6 nov. 2016

La vuelta de la musa

Me dijo el otro día Rita, una buena amiga:
­­—Hace tiempo que no escribes nada en el blog.
Era cierto. La buena vida afecta a esto de escribir. Uno encuentra fácilmente la inspiración cuando está de mierda hasta el cuello. Supongo que la musa nos entra por el culo cuando en la cabeza hay depresión, ganas de matar o de lanzarse de un puente abajo. Pero yo estaba bien: dinero, amigos, una chica que me hacía caso... y ante ese panorama válgame dios si era capaz de teclear tres frases con sentido. ¿Es eso triste? Sinceramente, nunca lo he pensado.
—Dame algo que escribir —le contesté.
—Yo te doy lo que quieras.
Rita me tenía ganas desde hacía tiempo. Yo también a ella, pero mi pene tenía dueña y debía permanecer tras los calzoncillos en presencia de Rita. Aún así tonteábamos que daba gusto.
—En todo caso te daré yo a ti —le dije.
—Pues entonces dame.
—Venga. Vamos.
—¿En serio? —preguntó, en broma.
—No es broma —le dije, en serio.
Estábamos en el jardín de detrás de mi edificio. Rita me acompañaba de vez en cuando a pasear a Cow, mi Jack Jussell terrier de cuatro años más listo que el hambre. Una vez se cagó en la habitación y como sabía que me iba a cabrear al verlo le puso a la mierda por encima una camiseta mía vieja, de las que dejo tiradas uno o dos días por la habitación hasta saber qué tratamiento asignarle. Dormí toda la noche sin descubrir el olor, y cuando lo hice la mañana siguiente, ni siquiera le recriminé nada a Cow. No se lo merecía.
—Me estás asustando —dijo con esa sonrisa morbosa suya, después de recibir un empujoncito mío en la espalda que la encaminaba hacia mi portal.
—¿No querías?
—No creo que te atrevas.
—Puede que no —concluí, sin mirarla.
Abrí mi portal. Rita subió delante, con seguridad, harta ya de estar en mi piso aunque sin el pretexto de follar. Desde dos peldaños más abajo, su culo me quedaba a buena altura. Le sobraban dos kilos de trasero pero por fuerza tenía que saber moverlo. El movimiento de culo trasciende del cuerpo; es decir, no es necesario ver como una tía lo mueve para saber que lo mueve bien. Es algo que se respira, que está en el aire. Como si sabe chuparla o esas cosas, perdonadme la vulgaridad. El caso es que Rita desprendía todo eso; no sé si me entendéis.
—¿Estás nerviosa? —le pregunté, tras girar la llave de la cerradura de seguridad.
—Para nada. ¿Tú?
—Bueno...
—¿Tú estás seguro?
—Pocas veces estoy seguro de algo —la miré con un pie dentro ya—. Esta vez no es una excepción.
—Entonces si quieres...
—Mejor calla.
No la dejé terminar. Le cogí una muñeca y de un latigazo la arrastré al interior del piso.
—Huy —susurró.
Cerré la puerta de una coz. Del latigazo, Rita había quedado encajada entre la pared del pasillo y yo. Con mi otra mano, cogí la otra suya libre y le hice una equis con sus brazos en la espalda, forzándole el pecho contra la pared.
—Madre mía —dijo.
—¿Te hice daño?
—Qué va. ¿Y ahora?
—Tú qué crees.
Relajó su cabeza, que se apoyaba por la mejilla contra la pared. Liberé una de mis manos, utilizando la otra para sujetar sus dos muñecas a la vez. Tuve que hacer fuerza. La tía quería liberarse.
—No quieres que me mueva —dijo.
—No.
—Vale —se mordió los labios.
Le bajé los leggins hasta las rodillas. Trabajo fácil. Tenía sus bragas en mi mano y jugué un poco ahí abajo. Rita no podía evitar mover sus piernas y cuando lo hacía, le apretaba el culo para intentar detenerla.
—Qué cabrón —dijo una de las veces.
Terminé de desnudarla de cintura para abajo, e hice lo mismo conmigo. No esperaba tal erección: estaba nervioso de cojones, pero la cosa se me había activado espléndidamente.
—Caray —dijo Rita, al notarla en su trasero.
La abrí un poco de piernas, sólo un poco: el juego que me daban los leggins y las bragas por la rodilla. Usé mi mano para hacerme hueco y entrar. Fue más fácil de lo esperado. Había humedad allí abajo. A partir de ahí ya sabéis. Puedo parecer un puto cerdo pero no quiero entrar en detalles escabrosos. Diré que poco a poco le fui dando libertad de movimientos, que efectivamente el culo sabía moverlo de puta madre, que hacía otras cosas aún más de putísima madre, que estuvimos un rato más reventando la pared, que de los golpes se cayó un cuadro que había colgado al lado y ni lo recogimos, que seguimos por el resto del pasillo, que llegamos a la habitación, que tropecé y me caí, que nunca así sonó el cabecero de mi cama, que Rita grita pero se muerde para no gritar más, que araña, que quería mandar pero yo no le dejé y a ella le ponía que no le dejara, que duró cosa de media hora, que sudamos como auténticos cochinos y que al terminar pasaron como cinco minutos hasta que recuperásemos un ritmo normal de pulsaciones como para quitarme de dentro de ella, ir al baño, sacarme el condón, limpiarme un poco, regresar a la cama, mirar al techo, fumarnos un cigarro a medias, mirarnos y decir:
—La hostia.
—La hostia.


Fue la última vez que vi a Rita. Hasta hoy. A la tía le salió un curro de un día para otro fuera del país y como no andaba como para despreciar trabajos, hizo la maleta y se fue sin ni siquiera echar otro de despedida.
Nos seguimos mensajeando, eso por supuesto, y me dejó como recuerdo el polvo de mi vida, que dios sabe si se volverá a repetir o no.
Pero también me devolvió la musa para escribir; fácilmente entenderéis por qué. Si una cosa soy es transparente como el agua, y recordaréis que os dije que mi pene tenía dueña "oficial". Y la tía es lista como el hambre, casi tanto como Cow, y rápido empezó a olerse que algo malo había hecho. Empezó hace días el interrogatorio, y yo le doy largas y le digo que no me dé la brasa, pero es cuestión de tiempo que mi conciencia explote y salga todo a la luz, y entonces me montará un buen escándalo, me dirá que soy un hijo de puta, me mandará a la mierda y me dejará más sólo que la una; y esto es algo que no sé si sé manejar. Sé que esto sucederá porque la musa ha entrado en mí. Ha entrado porque sabe que se avecinan tiempos jodidos, y como adelanto me ha inspirado para escribir este relato que aquí os dejo.

14 jul. 2016

El final en siete microrrelatos

1.      La última sonrisa
Me miraste desde tu sillón. Me sonreíste enseñándome esa maldita dentadura perfectamente alineada. Pero a mí sólo me salió devolverte una sonrisa forzada, deseando por dentro que por nada del mundo te levantases y te acercaras a mí. Comprendí ese mismo instante que lo nuestro era la crónica de una muerte anunciada.

2.      Los besos perdidos
Como tú ya nunca lo hacías, me acerqué yo a pedirte un beso. Accediste sin más, no tanto por ganas de mí como de no discutir, y caí en la cuenta de que realmente deseaba que te apartaras para iniciar esa discusión. Me pregunto cuántos besos perdidos nos habremos dado.

3.      Dos cosas
Hemos sido dos cosas independientes. Dos cosas que por propia voluntad renunciaron a parte de su independencia para ser casi una sola cosa. Pero ahora mi ser independiente se revela y lucha por ser de nuevo una cosa en sí misma. Quiere ser libre de ti y espera que tu ser quiera también ser cosa por sí misma para que, por dios, haga nuestra despedida para siempre un poco más sencilla.

4.      Triste es
Fue triste tenerte cerca, buscar tu sexo y, sin embargo, recurrir a la masturbación para saciar mi sed de ti. Pero el tiempo pasó y más triste es ahora, que te tengo de verdad y con ganas me ofreces tu sexo y reclamas con pasión el mío, mientras yo te rehúyo y, para qué negarlo, echo de menos la masturbación.

5.      Temporal
En mitad de aquel tácito temporal que nos azotaba, probé sin demasiada fe a decirte una de esas chorradas que antaño te enamoraban, no fuera que casi como por arte de magia las nubes se fueran, el sol brillara de nuevo y resurgiese la ilusión. Tu respuesta indiferente, despectiva si me apuras, me hizo comprender que por tu cabeza arreciaba la lluvia y que la mía debía seguir hundiéndose bajo el agua.

6.      Abismo
Nunca he hecho puenting pero ahora siento la adrenalina. Estoy subido a la barandilla, con el abismo a mis pies, a punto de dar el gran salto al vacío. Quiero hacerlo; es necesario que lo haga, y aunque durante la caída sea capaz de esbozar una sonrisa y gritar de emoción, no estoy seguro de ir amarrado a cuerda alguna, y sé que la hostia allá abajo va a ser buena.

7.      Después de todo
Mi índice apunta a mi cabeza. Puede que lo tenga claro aquí dentro. Que le dé mil vueltas, que busque mil excusas y que trate de autoconvencerme de mil maneras. Que intente, sea como sea, poner la pelota en tu tejado para que tú des el paso. Pero la cruda realidad es que, después de todo, tienes razón y lo que me pasa en que me faltan un par de cojones para cogerte por banda y escupirte a la cara todo lo que llevo dentro.

12 jun. 2016

Montaña rusa

Sería injusto decir que las cosas me iban mal con Rebeca. La vida a su lado era fácil. La vida a su lado sería fácil para cualquier hombre con dos dedos de frente. Rebeca veía encantada un partido de fútbol y me abría una cerveza cuando metía gol el Dépor. Me decía antes de acostarnos el tiempo que haría el día siguiente para que escogiese la ropa adecuada. Se levantaba a hacerme el zumo de naranja si me costaba despegar el culo de las sábanas. ¿Quién da más?
Sin embargo, quizá la naturaleza masculina nos sube de vez en cuando a una montaña rusa. Odiamos la madurez. Necesitamos abandonar ese estado de bajas pulsaciones que significa la estabilidad. Repudiamos la paz del terreno conquistado y buscamos una muerte estúpida en el infierno enemigo.
O quizá sencillamente seamos todos unos hijos de la gran puta. Pero el caso es que conocí a Blanca.
Rebeca y yo llevábamos una temporadita en un grupo de senderismo. ¿Por qué? Se suponía que eso de hacer deporte y conocer gente nueva estaba bien, y tampoco teníamos mejor cosa que hacer la mayoría de domingos de mierda. Aunque desde hacía un tiempo Rebeca no venía casi nunca. Solía echar un cable en la pastelería de la madre y, dios me perdone la expresión, me libraba de ella unas cuantas horas. De noche me preguntaba qué tal la ruta de aquel día sin esperar a cambio mi interés por su jodida mañana de curro.
Blanca llevaba poco tiempo en el grupo, dos-tres meses. Al principio era sólo una chica bien hecha. Follable, sin más. Pero a veces es ridículamente sencillo que un hombre se vuelva loco por una mujer. Bastan unos pocos detalles. Una sonrisa cómplice tras un comentario picante. Una mirada arrogante que parecía decir: hago de ti lo que quiero. Un roce ingenuo. Unas mallas favorecedoras. Un pedacito de espalda que se descubría al agacharse. El poder de sus tenis aplastando una colilla en una pausa para avituallarnos.
Estaba jodido. Blanca acababa de disparar y me había cazado. 
Conseguí su número: un trabajo sencillo. También su confianza. Por algún motivo casi nadie le dirigía la palabra, y allí estaba el menda para solucionarlo. Blanca manejaba la cantidad exacta de palabras en sus comentarios, y hablaba con un cóctel perfecto de inteligencia, seriedad, humor y, se me permitís, zorrerío. Le gustaba la seducción lo mismo que a un tonto un lápiz, y el tonto soy yo ante una chica que se deja seducir. Tal para cual. Pronto mandé a la mierda la siguiente cuesta o las vistas espectaculares desde lo alto del monte. No iba a las rutas a andar. Perseguía el morbo que adquiría Blanca a pasos agigantados. Caminaba derechito al callejón sin salida, convencido de que poco tiene que temer un hombre que se cree fiel. La montaña rusa se había detenido delante de mí.
Sucedió un viernes. Llevé a Blanca a un bar. Centro de la ciudad: terreno neutral. La atmósfera era oscura. La mesa, levemente apartada. Blanca eligió tener vistas a una especie de pista de baile, donde algunas parejas se movían al rimo de una música latina que no era muy de mi agrado.
Pedí ron. Ella, lo mismo. Una chica con gusto para la bebida. Y también para escoger ropa. Llevaba una de esas camisetas del Bershka con unas chicas muy monas y sonrientes en mitad de un paisaje idílico. Por debajo, unos vaqueros bien ajustados, rotos por varios sitios, dejando ver pierna aunque sin rayar la vulgaridad.
Nos sirvieron las copas. Blanca hacía círculos con su pajita y sorbía con estilo, firme y pausadamente, y después movía la cabeza a un lado y a otro mirando sin disimulo las parejas de baile.
Hablamos y hablamos. Ya os imagináis: el grupo de senderismo, a qué te dedicas, dónde y con quién vives... Pareció no sorprenderle descubrir que llevaba nueve años de noviazgo y cuatro de convivencia. Otra en su lugar pondría cara de entonces qué coño pinto yo aquí. Tampoco cambió de gesto al escuchar que Rebeca era una mujer estupenda con la que era imposible sentirse a disgusto. Yo en cambio sentí una victoria interior al escuchar su historia. Llevaba seis años con un tío. Supuestamente mi novio, dijo. Pero la cosa no terminaba de arrancar. Falta de pasión. Discusiones. Reconciliaciones. Tiempos muertos. Una perfecta relación tormentosa. Quise adivinar —y quizá no fuese más que una invención—, un deje de tristeza en su aparente indiferencia. Quise querer que Blanca no amaba a ese tío. Que se merecía algo mejor. Es lo que hay, terminó diciendo, antes de volver al ron.
Brindamos por el futuro. Por las personas que encontraban su camino. Por la felicidad de las cosas sencillas. Y por alguna chorrada más. Reímos, bebimos y me preguntó si la sacaba a bailar. Se me pusieron de corbata. Hacía años que no bailaba, pero un hombre en sus cabales no se queda sentado y dice que no sabe. Me levanté y pedí su mano. Antes de acceder, Blanca dio otro sorbo al ron y se deshizo la coleta, dejando caer su pelo negro hasta más abajo de los hombros.
Encontramos un buen hueco en la pista, no muy lejos de la mesa. Agarré con mayor firmeza la mano con la que había ayudado a Blanca a incorporarse. Con la otra la rodeé, tocando sin querer su espalda, que se asomaba a tramos entre los botones traseros de su camiseta. Me acerqué y sentí su melena sobre mi cara. Podría decirlo finamente, pero la puta verdad es que me estaba poniendo malo. Sonaba una canción más bien lenta. Empezamos a movernos. Pies y cadera en círculos concéntricos. Sudor y calma tensa. La montaña rusa ascendía suavemente y llegaba a lo alto de la cuesta. Nos tocamos mejilla con mejilla, muy cerca de los labios. Pedí perdón. Estúpido, me dijo, no pidas perdón. Ahora estábamos frente a frente, a diez centímetros. Se rio sin venir a cuento y bien sabe dios que soy débil ante una sonrisa perfecta. Cambio de lado. Ahora, la otra mejilla. Miré sus piernas por encima de su hombro. Se entrelazaban con las mías, podía sentirlas. Mi mano, todavía en su espalda, hacía más presión. Giramos. Rodillas, caderas, pechos, manos, espalda, mejilla, pelo... Las pulsaciones, disparadas. El horizonte, a pocos metros antes del abismo. Dejándonos llevar por una inercia aplastante, sucedió lo inevitable. Caída libre. La gravedad actuando. Segundos sin respiración. El corazón, detenido. Las piernas ahora quietas, pero los labios en movimiento. El soldado desarmado a merced del fuego enemigo.
Ninguno se apartó enseguida. No cederíamos a un ataque sobrevenido de sentido común. Todo fue fluido y natural. Bonito, si me permitís. La besé y la toqué todo lo que el decoro le permite a un hombre de treinta y pico a punto de perder el control. Sólo nos separamos para tomar aire, mirarnos seriamente y, sin pensarlo dos veces, volver a besarnos. Segundos, minutos... no existía el tiempo ni el espacio. No había contexto. Blanca era el universo entero. La montaña rusa describía loopings imposibles y curvas vertiginosas. En una tregua, regresamos a la mesa de la mano y nos terminarnos el ron con una sonrisa cómplice. Bebiendo los últimos centilitros, nuestra mirada decía que lo mejor estaba por llegar. Pagué la cuenta y nos fuimos.
Minutos después estábamos en su piso. Recuerdo que lanzó las llaves con violencia sobre el recibidor y nos besamos allí mismo con cierta pasión. Entramos a la habitación. Antes de tumbarla en la cama yo ya me había deshecho de la chaqueta y ella de sus zapatos, con los que tropecé antes de caer sobre ella en las sábanas blancas. Luego... ya os lo podéis imaginar. Sin ánimo de caer en la vulgaridad, lo hicimos de todas las maneras posibles, y no sé si eran las ganas que le tenía o que realmente Blanca sabía lo que hacía pero, otra vez sin querer ser vulgar, os juro que fue uno de los polvos de mi vida, y que me muera ahora mismo si no lo debió de ser para ella también. La necesidad agudizó la química. El encaje fue perfecto.
Todavía abrazado a Blanca, en esos prolongados segundos desde la ejecución del golpe final hasta la separación de cuerpos, cuando se escuchan piel contra piel los latidos cuyo corazón originario es inidentificable, escuché una siniestra voz que se me clavó como un puñal que avanzaba lentamente entre mis órganos mientras al fin me echaba a un lado de la cama: jódete, Rebeca. Una pausa y otra vez: jódete, Rebeca. No sólo era infiel sino cruel.
No dormí allí. Me pasé una ducha y besé a Blanca una vez más, sin quedar en nada con ella. Ningún plan por delante. Habíamos follado y listo. El viaje de la montaña rusa llegaba a su fin y simplemente me debía bajar. Salí a la calle en mitad de la noche como un jodido delincuente, imaginando policías que me acechaban por todas partes. Pero nadie me perseguía. O al menos desde fuera. Porque desde dentro, el puñal seguía hurgando entre mis vísceras. La voz se repetía y se repetía: eres un hijo de puta.
Llegué a casa bajo una película de sudor frío. Vamos, con los huevos en la garganta. Rebeca, sin embargo, dormía como una bendita, y se limitó a darme las buenas noches en cuanto me vio entrar en el dormitorio. Ni siquiera el día siguiente preguntó por qué había llegado tan tarde. Ni el siguiente, ni el siguiente...
Y hasta hoy. Pero bien sabe dios que soy transparente como el agua y el puñal me sigue torturando. Conozco a Rebeca y permanecerá callada hasta que un día todo estalle. Veo en su cara que sabe que algo ha pasado; pero de momento no pregunta por miedo a mi respuesta. Y a todo esto, estamos a mitad de semana y el próximo domingo hay ruta de senderismo, y Rebeca no trabaja en la pastelería de la madre y vendrá también, y allí estará Blanca con todo su morbo. Adaptada a la vida en una montaña rusa. Toda una superviviente. Mientras yo estoy acojonado, sintiendo que delante de mí ahora hay un abismo, pero no voy amarrado a ningún cinturón de seguridad. La hostia va a ser dura. Aunque para qué negarlo, me tarda el momento, si es que hay momento, de volver a desnudar a Blanca, de subirme a su montaña rusa, pero no quiero que Rebeca me abandone. Esa a la que dije jódete después de follarme a otra.
Lo dicho, que soy un hijo de puta. O quizá sólo un hombre. No tengo ni puñetera idea.   

20 may. 2016

Siempre la misma cantinela

Todos los años la misma cantinela. Ya vendrá, ya vendrá, ya vendrá... pero no, no viene. Ni vendrá. Pareces gilipollas, esperando a este lado de la puerta a que alguien haga girar el pomo desde el otro lado, en lugar de SALIR TÚ Y PUNTO.
Creías que el sacrificio traería la recompensa. Que el sufrimiento actual se transformaría en gloria futura. Que el tiempo por delante sólo podría ser mejor. Siempre con lo mismo. Un año tras otro. Ya digo: la misma cantinela. Y lo único que mejora es tu cara de gilipollas, que evoluciona hacia la de un imbécil redomado, engreído y soñador. Un capullo con todas las letras.
Se suceden las decisiones. Avanzas en esto llamado vida. Nadas en el mar. Te zambulles y buceas en él. Siempre con un objetivo. Siempre mirando hacia adelante. Siempre dispuesto a superarte y mejorar. Pero te miras y te das cuenta de que no avanzas. Estás estancado. Tu mañana de ayer es tu hoy, ¿y qué has conseguido? Sólo seguir mirando hacia adelante. ¿ACASO CREES QUE ALLÍ HAY ALGO?
Pero de vez en cuando te llegan las hostias. Ahí es cuando te dices: ojo, que igual estoy perdiendo el tiempo. Igual tanto esperar no vale la pena. Pero concluyes que sí vale la pena y vuelves a caer. Sólo que los materiales también rompen por fatiga y tú terminas también por romper, cayendo definitivamente al vacío, rendido, hasta los cojones de buscar y esperar, buscar y esperar, dándote cuenta de que para recuperar el tiempo perdido necesitarías una vida nueva porque ésta, de lo gilipollas que eres, ya la has desperdiciado por completo.
Y ahora, a pensar si esta es la hostia definitiva o sólo una más hasta que llegue la que por fin me mande al otro barrio. ¿Alguien me sigue?

8 may. 2016

Jesucristo en el puticlub (parte 3 de 3)

Un perro callejero que pasaba por allí meó en la cara de Jesucristo. Éste abrió un ojo y el chucho se escapó asustado.
Era de día y todo lo que veía Jesucristo eran dos paredes de ladrillo y un montón de basura. En contenedores, en el suelo y encima de una montaña de más basura.
Él se sintió una mierda más cuando notó el terrible pinchazo en el estómago.
—A esto le deben de llamar resaca —pensó.
Trató de levantarse. Primero se atusó el pelo. Trató de hacerse una coleta y, al pasar la mano por la cara notó una hinchazón a la altura del ojo.
—El puto negro —pensó.
No muy consciente de su estado, consiguió incorporarse y empezar a caminar. Ni con los judíos había sufrido tanto Jesucristo, pero por fin llegó hasta el final del callejón y miró atrás. Atrás quedaban la basura, las paredes de ladrillo y aquel cartel rosa que decía CLUB.
Luego continuó su camino mirando al frente. Los coches iban de un lado a otro. Algunas personas hacían footing. Otros sacaban a cagar a sus perros. Otros chismorreaban desde la ventana. Antes de retomar el paso, Jesucristo respiró hondo y dijo en voz alta:
—Bienvenido al mundo que papá ha creado.

27 abr. 2016

Jesucristo en el puticlub (parte 2 de 3)

Bebieron los dos largo rato. Jesucristo le daba al trinque como un profesional:
—Son dos mil años de práctica, jeje —decía.
Habló de las putadas que le hicieron los judíos, de cómo se las apañó para resucitar, de cómo se ocultó durante tanto tiempo y, al final, de qué coño pintaba en uno de los puticlubs más repugnantes de toda la ciudad:
—Me gusta conocer dónde pecan los cristianos más mugrientos —se justificó.
—¡Ole por ti! —brindó con él el parroquiano.
Con las coñas Jesucristo se fue agarrando una buena curda, y el otro le calentaba los trastos para que obrara algún milagro más:
—Venga hombre, que esto es una vez en mi vida, ¡y no me jodas con el libre albedrío! No te pido que me crees una calamidad, ¡sólo una pequeña demostración!
—Eres pesado, eh... —miró Jesucristo a un lado y al otro— Mira esto.
Jesucristo separó un poco su taburete del de su compañero y le miró los pies.
—¿Qué vas a hacerme? —preguntó éste.
—Chhhhttt, que me desconcentras.
El dedo índice de Jesucristo señaló los harapientos playeros del parroquiano y, de golpe, se transformaron en unos marrones y relucientes zapatos italianos.
—¡Cojones! —gritó el parroquiano.
—¿Te gustan? Jejeje.
—Joder si no...
—Pues valen una pasta, así que cuídalos, ¿eh?
El hombre miró maravillado su nueva adquisición. Le faltó poco para levantarse y presumir ante toda la clientela, pero sabía que eso enfadaría a Jesús.
—Y eso no es nada —dijo éste—. Tú mira y sé discreto.
Se apoyaron los dos en la barra, dieron un trago y Jesucristo giró la cabeza a un lado. Había a unos metros tres tíos dándole al trinque y, cuando uno fue a coger su vaso, éste se desplazaba unos centímetros. Volvía a intentarlo y el vaso volvía a escapársele. Estaba huyendo de él, ante la mirada acojonada del trío de borrachos.
—Muy buena —rio en bajito el parroquiano.
—Ahora escucha —le dijo Jesucristo.
Sonaba en el puticlub música latina de lo más cutre. Todas las canciones parecían igualmente lamentables cuando, por arte de magia, el tocadiscos pareció volverse loco. Se escucharon una serie de interferencias y, acto seguido, sonó a todo volumen La puta de la cabra:

La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió, ¡hey!....

Uno de los camareros acudió rápidamente al aparato y, aunque durante un minuto no fue capaz de arreglarlo, finalmente Jesucristo fue compasivo y dejó que el hombre hiciese su trabajo y volviesen las cumbias a emponzoñar los oídos de todos.
—Cojonudo. ¡Cojonudo! —susurró el parroquiano.
Jesucristo estaba borracho.
—Voy como una auténtica rata —dijo.
—¡Ole por ti! —el parroquiano alzó su copa para brindar.
Estaba Jesucristo desatado. Por algún motivo necesitaba demostrar sus poderes y no encontró en aquel momento ningún impedimento. Así fue que pasó un fulano a su lado e hizo que le sonase un pedo gigantesco en su culo, lo que provocó que viniese un portero a echarlo mientras el tío se quedaba con cara de gilipollas. Luego aprovechó que el parroquiano se encendió un cigarrillo para decirle:
—Mejor fuma eso.
Y le metió marihuana dentro y al tío le encantó. También le encantó cuando vacilaron a la camarera después de pedirle dos copas más, transformando el alcohol en agua y recriminándole si les estaba tomando el pelo. La tía no dio crédito pero no le quedó más remedio que ponerles copas nuevas después de beber ella misma y comprobar, efectivamente, que aquello era sólo agua.
Después empezaron los vaciles con las demás tías. A dos de ellas les levantaron la minifalda como si pasasen por encima de un potente ventilador. Los dos borrachos apostaban:
—¿Qué te juegas a que el tanga de esa es rosita?
—Pues yo creo que no lleva nada, fíjate.
Si alguno ganaba la apuesta estaba invitado a la siguiente ronda.
—Qué gran noche —sentenció Jesucristo.
—Anda que la mía —negó el parroquiano con la cabeza.
—Y ahora, el golpe final.
Se hizo el silencio entre los dos. El parroquiano vio que Jesucristo había enfilado a una mulata —obviamente una prostituta—, que se acercaba a su zona desde una mesa. Cuando estuvo a poquitos metros, Jesucristo levantó con discreción su dedo índice, apuntando con él a la cabeza de la chica. Lo bajó con rapidez, recorriendo imaginariamente todo el cuerpo de la señalada hasta llegar a los pies, y entonces, ¡chas!, el vestidito se le cayó de golpe al suelo, acompañado de la ropa interior, haciendo que la chica se tropezase y se quedara allí en medio, completamente desnuda y aturdida, intentando rehacerse y comprender qué carajo le había pasado.
—Jejejejeje —el parroquiano aplaudió lo sucedido.
—Qué buenas tetas —le dijo Jesucristo al oído.
—Amigo —sonó una voz a sus espaldas—. ¡EH, AMIGO!
Se giraron los dos. Un tipo negro como la muerte de no menos de dos cero cinco y con pinta de alimentarse a base de hostias miraba fijamente a Jesucristo, requiriéndole una especie de explicación.
—¿Qué sucede? —preguntó el hombre-milagro.
—Eso me tendrás que decir tú —el negro tenía acento. Posiblemente cubano.
—No te comprendo.
—Si quieres yo te lo explico. Pero mejor tu sólo te vas y aquí todos amigos, ¿vale bien?
—No, amigo —Jesucristo se puso serio—. No vale bien. O me explicas qué carajo he hecho o yo no me voy de aquí.
—Muy fácil. En mi tierra no nos gustan dos cosas: ni los que se meten con nuestra bandera ni los que vienen a tocarnos los cojones, y tú de momento no has hablado mal de nuestra bandera.
—Tampoco he tocado los cojones de nadie.
—Te he estado vigilando, ¿vale bien?
El negro estaba a menos de medio metro. A esa distancia un puñetazo envestiría con demasiada fuerza.
—Deja que me levante y te diga yo una cosa.
Jesucristo se levantó. El parroquiano soltó una carcajada, segurísimo de que un movimiento del dedo índice bastaría para poner las cosas en su sitio. Se imaginó al negro arrodillado y pidiendo perdón o tumbado en el suelo maullando como una gatita, y se volvió a reír.
Pero Jesucristo notó algo extraño al levantarse.
—¿Qué coño me pasa? —se dijo.
Bajó la mirada y se dio cuenta de que estaba muy borracho. Tenía demasiada mierda dentro de muy mala calidad.
—Debe ser esto a lo que llaman garrafón —pensó.
Por poco se cae. Se tambaleó varias veces, comprendió que su estómago por poco se da la vuelta, agarró con fuerza el taburete y por fin adoptó una posición parecida a la vertical. Cuando levantó la cabeza, el negro estaba ahí, cerquísima, con peor cara todavía, con pinta de enfadado, y esperando oír algo.
—Tú no sabes con quién estás hablando —dijo Jesucristo.
—Me importa una mierda, ¿vale bien? Ahora di lo que tengas que decir si tienes huevos. ¡Brujo!
—A mí no se me falta al respeto.
Todo el puticlub miraba. Sabían que el negro no se andaba con coñas a la hora de repartir hostias como panes. Se rumoreaba que había matado a un hombre do un solo puñetazo y después se lo había dado de comer a su rottweiller.
—Tú lo has querido —dijo Jesucristo.
Apuntó al negro con su dedo índice, sin tener muy claro todavía qué castigo infringirle. Sin embargo, fue quitar la mano del taburete y descubrir que se estaba cayendo. No podía sostenerse, y en lugar de concentrarse para su milagro, todo lo que consiguió fue oscilar hacia adelante, rozando apenas el pecho macizo del hombre al que pretendía dar una lección.
Después Jesucristo sintió un golpe en el ojo y se le hizo de noche...

(Continuará)

17 abr. 2016

Jesucristo en el puticlub (parte 1 de 3)

Humo y alcohol viciaban el aire de aquel antro para pecadores. En las habitaciones de arriba, volver a sentirse hombre se pagaba entre sesenta y cien euros la hora.
El tipo barbudo de la barra decía ser Jesucristo.
—Quiero una prueba —le dijo un parroquiano que bebía a su lado.
—No es tan sencillo. Existe un código —contestó Jesucristo.
—¿Qué clase de código?
El tipo de la barba se lo explicó. En realidad le habló del libre albedrío, de dejar que la naturaleza siguiera su curso sin interferir y todo eso.
—Claro, claro... —el parroquiano fue irónico— Como los que graban los documentales de National Geographic, que no pueden hacer nada aunque un bicho esté sufriendo.
Jesucristo no lo entendió. Además no le gustó no ser creído.
—Qué carajo —dijo—. ¡Camarera! Un vaso de agua.
El parroquiano le miró extrañado. Lo último en aquel lugar era que alguien se pidiese agua.
—¿Ves esto? —le dijo Jesucristo.
—De momento, sí —enfocó el otro.
—Pruébalo.
—¿Para qué iba a...?
Jesucristo le plantó el vaso a milímetros de la boca, obligándole prácticamente a beber. El otro lo hizo.
—¡Qué coño! —dijo después el parroquiano—. Es sólo agua.
—Ya —dijo Jesucristo, llevando de nuevo el vaso hacia sí—. ¿Y ahora?
Miró fijamente el vaso y luego lo puso en la barra, dejándolo sólo. Lo señaló son su dedo índice derecho y el líquido empezó a girar en sentido horario, como si alguien estuviera agitando el vaso. La velocidad de giro aumentó y, entonces, el color transparente del agua se volvió progresivamente negro rojizo, y después el giro se detuvo y el vaso se quedó ahí, con aquel nuevo líquido dentro.
—¡Jesucristo! —dijo el parroquiano, sin quitarle ojo al vaso.
—¡Exacto! —rio el barbudo del dedo milagroso.
—¡Qué coño...!
—Prueba ahora...
Jesucristo cogió de nuevo el vaso y se lo acercó al otro. Éste lo cogió y, no sin dudarlo, pegó un buen trago.
—Vino —dijo.
—Vino, sí. Es bueno, ¿eh?
—Buenísimo.
El parroquiano posó el vaso y miró a Jesucristo con cara de gilipollas.
—O sea que era verdad —dijo.
—¿Nunca leíste eso de que convertía el agua en vino?
—Sí, pero, creí que eran chorradas de los curas.
—Pues ya ves.
—Dios de mi vida. Eres tú —al tipo le vinieron todos los sudores. Se levantó del taburete, se sentó otra vez, se santiguó cinco o seis veces seguidas y recitó un padre nuestro.
—Tranquilízate, hombre —le dijo Jesucristo—. Que soy sólo un hombre igual que tú. Sólo que soy hijo de Dios, nada más.
El otro no daba crédito:
—Jesucristo ante mí. Madre mía de mi vida. Todos las columnas del firmamento...
—Una cosa.
—Lo que tú digas, o sea, lo que usted diga. ¿Te puedo tutear?
—Sí, pero sé discreto, ¿eh? Que no quiero que se arme un espolio. Recuerda lo que te dije antes.
—Sí, sí. El libre albedrío.
—Exacto.
Dejó Jesucristo que el hombre se calmase. Lo consiguió terminándose el vino y llamando de nuevo a la camarera. Mientras ésta venía le susurró algo a su nuevo compañero:
—No sé si no pedirle agua del grifo y me lo transformas en un Chivas, ¡jeje!
—Chhhttt. Libre albedrío, amigo. Libre albedrío.
—Bien, bien. Camarera, ¡otro de lo de siempre!
(Continuará)

10 abr. 2016

El perro del mendigo

A Rocky no le gustaban nada las multitudes pero no le quedó otra que acostumbrarse. Porque otra cosa no, pero humanos en la Calle Real en pleno mes de agosto había y de sobra.
Aquella tarde había llegado un crucero de Holanda y los turistas caminaban desorientados con miedo a alejarse del puerto y quedarse en tierra. Eran grandes hombres y mujeres rubios y pálidos con camisetas y pantalones cortos y riñoneras y gafas de sol y grandes cámaras de fotos. Andaban de un lado a otro, mezclándose con los nativos, mirando escaparates, conquistando la ciudad. Alguno hasta se atrevió a sacarle una foto a la extraña pareja.
—Hay que tener valor para hacerles eso —les increpó algún peatón por el asunto de las fotos.
Era cierto, había que tener valor para hacer eso, pero eso no era lo que le preocupaba a Rocky. Peor era llevar dos días sin comer, los mismos que llevaba su dueño allí sentado, a su lado, con sus harapos malolientes que dibujaban a su alrededor un semicírculo imaginario que nadie se atrevía a sobrepasar.
El hombre vivía sentado, manteniendo apenas el equilibrio, al borde de la inconsciencia. Rocky ya sospechó que algo raro pasaba cuando se llenó la fiambrera que hacía de monedero sin que las monedas fueran retiradas para aparentar que allí no había apenas nada.
—Mira todo el dinero que tiene —había dicho más gente—. Ya me gustaría a mí...
Pero el hombre no podía moverse. Demasiado fuerte el síndrome de abstinencia. O demasiada dosis el último chute. ¿Qué le importaba eso a Rocky? Lo importante era que al hombre al que por coherencia natural le era fiel, le quedaban muy pocas horas y Rocky lo sabía.
—Pobre perro —dijo alguien.
Y pobre de él, parecía pensar Rocky con sus ojos negros sobre el hocico a ras de suelo. Atrás quedaron los años buenos. Años de carreras y comidas tres veces al día. Pero el despido, el divorcio, la ruina y las drogas eran demasiado para un solo hombre corriente. Todavía habría quien pensase que cada uno tiene lo que se merece, pero ese no sería Rocky, desde luego.
Ahora le tocaba al perro dejarse morir también y permanecer al lado del amo hasta la última inhalación. Juntos volverían a ser felices en el infierno. Mientras, tocaba aguantar un poco más el hambre, la asquerosa multitud, los comentarios estúpidos y las fotografías de los turistas holandeses. Si pudiera hablar, bien claro les llamaría hijos de puta.

31 mar. 2016

Mi vida de muerto

Me morí joven y, cuando después de un juicio rápido, conocí a Satanás, me convertí en un espíritu de lo más travieso. Aquí en el infierno no había —no hay, debo decir— demasiado que hacer más que pecar hasta la eternidad y sufrir puntuales martirios por lo malo que has sido en vida. Pero tampoco esos martirios son lo que eran y no causan demasiado dolor. Satanás se ha ablandado, o eso dicen los viejos del lugar.
Total, que tenía bastante tiempo libre y, en vez de mirar vídeos eróticos o jugar al póquer, solía colarme en la tierra de los vivos y hacer mis pequeñas putadas de espíritu. Por ejemplo, allí donde jugaban a la ouija, si me pillaba cerca, movía el vaso en que ponían sus dedos, daba un portazo, abría un grifo o rompía la cristalera más cercana. Ellos se acojonaban y salían corriendo, y yo me quedaba partiéndome de risa... Otras veces me hacían preguntas estúpidas: ¿estás ahí? ¿Tienes algo que decirnos? Y yo movía el vaso hacia donde me interesaba para dar más juego, antes claro del gran susto, ¡jeje!
También me gustaba colarme en los cementerios. Sobre todo cuando a los chavales se les daba por hacer botellón allí. ¡Que ya está bien de molestar a los muertos, hombre! En estos casos una pedrada en una lápida solía bastar para dispersar la reunión. Me encantaba también irme a un descampado donde una parejita había aparcado su coche para dar rienda suelta a su amor de juventud. Solía ponerme por detrás y zarandear el vehículo, y si eso no bastaba, pintaba con el dedo en el parabrisas un mensaje como «váis a morir» o algo así. No veas cómo aceleraban y abandonaban para siempre su nidito de amor, ¡jeje! Aunque bueno, mi pasatiempo favorito era colarme en los vestuarios femeninos, por ejemplo en los del equipo de voleibol, y observar cómo aquellas obras de arte se mojaban y se enjabonaban mientras hablaban del último partido o del siguiente entrenamiento. Aquello sí que era un vicio y ya me decían en el infierno que no me bastarían varias vidas para purgar mi lujuria.
Pasada esta época de travesuras se me dio por algo más macabro. Viajé unos cuantos kilómetros colándome en trenes y aviones —es una de las ventajas de ser espíritu, jeje— y me instalé en mi propia casa, donde había vivido con mi mujer, a ver cómo estaba el panorama por allí. La verdad es que esperaba encontrarme una especie de funeral permanente, pues como os dije, morí joven, y eso siempre es peor que cuando a uno le llega su hora con lógica. Pero no fue así, ni mucho menos.
Después de días de observación puedo resumiros con cierta precisión esa realidad. Mi mujer adelgazó. Nunca estuvo gorda, ojo, pero ahora se había quitado ese kilo de más del culito y tenía un tipazo impresionante. También se soltó literalmente la melena y ya no lucía coleta, y vestía con colores alegres y vestidos cortos, lejos del luto que me esperaba y, lo que es peor, más lejos aún de las telas largas y de colores apagados que se ponía cuando estaba a mi lado.
El motivo de su renovación fue que renovó también sus compañías. Y sí, como estaréis ya imaginando, me refiero a otro hombre. Un chico guapo y joven, de más o menos mi edad, se paseaba ahora por allí, comía en mi sitio de la mesa, se sentaba en el sofá del salón, cagaba en mi retrete y ocupaba mi lado de la cama, haciéndole el amor a mi mujer con una frecuencia que ya quisiera para mí. En fin, pensé, ha encontrado a otro amor; que sea muy feliz.
Cierto es que, una vez convertidos en espíritus, ya no poseemos sentimientos, sólo el dolor físico ante las torturas punitivas, pero noté un pinchazo terrible cuando el perro, nuestro perro, el perro de mi mujer que ya se había acostumbrado a mí y tanto me quería, se volvía ahora loco por aquel hombre y le lamía, le saltaba, quería jugar con él. Por dios, ¡si a mí me costó años que ese chucho me aceptase! No comprendía por qué le había aceptado a él tan rápido. ¡Eso significaba que aquel era sin duda el hombre de la vida de mi mujer!
Y ya lo último fue encontrar la casa completamente carente de recuerdos míos. Entiendo que quite mis fotos en presencia de otro hombre. Hubiera resultado violento. ¡Pero que ni siquiera conserve los cuadros que compré, mis libros o los recuerdos de nuestros viajes es algo que no comprendo! Parece como si me odiara o como si quisiera borrarme del todo y, joder, creo que tampoco fui tan mal marido.
Tengo la impresión de que con mi muerte nació una nueva ella más guapa y vital, más feliz. Vamos, que se ha quitado un gran peso de encima. Y yo como un gilipollas, gilipollas hasta como espíritu, creyéndola de luto y llorando por las esquinas ante mi ausencia.
En conclusión, que desde el otro lado quiero aconsejaros que no os preocupéis tanto por dejar una huella imborrable como por disfrutar de vuestros propios pasos. El mundo seguirá girando una vez desaparezcáis y tarde o temprano seréis sólo un recuerdo. Bueno o malo, pero sólo un recuerdo.
A mí ahora me queda toda una eternidad por delante para pensar en lo gilipollas que soy. Probaré otra vez con mis pequeñas putaditas a los vivos, a ver si así al menos mato el tiempo, con la esperanza de que mi vida de vivo sea también para mí sólo un recuerdo. Sólo así podré empezar a disfrutar de mi vida de muerto. 

23 mar. 2016

Alguien tiene algo que decir

Los novios miraban al cura como un bebé mira un avión desde su carrito. Habían repetido todas y cada una de las frases que debían repetir. Todo salía según lo ensayado. La ceremonia había llegado al momento cumbre:
—Si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre.
Algunos niños entre el público se retaban al oído a soltar cualquier chorrada, pero hasta ellos parecían dar por hecho que nunca nadie decía nada en ese momento. Entonces el novio, impecable con su chaqué de alquiler y sus zapatos de chúpame la punta, levantó su mano izquierda y giró su cabeza noventa grados, buscando con temor la cara de la novia ante su gesto. Para su sorpresa ella, tres mil euros en traje, cola de cinco metros incluida sujetada por las niñas de arras, había levantado también su mano derecha y le miraba con la misma cara de pavor.
—¿Qué tienes que decir? —preguntó la novia.
—¿Y tú? —contestó él.
—¿Qué tenéis AMBOS que decir? —preguntó el cura.
Se había generalizado el murmullo y hasta los santos de las paredes parecían escandalizados. Novio y novia giraron nuevamente sus cabezas y miraron al cura.
—Adelante —dijo éste—. En los años de mi vida he visto algo así. ¡Pero hablad, por dios!
Se santiguó el cura y mandó con un gesto bajar el volumen de los asistentes, que esperaban también ansiosos las palabras de los novios. Se hizo el silencio y éstos hablaron, primero despacio, luego más deprisa, amontonando unas frases sobre otras e imposibilitando conocer el autor de las mismas:
—Que no estoy preparado para esto.
—Ni yo tampoco.
—No veo necesario este paripé.
—O mejor dicho, esta farsa.
—La quiero mucho pero esto...
—Yo también le quiero pero...
—No debimos haber permitido llegar hasta aquí.
—Todo ha sido un error.
—Una obligación inútil.
—Un papel innecesario.
—Un acto innecesario.
—Ni siquiera conozco a la mitad de los que están aquí.
—Yo creo que a menos de la mitad.
—Ni creo que les importe mi matrimonio.
—Ni el matrimonio ni nosotros. Sólo les importa el banquete.
—Es lo que esperan después de haberse dejado un dineral.
—Y al final nadie nos librará de sus críticas.
—Ni del pensamiento de que es una putada una boda.
—Hemos sido imbéciles, padre.
—Sí, por haber llevado esto tan lejos.
—Nunca debimos dar el primer paso.
—Fue como una obligación y...
—La bola ha ido creciendo, creciendo...
—Y cayendo cuesta abajo, imposible de detener.
—Pero esto es una ruina y un absurdo.
—Una banalidad en la que no creemos.
—Ni queremos creer, padre.
—Suspenda la boda, por favor.
—Sí, padre, háganos este favor.
Habló entonces el padre de la novia, el padrino, que escuchaba a tan solo unos centímetros de ella:
—¿Y no creéis que es un poco tarde para todo eso?
—No lo suficiente —dijo el novio, girándose al público—. Os devolveremos vuestro dinero más los gastos del viaje. Hemos apuntado lo que habéis puesto cada uno. Lo sentimos, de verdad.
Hubo más rumores y hasta algún silbido entre los presentes.
—Entonces —dijo el cura—, ¿hay boda o no hay boda?
—No hay boda —dijo la novia.
—Un momento —el padre de él tomó la palabra desde la primera fila de bancos—. Que no haya boda no significa que no haya banquete.
Nadie pareció comprender aquello y el hombre tuvo que levantarse para explicarse:
—Chavales —miró a los novios—. El convite está pagado, ¿no?
—Sí —dijeron ambos.
—Entonces, ¡qué carajo! Vamos a ver, señores —dirigió sus palabras al público—. Ustedes ya han pagado, ya han venido hasta aquí, ellos se quieren, ¿no es así? —volvió a mirar a los chicos. Asintieron— Entonces ¿a quién coño le importa si se han dado el sí quiero o no? ¿No queréis comer y beber hasta reventar?
Hubo algún sí entre los oyentes.
—No se hable más, pues, ¡todos al restaurante!
—Pero papá —dijo el novio—. No creo que sea adecuado comer como si nos hubiéramos casado cuando...
—Hijo —habló ahora la madre de ella—. Él tiene razón. Hoy está toda la familia celebrando vuestro amor, ¿qué importa si hay o no un sí quiero por el medio?
—No sé, mamá...
Después de un minuto de griterío, el cura golpeó el cáliz contra su atril ordenando silencio.
—No se hable más —dijo—. Aquí no hay boda, pero: ¡todo dios a comer!
El hombre se santiguó y, tras retirarse, la multitud se levantó y se mezcló con los novios y los padrinos.
Todos acudieron al convite y, bromas aparte, fue una fiesta cojonuda que nadie olvidaría. Efectivamente se bebió y se comió hasta reventar, y no fue hasta bien entrada la noche en la suite nupcial cuando los novios tuvieron un momento de intimidad para, antes de echar un buen polvo de no-casados, decirse:
—Joder, de la que nos hemos librado.
—Ya te digo.