30 nov. 2012

Condenado

Aquel culo olía bien. Maravillosamente bien. Nada hay como el olor de un buen culo joven y fértil; respingón y hormonado. Claro que él tenía mala pinta; muy mala pinta, y como tantas otras veces fue mirado de malas maneras y obligado a seguir su camino. Solo, errante. Sin su culo.
Tal era su condena. O más bien, la condena que su familia le había impuesto. Pero la echaba tanto de menos… No, mejor no pensar en la familia. Ahora sólo le quedaba deambular de la calle a la plaza, de la plaza al parque, con dos lágrimas inundando sus cuencas oculares, la tristeza en su expresión, la mala salud en el porte, mendigando una triste ración de comida que llevarse a la boca.
 Era tarde y debía buscar un sitio donde refugiarse. Otra noche con el estómago rugiendo. Otra noche sin mojar. Intentaría por lo menos soñar con aquel maravilloso olor. No era fácil la vida de un perro callejero.

24 nov. 2012

Decepción

Menuda caca. Se acaba el 2012, el año del fin del mundo, de las tormentas solares, del final de una era, del apocalipsis. ¿Y qué ha sucedido? Nada. Pues, eso, que menuda decepción.
Éramos muchos los escépticos, los que decíamos no caerá esa breva, que no nos dejamos seducir a principios de año por los castillos en el aire de un meteoro gigante, una guerra nuclear o un cambio climático acelerado. Pero en el fondo teníamos la esperanza. Siempre se tiene esperanza.
Mas queda sólo un mes y se ve que no. No creo ni que los políticos puedan conseguirlo. Seguiremos aquí muy a su pesar. Seguiremos respirando, hablando, comiendo, emborrachándonos, peleándonos, follando (a veces), meando, cagando, insultando, yendo al médico, haciendo cola en el INEM, estudiando oposiciones sin esperanzas, todas esas cosas que hacemos los mortales. Aunque empiezo a dudar de tal condición.
Y yo seguiré escribiendo. Me hubiera gustado; es más, me hubiera encantado tener una pista, un hilo del que tirar de algo grande y real: un descubrimiento de la NASA, un sol enfurecido de verdad, cosas extrañas que han captado los radares, el presidente de los Estados Unidos enviando un mensaje trascendental; cualquiera de esas cosas que me hicieran subir la adrenalina de una p... vez mientras aporreaba teclas entusiasmado con semejante fuente de inspiración.
Pero no. Pasa el tiempo y no hay nada de eso. Me queda la caca, las tías, los cuentos estúpidos y chorradas como ésta. A ver lo que me dura.

18 nov. 2012

El Rey Pene

Érase un hombre y su pene gigante. Un pene ostensible y venoso que alcanzaba la palma y media de largo y gordo como pata de borrego, escudado por dos testículos orondos y macizos que al rozar sonaban a repiqueteo de campana. 
Pronto la majestuosidad de su miembro le granjeó al portador fama y renombre, y ya de joven se le sucedieron lisonjas, motes y, por supuesto, amantes. Las muchachas de los alrededores escuchaban historias, a veces reales, a veces exageradas, acerca del indiscutible poder de aquel miembro erecto, y enardecían en sus entrañas y hasta enloquecían, buscándose luego una buena excusa en una feria, una verbena o un ágape en el pueblo del hombre para acercársele y yacer con él y llevarse de vuelta, sin duda, la experiencia más extraordinaria que su vida pudiera conferirles.
Tal era el vocerío y el clamor popular que cuando el hombre sobrepasó la treintena, las autoridades claudicaron ante aquel semidios de encomiable entrepierna y le coronaron Rey de todas las comarcas, con todos los honores que semejante puesto conllevaba: castillo, servicio, guardia real y tributos de todo tipo, materiales y personales; normalmente en forma de doncellas que, si ya de por sí se sentían atraídas por el tamaño del pene, el acicate de la corona sobre la cabeza del hombre que lo portaba terminaba por convencer incluso a las más reticentes.
Pasaron los años y hubo grandes períodos de paz. El Rey Pene guio a su pueblo por la senda del bien, y a cambio los pueblerinos le juraron fidelidad eterna y los orfebres le fabricaron una corona de oro y diamantes para la cabeza de abajo. Cada año, coincidiendo con el aniversario de su coronación, el Rey Pene comparecía ante la multitud y, bajados los pantalones, lucía su enorme pene coronado para regocijo del gentío. Buscaba el Rey una gran erección, hasta el punto de llegar a palidecer por la ausencia de sangre allén del pene. A eso el pueblo le llamaba éxtasis.
Pero había un asunto que preocupaba en la corte. Precisaba el Rey un sucesor, alguien con un pene similar al suyo que diera continuidad a la estirpe del bien. Pero no sólo parecía lejano el día del nacimiento del príncipe heredero, sino que no existía siquiera una candidata a reina y madre. Los más allegados aseguraban incluso que el Rey era un hombre triste, precisamente por no haber hallado el amor, mas no comprendían por qué un hombre con semejante poder podía no encontrarlo entre tantas candidatas dispuestas a entregarle su alma.
El secreto residía precisamente en el gran poder del Rey Pene. Desde hacía años el Rey rondaba a una de las sirvientas, una joven dulce y hermosa que había cautivado no sólo la entrepierna, sino el corazón de quien ostentaba el trono. Ella, reticente en un primer momento, se dejó conocer y fue entonces cuando descubrió la verdadera persona del Rey, cayendo igualmente enamorada. Mantuvieron su amor a través de encuentros secretos de los que nadie en el castillo llegó a sospechar. Hablaron de bodas, de sucesiones, de los prejuicios del pueblo si su historia saliese a la luz. Pero no era eso lo que imposibilitaba el feliz anuncio de la relación. Era algo mucho más sutil, algo que desdichaba definitivamente al Rey y contra lo que no existía remedio: su doncella era de vagina minúscula.  

14 nov. 2012

Aquí hay trabajo

Había visto el anuncio en la parada del autobús, en un polvoriento papel que rezaba unas letras ininteligibles y con todos los números de teléfono aún sin arrancar. Llamó y concertó la cita. Le extrañó el lugar y la hora: un oscuro callejón en la parte ruinosa de la ciudad una noche de domingo.
Pero allí apareció, sin prejuicios de ningún tipo, emperifollado con su traje y sus zapatos nuevos y su gomina en el pelo y su carpeta con el currículum y el resto de papelorios ordenaditos. Accedió por una puerta tal y como se le había indicado y, tras atravesar más pasillos y puertas, el negro aire dejó paso a una atmósfera enrojecida; con un rojo vivo, magmático, hirviente, que brotaba de las esquinas y las ranuras de la estancia.
—Siéntate, por favor –escuchó una lúgubre voz procedente de una mesa desde la que ascendía humo de tabaco.
—Oh, sí.
El recién llegado tomó asiento. Apenas pudo ver la cara de su entrevistador, escondida tras la túnica que le rodeaba y la niebla de humo maloliente.
—¿Puedo ver tu carpeta?
Falanges y carpianos asomaron de las mangas de la túnica y repasaron las hojas que con tanto esmero había dispuesto el candidato.
—Ajá –decía la voz–. Hum… sí… bien…
—Si desea alguna aclaración no tiene más que preguntarme.
—Sólo un par de cosas.
—Adelante.
—¿Realmente estás interesado en el trabajo?
—Con toda mi alma, señor.
—Quizá quieras saber en qué consiste.
Contestó el candidato más por aparentar que por necesidad. Cualquier cosa le valdría:
—Sí, explíqueme, por favor.
—Bien, es un tema delicado. No todo el mundo está preparado.
—Creo que yo lo estaré, señor.
—Se trata de… bueno, se trataría de ayudarme un poco. Últimamente estoy muy atareado y dos manos más me vendrían muy bien.
—Comprendo.
—Es que ¿sabes? Con el rollo éste de la crisis a la gente se le da por morirse de más y no doy abasto.
—Claro…
—Y… bueno, sería algo muy delicado, pero sabes que cuando un cuerpo muere debe ser trasladado de este mundo. Ya se verá adonde, eso no es cosa mía, pero aquí no puede quedarse. Lo sabes, ¿no?
—Lo sé, lo sé.
—Y claro, con tanta muerte de personas, que son prioritarias, necesitaba alguien que me echara un cable con otros seres. ¿Te interesa?
—¿De qué me ocuparía?
—Perritos y gatitos. Es duro, sí, pero esos animalitos se mueren y también merecen una ultratumba digna, ¿no crees?
—Por supuesto.
—Estamos hablando de atropellos, gatos callejeros, todo eso… me han dado noticia de que últimamente se me han escapado unas cuantas almas y no sabes lo mal que me sienta.
—Lógico.
—Tendrías que recogerlos y llevarlos adonde se te indique. Eso ya se hablaría.
El extraño ser devolvió al candidato su carpeta y después se rascó la nuca con una guadaña que se sacó de la espalda. Sonaba al rascar a hueso limado.
—¿Quieres conocer las condiciones?
—Adelante.
—No te puedo pagar en metálico, lo reconozco, pero te prometo que comida, bebida y techo no te faltarían. Soy amigo del jefe de ahí abajo –señaló el suelo como queriendo atravesarlo con su falange índice–, y te puede conseguir un buen sitio si trabajas para mí.
—No sé. ¿Sin dinero?
—En el fondo es lo de menos. No lo necesitarías… en realidad no tiene importancia alguna porque aún no te conté la otra condición.
—Que es…
—Que si quieres trabajar para mí deberás estar muerto.
—¿Muerto?
—Sí, muerto. Existe una especie de pacto con el de ahí arriba –atravesó ahora el techo con su índice–, que como sabes es el que manda, y dice que para trabajos con el más allá no se puede estar vivo. Comprenderé que rechaces la oferta y…
—No he dicho tal cosa.
Entonces pensó el candidato en su corta vida. Sus padres, su pareja, sus amigos… pero trabajo era trabajo. Para eso lo habían educado, y tenía muy presente la voz de su madre: «no están los tiempos para rechazar nada.» «¡NADA!». No, definitivamente no podía rechazar el trabajo.
—Sólo una cosa –dijo el candidato.
—Te escucho.
—Es que me da miedo morirme. No sabría cómo hacerlo sin… sufrir.
Una risa diabólica retumbó tras la niebla.
—Compañero. Esa es una de las ventajas de estar de este lado.
—No le sigo, señor.
—¿Tú estás seguro de que quieres empezar?
—Sí.
—Y empezarías ya mismo.
—Sí.
—Perfecto –el ser se incorporó y ahora sí, descubrió bajo la túnica su esqueleto–. Entonces sabes que debo matarle.
—Todo por un trabajo.
—¿Preparado?
—Preparado. No me dolerá, ¿no? ¿Cómo la hará?
—Compañero. Tú sólo dame la mano y el contrato está firmado.
Se acercaron las falanges de un lado y la mano impoluta por el otro. Se produjo el contacto y el candidato cayó fulminado y con los ojos cerrados. Pero enseguida los abrió y se levantó. Era el nuevo empleado de la empresa. Por delante le esperaba una eternidad de duro pero necesario trabajo. Los hay con suerte.

9 nov. 2012

Lección de astronomía

Se llamaba Paula y estábamos en aquel descampado de La Zapateira. No cerca de los chalés de los coruñeses ricos ni de los jugadores del Dépor, sino en La Zapateira profunda, aunque no tanto como para huir de las luces de la ciudad.
—Se ve bien –dijo.
—Bah, creí que estaría mejor.
No hablaba demasiado y eso me gustaba, pero se equivocaba con eso de que se veía bien. Admitiría un «se ve regular», o un «se ve decentemente». Pero un «se ve bien» sólo podía provenir de alguien que en su vida hubiera visto realmente una buena noche despejada.
—¿Tienes frío? –le dije.
—No.
—¿Seguro? –temblaba un poco.
—Segurísimo.
Le ofrecí mi abrigo de todas formas. De lo contrario tardaría muy poco en confesar que, efectivamente, tenía frío.
Os cuento. Venía de una relación movidita; con idas y venidas, peleas y discusiones. Una puta mierda de relación, vamos. Total, que me quedé bastante acojonado con respecto al género femenino y como con ganas de venganza, pero esa venganza sólo había dado lugar a desconfiar bastante, así que cuando conocí a Paula quise ir despacio. Por lo menos despacio para un tío, y tuvimos varias citas sin que pasase nada. Cenamos sin que pasase nada. Paseamos sin que pasase nada. Fuimos al cine sin que pasase nada. Y sin que pasase nada le conté media vida y, entre otras cosas, que me gustaba mucho eso de mirar las estrellas, con la sorpresa de que me contestó que a ella también, que se había leído bastantes libros del asunto. Y por eso en nuestra siguiente cita la recogería e iríamos a un lugar donde el cielo se viera bien, aunque repito que sólo se veía regular o decentemente. Demasiado amarillo en el horizonte. Demasiados árboles altos. No. No me convencía.
Pero allí estábamos, tirados en una manta y cenando unas hamburguesas del McAuto, mientras empezábamos a hablar de lo que había allí arriba.
—¿Conoces eso? –le decía.
—El Carro, ¿no?
—Sí –había sido una fácil, sólo para probarla.
—¿Y esa?
—La uve doble. No me acuerdo del nombre.
Era raro pero podía ser. Casiopea, le dije. No quería quedar de pedante pero necesitaba saber si no me había mentido en eso de que le gustaban las estrellas.
Cenamos y estábamos boca arriba.
—La Estrella Polar, ¿sabes localizarla?
—No.
Tuve que explicárselo: todo el rollo de contar cinco veces la distancia entre las dos más orientales del carro y girar un poco a la derecha. Se quedó fascinada, y más al descubrir por qué se llamaba también la Estrella del Norte.
Me preguntó por una que brillaba más que los demás.
—Eso es un planeta –dije.
—Porque no es intermitente, ¿no?
—Sí.
—¿Es Venus?
Mal, mal, mal… No le harían falta ni libros para saber que era imposible que se tratara de Venus. Si está más cerca del Sol que la tierra nunca se podría ver de noche cerca del cénit (tuve que explicarle también qué era eso del cénit).
Allí seguíamos. Ella compensaba cierta ignorancia en la materia con fascinación hacia mí, aparentes ganas de aprender y supuestas promesas de hacer de excelente alumna del maestro. Pero yo, ciertamente, estaba desencantado. Pensaba que me había engañado como un idiota, que, o bien era mentira lo de su interés por las estrellas y se lo había inventado para conseguirme, o bien realmente se creía lista de verdad, y no sé qué sería peor.
Tampoco tuve mucho tiempo para pensar cómo deshacerme de ella. En un silencio se me arrimó y, en cuestión de segundos, se me subió encima y acercó su cara a la mía hasta besarme.
—Esto era lo que querías, ¿no? –pensé.
—Claro. Soy un tío. ¿Para qué iba a traerte aquí si no?
—¿A quién carajo le importan las putas estrellas? Tú lo que quieres es esto, como todos…
Me peleaba con estos pensamientos mientras nos deshacíamos de la ropa, sólo de la necesaria para tenernos acceso ahí abajo.
—Estaba deseándolo –me dijo.
Empezamos. Noté mi derrota. Mi humillación. Yo, sucumbiendo como hubiera hecho sin ser el supuesto tío maduro en que creía me había convertido.
—Joder, cómo me pones –decía ella cada poco–. Me estabas poniendo con todo eso de las estrellas.
Hablaba poco pero resulta que durante el sexo la tía se soltaba y yo, que ya soy normalmente callado, en ese caso más aún. Pero sí, ella me estaba poniendo a mí también y bastante, con lo que mi derrota era cada vez más humillante.
Terminamos… o bueno, terminé. Ella… no lo sé, quizá. Entre tanto hablar…
—Maravilloso –dijo–. Maravilloso.
Me latía rápido el corazón. Sin comerlo ni beberlo había sido el polvo de mi vida. Se echó a un lado y volvimos a quedarnos los dos boca arriba, con las estrellas como testigo.
—¿Y ahora qué? –pensé–. A volver a una relación, a las discusiones, a las peleas… en una buena te has metido, chaval.
Paula habló:
—Me ha encantado la cita. ¿Y a ti?
—Sí. Ha estado bien.
—Genial. Para mí, genial.
Jadeaba al hablar. Al fin y al cabo ella había hecho todo el trabajo.
Pasó un rato en silencio.
—¿Nos iremos? –dijo– Empiezo a tener un poco de frío.
—Extraterrestres –pensé–. Puedo decirle que me quedaré porque una nave espacial bajará según una predicción maya para transmitirnos un mensaje crucial a toda la humanidad. Al principio me tomará a broma pero cuando vea que realmente estoy esperando a los extraterrestres me dará por loco y no querrá saber nada de mí. Necesito una estrella… un nombre…
—¿Qué? –dijo Paula– ¿Vamos o no?
Nos levantamos, recogimos y nos subimos al coche. Dentro me besó otra vez.
—Ha sido increíble –dijo–. Gracias.
—Estás jodido –pensé–. Ahora a aguantar hasta que… hasta que ella quiera, igual que Marta –Marta es mi ex–. Si ni siquiera le as aguantado el primer asalto. Hará contigo lo que quieras…
Así de hundido llegué a casa, sin ninguna propuesta en firme, cierto es, de volvernos a ver, pero convencido de que al día siguiente nos encontraríamos en la facultad y me hablaría de más citas, de planes, de bodas, ¡yo que sé!
Pero no. Resulta que no le vi el pelo y, cuando llegué a casa para comer, encendí el ordenador y tenía un email suyo. «Seré sincera», ponía en el asunto, y tras repetirme que había estado muy bien lo de la noche anterior, me confesaba que lo sentía pero que no le veía mucho futuro a lo nuestro, que a ella le gustaban los tíos un poco más «cañeros», y no los románticos que se van al monte a ver estrellas, que no quería hacerme daño pero era mejor que no nos viésemos y bla, bla, bla…
Le di a «responder» pero no sabía qué decir. Es que no sabía ni cómo me sentía. No tenía ni idea. Me habían hecho jaque mate, eso seguro, pero ¿debía alegrarme?, ¿entristecerme? No lo sé. Sólo sé que, como último gesto de derrota, finalmente le escribí que no se preocupara y que yo también me lo había pasado muy bien.
Me pregunto qué coño espero yo mismo de las siguientes tías que pasen por mi vida.

6 nov. 2012

Sucio despecho

Pensé en ti cuando escuché esa tubería de mi patio de luces. El agua bajaba de golpe con un sonido interrumpido por el choque de algo contra varios obstáculos. Ahí va el zurullo del viejo del cuarto, decíamos, y entonces nos reíamos.
Pero sé que no podía entrar mucho en el tema. No, no podía, porque el asunto de hacer de vientre era cosa sagrada para ti. Porque te encerrabas en el baño y me ordenabas que me alejase y, si podía ser, me largase del piso para que tú pudieses estar tranquila. Sólo así, quizás, a lo mejor, podrías conseguirlo. Pero lo normal era que no, era que nos reencontrásemos y me confirmases que nada, o que muy poco. Un fracaso. O simplemente permanecías callada pero yo comprobaba entrando en el baño que olía como si nada hubiese pasado.
Sí, aquel era un asunto delicado. Te veías hinchada, sucia, cuando pasaban los días y ni los cereales de fibra ni los kiwis ni los supositorios hacían su trabajo. Te jodía que a mí ir al wáter se me diese magníficamente. Yo me lo tomaba a broma. Fue una de nuestras últimas discusiones. Estabas intentándolo cuando yo, desde la habitación, escuché un ruidito procedente del baño, no sé el qué exactamente, y te grité ¿qué es eso?, con voz muy seria, te juro que con la intención de reírnos, pero tan mal te sentó que al parecer te corté el rollo y dejaste de hablarme esa tarde.
¿Recuerdas cuando nos conocimos? Fue en un botellón. Triste, sí, pero así fue. Por algún motivo un conocido mío y yo hablábamos de si éramos capaces de imaginarnos a una tía buena deshaciéndose en esfuerzos mientras intentaba hacer de vientre, ahí, con su cara preciosa y sus tetas y sus piernas, y no, resultaba muy difícil imaginárselo. Tanto que él dijo que había escuchado que las tías buenas soltaban todo por el pis, que nada se les iba por detrás. En ese momento tú y otra chica os cruzasteis con nosotros y nos mirasteis incrédulas, y fue la primera vez que nos vimos. Hablamos y… hasta hoy.
Bueno, hasta hace unos días. Porque me has abandonado, sí. Empezó a irnos mal y decidiste que era mejor dejarlo. Pero yo sé que tú tienes a alguien más. Y de verdad, no sabes hasta qué punto me come por dentro el imaginar a otro escuchando tus ruiditos, consolándote o bromeando acerca de tus problemas intestinales.
Y lo peor es que el viejo del cuarto sigue como si nada, soltando sus zurullos tubería abajo, y el ruido de la tubería es espantoso y cruel, porque a cada momento me recuerda que esta vida sin ti es una mierda. Una mierda mil veces más grande que la mierda más grande que pueda soltar. Echo de menos tu estreñimiento.