28 abr. 2014

Nominado

Aquí me hallo. Sólo en todo el ayuntamiento. Todo un edificio municipal a mi cargo. Yo solo, haciendo guardia, un sábado, a merced de los ladrones que entren armados y me pregunten dónde está la pasta y yo les diga que no tengo ni puta idea y entonces me peguen dos tiros. Al menos puedo tirarme los pedos en alto y, ¿por qué no?, ir a cagar y dejar la puerta del baño abierta.
Es un buen momento para obedecer a Mr. M y contestar a sus once preguntas. Una obligación para los once nominados entre los que me encuentro. No quiero imaginar las terribles consecuencias de un hipotético acto de desobediencia, así que aquí van mis respuestas:

1.    ¿Qué crees que es eso tan interesante que puedes aportar al mundo a través de tu blog?
Sólo una sucesión de gilipolleces y guarradas y cosas sin sentido y de ganas de reírse de la vida y de morirse al mismo tiempo que otros han hecho, hacen y harán mejor que yo, aunque intentaré superarles a todos.

2.      ¿Hasta dónde alcanza tu presencia en las redes sociales?
Sólo blogspot. Ni twitter, ni facebook, ni tuenti, ni instagram –si esto es una red social-. Y no es porque así me crea más guay. Es sólo pereza y desinterés. Puede que algún día yo también caiga. No soy ningún antisistema.

3.      ¿Qué libro estás leyendo ahora mismo?
Se busca una mujer, de Bukowski. Unos cuantos relatos acojonantes del escritor que, de momento, más flipao me ha dejado.

4.      ¿Qué es eso que nunca harías en la cama, aunque si te provocan un poco…?
Dejar que me metan un dedo en el culo o dormir con un perro, aunque si esto último es necesario para tener acceso a la dueña sería negociable.

5.    Si pudieras viajar al pasado, ¿a quién asesinarías para poder adueñarte de sus logros?
Sé muy poco de historia, así que supongo que me valdría cualquier tipo importante que viviera como dios rodeado de mujeres y dinero y sin enemigos deseosos de rebanarle el pescuezo. No conozco a nadie así.

6.      ¿Qué te gustaría que dijesen de ti el día de tu funeral?
«Vivió como le dio la puta gana».

7.      ¿Qué opinión tienes de la cultura en España?
Que no interesa mucho en general. Y me llama la atención, cuando estudias los grandes artistas, matemáticos, físicos, químicos o filósofos de otros siglos, que ¡no hay casi ninguno español! A mí casi no se me ocurren aunque puede, después de todo, que yo sea el inculto.

8.      ¿Qué canción te ha acompañado desde la primera vez que la escuchaste?
Infinite dreams, de Iron Maiden. Durante meses me tuvo verdaderamente enganchado. Os la recomiendo subtitulada para quienes no la conozcáis.

9.      ¿Eres consciente de todo lo que tienes o lo valorarás como lo pierdas?
Lo he pensado muchas veces y, como buen ser humano que soy, esperaré a perderlo para echarlo de menos. A veces incluso siento que lucho por perderlo porque tenerlo así, sin más, como que no tiene mérito. Es necesario estar hundido de vez en cuando para sentirse vivo de verdad y, por supuesto, para quien le gustar escribir, para estar realmente inspirado.

10.    Descubres que tu escritor favorito ha plagiado uno de tus relatos, ¿qué haces?
El pobre Bukowski ha muerto. Demasiado tarde para él para entrar en mi blog y hacer un copy-paste de toda la vida. Desde el infierno tendrá que ver cómo yo me arrastro intentando inspirarme en él –que no plagiarle.

11.  ¿Qué piensas de Mr. M?
Un tipo con personalidad. Hace bien poco que lo conozco –o mejor dicho, que apenas lo conozco- pero me lo imagino delante de su ordenador pensando en sus historias y en la inspiración que no acaba de venir y en la madre de dios y en la gente hija de puta y de pronto ya tiene una historia que contar. Un buen tipo.

Pues esto es casi todo. Me toca ahora a mí formular unas cuantas preguntas, así que aquí van, aprovechando que todavía no han entrado a pegarme esos dos tiros de gracia:
1.      ¿Qué es la felicidad y por qué eres infeliz (o feliz)?
2.      ¿Crees que los humanos somos gilipollas?
3.        En caso afirmativo, ¿por qué te crees diferente al resto de gilipollas? En caso negativo, texto libre.
4.      ¿Crees que te mereces ganar más pasta que Belén Esteban?
5.      ¿Prefieres una muerte tranquila e indolora o violenta y espectacular?
6.    ¿Te sientes preparado para que te toquen los euromillones y vivir de rentas? ¿Cuánto vale tu jubilación anticipada?
7.        ¿A qué escritor te gustaría parecerte cuando vivas de la escritura?
8.        ¿Con qué frase quieres que te recuerden los libros de historia?
9.        ¿Qué se te pasa por la cabeza cuando entras en un cuarto de baño y huele a mierda reciente?
10.    ¿Cigarrillo, libro, conversación, abrazos o darse la espalda y dormir después de follar?
11.    ¿Qué le dirías a dios y al diablo si los tuvieras delante?

Y por último, me queda nominar a los blogs que sigo para que contesten a estas preguntas. Repito las instrucciones de Mr. M: contestarlas en vuestro blog, formular otras cuantas preguntas y nominar o otros cuantos bloggers para que las respondan:

Y ahora me voy al baño. Los intestinos me obligan.

23 abr. 2014

Dos mamarrachos hablando mal de mí

Toni y Fran están hablando de mí. Son mis compañeros de piso: dos mamarrachos eccehómicos que se creen con derecho a insultarme porque follo más que ellos.
El caso es que beben cerveza en el salón y se piensan que yo no estoy. Pero sí, sí que estoy, así que pego la oreja a la pared para oír bien la conversación. Llevan un rato burlándose de mi problemilla para ir al baño:
—Te lo juro, tío —dice Toni—. En mi vida vi cosa igual.
—Cuenta cuenta —dice Fran.
—Tenía ganas de mear cuando llegué, ¿no?, cuando giro el pomo del baño y veo que está ocupado. «Estoy yo», me dice. «Vale, vale», le contesto. «¿Te queda mucho?». «Un rato».
—Ahí ya te temías lo peor.
—Le digo: «aunque sea déjame entrar a mear y sigue luego, que me meo», a sabiendas de que aquello ya debía de oler a mierda.
—¡Qué huevos!
—Sí. ¡Pero es que me estaba meando! Entonces va y me dice: «es que yo también estoy a punto. Lo siento». Le digo que vale pero que se apure.
—Jajaja. Me lo imagino sentado hinchándosele la vena de la frente por el esfuerzo para apurar.
—El caso es que me voy. A la cocina, a la habitación. A cualquier sitio para no pensar que la vejiga iba a reventarme. Nunca tanto pagaría por vivir en un piso con dos baños.
—Bueno, ¿y tardó mucho?
—Ahí está el rollo. Pasan dos minutos. Tres. Cuatro. Cinco. Yo no sabía dónde meterme. Le toco en la puerta: «tío, que me meo». Me dice: «ya va, ya va». Y yo: «Eso era hace cinco minutos». Y me suelta: «es que me está costando un poco». Y yo: «¿un poco? Joder tío, para eso coge el desatascador y enchúfatelo». Y me dice: «cuanto más hablemos más me desconcentras». Y yo: «si no te sale déjame a mí y luego sigue tú». Y ahí viene lo mejor. Tarda unos segundos y me suelta: «no, que entonces tendría que empezar otra vez todo el proceso y tengo un poco de prisa».
—Jajajajaja.
—Ríete, ríete, pero maldita la gracia en aquel momento.
—¿Y qué hiciste?
—¿Qué iba a hacer? Me cagué en la puta virgen y le dejé tranquilo a ver si así se inspiraba.
—¿Y cuánto tardó?
—Vas a flipar. Me dio tiempo a ponerme el pijama, abrir la cama, preparar la ropa del día siguiente, poner la pizza a calentar en el horno, colocar un plato y un vaso y hasta a mandar un par de whatsaps.
—¡Joder!
—Y de pronto ¡oigo la cisterna! ¡Veinte minutos desde que le hablé!
—¡Impresionante!
—Corrí al baño. Escuché que se abrochaba la cremallera y se subía los pantalones. Quitó la cerradura y giró el pomo. La puerta se abrió por fin.
—¡Aleluya!
—Sí. ¡Aleluya! En cuanto tuve espacio me colé y lo saqué de allí a empujones. Desde fuera va y me dice: «Ya está. Todo tuyo». No le contesté porque apuré en bajarme los pantalones y expulsar los nosecuantos mililitros de meada que me iban a reventar la vejiga. No veas el gusto que me dio.  
—Puedo suponerlo.
—Cuando terminé me di cuenta de lo más curioso. Me miré en el espejo y respiré profundamente: ¡no olía a nada!
—¡Qué dices!
—A nada de nada. El aire estaba limpio como en un puto bosque de eucaliptos. Incluso bajé la cabeza hasta la tapa del váter y olí y nada.
—Entonces el cabrón no cagó.
—Eso parecía. Salí y le pregunté. Estaba en la habitación cogiendo unas cosas para largarse. Se iba de fiesta. Le digo: «Cabrón de mierda. Estuviste ahí media hora». «Ya, ¿qué le voy a hacer?». Y yo: «pero no has cagado, ¿verdad?». Y él: «¿cómo lo sabes?». «Hombre, porque no olía a nada». Se queda como pensativo un momento y me dice: «es verdad, al final no me salió nada». Me enfado y le digo: «¿y para eso estás media hora?». Me mira seriamente y me dice: «Toni: todos tenemos nuestros problemas». Y va y pasa a mi lado, me da una palmadita en el hombro y se pira.
—Con un par.
—Sí. Con un par. ¿Quieres otra cerveza?
En ese momento entro en el salón. Se quedan a dos velas:
—Qué hay —les digo.
—Buenas.
—Buenas.
—Todo bien, ¿no?
—Sí —me dice Toni—. ¿Te apuntas a unas cervezas?
No las tienen todas consigo. Obviamente se preguntan si les he escuchado:
—No —contesto—. Me piro por ahí. Pero gracias.
—¿De fiesta? —pregunta Fran.
—Sí —me iba hacia la puerta pero me volví—. Aunque antes voy al baño un momento.
—Iba a ir yo también —suelta Toni.
—Espera que lo mío es un segundo —le digo.
Entro, me siento en el trono y suelto una cagada gigante en cosa de cinco segundos. Todo el baño queda atufado y hay manchitas en las paredes del retrete que no se colaron al tirar de la cisterna. Cuando salgo no ha pasado ni un minuto.
—Ya puedes entrar —le digo a Toni, de vuelta en el salón.
—Gracias.
Se levanta, me da una palmadita en la espalda y me dice que me lo pase bien. Salgo del piso cuando él va camino del baño. La noche empezaba a gustarme.

18 abr. 2014

Mi última entrevista

Anda que no han llovido semen y pis y zurullos desde mi última entrevista de trabajo, hace como tres años y medio. Litros y kilos de efluvios humanos salpicando vaginas, cortinas, almohadones, fachadas de ayuntamientos y parques de interés turístico nacional.
Pero allí estaba yo, vestido de pimpollo frente a aquella tía medio maciza que se hacía la seria en su papel de entrevistadora. No era gran cosa pero oye, un hombre es un hombre y el rollito tía seria-fustigadora suele ponerme bastante.
Así que comenzó la entrevista y, después de querer saber unos cuantos datos obvios teniendo mi currículum en sus manos —quizá quería comprobar si tartamudeaba o me temblaba la voz—, la cosa empezó de verdad y empezaron las preguntas típicas. Yo contesté como pude:
—¿Por qué estudiaste esa carrera?
—Por insistencia de mis padres.
—No fue por vocación.
—En absoluto.
—¿Por vocación qué hubieras estudiado?
—Por vocación jamás hubiera estudiado.
—Sin embargo el puesto al que optas tiene una relación directa con tu carrera.
—Por eso estoy aquí.
—Ya, pero prácticamente me estás diciendo que no te gusta este trabajo.
—Más o menos, pero es un trabajo y hay que trabajar.
Apuntó algo en el folio. Quizá fuera el dibujo de un enorme pene o su número de teléfono para quedar después.
—Bien —siguió—. ¿Cómo conociste esta empresa?
—Una orientadora laboral me dio el directorio de empresas de la ciudad. Copié y pegué las direcciones en el email y envié el currículum con la misma carta de presentación a todas ellas. Puse lo de copia oculta para no ser muy descarado.
—O sea que somos una de las miles a las que has mandado tu currículum.
—Sí.
—¿Y no nos conocías de antes?
—Algo me sonaba el nombre.
—No sé. Algún proyecto, alguna obra importante que te suene.
—Si te digo la verdad me suena la empresa por el rollo este de las noticias; lo del directivo que va a ir a la cárcel.
Era cierto. Ese fenómeno había robado lo que no está en los escritos. La tía levantó las cejas y apuntó algo más.
—¿Sabes lo que tendrías que hacer en tu puesto de trabajo?
—No. Lo aprendería sobre la marcha.
—Pero por tu experiencia ya has trabajado en algo parecido.
—Por mi experiencia sé que una empresa nada tiene que ver con otra y que cuando se cambia se empieza de cero.
—¿Y qué crees que nos puedes aportar tú?
—Soy buena gente. Me llevaré bien con los compañeros. Y con las compañeras, espero.
—Aparte de eso, ¿qué puedes aportar tú que no puedan aportar los otros candidatos?
—Dicen que soy como un libro abierto, que mi cara es el perfecto reflejo de mi estado de ánimo.
—Y eso te parece un valor añadido.
—Sabrán cuando no deben dirigirme la palabra con solo mirarme.
Apuntó y apuntó. Me parecía divertido. Me imaginé un montón de tachones rojos y calaveras y sapos y culebras en todo ese folio.
—¿Cómo te definirías a ti mismo?
—Como un tío maniatado a la realidad.
—¿Eso qué quiere decir?
—Que a veces quieres escaparte pero te das cuenta de que no puedes o no tienes valor.
—¿Tus principales virtudes?
—Razono rápido y me cuesta mentir, aunque lo suelo intentar.
—¿Defectos?
—A veces razono demasiado rápido y la cago. También la cago cuando logro mentir. Suele irme mejor si digo la verdad.
—¿Cómo te definirías con una palabra?
—Soy un pseudo-rebelde.
—Sin causa.
—Con más causa que rebeldía.
Sonrió. La prefería seria pero hay que ser generoso: sin duda ella prefería sonreír.
—¿Cómo te ves en un futuro?
—Vivo.
—¿Algo más?
—Sano.
—¿E idealmente cómo sería tu futuro?
—Rodeado de dinero y mujeres. Levantándome por las mañanas sin mayor preocupación que hacer lo que me dé la gana.
—Parece que idealmente tu futuro no está en esta empresa.
—Depende de la cantidad de dinero y mujeres que se me ofrezcan.
—¿Y siendo realistas? ¿Cómo crees que estarías aquí dentro de, pongamos cinco años?
—Con alguna que otra cana, barriga y cara de asco.
—¿Y eso por qué?
—Por haber caído en la trampa de creer estar haciendo lo correcto.
Dijo algo así como «puf» y le dio candela al bolígrafo. Miré bien sus piernas. Eran firmes de tanto usar tacón. Estaban bastante potables.
—¿Alguna pregunta que quieras hacer? —me dijo.
—Sólo una: ¿la gente suele hablar de trabajo en la hora del café? Es algo que odio a muerte.
—Dependerá del día supongo.
—Entonces no hay más preguntas.
—Por mi parte tampoco.
Se levantó y yo la imité. Me estrechó la mano y me acompañó a la salida. A través del reflejo del cristal pude ver que el folio en el que escribía estaba lleno de monosílabos seguidos de tres signos de exclamación con muy mala pinta.
Salí de allí. Hacía un magnífico sol de verano. Durante el resto del día me dediqué a contemplar la naturaleza: el campo, el mar, los animales, incluso la gente.
Ese viernes, dos días después, me llamaron. Era la entrevistadora. Estaba contratado y debía pasarme a firmar el contrato y conocer mi puesto. Empezaría el lunes. Yo le contesté que estaba muy agradecido pero que rechazaba el puesto. Le juré y le perjuré que lo sentía mucho pero que no podía.
El caso es que habían dado muy buen tiempo para todo el fin de semana y toda la siguiente. Había que estar realmente loco para preferir ir a trabajar en vez de quedarse contemplando la naturaleza.

13 abr. 2014

Publicidad

No me creo más guay por eso pero bien sabe dios que veo poco la tele. Me considero una especie de telespectador social, es decir, que veo la tele para hacer compañía a quien haya que acompañar con el canal que el acompañante decida. El tiempo justo para que no se pueda decir que me he largado sin haber hecho acto de presencia.
Tampoco soy un radioadicto. Lo que pasa es que me tiro bastantes horas en la habitación y en el coche, y los cedés los tengo bastante aburridos, así que alterno entre rock fm y los programas de tertulia-opinión que se supone te ponen al día de lo que pasa en el mundo. En realidad escucho estos programas a la espera de una rajada monumental o un comentario ingenioso. Poco me importan las noticias en sí. Espíritu de periodista, quizá.
Pero si fuese un tipo malhumorado, un tipo de bien, un tipo corriente, un telespectador o un oyente al uso, me cagaría en satán y en los clavos de cristo y en todas las columnas del firmamento por culpa de la intolerable cantidad de anuncios que ponen en uno y otro medio.
No sé a qué se debe. Puede que ahora que la programación es una mierda y las audiencias han caído los anunciantes paguen una miseria, que paguen una miseria porque no tienen un puto duro o que los accionistas de los medios se estén forrando a costa de tocar las narices de su público. No lo sé y me da igual. Lo que no me da igual es saberme el momento exacto en que uno tiene que cambiar de canal o de emisora porque empieza una tirada de cinco, diez, quince o ¡veinte!, sí, veinte minutos de publicidad. Comprobadlo en xplora entre las 15,50 h. y las 16,10 h.
Total, que si ya tengo poco interés así menos aún.
Aunque en el fondo tengo que estar agradecido. Sí, agradecido, porque gracias a la publicidad me he dado cuenta de la cantidad de cosas que se pueden hacer prescindiendo de la tele y de la radio. Sí, quizá me he equivocado, quizá he prejuzgado injustamente a esos benditos anunciantes y a esos maravillosos directivos de las grandes cadenas. Quizá su única intención sea generar artistas. Puede que conmigo lo consigan porque es empezar la publicidad y, si estoy en el coche, imaginarme buenas historias y, si estoy en casa, escaparme rápidamente al ordenador a escribirlas.
Gracias. Gracias de verdad. Perdonad si antes os he ofendido. Si me permitís cuando me independice no tendré ni tele ni radio. Gracias.

8 abr. 2014

Un largo paseo por la playa

—No todo en la vida es sexo —me dijo.
—Por supuesto.
—También está el amor. La familia. La amistad. El trabajo.
—Oh, sí, todo eso está muy bien.
—Ya ni siquiera intentas que me lo crea.
—Lo siento. De verdad. Lo siento.
Hacía tiempo que Olalla me conocía. Demasiado tiempo como para intentar engañarla. No había mujer en el mundo mejor que Olalla.
—Escucha —le dije—. ¿Por qué no te olvidas de todo eso y nos vamos a dar un paseo?
—¿Un paseo?
—Un largo paseo por la playa. Hace una tarde preciosa y creo que nos merecemos disfrutar de un poco de luz.
—Lo dices porque ahora no tienes ganas de follar.
—Acabamos de hacerlo.
—Por eso. Te importan una mierda el paseo, la playa y la luz del sol. Lo único que te importa es que ahora no tienes ganas de follar y necesitas hacer algo hasta que recargues. Eres sólo un egoísta.
—Vamos, Oli, vamos. ¿Cuántas veces me dijiste que te apetecía ese largo paseo?
—Igual que te dije que quería un hombre que me amase. Y una estabilidad. Y formar una familia.
Le cogí la mano y la llevé hasta el abrigo nuevo que colgaba del perchero.
—Nunca te lo he visto puesto —le dije—. Te quedará genial mientras caminas sobre la arena.
Bajamos. El sol me golpeó los ojos. Llevaba encerrado treinta y seis o cuarenta y ocho horas. Aún así valía la pena acercarse a la playa.
—¿Lo ves? —dije—. Sabía que no se estaba nada mal.
—¿Y qué piensas hacer?
—Será un largo paseo. Luego ya veremos.
—Me refiero a si pretendes seguir enclaustrado bebiendo y comiendo y follando y escribiendo hasta que se nos agote la pasta.
—No es tan sencillo, Oli.
—Para ti lo es. Hipotecas tu vida jurando que ese libro nos va a sacar de la ruina, sin pensar que no estás solo.
—Por suerte no. Te tengo a ti.
—Sí, pero a costa de arruinar mi vida, ¿es que no te das cuenta? ¿Por qué no buscas un trabajo corriente?
—Ya hemos hablado de eso, Oli. El trabajo corriente es para gente corriente.
—Habló el genio que sólo piensa en follar y escribir. Follar y escribir. Es lo único que sabes hacer y de lo segundo empiezo a dudar bastante.
Me estaba poniendo bastante caliente. Una mujer enfurecida puede resultar atractiva hasta límites que ni ella misma sospecha.
—Oli, dejemos el asunto y disfrutemos el uno del otro. Que sea un agradable paseo.
—No podemos hacer como si nada.
—Tampoco podemos hacer como si todo. ¿Sabes qué? —las olas del mar rompían continua y tranquilamente. Algunos perros se metían en el océano a buscar una pelotita para tirársela a sus amos, que aplaudían y les daban caricias—. Me estoy poniendo un poco.
—Ya estamos. SIEMPRE es lo mismo.
—Te lo aseguro, Oli, creo que llegaré a casa y no podré aguantarme.
—Pues estas piernas estarán cerradas mientras no entre el dinero.
—Creo que te desnudaré en el ascensor y nos arriesgaremos a que el vecino te vea en bragas por la mirilla.
—Estás enfermo. Búscate un trabajo.
—Hace tiempo que no lo hacemos en el recibidor, ¿te acuerdas?
—Creo que no me escuchas. Definitivamente nunca me escuchas.
—Debió de ser la tercera o cuarta vez cuando lo hicimos allí. Te empotré contra el espejo y follamos de pie durante tres o cuatro minutos. Tú gritabas y estabas mojada, muy mojada.
—Yo no me merezco esto. Yo me merezco OTRA COSA.
—Nos corrimos al mismo tiempo. Era la primera vez que nos sucedía.
—¿Te crees que no puedo conseguir a otro? ¿A otro mejor que tú?
—Me encanta la cara que pones cuando estás a punto de correrte. Creo que me da más gusto ver esa cara que correrme yo mismo.
—El mundo está lleno de hombres que darían su vida por mí.
—Se me pone dura sólo de pensarlo. Me va a reventar el pantalón.
—Hombres dispuestos a no ser egoístas y a luchar por una mujer.
—Hoy lo repetiremos. Te follaré contra el espejo y quizá nos corramos a la vez.
—Hombres que creen en el amor. Hombres buenos y generosos y no ratas egoístas.
—Aunque tendrás que ser rápida porque creo que yo lo seré.
—Cállate. Tengo ganas de llorar.
No seguí. Podría tirarme así otro kilómetro de arena.
—Está bien —dije—. Disfrutemos de este largo paseo.
Dejé que soltase unas cuantas lágrimas. Solía sucederle pero el aire del océano le vendría bien. Muy bien.
Apreté más fuerte la mano de Olalla y no dejamos de caminar. La vida me sonreía. No podía existir una mujer mejor que ella.

2 abr. 2014

Mi pequeño incentivo

La vida es más bonita con incentivos. Incluso el trabajo puede ser bonito.
Por eso yo me levanto feliz cada mañana, porque cuando den las once y media mi cuerpo dirá ouh yeah y me obligará a un paréntesis para ir al retrete.
Pero no es el noble arte de deponer lo que me tiene contento. Es el dibujo que encontré en la puerta del váter la primera vez que entré allí y que yo estoy completando a rayazos con mi llave del coche. Me pregunto quién empezó aquella obra de arte. Es curioso que en todo un edificio público, con las personas más dignas trabajando allí, alguien vea divertido y puede que necesario dedicarse a rayar una puerta como un crío travieso.
Y ese es mi incentivo.
Por cierto, el dibujo es un enorme pene peludo salpicando semen sobre una vagina gigante. Yo incorporo los detalles: testículos, venas, piernas, tetas, etc., y creo que me está quedando muy bien. Tendríais que verlo.