29 dic. 2015

Un tío en forma

Otra cosa no, pero Fer estaba en forma. Muy en forma. Muchísimo. Era una bestia parda. Un todoterreno.
Había encontrado el cristal de un escaparate y lo había comprobado. Nadie por un lado. Nadie por el otro. Nadie dentro. Se levantó la camiseta y admiró aquellos ocho cuadraditos como si fueran sus hijos. No en vano le había costado más trabajo conseguirlos que uno o dos churumbeles. Unas tres horas al día cinco o seis días a la semana, amén de la piscina y las horas corriendo por el parque.
Pero ahí estaban los resultados. Un cuerpo de diez. Fuerte y marcado. Delgado pero musculado. Un portento. Un toro. Fuerza y resistencia infinitas. La portada de Men's Health, ¿por qué no?,
Fer reflexionó sobre todo aquello. Todo aquel tiempo invertido. Aquel propósito hecho un buen día cinco o seis años atrás, de dejar de ser un enclencle sin media hostia para convertirse en un cuerpo enviadiable por los tíos y que pusiera cachondas a las tías. De lo primero posiblemente podrían dar fe algunos compañeros del gym. Para lo segundo no bastaba con vestir camisetas ceñidas y quedarse en pie a la orilla del agua creyendo que todas las miradas se dirigirían a ti con admiración. Había también que procurar no parecer un obseso en cuyo cerebro cupiese algo más que mancuernas y series de abdominales.
Aunque para eso era ya tarde. Su perfección exterior creció al mismo tiempo que su simpleza mental. Desaparecieron los sentimientos e inquietudes que antaño habían poblado su cabeza. Dejó de ser el niño listo y bueno para ser el tiarrón fuerte. La imagen del póster. La pegatina de los botes de proteínas.
Fer se palpó los bíceps y los pectorales. Seguían en su sitio. Firmes y duros. Pero sintió una blandura que no recordaba y echó a llorar. Avergonzado, se tapó la cara porque no podía detener el llanto, y corrió hacia casa procurando no ser visto. Él, el hombre diez, llorando como una nenaza y subiendo a encerrarse en su cuarto como si la niña que le gustase acabara de darle un beso en la mejilla a otro niño.
Tirado sobre la cama, Fer lloró y lloró y cuando mamá entró a preguntarle qué le pasaba, dijo posiblemente no sin razón, que acababa de descubrir que su vida era una auténtica mierda.

23 dic. 2015

Bofetada de sinceridad

Óscar no podía ser mejor tío. Estudiante ejemplar, atento y educado. Sólo le faltaba una cosa para triunfar: un poco de maldad, y eso lo sabían las tías. Las mujeres huelen a leguas a un buenazo y eso no les gusta. Ellas prefieren cierta rebeldía: un toque macarra que les permita exprimir y sacar el buen fondo que, como el jugo de una naranja, se esconde detrás de una piel chulita y déspota.
Desde su asiento de copiloto, Sonia se miraba en el espejito del pequeño parasol mientras escuchaba lo que Óscar tenía que decirle. Como cada viernes, aunque también sucedía los martes y los jueves, los dos coincidían en las últimas horas de clase y Óscar, amablemente, se ofrecía a acercarla a casa en su coche aunque no le quedara muy de camino. Pero así era él, generoso, y ahora hablaban de lo que harían el fin de semana.
—Avísame si al final sales —dijo Óscar—. Yo estaré por donde siempre.
—No creo que salga. Ya te lo adelanto —dijo Sonia sin dejar de mirar el espejito. No le gustaba nada un grano que le había salido entre la nariz y la boca.
—Pues anímate que aún queda para los exámenes.
—Sí, pero prefiero descansar.
Ya habían llegado al portal de Sonia y Óscar había apagado el coche. Eran los tres, cuatro o cinco minutos de rigor y conversación antes de despedirse.
—Es que tampoco están mis amigas y me tira para atrás —dijo Sonia.
—Bueno, pues te vienes con nosotros. O vamos los dos a tomar algo.
—Qué va. Qué va. 
A Sonia le tocaba dar largas, aunque en realidad no le disgustaba la idea de salir de fiesta como en los viejos tiempos. Pero el problema es que Óscar se había confesado hacía unos días:
—No te voy a mentir. Lo que siento es algo más que amistad y prefiero que lo sepas.
Sonia ya lo sospechaba. Aún así se mantenía cómoda en la amistad y fingiendo no saber nada. Pero tuvo que responderle:
—Siento que por mi parte no sea así. Nunca quise darte falsas esperanzas.
—Ya lo sé. Pero entiende que necesitaba desahogarme y decírtelo. Sólo espero que por eso no dejemos de ser amigos.
—No. Claro que no.
Pero la verdad era que ya no era lo mismo. No podía ser lo mismo. Ahora Sonia debía cuidar los gestos y las palabras e, inevitablemente, alejarse un poco para evitar su propia incomodidad. Aquella amistad llegaba a su fin y eso la entristecía.
—¿Entonces no hay forma de convencerte, no? —preguntó Óscar al respecto de lo del sábado.
—Eso es muy difícil.
—Bueno. Como quieras. Escríbeme si cambias de opinión.
—Vale.
Sonia sonrió y abrió la puerta del coche. Estaba muy, muy triste. Se bajó y agarró con fuerza la carpeta para que no se le cayese. Cerró la puerta y dijo adiós con la mano. Luego dio unos pasos y miró de reojo cómo se alejaba el coche de Óscar. Un pensamiento recorrió sus entrañas como una bofetada de sinceridad. La sinceridad más absoluta para esa mujer que creía oler la bondad y detestarla, que buscaba un hombre malo para hacerlo bueno, que sentía lástima por el prójimo en lugar de sentirla por sí misma:
—Si te callaras y me entraras y me follaras de una puta vez...

17 dic. 2015

La historia de Eladio

No siempre lo que me sale de dentro es mierda, sexo, idas de olla o gilipolleces absolutas. A veces me sale hablar de la vida real. Aunque sea desde la cobardía del anonimato, cambiando lo justo personajes, lugares y escenas. Esta es una de esas veces.
Hace semanas vi a Eladio. Eladio era mi vecino hasta que me mudé. Tiene cerca de sesenta y es calvo y gordo. Estaba borracho. Era de noche e iba por la calle haciendo eses. De pronto se paró, se giró, miró a dos chavalas de diecisiete o dieciocho años, les dijo algo que ellas fingieron no escuchar, se rio y siguió su camino de eses. ¿Aquel no es Eladio?, me preguntó un amigo. Sí, le dije.
Eladiose perdió por la calle perpendicular y, en la mente de quienes se lo cruzaran, perviviría la imagen de un viejo borracho que poco pinta ya en esta vida y que ahoga en vino la miseria que es cada instante del poco tiempo que le queda entre los vivos.
Yo sé su historia. Sé por todo lo que pasó Eladio y no puedo hacer menos que dedicarle una de mis entradas, aunque nunca la leerá. Ni siquiera sabrá que escribo. Con suerte apenas recordará quién soy.
Era Eladio un tipo sonriente, vivaracho. Te lo cruzabas y siempre tenía una gilipollez que soltarte, un comentario que le hacía más gracia a él mismo que a ti, pero pasabas de largo y te quedaba la sensación de que aquel hombre vivía la vida, que estaba aquí por algo, que en cierto modo te acababa de dar una lección, no sé si me explico. Era como si te abrumase con sus soberbias estupideces.
Era autónomo, carpintero o algo así, y se había venido de la aldea a la ciudad a ganarse la vida con sus manos y sus herramientas y su furgoneta blanca. Durante mucho tiempo pareció irle bien. Nunca en exceso, o esa impresión daba a la vista de sus pintas, pero el tío salía de casa muy pronto y llegaba muy tarde y trabajo no le faltaba. Entonces vino la crisis y, aunque fue tirando, de pronto un día la furgoneta no estaba y, cuando se lo preguntó mi madre, dijo que ya no había chollo y que la había tenido que vender.
Pero eso tampoco le robó la alegría. Ahí seguían sus comentarios estúpidos y sus sonrisas exageradas. Problema más gordo fue cuando enfermó la mujer: cáncer, y tuvo ella que dejar de trabajar limpiando casas y empezar la quimio y Eladio a cuidarla con todo el amor que tenía dentro. Por aquel entonces el hombre ya paraba bastante en el bar de la esquina.
La sonrisa se le fue borrando y en los encuentros casuales se limitaba a ser cordial. Se le preguntaba por la mujer y él decía que «a ver», que creían mucho en dios y que malo sería que de aquello no saliesen. Pero una buena mañana Eladio se despertó con la mujer muerta al lado, y fue terrible que nos invitase a su casa a ver el cadáver allí mismo, todavía caliente, mientras Eladio nos explicaba cómo iban a proceder con el entierro y ya no ocultaba sus lágrimas.
Pasó un tiempo en que poco supimos de él. Veíamos más a sus hijos: uno tonto y bueno y otro currante que vivía en el extranjero y había ido allí a despedir a la madre. Del tonto no podía Eladio rezar para que no fuese una carga; el otro le mandaba dinero de vez en cuando y menos mal, porque si no, a ver de qué coño iban a comer él y el tonto.
De pronto Eladio se dejó ver otra vez y, aunque ya no era el mismo, seguía dando lecciones de vida y de aparente alegría, aunque sospechamos todos que su contento se lo daba más el vino que la vida en sí, porque le olía el aliento y, aunque lo habían echado del bar de la esquina por borracho y moroso, se le había visto en muchas otras tabernas de por allí.
También empezó a dejarse ver en la vida nocturna. En bares de copas, discotecas y, finalmente, saliendo de clubes de alterne. Nadie amaría a un calvo, gordo y pobre viejo, así que tendría que desembolsar los pocos cuartos que tristemente su hijo le iba mandando para seguir sintiéndose hombre. De vez en cuando deambulaba por el Orzán, como hace semanas cuando lo vimos mis amigos y yo borracho y metiéndose con unas niñas, pero jamás encontraría de nuevo el amor y, ante esa terrible idea, no quedaba otra salida que hundirse más y más hasta llegar por fin al infierno.
Y hasta aquí la historia de Eladio. No es una historia magnífica. No es él un hombre extraordinario ni carente de grandes defectos. Pero es una historia real. Por lo menos real a mi manera, y me acojona pensar que, ¿por qué no?, quizá yo sea él algún día y avance también hacia mi propia podredumbre. 

12 dic. 2015

Masaje en el pie

Al lado de mi casa hay un bosque. Algo así como un pedazo de naturaleza domesticada para que panolis como yo nos creamos en mitad del mundo salvaje los domingos por la tarde.
Allí estaba, paseando, no recuerdo bien el motivo. Supongo que no tenía alternativas. Entonces la vi, sentada en una piedra horizontal y echándose la mano a un tobillo. Era mi vecina: una rubia de cuarenta y pocos con la que me había cruzado unas cuantas veces. Toda una MQMF, y espero que sepáis lo que eso significa. Llevaba chándal cortito y camiseta. Venía de correr y sudaba la gota gorda.
No sé cuánto llevaba sin meterla. Puede que cuatro o cinco meses. En condiciones normales aguantaría sin problemas pero, después de una relación de un año donde a pesar de las broncas se me permitía follar a menudo, estaba haciéndoseme durísimo mantenerme a base de pajas y sentía que iba a reventar en cualquier momento.
Nos dijimos hola.
—Creo que me torcí el tobillo —dijo—. Lo metí en un agujero y me lo torcí. Puede que me lo esguinzara.
Le dije algo así como «qué mala suerte» y «vaya por dios» y me acerqué con el gesto serio, empático.
—Ya no sé por qué corro aquí con la de baches que hay —dijo.
Se quejaba del dolor. Se había quitado la zapatilla y los calcetines de ese lado y se acariciaba todo el pie.
—Ay dios, otra baja ahora. No puede ser.
Le pregunté si me dejaba echar un vistazo.
—Claro —dijo—. Peor no me lo vas a dejar —se rio.
Me senté a su lado. Apartó la mano y me dejó ver el pie. El tobillo parecía un poco hinchado pero no tenía pinta de ser nada serio.
—¿Puedo tocar? —le dije.
—Sí, claro.
Colocó el pie entre mis piernas y mi tronco. Le puse las dos manos alrededor del pie, sin hacer movimiento alguno, y la miré. Estaba perpendicular a mí, con los brazos apoyados en la piedra y esperando una especie de milagro por mi parte. Realmente sudaba mucho y se le pegaba el pelo rubio a la cara. Tenía dos charquitos bajo sus tetitas y se le marcaban un poco los pezones.
—¿Esto te duele? —le dije.
—No.
Le giré suavemente el pie en ambos sentidos. No había ruidos extraños.
—¿Y esto? —se lo eché adelante y atrás.
—Tampoco.
Insistí con los mismos movimientos y algo más de fuerza. Cerró los ojos y me dejó hacer. Tenía unas piernas magníficas y mi perspectiva era inmejorable: casi le veía las ingles y no había rastro de celulitis ni venas a la vista. Unas piernas de adolescente.
—Como me duele es así —dijo.
Se incorporó y se cogió ella misma el pie. Mientras hacía unos extraños y exagerados giros sobre la articulación me llegó un leve olor a sudor.
—No creo que te lo esguinzases —dije.
—¿Por qué? —volvió a su posición sobre los brazos.
—Tendría que dolerte así.
Le retorcí aún más fuerte. No se quejó. También yo una vez me esguincé el tobillo y sabía con qué movimientos veía las estrellas.
—Nada —dijo—. Pero sigue un poco que parece que me relaja.
Seguí. Me gustaba que se relajase con mis manos encima.
—¿Duele?
—No. Me gusta.
No soy un especialista dando masajes. En absoluto. Pero tengo cierta suavidad en las manos y, a base de ir variando los movimientos, me defiendo en eso de relajar a una tía. Pasaron minutos. Unos buenos minutos.
—¿Y ahora qué hacemos? —le dije.
—Ya llamé a mi marido. Está bajando de casa.
—¿No será mejor que te apoyes en mí y te acompañe?
—Es que ya lo había llamado antes de que llegases.
—Ah... bueno.
—Pero gracias eh... se ve que una puede contar contigo cuando está en un apuro.
«El apuro no es precisamente tuyo», pensé.
—De nada.
—Sigue caminando si quieres. Tampoco vas a interrumpir tu paseo por mí.
—¿Y dejarte aquí sola? Ni de coña.
—Tiene que estar al caer. No te preocupes.
—Espero contigo.
—Como quieras. Muchas gracias.
—Pero una cosa... quita la pierna de encima a ver si se va a pensar lo que no es.
Se rio bastante y la quitó. Le ayudé a apoyarla en el suelo.
—Ya ni me daba cuenta —dijo—. Estaba tan cómoda.
Llegó el marido y entre los dos la levantamos. Luego ella se fue cojeando ayudándose de él, y yo vi cómo se perdían camino de la civilización. Yo pensé en seguir caminando un rato más pero, en lugar de eso, me senté otra vez en la piedra, me fumé un cigarrillo, volví a casa y me hice una gran paja.

6 dic. 2015

El tipo que creyó perderse

Álvaro estaba perdido.
—Esa maldita zorra —dijo.
La luz de la luna apenas le dejaba ver entre las copas de los árboles, pero el suelo era negro como la muerte y resbaladizo, infestado de obstáculos de piedras, ramas, troncos y a saber qué calamidades.
—Serás zorra —gritó.
Tropezó en una hendidura y poco le faltó para irse de morros.
—Me cago en la puta —maldijo.
Le dolía el tobillo. Puede que se lo hubiera esguinzado. Pero no podía pararse. Los lobos aullaban. El miedo elevó sus testículos hasta la garganta. Álvaro no tenía ni puta idea de dónde estaba.
—Y todo por tu culpa. Maldita guarra.
Escuchaba bichos y notaba extrañas presencias. Era como si algo o alguien se le fuera a echar al cuello de un momento a otro. Comprendió la insignificancia del ser humano en mitad de todo aquello. La mierda que era a la hora de valerse por sí mismo. A la hora de la verdad.
—No conseguirás matarme, ¡no!
Se sentía cansado, a punto de desfallecer, cuando le pareció ver algo entre unos matojos. ¡Era una carretera! Corrió hacia ella como si no hubiera mañana:
—¡Voy a por ti, zorra! ¡Voy a por ti!
Pisó el asfalto como si fuera el mismo cielo y hasta se arrodilló a besarlo. Era cuestión de seguir el trazado hasta alcanzar una señal de civilización que le recordase dónde demonios estaba.
—Estoy salvado, ¿me oyes? Salvado.
Caminó pegado a la cuneta. Escuchaba aullidos y otros ruidos indescifrables, pero aún así se sentía victorioso. Ningún coche se le cruzó en el camino.
—Debo de estar en la venta del carajo —dedujo.
Por fin vio algo. A lo lejos. A un lado de la carretera, fuera del trazado. Se acercó. Brillaba. Parecía metálico. Álvaro se asustó.
—No es posible —dijo.
Se acercó. Cincuenta metros. Veinticinco. Diez. Cinco...
Sus temores se confirmaron:
—No jodas.
Tumbada y abollada, el foco de su Yamaha todavía emitía una tenue luz agonizante. Simplemente esperaba a que la batería dijera basta. Pero ahí no se acabó todo.
—¿A qué coño huele aquí? —preguntó Álvaro.
Siguiendo el rastro del hedor, se adentró de nuevo en el bosque, tan solo unos metros, sin perder de vista la moto, lo justo para descubrir algo que lo paralizó como si la temperatura hubiera descendido cincuenta grados con un chasquido de dedos.
—No puede ser.
Estalló en lágrimas. Lloraba como un niño desconsolado mientras miraba, rodeado de un halo de sangre alrededor de la cabeza, su propio cuerpo tendido e inconsciente, en un escorzo antinatural a causa de lo que debió ser un brutal accidente.
Luego se miró a sí mismo. Su yo de pie. Un brazo. Otro. El tronco y las piernas. Parecía sano y entero, pero entonces lo recordó todo y supo que era cuestión de tiempo que se abrieran las puertas del cielo o del infierno para acoger su alma que ahora lloraba después de vagar en aquel bosque.
Todavía tuvo tiempo para tocar su yo muerto, allí en el suelo, y pensar una vez más en cómo, después de hablar largo y tendido con Silvia, había podido coger la moto y acelerar hasta perderse en caminos desconocidos y encontrar aquella cuneta fatídica. No supo encajar que ésa a la que había insultado le razonase que ya no era feliz a su lado y que mejor les iría si separaban sus caminos.
Álvaro, desde luego, lo hizo.

1 dic. 2015

Turbulencias

Quedaba poco para aterrizar. El piloto lo había anunciado y ya habíamos descendido bastante. Pero todavía no se veía el suelo por la ventana. Había demasiadas nubes grises y blancas allí fuera.
Llegó la primera sacudida; como una ligera bofetada. Hubo algún murmullo. Algo leve. Con la segunda y la tercera la cosa fue distinta. Se me levantó el culo del asiento y se escucharon unos cuantos gritos. La gente se acojonó. Pasaron unos segundos de paz pero luego vinieron más. Hasta cinco o seis, con continuidad en el tiempo, y hasta a mí se me escapó un «joder» en voz alta y, cuando me quise dar cuenta, la tía de mi derecha había puesto su mano sobre la mía, que descansaba en el reposabrazos común.
La miré. Estaba buena. Era todo lo que podía decir. Ya me había fijado antes en que estaba bien acompañado, pero tuvo que ponerme la mano encima para saber hasta qué punto.
Allí seguía su mano, haciendo presión sobre la mía, y la tía ni siquiera me miraba. Parecía buscar a las azafatas en el pasillo, como si ellas fueran capaces de detener las turbulencias.
Con la siguiente calma me miró por fin, pero su mano seguía ahí.
—Perdón —me dijo.
—Perdonada.
—Es que me asusté y...
—Ya.
—Fue un acto reflejo.
Sería un acto reflejo, no lo dudo, pero la mano seguía sobre la mía. Notaba su sudor.
—Estoy muy nerviosa —dijo—. No me gustaría morirme aquí dentro.
—Ni a mí.
Más turbulencias. Los elementos estaban de mi parte. Apretó mis dedos entre los suyos.
—Dios mío —dijo.
Los bebés lloraban. La gente llamaba a las azafatas. Una se levantó y dijo que permaneciéramos tranquilos y con los cinturones puestos, que aquello entraba dentro de lo normal.
—¿Normal? ¡Y una mierda! —dijo la chica.
—Muy normal no parece, no.
Estaba levemente empalmado. Me preocupaban un poco las sacudidas pero no podía evitarlo. Por la ventana seguían viéndose sólo unas nubes muy feas.
—Tiene que ser horrible morir así —dijo.
—No creo que muramos.
—¿Cómo lo sabes, eh? Si esto no para de moverse.
Hubo otra sacudida. La más fuerte hasta entonces.
—¡Ay! —dijo.
—¿Estás bien?
—No, no lo estoy. Soy joven, con toda una vida por delante. No quiero morir aquí, ¿no lo entiendes?
Me apretó aún más.
Se sucedieron otros tres meneos.
—A la mierda —dijo la chica.
En cuestión de uno o dos segundos, se inclinó hacia mí, agarró mi cabeza con la mano que tenía suelta y me plantó un morreo sin darme ocasión de reaccionar. No sé cuanto duró pero recuerdo su lengua enrollada con la mía, las sacudidas de fondo y los gritos de la gente. Cuando se me despegó, quitó también su mano de la mía y miró nuevamente al pasillo.
—Se me ha ido la olla, lo sé —dijo sin mirarme.
—Puede.
—Hago locuras cuando estoy nerviosa. Lo siento.
—No pasa nada.
Vino de nuevo la paz. Habló el piloto por los altavoces. Cambiaríamos ligeramente el rumbo para evitar turbulencias y buscar más visibilidad. Eso retrasaría el aterrizaje un cuarto de hora.
—Menos mal —dijo la chica.
—Todo vuelve a la normalidad.
—Ojalá.
Me miró un par de veces más durante lo que quedaba de vuelo; pero enseguida retiraba de nuevo la vista. Quizá no se percató de mi tremenda erección hasta que el avión tomo tierra y los pasajeros, ella la primera, aplaudieron como descosidos, como si se acabara de evitar una catástrofe y hubiera que ir en procesión a mamársela al piloto.
Nos levantamos del asiento. Ella cogió su maleta de mano del compartimento superior y se adentró en la cola del pasillo. Yo hice lo mismo pero no coincidí a su lado.
Bajamos del avión. En la terminal nos vimos a lo lejos y ella dijo adiós con la mano. Yo levanté la mía también. Cuando accedimos a la zona donde esperaban los familiares, ella se quedó con un chico que traía un gran ramo de rosas. Se dieron un emotivo abrazo. Seguro que ella tendría una emocionante historia que contarle, aunque imagino que omitiría ciertos detalles.
Pasé al lado de la parejita sin mirarles. Crucé por el medio de bastante gente y me dirigí a la parada de taxis. Todavía me quedaba un rato para llegar a casa. Una paja en el baño sería lo mínimo después de aquello.

26 nov. 2015

Positivo

Había bebido como un cosaco, ¿para qué mentir? Cena de empresa con vinos, chupitos y barra libre. Un completo en toda regla.
Al salir cogí el coche. Tenía que hacerlo. No estaba dispuesto a pagarme un hotel y, por supuesto, no me había ligado a ninguna compañera. Pasé el peaje de la autopista y allí estaba la guardia civil. Me dieron el alto y me eché a un lado.
—Buenas noches —me dijo un guardia después de ponerme a su altura y bajar la ventanilla—. Estamos realizando un control de alcoholemia, ¿ha bebido usted?
¿Qué clase de pregunta era aquella? Es decir, ¿de qué valdría la respuesta en uno u otro sentido?
—Sí, señor —dije.
—¿Mucho?
Calculé mentalmente: tres vasos de vino, chupito de licor café, chupito de hierbas y unos cuarenta centilitros de ron en cubatas.
—Bastante —dije.
—Pues se le ve bastante entero.
—Es la práctica.
Se rio y su sonrisa pareció decir «aquí tenemos un graciosillo».
—Bien, coja esto y ábralo.
Me dio una bolsita y rompí el plástico.
—Introdúzcala aquí —me acercó el aparatito y encajé la boquilla.
—Ya —dije.
—Sople cuando yo le diga —miró el chisme unos cinco segundos—. Ahora.
Soplé. Fueron seis o siete segundos. Notaba el alcohol subir por el esófago y salir despedido para aumentar centésima a centésima la cifra que aparecería en la pantallita.
—Listo —dijo el guardia.
Retiró el aparato y miró la pantalla.
—Hum —dijo poco después—. Pues sí, ha bebido.
—Ya se lo dije.
—Cero cuarenta y tres, ¿sabe lo que eso significa?
—Aproximadamente.
—Voy a tener que denunciarle, señor.
—Le entiendo.
—Aparque allí delante, detrás de aquellos dos.
Me indicó un sitio al lado de unas casetas de los trabajadores del peaje. Había allí retenidos otros dos desgraciados. Uno dormía al volante y otro llamaba por el móvil. Me puse detrás. Apagué el coche. Al rato vino el mismo guardia.
—¿Quiere soplar otra vez?
—¿Por qué no?
Repetimos el procedimiento. Miró otra vez la pantallita.
—Cero cuarenta y cuatro. Nos quedaremos con la medición de antes.
Apuntó algo en una especie de agenda electrónica.
—Me extraña que se le vea a usted tan entero—dijo.
—Pero el aparatito no miente.
—Claro que no. ¿Hacia dónde va?
—Coruña.
—Caray. Veinte minutos más de viaje todavía.
—Por ahí, sí.
—Si aún fuera aquí al lado... quizá...
—¿Me dejaría usted seguir?
—Bueno, el caso es que se le ve muy bien y...
—No se preocupe —interrumpí.
—No le entiendo.
—Quiero decir que no tiene usted que pasar el mal trago de hacer la vista gorda. Múlteme y cumpla su trabajo.
—En los años de mi vida. ¿Quiere usted quedarse conmigo?
—Dios, ¡no!
—¿Y no sabe que la multa, además de la cuantía económica y la pérdida de puntos, conlleva tres meses de retirada del carnet?
—No conocía el dato exacto, pero sí.
—Y eso a usted le da igual.
—No es eso.
—¿Entonces?
—Ya se lo dije. No tiene por qué hacer la vista gorda.
—¿No necesita su coche en su día a día?
—Oh, sí. Vivo a cincuenta kilómetros del trabajo y no hay alternativas de transporte. De hecho vengo de una cena de empresa.
—Y me quiere usted decir que a su empresa le dará igual que no vaya a trabajar.
—En absoluto. Me despedirán ipso facto.
—Y está usted tan tranquilo.
Pensé en los compañeros de trabajo. En las horas ante el ordenador. En el jefe soltando veneno desde la puerta de mi despacho. Vamos, en mi mierda de vida.
—Sí, señor —le dije—. Siento decir que estoy tranquilo.
—Como usted quiera —negó con la cabeza y volvió a apuntar en la agenda—. En los años de mi vida...
Me pidió los papeles del vehículo y mi carnet de conducir. Se los llevó un momento a una furgoneta y luego me los devolvió.
—Aquí tiene —dijo—. Le llegará la denuncia a casa en cuestión de una o dos semanas.
—¿Tanto?
—Sí. Lo siento.
—Está bien.
—Ahora acuéstese y descanse y le haremos soplar dentro de un rato. Mientras no podrá irse.
—Claro.
Le hice caso y cerré el seguro, bajé la ventanilla y recliné el asiento. Después me apoyé en el cabecero y traté de dormirme. Antes de hacerlo pensé un poco en el cambio de vida que me esperaba y, ¿para qué mentir?, me sentí bastante bien.

20 nov. 2015

Un alma libre

Rocío fue una amante cojonuda. De hecho fue mi amante con mi primera novia, con mi primera mujer, tras el divorcio y ahora que estaba felizmente casado de nuevo con Carmen, la mejor mujer que un hombre podría tener.
Pero Rocío fue siempre... no sé cómo explicarlo: necesaria. Necesaria para un hombre perfectamente inconformista, tan ambicioso como ignorante: puede que mis deseos fueran objetivamente peores que mi realidad.
Rocío era una mujer de los pies a la cabeza. Se mantenía en forma; le gustaba cuidarse. Y atractiva: sabría cómo seducir a un tío curtido en mil polvos. Era además un alma libre. Libre de toda necesidad de comprometerse, de dar explicaciones o de sentirse mal por herir los sentimientos de éste o del de más allá. Había tenido un grave accidente de moto y decía que haber estado cerca de la muerte cambió bastante su forma de ver las cosas. Vivía la vida y contagiaba a los demás su facilidad para ser feliz.
Follábamos en su piso de las afueras, con su jardincito y sus arbustos y su fuente de piedra. Alguna vez encontré la excusa de una reunión de trabajo para escaparnos a un buen hotel, pero el piso de las afueras estaba bastante bien y llegado un punto, solamente tenía que pasarme por allí sin dar mayores explicaciones a mis parejas formales, que por algún extraño motivo jamás sospecharon de mí y ni siquiera sabían de la existencia de Rocío. Sobre todo Carmen; inocente como un cachorrito. Me daba pena y me reconcomía la conciencia y por eso tenía que llamar a escondidas a Rocío para que, con un par de frases, me convenciese de que lo que hacía no estaba mal.
Nos divertíamos.
Todo cambió una mala tarde. Rocío me llamó al trabajo. Estaba asustada:
—Ven luego —me dijo—. Es importante.
—Hoy no...
—¡ES MUY IMPORTANTE!
No era ella muy de calentones imperativos así que me temí lo peor. Cuando llegué me lo confirmó:
—Estoy embarazada —dijo.
Estaba llorando sentada en el sofá y con las piernas abiertas. Nunca la había visto triste.
—¿Es que no me oíste? Voy a tener un hijo tuyo.
Fue el mayor palo de mi vida.
—No puede ser —dije.
—Cuanto antes lo asumas, mejor.
—¿Pero estás segura?
—Segurísima. Controlo demasiado bien los retrasos.
Hablamos un poco del asunto. De cómo pudo haber sucedido. Quién había tenido la culpa. Quién lo sabía. Todo eso. Luego le dije que me tenía que ir. Era verdad.
—Seguiremos hablando de esto —le dije.
—Por supuesto que seguiremos hablando.
Rocío seguía llorando cuando me fui. También triste era atractiva.
Yo parecía un cadáver andante cuando llegué a casa. Por suerte Carmen estaba más atolondrada que de costumbre y ni siquiera me preguntó si me había sucedido algo extraño en el trabajo.
Hablaba con Rocío a diario.
—Tendrás que contárselo a tu mujer —decía—. Puedes ocultar una amante pero no un hijo.
—Lo sé. Dame tiempo.
—Está bien.
No tenía ninguna intención de contárselo a Carmen. En realidad no tenía ninguna intención de nada. Bueno, sí, quizá de cortarme la picha o de tirarme de la azotea, pero sabía que eso no sucedería, así que dejé que el tiempo pasase y recé para que Rocío entrase en razón y abortara.
—Olvídate de eso —decía—. Puedes elegir estar a mi lado o no, pero no elegirás que tenga a mi hijo o no. Esa no es una opción.
No comprendía esa actitud en una mujer como Rocío. Yo le insistía y ella empezó a odiarme.
—Mira —decía—, será mejor que no me llames en un tiempo. Hazlo si tienes claro que quieres ser el padre; si no olvídame.
¿Padre yo?, pensaba. Ni de coña. En la vida había demasiadas cosas que hacer como para asumir un marrón así. Claro que yo no era como Rocío, yo tenía conciencia y acabaría jodido sabiendo que algo mitad mío andaba por este mundo y yo me escondía.
Una noche me llamó Rocío. Llevábamos un mes sin hablar.
—Estoy exactamente de doce semanas y media. Me lo dijo el ginecólogo —dijo.
—Muy bien.
—Eso significa una cosa.
—Sí, que son tres meses —fue un intento de chiste inútil.
—Es otra cosa. Supongo que una noticia muy buena para ti.
—No te sigo.
—Muy fácil: el hijo no es tuyo.
—¿Cómo no?
—Esa semana tú y yo no lo hicimos.
—¿Cómo estás tan segura?
—Porque fueron los días que vino Esteban.
—¿Qué Esteban?
—Un amigo de Madrid. Te hablé una vez de él.
—No me acuerdo. ¿Y tú y él...?
—Obviamente —gritó—. ¿Cómo crees si no que...?
—Vale, vale. ¿Y él lo sabe?
—Sí, desde hace un rato que lo llamé.
—¿Y cómo se lo ha tomado?
—Pues eso es lo bueno: se viene para aquí para estar a mi lado.
No me esperaba eso. Percibí que me pretendía dar una lección por su tono.
—Entonces vais en serio —dije.
—Esperamos un hijo juntos. Es una cuestión de coherencia.
—Ya.
Me dijo que tenía que hacer unos recados, que sólo había llamado para darme la buena nueva. Le deseé suerte. Ella a mí no.
Meses después nació Leo, el hijo de Rocío y Esteban. Me crucé a los tres una vez en el parque y pude ver al bebé. Definitivamente no tenía ningún parecido conmigo. Luego hablé un rato con los padres. Esteban parecía un buen tipo. Seguramente haría bien las cosas. Rocío me dijo que planearían su boda cuando se recuperase del todo del embarazo y del parto. Le dije que me alegraba por ellos y que ojalá fueran muy felices.
Aunque me joda reconocerlo, Rocío ya parecía feliz junto a Esteban y Leo. Una felicidad distinta a la que había exhibido a mi lado. Ya no era un alma libre. Era una mujer madura y responsable. Una madre. Yo sentí tristeza sin saber muy bien por qué. Quizá me veía a mí mismo como un cobarde o un inmaduro, y más cuando regresaba a casa y miraba a Carmen a los ojos. Cuando la miro, de hecho. Quiero a esta mujer. Bien sabe dios que amo a Carmen, que tiene todo lo que un hombre puede desear, pero bien sabe también que no es ni será jamás un alma libre y feliz como fue Rocío, y que jamás me contagiará esa felicidad.