas»
«a ciegas?
1 amiga lo a exo y salio mal»
«no siempre va a ser asi
dnd sts?»
«n l nirvana»
«ok
pues hacms 1 cosa»
«dim»
«m paso x ai 1 mom»
«buf
no se no se
prefiero 1 foto ants»
«no tngo
xo no importa
scuxa
q no acabe
m paso x ai
y m voy a ponr n l barra d atras
si no t gusto ya ni saluds»
«hummmmm
no s mala idea
y como t conocere???»
«facil
sere l único q lleve traje»
«ah
okis»
«ok
pues tardo 5 min y stoy ai»
«okis
t spero
besis»
«bs guapa»
Dicho esto el tipo se metió de un sorbo el medio cubata que le quedaba. Acto seguido agarró a Manu el rastas y le dijo al oído:
—Me voy, tío.
—¿Y eso?
—Ya te contaré. Te debo una.
—Lo que se hace por mojar, ¿eh?
El tipo contestó con una sonrisa. Tenía razón el rastas. Lo que se hace por mojar… pero lo que pocos sabían, y con eso esperaba dejar alucinada a la chica, es que el tío trajeado que acababa de escribirle no era un cualquiera. Historiador, periodista, escritor y desde el noventa y nueve ocupa una letra en un sillón de la Real Academia Española. Casi nada.
Claro que ella no se quedaba demasiado atrás. Filóloga hispánica, catedrática en la Complutense y a punto de publicar su primer libro.
Pero, a la hora de la verdad, cuando se trata de mojar, se le dan al diccionario, a la gramática, a la ortografía, a la RAE y a la madre que los parió a todos, las hostias que hagan falta. Las que hagan falta… 

3 oct. 2012

Profesor particular

Asomaba con disimulo la cabeza tras la puerta de la cocina, creyéndose invisible desde al salón. Observó cómo se cerraba la cremallera de la mochila de Mario y cómo éste se levantaba, le daba la mano a Rubén y luego una palmadita en la espalda. El profesor particular se levantó y los caminos de profesor y madre se cruzaron como sin querer en medio de la nada, en un lugar insignificante entre un sofá y la alfombra.
—¿Ya te vas? –mintió ella en su sonrisa.
—Eso parece –se encogió Mario de hombros, como si la mala conciencia le atacase por dar por finalizada una clase. Claro que aquella no era una clase cualquiera.
—¿Y cómo lo ves?
—Bastante bien. Ahora es cosa suya.
—Sí.
Madre y profesor miraron al alumno, al que poco le interesaba ya esta fase protocolaria que no hacía sino reducir su tiempo de videoconsola.
—¿Aprobará entonces? –siguió la madre.
—Yo creo que sí. Por mi parte he hecho lo que pude.
—Ya lo sé. Si estamos muy contentos…
Rubén se escabulló a su cuarto y hubo silencio por un instante.
—Entonces –dijo la madre–. No te volveremos a ver.
—Creo que no.
—¿Seguro que el año que viene no puedes seguir?
—Seguro.
—Es que a Rubén le va muy bien trabajar con alguien joven. Cogió confianza muy rápido. Si es por el precio se te puede pagar más, ya sabes…
—No, no… ya le dije que si todo va bien empiezo a trabajar en una empresa. A jornada completa.
—Claro, claro. Uno tiene que mirar por mejorar.
—No es que aquí estuviera mal, pero…
—No tienes que darme explicaciones. Te comprendo perfectamente.
En otro silencio pareció la madre recordar algo y puso al efecto cara de descuido.
—¡Ay! Que tengo que pagarte el mes… –volvió enseguida con la cartera  y removió en el bolsillo de los billetes– ¿Es así, no?
—Eh… supongo… –contó Mario el dinero mientras con eficaz disimulo se acercó dos pasos a la puerta de la calle.
—Bueno –reclamó su atención la madre–. Pues hasta aquí.
—Sí, hasta aquí.
—Que me alegro mucho de haberte conocido. Bueno… nos alegramos Rubén y yo.
—Gracias. Igualmente.
Mario tenía una mano sobre el pomo.
—En serio, que te deseo muchísima suerte en tu vida.
—Gracias. Lo mismo digo.
—Gracias a ti. Y ya sabes, si alguna vez…
—Sí, sí, lo sé –abrió Mario la puerta diciendo estas palabras–. Os avisaré si finalmente estoy libre.
—Sí, por favor. ¿Me permites…?
—¿Eh? Sí, claro.
La madre acercó sus cincuenta y tres kilos de mujer demasiado joven como para firmar la vida sedentaria que llevaba, y prolongando el momento más de la cuenta besó dos veces la cara de Mario, una por mejilla, procurando que su aroma penetrase bien adentro por los poros del chico. Esperando… ¿qué sabía ella? ¿Un milagro quizá? Nada, esperando nada.
—Bueno, Mario. Suerte.
—Hasta luego.
—Hasta luego.
Mario subió a su coche y ejecutó con rapidez la difícil maniobra de desaparcar del terrenito de la entrada de la finca. La madre aguardó en la puerta como de costumbre, a priori para asegurarse de que ha salido para darle al botoncito que cierra el portalón. Pero lo cierto es que era una dura despedida. El hombre de su vida se marchaba para quizá no volver, y pronto llegaría a casa la cruda realidad de su marido viejo, feo, canoso, estresado, despreocupado, irritante, machista y medio hombre. Tal era su sino.