31 mar. 2016

Mi vida de muerto

Me morí joven y, cuando después de un juicio rápido, conocí a Satanás, me convertí en un espíritu de lo más travieso. Aquí en el infierno no había —no hay, debo decir— demasiado que hacer más que pecar hasta la eternidad y sufrir puntuales martirios por lo malo que has sido en vida. Pero tampoco esos martirios son lo que eran y no causan demasiado dolor. Satanás se ha ablandado, o eso dicen los viejos del lugar.
Total, que tenía bastante tiempo libre y, en vez de mirar vídeos eróticos o jugar al póquer, solía colarme en la tierra de los vivos y hacer mis pequeñas putadas de espíritu. Por ejemplo, allí donde jugaban a la ouija, si me pillaba cerca, movía el vaso en que ponían sus dedos, daba un portazo, abría un grifo o rompía la cristalera más cercana. Ellos se acojonaban y salían corriendo, y yo me quedaba partiéndome de risa... Otras veces me hacían preguntas estúpidas: ¿estás ahí? ¿Tienes algo que decirnos? Y yo movía el vaso hacia donde me interesaba para dar más juego, antes claro del gran susto, ¡jeje!
También me gustaba colarme en los cementerios. Sobre todo cuando a los chavales se les daba por hacer botellón allí. ¡Que ya está bien de molestar a los muertos, hombre! En estos casos una pedrada en una lápida solía bastar para dispersar la reunión. Me encantaba también irme a un descampado donde una parejita había aparcado su coche para dar rienda suelta a su amor de juventud. Solía ponerme por detrás y zarandear el vehículo, y si eso no bastaba, pintaba con el dedo en el parabrisas un mensaje como «váis a morir» o algo así. No veas cómo aceleraban y abandonaban para siempre su nidito de amor, ¡jeje! Aunque bueno, mi pasatiempo favorito era colarme en los vestuarios femeninos, por ejemplo en los del equipo de voleibol, y observar cómo aquellas obras de arte se mojaban y se enjabonaban mientras hablaban del último partido o del siguiente entrenamiento. Aquello sí que era un vicio y ya me decían en el infierno que no me bastarían varias vidas para purgar mi lujuria.
Pasada esta época de travesuras se me dio por algo más macabro. Viajé unos cuantos kilómetros colándome en trenes y aviones —es una de las ventajas de ser espíritu, jeje— y me instalé en mi propia casa, donde había vivido con mi mujer, a ver cómo estaba el panorama por allí. La verdad es que esperaba encontrarme una especie de funeral permanente, pues como os dije, morí joven, y eso siempre es peor que cuando a uno le llega su hora con lógica. Pero no fue así, ni mucho menos.
Después de días de observación puedo resumiros con cierta precisión esa realidad. Mi mujer adelgazó. Nunca estuvo gorda, ojo, pero ahora se había quitado ese kilo de más del culito y tenía un tipazo impresionante. También se soltó literalmente la melena y ya no lucía coleta, y vestía con colores alegres y vestidos cortos, lejos del luto que me esperaba y, lo que es peor, más lejos aún de las telas largas y de colores apagados que se ponía cuando estaba a mi lado.
El motivo de su renovación fue que renovó también sus compañías. Y sí, como estaréis ya imaginando, me refiero a otro hombre. Un chico guapo y joven, de más o menos mi edad, se paseaba ahora por allí, comía en mi sitio de la mesa, se sentaba en el sofá del salón, cagaba en mi retrete y ocupaba mi lado de la cama, haciéndole el amor a mi mujer con una frecuencia que ya quisiera para mí. En fin, pensé, ha encontrado a otro amor; que sea muy feliz.
Cierto es que, una vez convertidos en espíritus, ya no poseemos sentimientos, sólo el dolor físico ante las torturas punitivas, pero noté un pinchazo terrible cuando el perro, nuestro perro, el perro de mi mujer que ya se había acostumbrado a mí y tanto me quería, se volvía ahora loco por aquel hombre y le lamía, le saltaba, quería jugar con él. Por dios, ¡si a mí me costó años que ese chucho me aceptase! No comprendía por qué le había aceptado a él tan rápido. ¡Eso significaba que aquel era sin duda el hombre de la vida de mi mujer!
Y ya lo último fue encontrar la casa completamente carente de recuerdos míos. Entiendo que quite mis fotos en presencia de otro hombre. Hubiera resultado violento. ¡Pero que ni siquiera conserve los cuadros que compré, mis libros o los recuerdos de nuestros viajes es algo que no comprendo! Parece como si me odiara o como si quisiera borrarme del todo y, joder, creo que tampoco fui tan mal marido.
Tengo la impresión de que con mi muerte nació una nueva ella más guapa y vital, más feliz. Vamos, que se ha quitado un gran peso de encima. Y yo como un gilipollas, gilipollas hasta como espíritu, creyéndola de luto y llorando por las esquinas ante mi ausencia.
En conclusión, que desde el otro lado quiero aconsejaros que no os preocupéis tanto por dejar una huella imborrable como por disfrutar de vuestros propios pasos. El mundo seguirá girando una vez desaparezcáis y tarde o temprano seréis sólo un recuerdo. Bueno o malo, pero sólo un recuerdo.
A mí ahora me queda toda una eternidad por delante para pensar en lo gilipollas que soy. Probaré otra vez con mis pequeñas putaditas a los vivos, a ver si así al menos mato el tiempo, con la esperanza de que mi vida de vivo sea también para mí sólo un recuerdo. Sólo así podré empezar a disfrutar de mi vida de muerto. 

23 mar. 2016

Alguien tiene algo que decir

Los novios miraban al cura como un bebé mira un avión desde su carrito. Habían repetido todas y cada una de las frases que debían repetir. Todo salía según lo ensayado. La ceremonia había llegado al momento cumbre:
—Si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre.
Algunos niños entre el público se retaban al oído a soltar cualquier chorrada, pero hasta ellos parecían dar por hecho que nunca nadie decía nada en ese momento. Entonces el novio, impecable con su chaqué de alquiler y sus zapatos de chúpame la punta, levantó su mano izquierda y giró su cabeza noventa grados, buscando con temor la cara de la novia ante su gesto. Para su sorpresa ella, tres mil euros en traje, cola de cinco metros incluida sujetada por las niñas de arras, había levantado también su mano derecha y le miraba con la misma cara de pavor.
—¿Qué tienes que decir? —preguntó la novia.
—¿Y tú? —contestó él.
—¿Qué tenéis AMBOS que decir? —preguntó el cura.
Se había generalizado el murmullo y hasta los santos de las paredes parecían escandalizados. Novio y novia giraron nuevamente sus cabezas y miraron al cura.
—Adelante —dijo éste—. En los años de mi vida he visto algo así. ¡Pero hablad, por dios!
Se santiguó el cura y mandó con un gesto bajar el volumen de los asistentes, que esperaban también ansiosos las palabras de los novios. Se hizo el silencio y éstos hablaron, primero despacio, luego más deprisa, amontonando unas frases sobre otras e imposibilitando conocer el autor de las mismas:
—Que no estoy preparado para esto.
—Ni yo tampoco.
—No veo necesario este paripé.
—O mejor dicho, esta farsa.
—La quiero mucho pero esto...
—Yo también le quiero pero...
—No debimos haber permitido llegar hasta aquí.
—Todo ha sido un error.
—Una obligación inútil.
—Un papel innecesario.
—Un acto innecesario.
—Ni siquiera conozco a la mitad de los que están aquí.
—Yo creo que a menos de la mitad.
—Ni creo que les importe mi matrimonio.
—Ni el matrimonio ni nosotros. Sólo les importa el banquete.
—Es lo que esperan después de haberse dejado un dineral.
—Y al final nadie nos librará de sus críticas.
—Ni del pensamiento de que es una putada una boda.
—Hemos sido imbéciles, padre.
—Sí, por haber llevado esto tan lejos.
—Nunca debimos dar el primer paso.
—Fue como una obligación y...
—La bola ha ido creciendo, creciendo...
—Y cayendo cuesta abajo, imposible de detener.
—Pero esto es una ruina y un absurdo.
—Una banalidad en la que no creemos.
—Ni queremos creer, padre.
—Suspenda la boda, por favor.
—Sí, padre, háganos este favor.
Habló entonces el padre de la novia, el padrino, que escuchaba a tan solo unos centímetros de ella:
—¿Y no creéis que es un poco tarde para todo eso?
—No lo suficiente —dijo el novio, girándose al público—. Os devolveremos vuestro dinero más los gastos del viaje. Hemos apuntado lo que habéis puesto cada uno. Lo sentimos, de verdad.
Hubo más rumores y hasta algún silbido entre los presentes.
—Entonces —dijo el cura—, ¿hay boda o no hay boda?
—No hay boda —dijo la novia.
—Un momento —el padre de él tomó la palabra desde la primera fila de bancos—. Que no haya boda no significa que no haya banquete.
Nadie pareció comprender aquello y el hombre tuvo que levantarse para explicarse:
—Chavales —miró a los novios—. El convite está pagado, ¿no?
—Sí —dijeron ambos.
—Entonces, ¡qué carajo! Vamos a ver, señores —dirigió sus palabras al público—. Ustedes ya han pagado, ya han venido hasta aquí, ellos se quieren, ¿no es así? —volvió a mirar a los chicos. Asintieron— Entonces ¿a quién coño le importa si se han dado el sí quiero o no? ¿No queréis comer y beber hasta reventar?
Hubo algún sí entre los oyentes.
—No se hable más, pues, ¡todos al restaurante!
—Pero papá —dijo el novio—. No creo que sea adecuado comer como si nos hubiéramos casado cuando...
—Hijo —habló ahora la madre de ella—. Él tiene razón. Hoy está toda la familia celebrando vuestro amor, ¿qué importa si hay o no un sí quiero por el medio?
—No sé, mamá...
Después de un minuto de griterío, el cura golpeó el cáliz contra su atril ordenando silencio.
—No se hable más —dijo—. Aquí no hay boda, pero: ¡todo dios a comer!
El hombre se santiguó y, tras retirarse, la multitud se levantó y se mezcló con los novios y los padrinos.
Todos acudieron al convite y, bromas aparte, fue una fiesta cojonuda que nadie olvidaría. Efectivamente se bebió y se comió hasta reventar, y no fue hasta bien entrada la noche en la suite nupcial cuando los novios tuvieron un momento de intimidad para, antes de echar un buen polvo de no-casados, decirse:
—Joder, de la que nos hemos librado.
—Ya te digo.

13 mar. 2016

No sé ni dónde ni cuándo

Recibí el primer whatsapp un sábado por la noche: «no sé ni dónde ni cuándo, pero tú y yo vamos a acabar follando». Era de un número desconocido y yo me limité a preguntar quién era y a sugerir que se había confundido, pero no. En los siguientes mensajes me habló de mí, dejando muy claro que me conocía: qué estudiaba, dónde vivía, etcétera.
Obviamente traté de averiguar pero no hubo manera. Mis amigos me juraron que no había sido una broma suya y que no conocían el número, animándome a investigar un poco más para, ¿por qué no?, llevar a efecto el contenido del mensaje, que según ellos «buena falta me hacía».
En eso no se equivocaban, la verdad. Llevaba una buena temporada de sequía y yo creía en eso de que los hombres podían terminar por volverse locos si no la metían de vez en cuando.
Entonces llegó otro mensaje, también un sábado por la noche: «no sé ni dónde ni cuándo... pero me puedo imaginar el cómo». Me tuve que masturbar antes de meterme en cama y, al día siguiente, llamé al número desconocido. Nadie respondió ni ese día ni los siguientes, ni tampoco a los mensajes en los que yo insistía en saber quién coño me escribía esas cosas.
Por aquel entonces yo andaba detrás de una tía. Solía quedar con ella. Ya sabéis: un café, una cerveza, un helado, un paseo, jiji-jaja y te acompaño de vuelta a casa. Nada más. A ella no se le veía interés en llevar lo nuestro más allá y se limitaba a repetirme:
—Nunca había conocido a nadie como tú. Me encanta pasar el tiempo contigo.
Y a mí frases así me volvían paranoico, haciéndome creer que la tenía en el punto exacto, donde yo quería, así que no tardé en confesarle que por mí iríamos más allá, a lo que ella me contestó que «no estaba en esa época de su vida». No comprendí qué carajo significaba eso con exactitud, pero sí tenía claro que de meterla en ella, aunque fuera la puntita, nanai de la china.
Con todo el rollo de los mensajes terminé con un gran lío en la cabeza y el resultado fue que me alejé de esta chica un poco, consciente además de que de nada me serviría avanzar en una amistad que yo no quería y ella sí. Nuestras citas se hicieron más esporádicas y adopté una actitud más distante que ella pareció comprender, pues nunca me dijo nada al respecto.
Meses después la chica se había echado novio y yo me eché novia también; mi novia actual, pero el sábado pasado mi móvil vibró en su mesilla y yo lo cogí y leí el whatsapp que me acababan de enviar. Era esta chica: «la de los mensajes era yo desde mi otro número. La vida es corta y el tiempo; oro». Y yo, antes de tirarme mentalmente de los pelos y volverme otra vez paranoico, sólo pude asentir y decirme a mí mismo que tenía toda la razón. La de polvos que me habré perdido...

5 mar. 2016

Desesperado y enfermo

Estaba desesperado. Me había convertido en un obseso sexual. Necesitaba follar, follar y follar. Polvos con tías diferentes y en cantidades industriales. Variar, experimentar. Lo necesitaba.
Últimamente había ido a un espectáculo de striptease, había observado cómo follaba una pareja sobre un escenario y había visto cómo una oriental escupía pelotas de pingpong por el coño. Estaba enfermando. La cara me había palidecido y tenía ojeras. Caminaba encorvado, enjuto, encondido del mundo para ocultar mi enfermedad.
Por supuesto, eran muchas las pajas que me largaba.
Me encantaban todo tipo de mujeres. De repente me empalmaba con una madre dándole el pecho a su hijo. O me quedaba pasmado cuando la tía de la oficina de abajo salía a las once y cinco a buscar el café al bar de al lado. ¿Y qué decir de la clase de pilates a través del cristal del gimnasio de enfrente? Todos esos cuerpos sudorosos emanantes de hormonas... Por no hablar del sonido de unos tacones sobre un suelo de madera. El mundo era una tortura tras otra.
El problema era pasar del pensamiento a la acción. No me defendía muy bien en eso de conquistar a una dama, y como tampoco me apetecía andarme con demasiados rodeos, tomaba el camino más corto y cuando entablaba conversación con una candidata al sexo, enseguida confesaba mi verdadera y única intención de aquel encuentro, obteniendo el esperado rechazo por respuesta. Ni el calor de la noche ni la confusión del alcohol sirvieron para mi objetivo. Anoche sin ir más lejos me rechazó una rubia de cuarenta y pocos. Estábamos en un bar y había conseguido separarla de la manada. La invité a algo en la barra y después de tres o cuatro frases sentí que ya era hora de decir la verdad. Tenía un vestido muy corto y unas piernas largas de veinteañera. Quizá era demasiado para mí:
—Podemos ir a tu casa —le dije.
—Creo que vas un poco rápido.
—No tengo edad para perder el tiempo, ¿la tienes tú?
—Tengo una edad en la que me interesa invertir. No especular.
—¿Y no crees que yo puedo ser una buena inversión?
Dio un sorbo a su ginebra y me miró con una gracia despectiva.
—Prometías... pero no —me dijo.
—Entonces no tenemos mucho más de qué hablar.
—Estoy de acuerdo.
Vi cómo sus largas piernas se adentraban en la manada y yo me encerré en el baño a masturbarme. Aquello nunca lo había hecho; masturbarme en sitios públicos, y entonces comprendí que había enfermado de verdad y me dije basta ya. Pagué la cuenta, salí de allí y corrí calle arriba hasta mi casa. Me desvestí, entré en la habitación, abrí las sábanas y abracé a mi mujer, que ya dormía. Después hicimos el amor como ya no recordaba.