30 abr. 2013

Mi amigo del gimnasio

Tengo un amigo en el gimnasio que es todo un personaje. Se llama Pipo y suelo coincidir con él en los vestuarios, con las mingas al aire y diríase que prestos a iniciar una lucha de sables.
—El caso –me dijo una vez–, es que ese día mi novia había venido conmigo al gimnasio, pero andábamos cada uno a nuestro aire. Entonces, en un momento que cambiaba de ejercicio vi su culo redondito moviéndose arriba y abajo sobre la máquina de step, con las piernas a juego, doblándose sutilmente.
»Así que no lo dudé y dije esta es la mía, y me acerqué por detrás y cuando estaba a unos centímetros saqué mis dedos así –hizo una trivial demostración– y le pellizqué en toda la cacha. Cuando reaccionó y empezó a girar la cabeza abrí la mano –la abrió–, y le casqué una chaparreta bastante fuerte que sonó en toda la sala.
»El problema –movió afirmativamente la cabeza y agarró mi hombro–, es que la tía se giró del todo y… ¡exacto! ¡No era ella! Vestía exactamente igual que mi novia y hasta en el culo se parecían. El caso es que me puse rojísimo, y ella también, y no sabía dónde meterme, y vi su cara de indignación y le pedí perdón cien mil veces y le expliqué la confusión y hasta le señalé a mi novia (que por cierto, estaba estirando y por suerte no se había enterado de nada), para que viese que, efectivamente, llevaba una camiseta y unas mallas casi iguales y el parecido era más que razonable.
Pipo y yo nos reímos con la historia y me aseguró que había sido un mal trago pero que la chica no le dio más importancia y de hecho ahora se saludaban y bromeaban cuando se veían.
—Ya, pero lo que pasa –me dijo semanas después–, es que creo que tengo un problema grave que debería hacérmelo mirar –le pregunté cual–. Que desde entonces van como cinco o seis veces que me confundo a mi novia con otra. No sé… veo un culo bonito como el suyo y creo que es el de ella y le cae o chaparreta o pellizco o palmadita cariñosa. Luego tengo que dar explicaciones y disculparme.
Le dije que no me lo tragaba y se puso serio, jurando y perjurando que lo hacía sin querer.
—¿Qué le voy a hacer –concluyó–, si todas se me parecen a mi novia?
Le di la razón como a los locos y ahí se acabó la conversación.
Pocos días después descubrí el fraude: Pipo no tenía novia. Lo pillé in fraganti pellizcando a una y luego le pregunté y me lo confesó.
Claro que también me di cuenta de algo más preocupante, y es que yo en el gimnasio no tengo amigos pero sí guardo el recuerdo de unos culos moviéndose arriba y abajo y unas manos que se les acercan por detrás.

25 abr. 2013

Caído del cielo

Se acababa de morir y se iba cagando en dios mientras, hecho alma, ascendía las interminables escaleras mecánicas dirección cielo. Cuando llegó apenas había cola y todos los de delante accedían sin problemas:
—Será que se confesaron en el último momento y al carajo –se dijo a sí mismo.
Era su turno. San Pedro le pidió al angelito que tenía de becario en la mesa de al lado que le entregase su hoja de servicios:
—¿Nombre? –le preguntó al recién llegado.
—¿Eso qué más da?
—Tenemos un rebelde, ¿eh? No importa, por tu hoja lo tienes jodido, amigo.
Éste se encogió de hombros, como si de sobras supiera que lo tenía jodido.
—Así es la vida –dijo.
—Una vida muy completa la tuya.
San Pedro leía la lista y levantaba las cejas sorprendido:
—¿Pero a que te has dedicado, pecador? Banquetes, borracheras, bacanales… y ni una buena acción.
Eso es la vida –confirmó el otro.
—Y mujeres, sobre todo mujeres. Veo aquí que has pecado con multitud de esas criaturas del demonio.
—De todos los colores y lugares.
—Ya veo… –al santo se le dilataban las pupilas a medida que leía el historial– Lo has hecho con una importante política y todo.
—La presidenta ni más ni menos. Y en su propio despacho. No veas lo sumisas que se pueden volver las más poderosas en ciertas circunstancias.
—También con dos jóvenes al mismo tiempo…
—Oh sí, menuda noche. Eché de menos tener dos… ya sabes.
—Sí, sí, ya sé. ¿Y qué me dices de esto? ¡Una mujer casada y con hijos!
—Esas son las mejores. Lo hacen como por despecho, ¿comprendes?
—Prefiero no comprender. También hay una monja. Una sierva de Nuestro Señor.
—Ya lo creo. Y sin quitarse el hábito siquiera.
El angelito de la mesa no levantaba cabeza, inmiscuido en un asunto que aparentemente le tenía muy ocupado. Era obvio que se sentía escandalizado por lo que llegaba a sus oídos.
—¿Entonces preparo los papeles para el infierno? –preguntó el pecador.
—No tan deprisa –San Pedro rebuscó entre la lista de atrocidades–. Veo una profesora de guardería entre las cunas de los bebés… una testigo de Jehová que fue a su domicilio… la carnicera… la pescadera… la del kiosko…
—Ajá –el otro sonrió orgulloso.
—Amén de las decenas de mujeres en otras tantas noches locas.
—¡Justo!
—Y qué más… –San Pedro pareció encontrar la gota que colmaba el vaso– ¡Aquí! Veo que era usted muy dado a las orgías.
—Me gustan, sí.
—O sea que se reunían unos cuantos y comían y bebían y…
—De todo –al pecador se le cayó una baba cuello abajo.
—Y le daban al fornicio hasta altas horas.
San Pedro calló e hizo unas anotaciones en una hoja que le pidió al angelito y dio a este unas cuantas órdenes inaudibles.
—Pues ya tenemos tu destino, amigo –dijo después al otro.
—Que está claro cuál es…
—Me temo que sí.
—No te preocupes, si ya lo sabía mientras actuaba.
—Pues yo no lo he tenido tan claro.
—¿Ah no? Creí que era un pecador de manual.
—Eso sí, pero aquí pasa todo dios. Últimamente no nos ponemos muy exigentes si no esto se queda vacío.
—¿Entonces?
San Pedro se acarició la barba para darle un toque pedagógico a su respuesta:
—Aquí te ibas a aburrir como una ostra.
—¿Perdón?
El santo pulsó un botón rojo en el extremo de la mesa del angelito y una trampilla se abrió bajo los pies del pecador, que cayó al vacío en medio de un grito seco y desesperado que pronto se transformó en silencio. Antes de atender al siguiente puso una mano sobre el hombro del angelito y murmuró:
—Siempre se van los mejores. Menuda la que se debe de estar montando ahí abajo.
Y antes de seguir con su trabajo adoptó una pose melancólica y suspiró:
—Qué coño haría yo para merecer esto.
Y después:
—Quien fuera un puto mortal cualquiera…

20 abr. 2013

El secreto de Corea

Kim Jong-un movía nerviosamente la mano derecha sobre el ratón, mientras con la izquierda se acariciaba el escroto por debajo del batín.
—Así es como si me la estuviera tocando otra –pensó.
A Kim le ponían muy nervioso las partidas de póker on-line. Llevaba eliminados a decenas de surcoreanos y algún que otro japonés pero los americanos eran duros de roer.
—Siempre tocando los cojones ­–murmuró.
Aunque él dominaba la mesa, Obama le andaba cerca y su careto de negro sonriente junto a sus cartas ocultas y sus apuestas y su montón de fichas resultaba bastante intimidatorio.
—Te crees que la tienes muy grande, ¿verdad?
El coreano se la agitó un poco para que le creciera y elevase su ego. Ya había llamado personalmente al ejército para que estuvieran al loro, que si el negro se porta mal me lo cargo. Claro que Obama, al ver que Kim eliminaba aliados había enviado bombarderos a darse un garbeo por las coreas no vaya a ser el demonio.
—Escalera. Te voy a joder, occidental.
Obama había subido la apuesta pero Kim estaba erecto y eso que había dejado de tocarse. Tenía una jugada ganadora pero por si acaso le había pegado un toque a los de los misiles:
—Preparaos para atacar.
En Corea del Sur hablaban de provocación. Todo porque no sabéis perder, pensaba Kim. En la ONU y en Europa y en Rusia y en China pedían calma. Todos sois unos perdedores. El mundo entero presagiaba el desastre. Obama echó el resto. All-in. Entonces Kim Jong-un se desnudó ante la pantalla y se retocó el pelo engominado:
—Te tengo pillado, negro.
Se levantaron las cartas. Kim Jong-un, escalera al rey. Obama, color. Un puto color de tréboles con las dos últimas cartas.
—Imposible –Kim se puso muy nervioso–. Trampa, sin duda. ¡Una nueva ofensa de occidente!
Cogió el teléfono para dar el ok pero colgó enseguida. Todavía no daba crédito y golpeó el teclado contra la pantalla. Enseguida perdió las pocas fichas que le quedaban.
—Hasta aquí –dijo, ardiendo de rabia.
Volvió a descolgar el teléfono. Ordenó que aguardasen unos minutos y recibirían la orden.
Antes Kim Jong-un se fue a cagar y sentado en la taza del váter se hizo una paja.

15 abr. 2013

El desgraciado Evaristo

Toda la vida fue pobre el viejo Evaristo, y fíjate si era desgraciado que le tocaron diez millones de euros y al poco le diagnosticaron un terrible cáncer:
—Le quedan cuatro meses, cinco a lo sumo –le auguró el doctor.
«¿Y qué hago yo con el dinero?», preguntaba Evaristo a sus compadres. «Légalo a tus seres queridos», le decían unos. Pero el pobre Evaristo no tenía familia que mereciese un ápice de herencia. «Dónalo a la caridad», le proponían otros. Pero la sociedad que le había dado la espalda no era digna de dádiva alguna. «Gástatelo», le imploraban los más enérgicos.
Y Evaristo hizo caso…
—¿Cómo me lo puedo gastar? –se dijo.
Reflexionó y decidió hacerlo a lo grande. Hizo las maletas y recorrió el mundo entero. Viajó a países exóticos, se hospedó en los hoteles más lujosos, comió en los restaurantes más caros, se permitió multitud de caprichos y conoció a todo tipo de mujeres, de pago y gratuitas, y entre el alcohol y su triste historia consiguió inseminar a no menos de un centenar.
Fueron meses locos y todavía tuvo tiempo de regresar a casa, exhausto.
Pero para su extrañeza, no sentía los síntomas de la muerte inminente y decidió visitar al doctor:
—Le noto mejor semblante, señor Evaristo. ¿A qué se ha dedicado?
Evaristo le contó muy por encima y acordaron realizar nuevas pruebas. Cuando se citaron para conocer el resultado, el doctor traía cara de radiante estupefacción:
—Es un milagro, amigo mío –dijo–. Está usted nuevo. El cáncer ha desaparecido.
Mas Evaristo no mostró alegría. Pensó en todas las mujeres que había inseminado y cuyas barrigas crecían con pequeños Evaristos dentro. Luego se dirigió al doctor:
—¿Y no tendrá algo para que me vuelva el mal?
—¿Cómo dice? –se extrañó el doctor–. Está usted curado, ¿no me ha entendido?
—La reputa si no le entendí… pero mire usted que ya me he gastado toda la plata y ahora me requieren cuentas de medio mundo.

10 abr. 2013

Por qué Mariana se cambió de ciudad


Era un lunes al mediodía y Mariana estaba aburrida tras tantas horas de clase. Las cosas no le salían: el ordenador no le respondía en la hora de Informática, luego no supo contestar correctamente a un par de preguntas del profesor que siempre la miraba con mala cara y encima el chico que le gustaba no paraba de tontear con la rubia guapa que se le sentaba delante.
Por eso a la tercera vez que fue requerida por el profesor, sacó disimuladamente del bolso el reloj que le habían regalado hacía nada y lo manipuló bajo el pupitre, a salvo del resto de la clase. Giró una ruedecita hasta que una aguja roja indicó diez minutos y después pulsó hacia dentro la propia ruedecita, hasta escuchar clic.
Entonces se levantó y todos la miraron; los diez alumnos y el profesor.
—Tú –le dijo Mariana–, que sepas que me pareces un auténtico gilipollas.
Iba a abrir el hombre la boca pero Mariana no se lo permitió:
—Y, por cierto, tienes pinta de muy mal follado.
Hubo quien no pudo disimular la risa pero nadie dijo esta boca es mía.
—¿Qué coño os pasa? –gritó Mariana, ajustándose después las gafas.
De un firme puntapié, la mochila de su compañero salió volando por el medio del pasillo y cayó a los pies del profesor, que seguía inmóvil. Cogió su pupitre que, para su sorpresa, pesaba menos de lo que parecía, y tras un grito lo lanzó aleatoriamente. El chico que le gustaba se apartó y fue a golpear la silla vacía junto a la rubia, a la que rozó una de las patas, y soltó un alarido.
Mariana chilló una vez más hasta casi quedarse afónica, agarró el bolso y caminó hacia la puerta. Se giró y escupió profundamente, dejando su escupitajo redondo bien a la vista de todos. Antes de salir regresó junto al chico que le gustaba y lo sujetó por el cuello de la camisa:
—Tú, imbécil –le dijo–, sal conmigo.
El chico, asustado, le hizo caso con el rabo entre las piernas y ambos salieron.
—Al baño –dijo Mariana, propinándole un empujón que le obligaba a avanzar más aprisa.
Lo siguió empujando hasta que estuvieron encerrados en uno de los baños de chicas. Allí Mariana lo arrinconó y le besó apasionadamente. Primero el chico se mostró reacio pero enseguida cedió y le siguió el ritmo. Estuvieron minutos magreando hasta que fuera empezó a escucharse el tumulto de gente que les buscaba. Mariana sabía que le quedaba poco y aprovechó para agarrarle con violencia el paquete al chico y coger su mano para introducírsela bajo su falda: de él no hubiera salido. Con un último beso acompañado de un mordisco en la cara salió del baño y corrió hacia la salida de la academia, a punto de ser alcanzada por el profesor, la jefa de estudios y un grupo de alumnos que se habían aventurado a la búsqueda.
Fuera y a salvo de sus perseguidores, Mariana cogió de nuevo el reloj. Sabía que sólo debía esperar: segundos, minutos quizá; pero, horrorizada, comprobó que la aguja roja seguía indicando diez minutos y no se había movido un ápice. Ardió en cólera y agitó el reloj reiteradamente, con nulo resultado.
Humillada, corrió entre lágrimas a su piso donde, en la mesilla, buscó con las manos temblorosas el librito de instrucciones. Había hecho todo bien: lo había calibrado en casa, luego había fijado el tiempo y por último al pulsar la ruedecita la aguja debería haber empezado a correr. Pero no lo había hecho por una simple razón. En la última línea del libro de instrucciones ponía, en letra pequeña: no contiene pilas.
Mariana sollozó desesperada y lanzó el reloj contra la pared, destartalándolo en mil pedazos. El complejo mecanismo quedó al descubierto; la fabulosa máquina del tiempo que aquel feriante le había regalado era inútil.
Días después, Mariana había hecho la maleta y se había cambiado de ciudad. Tenía la opción de regresar a la academia y explicarlo todo, o alegar que había sido un ataque de locura, pero decidió no hacerlo. La chica rubia, como sospechaba, no había tardado en dar a conocer a todos sus conocidos el asunto a través de mil y una redes sociales, y estaba perdida.
Semanas después, cuando ya se había acomodado a su nueva casa, recibió una noche cualquiera un mensaje en el móvil. Era el chico que le gustaba que, sin saber cómo, había conseguido su número. Ponía: «Lo del otro día fue increíble. Cuando quieras repetimos».
Mariana sonrió y empezó a ver la vida de otra manera.

4 abr. 2013

El visitante

Finalizaba una jornada de lo más tranquila. «Aquí no se muere ni Cristo», pensó, mientras se sacaba del bolsillo la notita con la lista ordenada de nombres y direcciones. Comprobó que no se había equivocado de calle y de número antes de atravesar la puerta de entrada. Parecía que el desafortunado tenía compañía y el protocolo establecía que en tal caso nada de apariciones estelares que llamasen la atención de testigos.
—Jijijijiji –una risa pícara provenía del piso de arriba.
—Jijijijiji. Jijijijiji –volvió a escuchar.
—¿Qué coño pasa aquí? –se preguntó.
Se escuchaban pasos y carreritas cortas, como si dos niños jugaran al escondite.
Subió sigilosamente las escaleras y atravesó la puerta de donde salía el escándalo. Decidió mantenerse invisible y esperar el momento idóneo para actuar.
Un viejo permanecía recostado sobre el colchón de una amplia cama de matrimonio. Daba palmaditas y movía las piernas nerviosamente, desprovistas de pantalón alguno, aunque vestía unos calzones ridículos por los que se entreveían lateralmente sus gónadas.
—Vamos, guapa, que no tengo toda la noche –se impacientaba el viejo–. Además –gritó–, las pastillitas están empezando a hacerme efecto. Jijijijiji.
El visitante, picado por la curiosidad, avanzó por la estancia hasta tomar asiento en un cómodo sillón junto al escritorio. Apoyó la guadaña contra una esquina y se cruzó de piernas. Desde tan cerca comenzaba a resultar obsceno el bulto que se disparaba bajo los calzones del hombre.
—¿Es para hoy? –el viejo rabiaba con inocencia.
Entonces, a un paso de donde el visitante se había acomodado, se abrió la puerta del cuarto de baño. Hizo aparición una mujer rubia vestida con un elegante conjunto de ropa interior rosáceo y transparente, deteniéndose poco después y apoyándose en el marco de la puerta para que el viejo la mirase. Debía de tener a lo poco cuarenta años menos y aquel conjunto le sentaba de fábula. Era toda una diosa mirando lascivamente a quien podría ser su abuelo.
La mujer preguntó qué tal le quedaba y aguardó una respuesta.
—Por los clavos de Cristo –babeó el viejo–. Sólo mirarte tiene que ser pecado capital. Jijijijiji.
Convencida, la mujer dio unos pasos hacia el pie de la cama, rozando incluso la túnica del visitante, impregnándole su olor.
—Joder –pensó éste, a punto de preguntar si era rubia natural–. Encima huele a hembra de las de verdad.
Esa hembra trepó a la cama y gateó hacia el hombre con insinuación. El viejo prlongó sus risitas y sus frases cortas, pero pronto halló mejor entretenimiento.
«Es la hora», pensó el visitante. «Es evidente que será un infarto en pleno acto». Esperó la ocasión y, cuidadoso, se acercó a la mesilla y asió la botella de whisky a medio terminar. En un vaso prácticamente vacío, dejó caer dos esferas de hielo medio derretido de la hielera que acompañaba la botella. Se sirvió y agitó los hielos describiendo círculos, con el mínimo ruido, mientras la pareja se deshacía de la ropa e iniciaba la  función.
Se sentó de nuevo y observó dando pequeños sorbos. La mujer gritaba y el viejo parecía tomar las riendas por momentos. «Manda huevos», pensó. Y la mujer gritaba más y más hasta la extenuación. Terminó su copa con el alarido final en el que la pareja cayó rendida, cada cuerpo a un lado de la cama.
Pero el viejo seguía respirando. Con dificultades, pero respiraba, inflando el pecho y luego desinflándolo. «Bien, hasta aquí», pensó el visitante. Se irguió y comprobó que el whisky le había empezado a surtir efecto. Dejó el vaso en la mesilla, cogió la guadaña, rodeó la cama, echó un último vistazo a la pareja y atravesó la puerta, no sin antes murmurar, en una voz casi audible:
—Lo dejo. Dimito.