27 jun. 2014

Podría llamarse Belén

Félix se sentó en el váter y cagó con estrépito. Primero fueron dos o tres pelotitas hasta que llegó el gran misil. Le gustaba el gran misil. Significaba un trabajo bien hecho. Era un viejo y mugriento retrete, con una cisterna que no dejaba de perder agua y unas cuantas tiras de bacterias verdes justo por donde cae el agua, pero allí estaba él, sentado en su trono y deshaciéndose de su mierda.
Terminó y se pasó el papel por el culo. Le dolió. Lo miró y, efectivamente, había gotitas de sangre. Solía pasarle y no lo entendía. ¿Almorranas? ¿Por qué? Envolvió el papel y lo dejó caer. Así un par de veces más.
Seguía sentado, respirando, metiendo en sus pulmones los gases de la cagada. Pero eran sus gases, el fruto de su vientre, ¿por qué sentir asco? Le vino a la mente la imagen de la muchacha de anoche. Podría llamarse Belén y pudo haberla conocido en el bar de la esquina. Puede que se hubiera terminado de emborrachar con ella, que se la hubiera llevado a casa y que, después de follar hasta dejarle las uñas clavadas en la espalda y con sangre en las sábanas, se hubiera largado en mitad de la noche para no volver. Sí, podía ser que sucediera eso pero no lo recordaba muy bien.
Aunque sí tenía una vaga imagen de una joven con gafas modernas, un moño bien alto que le dejaba ver toda la nuca, unas piernas de escándalo y vestida y pintarrajeada como si fuera la dama de honor de una boda y la hubieran expulsado del banquete. Parecía triste y necesitada de alma. Félix poseía alma de sobra para los dos así que con la imagen de aquellas piernas empezó a darle al manubrio. Allí, sentado en el váter, con la mierda zambullida a sólo unos centímetros, le dio caña arriba y abajo, arriba y abajo, cerrando los ojos para tratar de fabricarse una posible imagen de Belén. Se la peló y se la peló hasta que, en un momento dado, se corrió y todo el esperma fue a pararle al estómago descubierto, a los pelos púbicos, a los pantalones bajados y posiblemente a la pared del váter, aunque eso nunca lo descubriría porque jamás limpiaba su corrida. Su casa era suya y de su esperma, así que dejaba que sus espermatozoides correteasen por las paredes hasta que se murieran.
Solía hacerlo, masturbarse después de cagar, y no comprendía muy bien el motivo. Quizá sólo necesitaba una descarga completa. El bueno de Félix.
Cuando se levantó miró el panorama de mierda y papel y sangre del fondo del váter. Tiró de la cadena y fue entonces cuando descubrió que tenía una resaca de campeonato. Corrió a la cocina, se sirvió un Rioja y se lo bebió de un trago. Luego se sirvió otro vaso y se lo bebió de otro trago.
Miró el reloj. Era hora. Entró en la habitación y abrió las ventanas. El aire necesitaba renovarse. Había un lejano olor a vómito.
Con cierta prisa, abrió el armario, escogió uno de los trajes: azul casi negro, una corbata verde, cinturón y zapatos marrones. Se vistió, regresó al baño, se lavó los dientes, se peinó, se puso colonia, cogió las llaves de casa y del coche y salió. Le esperaba otro largo día de trabajo.

22 jun. 2014

Buscando a Jaye

Eran cosas del año 3000.
Jaye había salido de la cueva para ver a Paddie, una compañera de la que se había enamorado cuando todavía eran niños. Pero ahora no lo eran y el encuentro entre los adolescentes implicaba un riesgo enorme para ambos. Jaye había desoído las órdenes de su tutor y salió a plena luz del día, ignorando todos los peligros, fruto quizá de su enamoramiento y de su mente carente de trágicos recuerdos por escapadas como aquella. Por eso Lem, su tutor, salió a buscarlo a grito pelado, aún a riesgo de su propia integridad.
—¡JAYE! ¡JAYE! —gritaba.
Buscó en calles y alcantarillas. Entró en varios edificios ruinosos y en una antigua fábrica de comprimidos alimenticios.
—¡JAYE! ¡JAYE!
Comenzaba a desesperarse. No halló a nadie a quien preguntar si habían visto a un joven rubio y albino con un chándal gris. Era lógico: ¿quién se atrevía a deambular con el sol cayendo a plomo?
—¡JAYE! ¡JAYE! —gritaba con todas sus fuerzas.
Dobló una esquina. Accedió a una obra de hacía mil años de un centro comercial. Nada. Luego probó en la depuradora: los canales subterráneos podían ser un lugar relativamente seguro para el encuentro. Pero ni rastro.
Salió de allí y escuchó aquellas pisadas y aquellos sonidos agudos. Los tímpanos le dolían. Se encontraban cerca. Estaba en peligro. El corazón le latió más deprisa y comenzó a buscar a Jaye sólo con la mirada, sin osar pronunciar su nombre para no dar pistas de su ubicación.
Entró en el vertedero. Podría esconderse entre la chatarra hasta que pasase el peligro. Quizá tuviera que dormir allí, pero no importaba si con eso daba con su pupilo.
Entonces a lo lejos vio a uno de aquellos seres y se escondió en un hueco improvisado.
—Mierda —dijo.
El ser caminaba a unos doscientos metros pero, si lo veía, sabía que no tenía opción alguna de escapar. Era imposible huir. IMPOSIBLE.
La emoción fue máxima cuando entre un montón de basura, en una montaña situada a dos explanadas de distancia, pudo ver a Jaye y a Paddie, también escondidos, hablando y acariciándose, exitosos de su encuentro, pero inconscientes del ser maligno que rondaba el vertedero.
Y lo que era peor. ¡El ser iba hacia ellos! Sin duda no los había visto, de lo contrario hubiera echado a correr alcanzándolos en cuestión de segundos, pero era cosa de no más de un minuto que, al ritmo que llevaba, se los encontrase en su campo de visión y para entonces sería demasiado tarde.
—Tengo que hacer algo —se dijo Lem.
Pensó en gritar su nombre y atraer la atención del ser, ofreciendo su muerte para salvar a Jaye, pero el grito podría hacer venir a más seres que terminarían dando también con el joven.
—Ya está —concluyó.
Salió de su escondite y, en la explanada, corrió de un lado a otro y agitó los brazos airadamente hasta que el ser le vio y clavó su mirada en Lem. Objetivo cumplido. Aquella enormidad venía hacia él, justo en el momento en que Jaye y Paddie le vieron también y, antes de preguntarle qué hacía, Lem les ordenó silencio y que regresaran a su escondite. Los jóvenes hicieron caso instintivamente.
Lem dio media vuelta y echó a correr. Era inútil pero ganaría tiempo para su pupilo. Corrió y corrió y pasaron veinte o treinta segundos hasta que sintió las pisadas y el sonido agudo, más agudo que nunca, rozando sus talones. Entonces la nube de gas le envolvió y empezaron las dificultades respiratorias. Le habían hablado de eso y, efectivamente, estaba sucediendo. Era su método de caza. Sin contactos. Sólo gas. Comenzó el picor de garganta y la taquicardia. Perdió el equilibrio y cayó. El ser le miraba, esperando su muerte mientras agonizaba. Al menos le quedó el consuelo a Lem de mirar por última vez el escondite de Jaye y Paddie y comprobar que no estaban allí.

Aquella noche las ratas cenarían ser humano. Un manjar exquisito y que no se podían permitir habitualmente.
Llevaban quinientos años dominando el planeta y evolucionando. Ahora los humanos eran la comida y debían andarse con mucho ojo para no terminar en el estómago de aquellos seres horrendos de doscientos quilos de peso y dos metros y medio de envergadura.

17 jun. 2014

La bombilla

Una lámpara y una bombilla. Ese era todo el paisaje.
Luis José llevaba dos horas tirado en la cama y mirando al techo. Había cambiado de postura dos o tres veces y se había estirado el cuello por el dolor. Enseguida la vista debía volver allí arriba. Allí estaba la bombilla. Aquella mágica y maravillosa bombilla.
Había encendido la luz y se había quedado mirándola. Sólo eso, mirándola. El resto era parpadear y respirar, puede que alguna otra función vital que desconociese.
Era una de esas bombillas de ahorro, que consumían poco a costa de un precio un poco más elevado y de tener que esperar unos segundos para que ofrezcan su máxima potencia lumínica. El casquillo estaba oculto, encajado en el enganche de la lámpara. Luego tenía una semiesfera blanca decorativa y después estaba la luz. Cuatro tubos de vidrio en forma de U muy largos y estrechos, dispuestos simétricamente alrededor del centro de un círculo imaginario. No se veía el filamento: era un misterio cómo salía la luz de ahí y, tratando de averiguarlo, uno terminaba con la cabeza dolorida por la ceguera temporal. Había polvo sobre la concavidad de la U, y también un poco a lo largo de los tubos y hacia la semiesfera decorativa, y ya no digamos en el resto de la lámpara: hacía meses que no limpiaba pero ¿a quién le podía importar? Luis José no había enfermado a causa de eso y, al fin y al cabo, deshacerse del polvo era deshacerse de sus propias células. ¿Quién sabía si en alguna de ellas se escondía su alma?
Una sombra negra perfectamente circular se proyectaba sobre el vidrio de la lámpara, arrugado para decorar y para contener más polvo. Eran dos mundos diferenciados de sol y sombra. Abajo la luz, arriba la negrura. Volviendo la vista a la bombilla, los bordes de los tubos de dibujaban con mayor definición, pudiendo distinguir el fondo y otros detalles de polvo y quién sabe qué misterios, pero enseguida los ojos se agotaban y exigían apartar la cabeza. Aún así Luis José aguantaba cada vez más sin desviarse.
Después bostezó y pensó un poco en el mundo más allá de la bombilla. Había gente, trabajo, comida y algo de dinero. Poca cosa. Se dio cuenta de que el aburrimiento, o más bien, el asco, estaban acabando con él. O mejor aún, lo estaban matando. Luis José se moría.
Por eso decidió no pensarlo más y regresar la vista a la bombilla. Allí seguía, blanca y brillante, ¿qué más podía pedir?

12 jun. 2014

Una habitación muy rosa

La habitación de Lidia era muy mona. Había quince o veinte libros en las estanterías. Mala literatura, lecturas obligadas de la universidad. La cama estaba llena de cojines rosas y blancos. Había una maceta con una planta de flores rosas y una foto de un perro con el pelo rizo, aunque del perro no había ni rastro. Por un momento me imaginé ese pelo rizo también rosa. Todo me parecía muy rosa aunque si te fijabas no había tantas cosas de ese color.
—¿Estás ahí? —dijo.
—Pues claro.
—Me alegra que no te hayas ido.
—No era mi intención.
—Ya salgo, ¿eh?
Estaba en el baño. Desmaquillándose. A ver lo que salía de ahí...
Me senté en el nórdico de la cama. Me apoyé en los codos y me abrí de piernas y taponé un pedo para que no se me escapara. Un cuadro de unos caballos medía un metro por un metro. Una cosa descomunal. Al lado había un par de estanterías con peluches y muñecos. Recuerdos de su infancia, supongo.
—¿Listo? —dijo.
—Listo.
En realidad estaba listo desde la primera cita, pero a veces las mujeres quieren que el asunto sea especial. En fin, todos tenemos nuestras cosas.
Se abrió la puerta del baño e hizo aparición. Llevaba un miniconjunto negro por el que le asomaba la mitad de las tetas y la mitad del culo, amén de las piernecitas que se le venían enteras. Era de encaje y transparente entre el pecho y la cintura. Una cosa fina. Parecía una diosa bajada a la tierra. Por un momento me sentí indigno. Sufrí una enorme erección.
Venía hacia mí. Me levanté y me puse a su altura.
—¿Qué tal? —dijo.
—Buf.
—¿Seguro?
—Buf, buf, buf.
La agarré por la cintura como si fuera a zarandearla. Olía a colonia de frutas del bosque.
—¿No dices nada? —dijo.
—Me he quedado sin palabras.
—Lo he comprado especialmente para ti.
—Oh, vaya, no tenías por qué...
—Sí, sí tenía por qué. Te dije que iba a ser especial y tenía que ponerme guapa.
—Pues créeme, lo has conseguido.
Besé su cuello y bajé mis manos, jugueteando con su culo entre la tela y la piel. Estaba a puntito de rompérseme el pantalón.
—Vamos —dije.
La tiré en la cama con cierta violencia mientras me sacaba el cinturón.
—Ja, jaja, jaja. ¡Qué bruto!
Le trabajé un poco más el cuello y bajé hacia el pecho. Le sorbí los pezones.
—Ay, dios, ¡qué bestia!
—Es que no sabes cuánto me pones.
—Sí, sí, se nota, pero... ¡tranquilízate!
No entendí muy bien eso. ¿Cómo iba a tranquilizarme?
—Dios, ¡qué ímpetu! —dijo.
Bajé un ratito al pilón, con ropa puesta y todo. Tampoco me molesté en quitarle la suya. Ella gimoteó un poco.
Cuando salí de allí abajo tarde cero coma en despelotarme. La besé mientras se la metía. Por algún motivo tenía la impresión de que no le gustaría presenciar el momento en que mi pajarito entrara en ella y por eso le evité el disgusto.
—¡Ay! —dijo.
Estaba dentro. Culeé un rato. Lo típico: cambios de ritmo, movimientos circulares. Unos minutos. El perro me miraba con su pelo rizo. Casi le guiño un ojo.
—Tendrás que ponerte algo, ¿no? —dijo.
—¿Qué?
—Un condón, ¿no tienes?
—Ah, sí.
Sí, claro, había que ponérselo. Ella me besó mientras lo hacía, como si tratara de consolarme. Evidentemente la cosa iría un poco peor.
—Ven —dijo—, me pondré así.
Hizo una cosa rara con las piernas y me obligó a ponerme de lado. Ahora los caballos me miraban. Parecía que iban a salirse del cuadro y darme de coces por tirarme a aquel angelito.
—Me gusta, ¿oíste? —dijo.
Le apreté la piel y seguí dándole. Me acercaba al momento. Lo sentía. Cuando estaba a punto se lo dije y ella dijo adelante, así que la apreté hasta dejarle la piel morada y me corrí como no recordaba, emitiendo un mínimo ruidito de placer mientras ella gritaba de verdad, como si le hubiera gustado más que a mí.
—Muy bien —dijo.
Saqué aquella cosa de dentro y me quité el plastiquito empapado. Lo deposité sobre un pañuelo de papel que había en la mesita, junto al perro de pelo rizo.
Terminé de limpiarme y me quedé tendido sobre el nórdico. Ella se fue un momento al baño y volvió. Se tumbó junto a mí y me abrazó, apoyando la cabeza en el pecho y poniendo una de sus piernas sobre las mías.
Yo miré al frente. Allí seguían los caballos. Acaricé un poco a Lidia y después simplemente permanecí inmóvil. Era una buena chica. No habló en el postcoito, ¿qué más podía pedir? Tenía una habitación muy mona. Todo muy rosa, pero muy mona. Al otro lado de la pared el mundo era peor que allí dentro. La gente se había vuelto un poco majara. Mariano Rajoy seguía siendo el presidente. Me pregunté cómo serían sus postcoitos. Luego volví a acariciar a Lidia, le dije que tenía frío, me puse la camiseta e intenté dormirme.

7 jun. 2014

La señora

La señora estrenaba pluma de oro. Un presente de su viejo amigo el marqués que aprovechaba la más mínima ocasión para agasajar a la doña. Con suma delicadeza, escribía con trazo refinado una misiva al gobernador, invitándole a visitar la hacienda para tratar asuntos que, en palabras de la señora, no podrían resultarle de mayor interés.
Rechinaron las bisagras de la puerta del despacho. A tales horas sólo podía ser el capataz quien viniera a molestarla para darle cuenta de los trabajos realizados en los campos y en las cuadras. Alzó la mirada y efectivamente: Horacio, que así se llamaba el hombre, se acercaba con sigilo como si hubiera de guardar el sueño de un rorro, mas sus gestos y sus andares poco tenían de cuidadosos a pesar de los intentos de la señora por hacer de él un hombre digno. Le quedaba el consuelo de que había aprendido a limpiarse las botas a conciencia antes de atreverse a rozar cualquiera de las alfombras persas que ornamentaban la mansión.
Horacio comenzó su relato. Varios hombres habían holgazaneado a primera hora, hubo que arrancar unos cuantos árboles que no terminaban de dar fruta en una zona de tierras más bien pedregosas, los trabajos de la zanja para la nueva canalización marchaban según lo previsto y los jornaleros nuevos parecían fuertes y obedientes.
La señora respondía con tímidos movimientos de cabeza. Era parca en palabras y de verbo monosilábico, salvo cuando el protocolo o las circunstancias extremas la obligaban a una diatriba extensa y elocuente. Escuchaba al capataz y le respondía a sus preguntas. Las órdenes eran claras y directas. Hacían un buen equipo después de incontables años. Desde que enviudó, no tuvo la señora más remedio que aprenderlo todo sobre sus posesiones si no quería perder su fortuna.
Allí seguía Horacio, dando cuenta ahora de una yegua preñada y de unos gorrinos que se habían escapado hasta que un mozo dio con ellos en el bosque. Escondido tras una barba descuidada, el rostro del capataz reflejaba las cicatrices de una mísera infancia hasta que su familia logró colarle en la hacienda para ayudar en las vendimias, una juventud repleta de peleas y amores pasajeros y ahora, una madurez de soledad y bares de mala muerte, con alguna que otra escapada al burdel para dar rienda suelta a sus más bajos instintos. No había en la hacienda hombre como Horacio: una máquina de mandar, pura eficacia.
En eso pensaba la señora cuando el relato se terminaba, en que quizá nunca le había agradecido lo suficiente su dedicación a la hacienda. Pero bien sabía que debía ser firme ante sus hombres para anular cualquier atisbo de rebelión, y eso incluía a Horacio.
El capataz dio media vuelta no sin antes recibir el visto bueno de la doña, en un gesto con sus labios que a punto estuvo de transformarse en una sonrisa.
La puerta se cerró con un nuevo chirrío de las bisagras. La señora volvía a estar sola. Ella, una grande de España. La cuarta o quizá la tercera fortuna del país. Toda la dueña de un imperio. Se miró en un pequeño espejo apoyado en la mesa y se dijo que podía estar orgullosa. Sintió que se merecía unos segundos de reflexión y después volvió a sus tareas. Iba a tomar de nuevo la pluma pero no llegó a hacerlo. En lugar de eso, tras un leve pensamiento escandaloso, dirigió su mano hacia su blusa, negra por el luto que todavía respetaba desde dios sabía cuándo, luego la bajó y la deslizó bajo sus faldas. Cerró los ojos, apartó las enaguas y con suaves movimientos circulares recordó a aquel maravilloso hombre que acababa de abandonar su despacho. Por muy señora que fuera, durante unos cuantos minutos también ella se merecía ser mujer y nadie se lo impediría.

2 jun. 2014

El cuervo

El cuervo venía por la tarde y se comía el alpiste. Se lo ponía encima del pozo, junto a unas nueces descascaradas y varias lombrices, y yo espiaba desde la hamaca cómo volaba desde la finca de al lado para tragarse todo en cuestión de minutos. Aniquilaba a cualquier gorrión que osara usurparle lo suyo.
Luego se iba el cuervo y yo me moría del asco. Al fin y al cabo nos han zambullido en este montón de mierda que es la vida, y buscamos el aire fresco sin sospechar que aunque llegásemos a la superficie no respiraríamos más que mierda gasificada.
Una tarde el cuervo vino y después de merendar no se marchó. Se quedó mirándome desde el hierro forjado que hacía un arco sobre el pozo. Yo le miré también y de pronto echó a volar hacia mí. Me tapé la cara creyendo que trataría de quitarme los ojos pero, tras comprobar que no sucedía nada, miré y vi que estaba en un borde de la hamaca, mirándome y tratando de decirme algo.
—Yo te ayudaré —parecía decirme.
—¿Perdón?
—Yo te ayudaré —volví a entenderle.
No lo comprendía del todo. ¿Por qué hablaba el cuervo? ¿Cómo un pájaro podría ayudarme?
—Sujétate —me dijo.
—¿Que me sujete?
—Sujétate fuerte a mis patas.
Tenía dos patitas grises que aunque parecían fuertes, desde luego no podrían con mis setenta y pico quilos. Pero el cuervo las levantaba y luego las golpeaba contra la cuerda, como tratando de demostrarme que eran más fuertes de lo que aparentaban.
—Sujétate fuerte a mis patas —insistía.
No sin dudarlo, acerqué mis manos a sus patitas y, sin ejercer excesiva presión, hice un círculo alrededor de ellas hasta que quedaron completamente ocultas entre mis palmas.
—¿Listo? —me dijo el cuervo.
—¿Listo para qué?
De pronto noté una fuerte sacudida y el cuervo salió volando. Me levantó de la hamaca y me elevó unos metros por encima del suelo, y seguíamos ascendiendo. ¡Qué fuerza tenía! ¿Cómo era posible?
Vi la hamaca allá abajo y luego el jardín y el tejado de mi casita. Me sujeté con fuerza y miré al pájaro que me estaba pilotando inexplicablemente. No parecía sufrir por el esfuerzo y movía las alas con energía. Nos alejábamos. Ya no me hablaba. Sólo volaba y volaba, sólo él sabía adónde.
Cuando desapareció el shock inicial fui consciente de que estaba volando agarrado a las patas de un cuervo. El paisaje allí abajo era maravilloso. Había ríos y montañas y casas con piscina y cancha de tenis. Gente con suerte. Empezaba a ser una experiencia increíble. Notaba el viento en mi cara y la adrenalina por mis venas. ¡Guau!, me decía, pero, ¿cuál era exactamente el propósito del viaje? ¿Qué pretendía aquel cuervo portentoso?
Se lo pregunté, le dije: ¿a dónde me llevas? Y él me respondió: cállate y disfruta. Y yo le volvía a preguntar. Y él: sólo cállate y disfruta. Así que le hice caso, y vi más casas con tejados de pizarra y de uralita, gente tomando el sol, grandes banquetes, niños jugando al fútbol. Todo lo que conocía lo veía ahora desde otro punto de vista y no sabía muy bien qué pensar. Los coches eran hormigas. Parecía que podíamos descender y atacarles con tanta facilidad... Había más bosque del que parecía a ras de suelo y de pronto empezó la montaña. La temperatura descendió como tres o cuatro grados y dejé de conocer el paisaje. Las carreteras hasta allí eran malas y, la verdad, nada se me había perdido hasta entonces como para ir a curiosear.
Pero hacia allí fuimos y volví a preguntarle: ¿a dónde vamos? Me volvió a decir que me callase y obedecí. ¿Qué alternativas tenía? Había más árboles y dejó de haber rastro de civilización. Desde luego, si me tira aquí, me pierdo, me dije.
Fue como dicho y hecho. Zarandeó las patas y provocó en mí tal fuerza repulsiva que perdí el contacto. Estaba cayendo. Mejor dicho, ¡el cuervo me había tirado! Mientras perdía altura vi que se alejaba en el aire y lo perdía de vista. Luego miré hacia abajo. Fueron sólo uno o dos segundos. Choqué contra la copa de un árbol y fui rebotando de rama en rama hasta llegar al suelo, en un lugar en el que ni por asomo había estado jamás.
No sentí mucho dolor y, aparentemente, no me había roto ningún hueso. Esperé a que el cuervo viniera a mi rescate pero, como eso no sucedía, tuve que iniciar yo mismo mi propio camino para tratar de lograr volver a casa.