30 sept. 2014

La odiaba

No sé cómo llegué a ese punto, pero la odiaba. Me repateaba la idea de verla o escucharla. Ni una imagen. Ni una voz. Nada, por favor, nada. No quería tener noticias de ella salvo que se había largado y me había dejado en paz. Fuera, adiós, bye-bye, que te den; era mi único y verdadero deseo.
Todo había empezado muy bien. Mucho amor. Pasión. Toda una relación entre dos personas maduras. Y de repente te levantas deseando morirte o, en defecto de tu muerte, la muerte de ella. ¿Cómo puede suceder eso?, me pregunto.
También me pregunto cómo, después de todo, puedo ser tan gilipollas que termino casándome con ella y dejándola preñada, y mi asco por la vida ya no puede ser mayor, pero eso por favor no se lo digáis a nadie.

25 sept. 2014

Mi sicario

Me llevó ocho días de búsqueda en internet y otras tantas llamadas a México D. F., pero al fin tenía al sicario al otro lado del aparato.
—Un nombre y una dirección —me dijo.
—Charlie Basanta.
—Ok. ¿Dirección? —por la voz no debía de tener más de veinte años. ¿De veras ese tipo iba a apretar el gatillo?
Le dije la calle.
—¿Una hora para localizarlo?
—Cualquier hora del día es buena. No suele salir.
—Perfecto. ¿Muchos vecinos?
—Ni siquiera tendrás que timbrar. Suele tener la puerta abierta.
—Maravilloso. ¿No tendrás una foto?
—Oh, sí, unas cuantas.
—Envía alguna a esta dirección de email —apunté una extraña sucesión de letras, números y símbolos—. Actualizadas, claro.
—Sí, sí.
—Mi compadre te habló de cómo hacer el pago, ¿verdad?
—Sí, un 25% ahora y el resto...
—Cuando ese Charlie Basanta aparezca en las necrológicas de tu diario.
—Justo.
—Listo pues. Cuenta con una semana. No hay avión antes.
—Lo sé. Emilio —su compadre– me lo dijo.
—Y también te diría que después de hablar conmigo no hay vuelta atrás. No podrás localizarme y el trabajo se hará sí o sí así que ya puedes estar seguro de que no habrá arrepentimientos.
—Sí, sí, me dijo todo eso.
—Y por supuesto, si no pagas el resto te...
—Te tenemos localizado. Lo sé.
—Bien. Pues eso es todo. ¿Algo más?
—Nada más.
Colgó. De alguna forma me sentí liberado. Después de meses pensándomelo, me acogí a la cobardía del «que lo haga otro» y a diez mil euros de mi cuenta bancaria para solucionar mi tormento. La venganza a veces es necesaria, aunque pase el tiempo y uno no recuerda exactamente de qué quiere vengarse, pero quiere hacerlo. Necesita hacerlo.
Siete días después escuché movimiento en el aparcamiento. Hubo unos pasos y se abrió la puerta de mi casa. Yo me relajaba con mi ordenador y una buena cerveza en el sofá de la salita, cuando un tipo joven y, ¿por qué no?, guapo, apareció a escasos metros mirándome con una soberbia seguridad en sí mismo.
—¿Charlie Basanta? —me dijo.
—Sí. ¿Quién lo pregunta?
El cañón de la pistola me apuntó entre ceja y ceja. El muchacho tuvo la decencia de dejarme terminar estas líneeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

20 sept. 2014

Una desconocida

—Me llamo Roy —le dije.
—Muy bien, ¿y a mí qué?
Me aparté. Ese había sido el primer intento. Hubo otros tres igualmente ineficaces.
El problema de intentar ligarte a una desconocida es que cuanto más pasa de ti más te obsesionas, aunque después no tenga un buen polvo o pretenda el matrimonio después de hacerlo. Recuerdo a Inés Jiménez, el mejor polvo de mi vida. Después de una noche memorable se levanta y me habla de irnos a vivir juntos, de conocer a sus padres y de nosecuantos planes de futuro. Me agobié tanto y me montó tal llorera cuando le dije que no quería nada serio que lo que podía haber sido una cita para enmarcar se convirtió en un jodido dolor de cabeza.
La chica seguía allí, desafiante, cruzada de piernas sobre un taburete de la barra mientras bebía algo con zumo de melocotón, hablaba con una amiga y echaba furtivas miradas alrededor. Se reía, supongo que de mí, y eso me tocaba bastante los cojones. Quería follármela.
—Pasa de ella —me decía un amigo.
—Sí, ya —contestaba yo, sin tratar de convencerlo.
Bebí de mi whisky hasta dejarlo en los hielos. No era garrafón del todo pero notaba el sabor a Mistol después de unos segundos de haber tragado.
No podía quitarle el ojo de encima. Tenía una de esas caras de mala hostia con la que las tías se creen que dominan al mundo, que son ellas quienes te follarán a ti cuando a la hora de la verdad cerrarían los ojos y gritarían «quiero más» mientras desgajan las sábanas con las uñas. De las que juegan con su aspecto de puta de lujo, con su vestido corto y sus tacones altos, sometiendo a la mayoría de hombres que se le acercan para luego escoger al más inútil y vendérselo a sus amigas como si de un dios en la cama se tratara. Una de esas tías patéticas, pseudo-prostitutas y que por algún motivo te apetece zoscar en el culo y eyacularle por encima, y yo me lo iba a perder.
—Venga, vámonos a otro sitio —insistía mi amigo.
—Vale. Id saliendo.
Él y los demás desfilaron hacia la entrada. Cuando vi que ya no estaban me apoyé en la barra y miré hacia el espejo de detrás de la caja registradora. Creo que reflexioné durante unos cuantos segundos.
Luego me volví hacia la chica, que ya se esperaba otro inútil intento, y delante de la amiga, para que lo escuchase también, le dije bien claro:
—No creo que fueras a aportarme más que un polvo de puta madre. No pretendía conocerte, darte conversación o que te sintieras importante. Lo único que quería era hablar lo justo y joderte esta noche, porque tienes toda la pinta de joder muy bien. Después tú me olvidarías y yo te olvidaría, y no habríamos sido más que un calentón de unas pocas horas resuelto probablemente en unos pocos minutos. Nos diríamos adiós, hasta luego, y tú seguirías con tu vida y yo con la mía. Puedes seguir esperando a que algún imbécil haga de príncipe azul y te diga lo que quieres oír. Entonces te convertirás en una más, creerás que te quiere y, cuando estés llorando en una esquina, echarás de menos ser quién eres y que un tío como yo sea sincero y te diga claramente cuáles son sus intenciones. Pasadlo muy bien.
No abrió la boca. Su amiga tampoco.
Di media vuelta y me largué. Creo que después de todo la tenía en el bote.

15 sept. 2014

Una mujer en el retrete de hombres

Después de mear me subí con cuidado la cremallera. No hay cosa peor que pillarte un pelo de ahí abajo y la borrachera no ayuda para evitarlo.
Para salir del baño doblé una esquina donde había un retrete para sentarse encerrado tras una puerta de madera que dejaba un hueco arriba y abajo. Lo normal era utilizarlo para vomitar y drogarse; si había que cagar allí dentro yo prefería hacérmelo en los pantalones.
La puerta estaba entreabierta y vi algo que asomaba. Un zapato de tacón, unas medias negras y un trocito de falda en medio de un charco de pis. Metí la cabeza por la rendija. Una tía de veintipocos estaba sentaba en el trono y ni se enteró de mi presencia. Estaba borracha como una cuba y dormitaba sobre las muñecas, que a su vez se apoyaban en las rodillas. Puede que estuviera algo más que borracha.
Hizo como que se despertaba y me miró con los ojos achinados, como si le costase un esfuerzo inmenso enfocarme.
—¿Quién eres? —dijo.
—Nadie.
—Vete. Estoy intentando mear.
Podía irme, sí, pero decidí no hacerlo. Le eché una visual de arriba abajo. Estaba bastante bien.
—Vete, que quiero mear —dijo otra vez con una voz balbuceante.
—No hay nadie ahí fuera —me inventé.
—Ya lo sé.
—¿A dónde quieres ir entonces?
Tardó unos segundos en responder:
—Vete, que si no no me sale.
Hice como que me iba pero sólo retrocedí unos centímetros. Tenía unas delgadas y bonitas piernas. El rímel se le había corrido un poco por la mejillas. Seguramente había estado llorando.
—Que te vayas —dijo otra vez.
—Estás en el baño de hombres.
—¿Y?
Se echó un poco hacia atrás como si esa postura fuera a facilitarle el asunto. Pude ver que ni siquiera había puesto papel sobre la tapa y, fijándome bien, se le veía un poco lo de ahí abajo. Unos poquitos pelos que se perdían hacia donde ya no me alcanzaba la vista.
Hacía tres meses que no follaba.
—No te puedo dejar sola —dije.
—¿Por?
—Porque estás muy mal y se pueden aprovechar de ti.
—Olvídame.
—Hazme caso. Yo te protegeré.
Se calló y volvió a apoyarse sobre las muñecas ya las rodillas. Dejé de verle la entrepierna pero yo ya estaba empalmado.
—Ya está —dijo.
—¿Sí? ¡Qué bien!
—Sí. Ya meé.
—¡Muy bien!
Se levantó y me dejó ver de nuevo todo su tesoro durante unos segundos, mientras se subía las medias y la falda. Estaba muy, muy empalmado.
—No me mires —dijo.
—Es difícil.
—No me mires. Soy asquerosa. Igual que tú. Tú también eres un asqueroso.
—¿Por qué eres asquerosa?
—Porque lo digo yo. Pero los tíos —me señaló— sois mil veces peores.
Casi pierde el equilibrio y me abalancé sobre ella. La rodeé por la cintura. Ella no hizo nada; simplemente permitió que la mantuviese en pie.
—Estoy muy mal —dijo.
—Qué va, mujer. ¿Cómo te llamas?
—Araceli, ¿a ti qué te importa?
—Un nombre muy bonito, de verdad.
La solté. No sé cómo, la puerta se había cerrado. Estábamos solos en el retrete. Una tía buena borracha y yo solos en el retrete. Mis zapatos dejaban una huella marrón sobre el suelo humedecido de meadas.
Apestaba. Mi erección era superlativa.
—Llévame fuera —dijo.
—¿Estás segura?
—Sí. Llévame fuera. Están mis amigas.
—No hay nadie en el bar. Están cerrando.
Le dio una arcada que no pasó a mayores. Entonces se me echó encima y me abrazó, apoyando su cabeza en mi hombro.
—¡Todo el mundo pasa de mí! —sollozó—. ¿Por qué? ¿Qué he hecho mal?
—Vamos. Tranquila —le daba palmaditas en la espalda. Olía a hembra.
—Me quiero morir. Te juro que me quiero morir.
—No digas eso, Araceli.
—No valgo para nada. No pinto nada en esta vida.
—Vamos, vamos.
Le di unas cuantas palmaditas más.
—Menos mal que te tengo a ti —dijo.
Se separó de mi hombro y me miró fijamente a muy pocos centímetros. Tras la embriaguez y el rímel corrido escondía unos ojos bastantes llorosos que denotaban tristeza más allá de aquella noche. Me gustaban.
—Si no fuera por ti...
—Si yo no he hecho nada —dije.
—Sí, sí que has hecho mucho.
Se me acercó un poco más. Casi estaba besándome. Dios, y yo sin follar un trimestre y con mi casa libre aquella noche.
—Vamos —dije.
—¿A dónde? —preguntó muy extrañada.
—Afuera. ¿No están tus amigas?
—Sí. Se habrán ido a otro sitio.
La arrastré fuera del baño. La camarera nos miró mal como si viniéramos de hacerlo allí encerrados.
Salimos a la calle y ella no se me soltaba del brazo. Era como si fuera a disolverse como un terrón de azúcar si se apartaba de mí. Le pedí el móvil y busqué entre sus contactos hasta que me dijo quienes eran sus amigas. Llamé a una de ellas y le expliqué todo. Creían que habían perdido a Araceli porque no sospechaban que estuviese en el baño de chicos.
Enseguida otra preciosidad apareció tras unos soportales y me dio las gracias por cuidar de su amiga.
Araceli se arrojó sobre ella. Antes de marcharse me volvió y dijo:
—Te quiero.
Su amiga me miró y sonrió como diciendo: «no sabe lo que dice». Yo sonreí también por complicidad y me despedí con la mano.
Las vi alejarse y, cuando desaparecieron, me quedé pensativo unos minutos. Puede que fuera el mayor gilipollas bajo la estrellas. Pero al fin alguien me quería.

10 sept. 2014

El criado del escritor

La mirada de Simón era una mezcla de rabia y desorientación.
—Enseguida, señor —dijo antes de una leve reverencia.
—Joder, Simo —así le llamaba el señor—, olvida las formalidades, ¿qué te dije antes?
—Está bien, señor. O digo... está bien.
—Así me gusta. Vamos, tráenos esos Margaritas.
El señor le había aclarado que, durante la fiesta, nada de dirigírsele desde su mazmorra de criado. Los invitados debían creer que Simón era uno más de la casa, casi un amigo del anfitrión, lo cual se acercaba bastante a la realidad después de toda una vida sirviéndole.
—Eh, Simón. Eres un trabajador estupendo —le dijo por el camino un íntimo amigo del señor.
—Eres todo un ejemplo —le comentó un desconocido.
—Ojalá el mundo estuviera lleno de simones —escuchó más a lo lejos.
Entró en la cocina donde otros sirvientes trabajaban a destajo. Preparó los cócteles y salió de nuevo a escena. Doscientas cincuenta personas hablaban y bebían y fumaban. Todo a cuenta del señor, que celebraba el millón de copias vendidas de su último libro: la estúpida historia de un hombre del renacimiento que había escrito entre borracheras, polvos y cocaína, por mucho que en las entrevistas tratase de vender que escribir setecientas páginas requería doce horas diarias de trabajo y no unos cuantos minutos de inspiración en sus ratos libres.
—Buenísimos, Simo, como siempre —dijo el señor tras el primer trago.
—Increíble —dijeron unas señoritas que hablaban con él.
Simón dio las gracias y se retiró a atender a otros invitados.
Probablemente el señor se tiraría a alguna de aquellas preciosidades que le donaban la píldora mientras engullían los Margaritas. Desde que se separó de su señora, que era por cierto veinticinco años más joven que él, su vida se había convertido en un descontrol aún mayor. Un constante goteo de fiestas y mujeres que desfilaban por su habitación. Drogas y alcohol. Un permanente derroche de dinero que, lejos de agotarse, parecía no dejar de crecer a raíz de un cuestionable talento para engranar historias y personajes en la pantalla del ordenador.
Por eso Simón, mirando aquellos tipos trajeados forrados de millones, aquellas bellezas que lucían piernas bajo minúsculos vestidos, la casa, el jardín, la piscina, las risas y el ambiente que empezaba a acalorarse a medida que la noche se cernía sobre todos ellos, sólo pudo suspirar y pensar: para esto he trabajado toda mi puta vida.

5 sept. 2014

El caso de Tamara Sanjuán

Tamara Sanjuán veía las noticias con indignación.
—Sinvergüenzas. Asquerosos —decía con insistencia.
Un juez acababa de imputar a un ex ministro por haber recibido comisiones mientras ocupó el cargo. Junto a él, un par de secretarios y una directora de gabinete se sentarían en el banquillo por el mismo asunto.
—Estaré encantado de demostrar mi inocencia —declaró el ex ministro entre una marabunta de micrófonos.
—A ver como lo haces, capullo —contestaba Tamara desde la silla de la cocina.
—No, no y no. Jamás he recibido un solo euro más allá de mis emolumentos como ministro y como diputado —sentenció el ex ministro.
—No tengo nada que ocultar. Mis cuentas están publicadas en la web del congreso.
—Tengo la conciencia muy tranquila.
—Esto es una estrategia de acoso y derribo de la oposición.
—Lo que no han conseguido en las urnas lo quieren conseguir con juego sucio.
Tamara se ahogaba en su propia bilis. Se retorcía de rabia con sólo ver  la cara de aquellos personajes.
—No sabré yo lo que habéis robado —dijo—. Hijos de puta.
Se levantó y respiró hondo. Le dio al botón de off del mando a distancia y se preparó una tila.
—Os conozco. Os conozco muy bien —habló.
Tamara Sanjuán había sido directora general para el mismo ex ministro que ahora se enfurecía ante la sola sospecha sobre su honor. Claro que ella había dimitido en cuanto una cámara oculta la pilló recibiendo un sobre para otorgarle una concesión a una empresa amiga.
—Tamara. Es mejor que te vayas tú y dejes el barco a flote. Cuando el temporal pase nadie se acordará de ti y podrás volver al partido. Me encargaré personalmente de que ocupes un buen puesto —le había dicho el ex ministro.
Pero Tamara dimitió en lo que había sido, en sus propias palabras, «un gesto de dignidad» tras «un lamentable error» del que se «había arrepentido profundamente».
El partido fingió en público que le daba la espalda y que era poco menos que una apestada, mientras en privado se sucedían los ánimos y las palabras de consuelo. Claro que llegó el juicio y no fue a la cárcel de milagro. La inhabilitaron durante cinco años, pero peor fue que compañeros, vecinos y amigos le retirasen el saludo y hasta le insultasen en el portal, en el supermercado y en el gimnasio.
Cuando su condena se cumplió llamó nuevamente a las puertas de la vida pública, y sólo recibió la callada por respuesta.
—No podemos, Tamara —le dijo el ex ministro—. No están los tiempos para que vuelvas.
Obviamente el caso de Tamara Sanjuán no era ni la punta del iceberg de una tremenda trama de corrupción que ahora salía a la luz, de ahí que todos esos cargos fueran a desfilar ante el juez. Ella había decidido callárselo todo para no someterse de nuevo al escarnio público, pero tras dos años de traición, de rabia acumulada, de reclusión en su apartamento y de su miserable sueldo de oficinista, si la llamaban a declarar lo haría encantada y aún sonreiría a sus traidores cuando, delante del juez, tuviera la ocasión de mirarles a la cara.