28 sept. 2013

Muerte cerebral

He llegado a la treintena y viviré con suerte otros sesenta años. Eso son 21.900 días más y 525.600 horas más como ésta que emplearé en desarrollar mi idea. Me pregunto cuántas de esas miles de horas serán de provecho y cuántas serán perdidas o, simplemente, indiferentes. Cuántas habrán valido la pena y cuántas habrán sobrado. Cuántas habré dedicado a lamentar mi pasado o planificar mi futuro y cuántas a vivir la hora misma, su esencia, su yo. Porque el futuro termina siendo no más que una sucesión de presentes que parecen destinados a preparar inútilmente el terreno de los siguientes términos de la sucesión, y estos de los siguientes, y así hasta que no existan más términos.
Se busca constantemente la trascendencia, creyendo que el tiempo que se convive con la banalidad no es sino un mal necesario para una merecida época de elevación de espíritu, cuando se desconoce incluso si existe tal lugar elevado o si será suficiente con detenerse ahí una vez se alcance. Pero cuando pasa el tiempo y uno permanece en el mismo nivel, se pregunta cosas como cuánta vida ha perdido en no se sabe qué, en lugar de... en lugar de no se sabe muy bien tampoco el qué, pero que sin duda es algo mejor y que algunos llaman vivir el presente, y que pregonan como si el decirlo bastara para que fuese real; y ante la conclusión de que decirlo no basta se vuelve a la idea interior de trascendencia, de convicción de una especie de superioridad individual con respecto al común de los mortales, titubeando sin embargo cuando esas mentes inquietas se preguntan si algún día llegará su... su... su "lo que sea".
El tiempo es añorado cuando no se posee y menospreciado cuando se dispone en grandes cantidades. El tiempo es enemigo de la inspiración y de la fluidez de las ideas. El tiempo trae consigo el atascamiento cerebral. El cerebro rinde en la angustia y muere en el descanso. Nos hace creer el cerebro suicida que debemos buscar el descanso para gozar de todas aquellas cosas que nos acercarán a la felicidad, pero nos miente y cuando dispone de tiempo aparece muerto y nos lamentamos. Hemos perdido nuestra esencia, ese "yo" que sólo parece existir muy lejos, en la angustia, en el estrés, en la falta de tiempo.
Cabe preguntarse qué hacer para remediarlo porque, como he dicho, cada vez se valora más el poco tiempo restante. Pero mientras se pregunta uno qué hacer no vive y mientras vive, se siente que no hace lo que desea hacer. La mejor solución será quizá aprovechar los minúsculos rescoldos de tiempo cuando el cerebro está en plena actividad, utilizando la inercia para planificar los momentos libres con cierta clarividencia; y cuando llegue ese momento será como un trabajo y entonces el cerebro no morirá.
Es triste pero ahora que he tenido tiempo mi cerebro, si no ha muerto, está en coma, y estoy esperanzado en que cuando llegue la ausencia de tiempo volverá en sí y en los ratos libres espero... espero... no sé muy bien lo que espero.

23 sept. 2013

La otra cara del crucero

A nadie se le escapa que Mª Isabel lleva un rato con mala cara. Parecía imposible que hasta hacía unas semanas fuera la sonrisa más agradable de todo el barco, capaz de alegrar, en palabras del mismísimo capitán, la más penosa jornada de crucero.
Iban ya tres clientes que se quejaban de la poca amabilidad de la peruana, y no le quedo más remedio a Romina, la encargada del bar, que llamar a su mejor camarera a un pequeño cuartucho junto a la cocina. Preguntada con insistencia, Mª Isabel sólo dejó caer que se trataba de un simple mal día, disculpándose concienzudamente y prometiendo tratar de hacerlo mejor durante las seis horas que todavía le quedaban en aquel bar, a las que había que añadir otras seis en el club de fumadores en la tarde-noche. Demasiados años llevaba Mª Isabel en la naviera y, consciente de que Romina era la mano derecha, por decirlo finamente, del bar manager, no pensó un solo momento en desahogarse o soltarle unas cuantas palabras bien dichas a aquella lagarta.
No pudo sin embargo disimular unas lágrimas cuando dio media vuelta, y el gesto de tristeza no se le borró hasta que, bien entrada la madrugada, pudo por fin retirarse al camarote y deshacerse del uniforme. Allí tomó un marquito que descansaba sobre una ridícula mesita y lo besó. Había en él una foto de ella y sus dos hijos que ahora estaban a cargo de los abuelos. ¿Durante cuánto tiempo? No era seguro pero por la experiencia sabía que, después de haber embarcado aquella misma mañana tras sus dos semanas de vacaciones, no pasarían menos de nueve meses sin pisar tierra y trabajando de domingo a domingo en jornadas de doce a catorce horas. Todo para que a ellos no les faltase la plata cada principio de mes. Sólo Dios sabía cuánto más podía aguantarlo, igual que sabía que si no fuera por ellos desearía que al cerrar los ojos de puro cansancio no volviera a abrirlos. 

16 sept. 2013

El sueño del capitán

—¿Sabes qué día es hoy? –preguntó el capitán Lombardo–. Hoy es mi cumpleaños.
—¡No me digas! Mi viejo capitán... ¿cuántos son? ¿Cuarenta y cuatro, cuarenta y cinco?
—Cincuenta.
—¡Imposible! ¡Pero si eres fuerte como un toro y resistente como un ragazzo de veinte!
Berta había aprendido algunas palabras en italiano, lo que volvía loco al capitán. El detalle incrementaba su tarifa en cinco dólares la hora. Berta era la prostituta favorita de Lombardo desde que había sido contratado en la naviera hacía ya quince años. Se arrimó un poco más al cuerpo sudado del hombre por el esfuerzo recién realizado.
—¿Sabes lo peor? Que nadie aquí dentro se acordó de mí.
—¡Oh! No te amargues, amore, ellos son tus compañeros, no tus seres queridos.
—No lo comprendes. Son casi de la familia. Nuestra vida depende de los demás y ni siquiera conocemos cuándo el otro se hace un poco más viejo.
A Berta no se le ocurrió qué contestar y acarició el pecho velludo del hombre todavía jadeante.
—¿Sabes lo que te digo? –dijo después–. Que hoy no te cobro; ¡ya es hora de tener un detalle con mi migliore amigo! ¿D'accordo?
—No te molestes –dijo con un deje de indiferencia el capitán–, tú no tienes la culpa.
Lombardo estiró su mano desocupada (la otra acariciaba el trasero y la baja espalda de Berta), para alcanzar el whisky de quince años sobre la mesilla. Dio un largo sorbo y carraspeó.
—¿Qué sucede, amore? –Berta miró al capitán–. Te veo ido, molto distante, como si estuvieras en mitad del océano y no del camarote.
—¿En mitad del océano? –Lombardo sonrió con levedad–. Ojalá... –susurró después.
—¿Cómo que ojalá? ¿Qué sería de tus pasajeros sin là tua bravura al timone?
Lombardo dio la callada por respuesta y bebió otro gran sorbo. Permaneció minutos pensativo, mirando al infinito, al desesperante infinito para Berta:
—¡Reacciona! ¡Me oyes! ¡Reacciona! –le dio dos suaves sopapos que no inmutaron al hombre–. Que viene la tormenta, ¿o es que no te acuerdas?
—Ah, sí, la tormenta –dijo, sin mucho ánimo, el capitán–. La tormenta...
Berta se incorporó y se vistió con rapidez.
-¿A qué esperas? –dijo–. Quedamos en que tenía que ser rapidito porque debías encargarte del timón.
—Verdad.
—¿Entonces? Ale, ale, ale... –la prostituta lo zarandeó pero cuanto más se esforzaba más parecía el capitán una estatua.
—¿Sabes, Berta? –habló por fin Lombardo con una sonrisa dibujada en la boca– De pequeño yo quería ser capitán de un gran barco.
—¡Per favore, Paolo! –tal era el nombre de pila del capitán–. No es el momento de historias. ¿No notas que el barco se empieza a mover?
—Un enorme e imponente barco de guerra –siguió él, ajeno al movimiento–. Quería navegar por el océano y convertirme en héroe, luchar con el enemigo y los elementos. Batallar y vencer. Llevar a mis hombres a la gloria.
—¡Basta! ¡Basta de historias, amore! Pero si aquí tienes a tres mil hombres a quienes salvar de la tormenta –Berta adoptó un tono tierno que tratase de convencer al capitán–. ¿O es que pretendes que sea Giacomo el que nos saque de esta?
Giacomo era el segundo de a bordo.
—¡Oh, el joven Giacomo! –suspiró el capitán–. Seguro que lo hará muy bien. Esta es la oportunidad que esperaba.
—¡Ma che dici! Apenas lleva unas jornadas de navegación y nos hundirá con el primer golpe de mar.
—Confía, Berta, confía.
—¡Ma...!
De pie junto a la cama, Berta no encontró las palabras cuando vio cómo el capitán Lombardo se tomaba una pastillita que había sacado rápidamente del cajón de la mesilla y se quedaba plácidamente dormido. Juró en arameo y salió del camarote a alertar al personal. El movimiento del barco empezaba a ser preocupante y pensó que esa noche iba a ser larga y quizá también ella necesitaría un whisky y una de esas pastillas milagrosas.

11 sept. 2013

Temporal

La noche era movida. No comprendía por qué no conseguía conciliar el sueño, hasta que supuse que en realidad no quería dormir: mi cuerpo luchaba contra la lógica del natural ciclo vital y segregaba adrenalina. Temblaba como si aguardase la nota de un examen importante o una noticia que cambiaría mi vida, pero nada de eso existía y la tensión provenía de otra parte.
Consciente de cierto estado de excitación, me incorporé y me asomé a la terraza del camarote. Me apoyé en la barandilla y sentí un enorme respeto por la naturaleza. El universo a mi alrededor era negro como la muerte, acompañado de aleatorias montañitas de espuma blanca del romper de las olas, sin un solo barco en el horizonte ni una sola estrella de esperanza en el cielo. El viento chirriaba entre los hierros del barco y gotitas de agua salada salpicaban mi cara, a pesar de la altura de mi camarote, en la décima cubierta, la sexta sobre el océano. 
¿Y si alguien se cae ahí?, me pregunté. ¿Y si suenan los tres pitidos de hombre al agua? Pensé en un pobre camarero que recogía uno de los bares de la cubierta exterior que, en un golpe de viento, se resbalaba y daba media vuelta sobre la barandilla que le separaba del abismo. Ese desgraciado ya puede rezar todo lo que sabe porque si no muere de los golpes que se lleve por el camino, tardaría sólo minutos en ser engullido por las olas o consumido por la hipotermia. De poco valdrían las labores de búsqueda, difíciles y pesadas en semejante armatoste. Dudo que ni siquiera alguien pudiera escuchar sus últimos gritos de desesperación. Descanse en paz.
Sentí frío, más del que me gusta sentir habitualmente, y entré en el camarote. Con la puerta de la terraza cerrada, el macabro silbido del viento exageraba su velocidad real, pero quise conocer cuál era esa realidad y encendí el televisor. Sintonicé el canal que mostraba ciertos parámetros de la situación y el entorno del barco. Se me hizo un nudo en la garganta cuando comprobé que estábamos en medio del océano, a más de mil kilómetros de la costa, y pensé en ese pobre camarero que se pone inútilmente a nadar en dirección a ninguna parte, condenado a su fatal destino. El viento era de sesenta nudos, más fuerte de lo que creía, y de pronto me pareció que conocer ese dato hizo que el barco se moviera en círculos con mayor intensidad.
Apagué el televisor. Notaba el corazón rebotando contra mis costillas. Entonces le di un beso a ella en la frente, ajena a todo el temporal gracias a una pastilla que le habían dado durante la cena, me puse una chaqueta por encima del pijama y salí del camarote.
El pasillo hasta las escaleras era largo y no sé si era producto de mi imaginación, pero me parecía que los dinteles de las puertas mantenían un ángulo constante sobre la horizontal, como si el barco fuera ladeado, y yo me escurría hacia un lado, siéndome imposible caminar en línea recta.
Cuando alcancé las escaleras la amplitud de espacios me hizo recobrar cierto sentido del equilibrio y pude subir sin dificultades, hasta que dos pisos después abrí la puerta de la cubierta exterior y la súbita corriente estuvo a punto de tirarme hacia atrás. Conseguí mantenerme en pie y salir, haciendo una enorme fuerza para que la puerta no se me viniera encima. Fuera, algunas luces parecían estar ahí para restar pavor a la situación, pero una mirada al suelo y alrededor bastaba para que volviese la carne de gallina. Nadie pasaba por allí y era como si transcurrieran siglos de abandono: las sillas estaban descolocadas, fuera del orden escrupuloso con el que los tripulantes trataban de mantenerlas alrededor de las mesas. Había toallas tiradas, si no habían volado ya al abismo, vasos volcados con el líquido desparramado alrededor, y restos de comida por todas partes. Era como si se hubiera celebrado una gran fiesta y un tornado irrumpiera para echarlo todo a perder y liquidar a los participantes. El sonido era atronador, golpeando los cristales y las paredes y haciendo rebotar los eslabones cadenas que sujetaban las hamacas junto a la piscina. Precisamente en la piscina pude ver, para mi sorpresa, que se formaban pequeñas olas que salpicaban la madera de los alrededores. Sin duda había subestimado la fuerza del temporal desde la terraza.
Caminé sin arrimarme a los bordes, temeroso de convertirme en el camarero que había imaginado. Alcancé las últimas escaleras, las que daban a la cubierta trece, en la proa del barco. Estaba allí, lo más adelantado posible dentro del aquel pequeño mundo. Tras de mí, sólo había más alto una estructura con la sirena del barco y ciertos aparatos de medición, con unas escaleras de seguridad y pasillos y entradas para los tripulantes. Delante, una cristalera formada por multitud de pantallas separadas por una estrecha rendija, cortaba el viento que sonaba con fuerza, y evitaban los más de veinticinco metros de caída hacia la nada. Asomé la cabeza entre dos de los cristales y el viento me golpeó con violencia. Regresé a la protección de una de las pantallas y me sujeté a la barandilla, mirando al frente con las piernas separadas para mantener el equilibrio con mayor facilidad.
Allí perdí la noción del tiempo y permanecí inmóvil, o todo lo inmóvil que podía con las sacudidas. Pensé en cuánta gente habría tras de mí: trabajando, durmiendo, quizá haciendo el amor o asustados por el temporal. Todos habíamos embarcado para pasar una semana inolvidable y ahora rezábamos para salir vivos de aquella. Pero también pensé que aquel era un barco y aquella era la mar, y que en el fondo si el barco tuviera alma sentiría que noches como aquella eran su verdadera razón de ser, cortando las olas a su paso y sobreviviendo a unas condiciones extremas, mantenido la flotabilidad cuando cualquier otra estructura habría zozobrado. Siendo barco al fin y al cabo.
Escuché terribles crujidos que parecían provenir de debajo de la línea de flotación. Del mismísimo averno. Era como si una roca rajase el casco y el agua empezara a entrar a borbotones. En cualquier momento sonaría la señal de alarma y la gente enloquecería. Entonces todos se pondrían los chalecos salvavidas y tratarían de recordar, posiblemente de manera inútil, las advertencias del simulacro de situaciones de emergencia. Poco a poco el barco se hundiría, probablemente de lado, con el agua alcanzando cubiertas más altas, mientras los pasajeros se suben desesperada y desordenadamente a los botes salvavidas. Allí dentro todo se movería más y habría verdadero pánico. Y vómitos, llantos e infartos. Y yo, mientras, quizá seguiría allí arriba, ensimismado por el poder de la naturaleza, por el fragor de aquella hermosa batalla entre océano y barco, para aguardar una muerte sin duda honrosa, épica, digna de contar y de ser escrita.
Pero los crujidos no pasaron de eso, de crujidos, y la batalla nunca se celebró y, si se celebró, la ganó el barco, el hombre, y poco a poco el viento amainó y hacía que mi presencia allí arriba tuviera menos sentido. Por eso regresé al camarote y no sabía exactamente cómo sentirme, pero creo que cierta pena me invadió cuando abrí la puerta, me quité la chaqueta, vi que ella seguía durmiendo y yo traté de imitarla tumbándome a su lado. 

6 sept. 2013

Arrivederci

—Aquí no hay dios que cague –gritó Marta.
Habían transcurrido diez minutos sin novedades en el retrete. El barco se movía demasiado y el espacio era reducido hasta la claustrofobia.
—Parezco una puta gallina –maldijo.
Hablaba sola pero se sentía como si sus amigas le estuvieran escuchando. Era un camarote de tres chicas pero las otras dos habían recibido la orden de abandonarlo para que Marta pudiera concentrarse en hacer de vientre tras seis largas jornadas de crucero. Pero nada... ni siquiera el supositorio –mano de santo según su amiga Sonia–, servía de algo.
—Además, ¡mira este puto agujero! –se incorporó con las bragas por la rodilla y miró el retrete desangelado y virgen. El lugar por donde debían colarse los desperdicios era ridículamente pequeño y ya había sido objeto de comentarios y quejas entre las amigas–. Así es imposible. ¡Imposible!
Se vistió, derrotada. Soltó unas lágrimas delante del espejo y salió del camarote para informar del triste desenlace. Definitivamente el viaje no estaba saliendo como esperaba. Tampoco para las amigas. La comida era lamentable y posiblemente causante del malestar de Marta; la bebida era veneno a precio de oro y la oferta de hombres con los que poner los cuernos de una vez a sus maridos, escasa y de nula calidad.
Pero el estreñimiento de Marta debía tener remedio. Entre las tres, en base a ciertas informaciones y confabulaciones, habían concluido que el responsable de tal repugnancia era el director del crucero, y tocaba vendetta.
Era la última cena, la de gala, y entre los pasajeros de pingüino y las pasajeras emperifolladas había una mesa de oficiales con sus trajes llenos de escudos y banderitas. Una escena de lo más pomposa que no pasaría de ridícula si no fuera porque la pompa daba sentido, al parecer, a un viaje de ese estilo. Tras terminar el amago de manjar muchos se mezclaron en el baile en un salón anejo.
El plan estaba claro. Marta conocía a Alessandro, el director del crucero, por la cantidad de fotos que colgaban en los pasillos del capitán y los tripulantes más célebres.
No tardó la joven en conseguir un baile con el director y dejarse querer. Alessandro lucía también anillo de casado pero parecía no importarle demasiado. Al cabo de unas cuantas canciones, un susurro de Marta en el oído bastó para que Alessandro la agarrara de la mano y tirase de ella, obligándola a abandonar la pista y el salón. Con un guiño de ojo apuntando hacia sus amigas Marta les hacía ver que el plan marchaba según lo previsto.
El director la condujo entre los pasillos poco lujosos de acceso restringido para el pasaje hasta que encontró una puerta que se abría con llave. La luz se encendió y ante los ojos de Marta apareció toda una suite espaciosa, con una cama enorme, sofás y televisión de plasma. Alessandro no soportaba su acaloramiento y, tras besar con ansiedad el cuello de su invitada, comenzó a desvestirse tirando la camisa y el pantalón por cualquier sitio. Marta consiguió zafarse de él un instante, lo suficiente para comprobar que tenía un torso masculino muy trabajado y decir, sonriente:
—Espérame en la cama. Ahora vengo.
Entró en el cuarto de baño. Aquello era otra cosa. Bañera en vez de ducha, bidet, lavabo amplio y, ¡oh, milagro!: un retrete con agujero más que de sobra para todo tipo de desperfectos.
—Impresionante –murmuró.
No lo dudó más y se bajó la falda y el tanga. Se aseguró de que la cerradura estaba puesta y se sentó en el trono. Era todo nervios y adrenalina, lo que sin duda ayudaría en su misión. Fueron unos segundos tensos, emotivos, extraordinarios, en los que increíblemente todo parecía ir según lo previsto. Incluso se preguntó si se estaba pasando con aquel pobre chico tan agraciado con el que, al final, tenía la oportunidad de pasar una noche inolvidable. Pero no  tuvo tiempo para responderse y, como una tormenta que descarga con violencia, su intestino se vació y sintió la mayor sensación de alivio que recordaba en sus treinta y pocos años de vida. Aquello debía de parecerse mucho a la felicidad, al clímax, al multiorgasmo.
Se levantó y miró la obra.
—Ole, ole y ole –se dijo.
Se limpió como pudo y se colocó la ropa sin tirar de la cisterna ni bajar la tapa. Todo el petate quedaba bien a la vista. Salió del baño, que por suerte estaba junto la puerta del camarote y, abriendo ésta, lanzó una mirada furtiva a Alessandro, que sin entender nada de lo que sucedía, esperaba en calzoncillos tumbado en la cama.
—Ni siquiera eres para tanto –dijo Marta, con medio cuerpo fuera del camarote–. ¡Arrivederci!
Le lanzó un beso, hizo en gesto de adiós con la mano y salió pitando. No tardó en desaparecer entre los pasillos y salir de la zona restringida, asegurando a un oficial con el que se cruzó que se hallaba allí sin querer porque había visto una puerta abierta.
Sus amigas la esperaban en una cafetería. Todas coincidieron en que el tío estaba bueno y tenía pinta de manejarse bien entre las sábanas, pero había merecido la pena el sacrificio, por el bien del viaje, del estreñimiento de Marta, y quién sabe, quizá de futuros pasajeros si aquel inútil decidía largarse al encontrarse la sorpresa en el cuarto de baño. 

1 sept. 2013

Folladores todo incluido

Todo eran risas y elogios cuando subieron al barco.
—Ohhh....ohhhh –exclamaban.
Les parecía enorme y lujoso. Un prodigio de la ingeniería.
—La puta hostia –se decían continuamente. Luego soltaban vulgares carcajadas y se chocaban las cinco, llamando la atención de los pasajeros que, como ellos, acababan de embarcar en el que prometía ser el viaje de sus vidas.
Habían reservado un camarote doble para cada uno, exterior y con terraza. Dinero no les faltaba y habían concluido que preferían no verse en pelotas por las noches y la terraza era buena para dejar a ventilar sus prendas previsiblemente pestilentes. Además dormir separados les ayudaría en su misión principal al borde del crucero, que no era otra que follarse a todo lo que pudieran.
—Ya verás, tío –decía Toño–. Aquí las tías vienen a lo que vienen.
De Toño había sido la idea del crucero todo incluido. Tres meses sin mojar y unas cuantas visitas a foros inadecuados de internet le habían convencido de que meterse en un barco era algo así como un puticlub gratis, donde podías sacarte la polla donde quisieras que siempre habría alguna que se te acercara a catar gustosa.
—Eso espero, colega –pensaba Miki, también con unos meses sin meterla a sus espaldas pero menos necesitado. Decía que al final las pajas le llegaban y no tenía que quedarse a hablar al terminar, pero se dejó convencer porque el verano finalizaba y no quería que se le echase encima un duro invierno sin un buen polvo que recordar a los amigos.
Se sucedieron los minutos y las horas. La euforia de los dos pasajeros se rebajó, pero sólo mínimamente. Todavía quedaba mucho barco por ver y mucho alcohol que ir tomándose y que, aun sabiendo a mierda, terminaría por emborrachar antes de la noche, el momento verdaderamente importante del día, donde las tías estarían ávidas de dos buenos latinos sobre quienes brincar enloquecidas.
Comieron, también mal, y siguieron bebiendo, pero por fin la noche había llegado. Tras cenar a una hora intempestiva, perfecta para los guiris, salieron a la cubierta exterior y ya no se veía costa alrededor. El océano era negro como un abismo, sólo salpicado por la espuma blanca que generaba el propio barco, y entonces pensaron: «sí, es el momento, de aquí no se pueden escapar todas estas zorras«.
Se fueron directos a la discoteca. Extrañamente, no se escuchaba música a medida que se acercaban.
—¡Qué raro! –dijo Miki.
—Ya te digo –dijo Toño.
—Será una pausa.
—Será.
Entraron.
—¡Qué cojones!
—¡Qué cojones!
Allí no había casi ni dios. Por no haber, no había camareros sirviendo tras la barra. Sólo en algunos sofás algunas parejas charlaban silenciosamente y, en otros, algún tío solitario leía mientras degustaba una cerveza o un coctel, forzosamente traído de otro lugar.
—Acabo de flipar.
—Y yo.
Se fueron y recorrieron las distintas cubiertas a la captura de otros bares. Paraban en uno:
—Todo viejos. Vámonos.
Luego otro:
—Joder, aquí están tocando el piano.
Y otro más:
—Viejos y familias con niños asquerosos. Abur.
Así hasta que llegaron a un bar exactamente igual que los anteriores pero que se hacía llamar club.
—Por lo menos hay música y gente –dijeron.
Tomaron asiento y pidieron. Era la misma mierda de bebida que durante todo el día, pero le dieron candela con ferocidad.
—¿Y la fiesta? ¿Y las tías? –preguntó Toño a una camarera indonesa, en un mal inglés.
Ella les contestó que allí era el sitio más animado del barco, y que la discoteca abría por el día pero después de cenar naranjas de la China.
—¿Y no hay ningún lugar donde haya "juventud"? –quiso saber Miki.
Entonces la camarera les enseñó alguna mesa en las que sí, había jóvenes, dándoles a entender que eso era todo.
Se levantaron y dieron un paseo por el club. Efectivamente había alguna tía de su edad, pero las opciones eran estas: o estaban con papá y mamá y tenían pinta de querer pagar por irse a dormir, o ya eran parejas y entonces, salvo milagro, el polvo estaba cerrado, o lo más probable: se trataba de grupos de guiris horribles y obesas a las cuales dolía siquiera echar un vistazo, que bebían y hacían gilipolleces como si aquella fuera la fiesta de sus vidas.
—Asquerosas.
—Ya te cuento.
Por lo demás había viejos que de vez en cuando se levantaban a bailar convencidos por los animadores del crucero, un grupo de chavales y chavalas que sí parecían merecer la pena, pero que desprendían ese aire de follar entre ellos que hacía impensable siquiera el intentar acercarse a su círculo.
—¿Qué hacemos?
—Pues seguir bebiendo, digo yo.
Así lo hicieron hasta que los animadores, desde el escenario central del bar, despidieron la noche y se largaron, seguramente a proceder a la cópula comunal, mientras los pasajeros terminaban sus consumiciones al ritmo de una cutre música ambiental.
—Menuda mierda.
—Y tanto.
Poco a poco el club se vació, y cuando apenas había pasado la medianoche, sólo Miki y Toño y un grupo de viejas inglesas completamente borrachas quedaban en el bar.
—Qué asco. Vámonos.
—Sí, porque total...
En su camino de regreso al camarote recorrieron los demás bares. Sólo para comprobar, como sospechaban, que ni siquiera los camareros seguían allí por si a alguien se le ocurría entrar a que le sirvieran la última copa, la de la derrota más absoluta.
—Bueno, tío, mañana será mejor –le dijo Toño a Miki antes de chocarle las cinco a las puertas de su camarote, que quedaba antes.
—Sí, porque peor difícil.
Se encerraron cada uno a dormir la moña y, cuando se despertaron, jodidos por supuesto por la resaca, el barco se había detenido en un puerto en el que se suponía podían bajarse a visitar la ciudad.
Barajaron la posibilidad de no irse, pero, tras un chapuzón recuperador en la piscina, observaron que ni dios esperaba en el barco. Por eso bajaron y bebieron en la ciudad, asegurándose de que no subirían de nuevo sin estar lo bastante borrachos.
Pero por la noche fue la misma mierda. Cena, discoteca cerrada, bares con un ambiente triste y de cabeza al club. Allí aguardaba el estúpido grupo de animadores, los guiris borrachos y, al finalizar la noche, de nuevo las viejas con una melopea mayor que la de la noche anterior.
—Esto no puede ser –se autoconvencían.
Pero sí. Sí podía ser. Los días y las noches se sucedieron y en aquel crucero definitivamente no había fiesta. Apenas se dirigieron la palabra con unas cuantas guiris horribles y admiraron alguna cachonda que iba de la mano del novio. Pero la rutina se repetía y, a pesar de agotar hasta las últimas horas el club que frecuentaban, sólo las viejas borrachas inglesas esperaban allí más tiempo que ellos.
—Aquí no hay material –decía Toño.
—Aquí sólo hay basura –aseguraba Miki.
Decepcionados, llegó el último día en el que, al menos, la borrachera fue tan grande que no fueron conscientes del paso del tiempo. Por la tarde hicieron las maletas, de modo que a la mañana siguiente sólo tendrían que despertarse y desalojar los camarotes para que los desinfectaran y otros desgraciados los ocupasen.
Durante el último desayuno, en medio de una resaca ciclónica, Toño y Miki evitaron mirarse a la cara en lo que parecía una evidente señal de vergüenza y derrota tras unas vacaciones desperdiciadas. Comieron y las ideas comenzaron a aclararse, como si un huequecito de cielo azul se abriera paso entre unas nubes grises y gordas. Pero seguían en silencio y la situación empezaba a ser incómoda hasta que Miki, que había dado primero el último bocado, decidió romper el hielo mirando fijamente a su compañero:
—Tío, tengo que contarte algo.
—Y yo, tío. Tú primero.
—¿Te acuerdas de algo de ayer?
—Hace rato he empezado a recordar, ¿tú?
—Yo igual. Fue después del club, ¿verdad?
—S...sí, supongo. Y esta mañana.
—Oh dios, esta mañana.
—Al despertar.
—Sí. Al despertar...
—¿Estamos en lo mismo entonces?
—Me da que sí.
Poco a poco se desvelaron mutuamente los detalles que, perezosos, se volvían diáfanos en su maltrecha mente. Anoche, al salir del club la borrachera había sido tal que lo hicieron acompañados de dos de las viejas inglesas que siempre se quedaban a beber  tras ellos. Las llevaron a sus camarotes y allí follaron como leones hasta caer rendidos.
—¿Recuerdas qué tal te fue? –preguntó Toño.
—No mucho, pero... juraría que fue el polvo de mi vida, tío.
Miki suspiró de alivio:
—Y el mío, tío, y el mío.
Los dos colegas se chocaron las cinco y sonrieron como no lo habían hecho desde el primer día. Ahora podían dejar el barco a gusto. Sólo quedaba por saber si tendrían cojones de contarle a alguien tal hazaña.