29 dic. 2012

Línea 9

La megafonía no funcionaba y, sin despegarse de su boca, Eric apartó ligeramente el pelo de Noemí y leyó, en el letrero del fondo del vagón, que faltaban sólo dos estaciones para la suya. Poco tiempo, demasiado poco, al que la pareja se aferró como si no hubiera mañana.
En efecto, no habría mañana…
Había ocurrido cinco meses antes, en Príncipe de Vergara. Noemí venía de Sol y, como siempre, corría para no perder el metro al Barrio del Pilar y tener que esperar unos valiosos minutos al siguiente. Eric se había subido en Sáinz de Baranda y no necesitaba trasbordos para salir del subterráneo en Pío XII. Maletín en mano, había sonreído ante la apurada llegada de Noemí, a la que sólo conocía de vista de tantas veces en el mismo sitio y a la misma hora. Ella correspondió con otra sonrisa y un gesto de agradecimiento cuando el hombre del maletín se hizo a un lado para dejarle un cómodo hueco entre la aglomeración.
Eric forzó varios encuentros más, atento a la hora y al vagón al que siempre se subía Noemí. Cuando por fin se decidió a hablarle, notó que estaba nervioso y, lo que era mejor, ella también lo estaba. Un deje rosado se había dibujado en la pálida cara de Noemí tan bien escudada por sus ojos oscuros y el pelo rubio tirando a moreno, unos días liso, otros ondulado, otros rizado. Todo un misterio su pelo…
Fue en esa primera conversación. El metro arrancó de la estación de Colombia y Noemí le advirtió que la suya era la siguiente. Él dijo sí y se acercó para presentarse al fin, pues entre frase y frase ni siquiera conocían su nombre. Desvelada la identidad se produjo el contacto. El primer beso fue normal, en medio de la mejilla y con un sonido seco y suave. Pero el segundo, como llevado por un impulso inevitable, se apartó de su objetivo original para acercarse hasta la comisura del labio ajeno. No cabía duda, las bocas se habían tocado. Pero no, no se separaron, siguieron así unos segundos, entre el miedo al bochorno tras el despiste, y el placer de saberse en un lugar maravilloso, en una piel deseada. Entonces simplemente deslizaron sus cuerpos hasta encontrarse frente a frente, sin despegarse, y prolongaron el beso hasta que los frenos del metro y la megafonía pusieron fin al momento.
—Besas muy bien ­–dijo Eric.
—Tú también.
—Hasta mañana.
—Hasta mañana.
Pasaron ambos una mala noche. Los nervios no desaparecieron hasta que el día siguiente se volvieron a encontrar. No hubo palabras. Noemí simplemente se subió y se acercó a Eric. Él dejó el maletín en el suelo, sujetándolo entre pierna y pierna, y apoyó sus manos en la cintura de ella, que le imitó. Se unieron en un nuevo beso del que pudieron disfrutar más tiempo, hasta que nuevamente Pío XII apareció en la pantallita del letrero.
Así transcurrieron quince extraordinarios días más. Sin palabras, sin pérdidas de tiempo, sin nada mejor que hacer que aprovechar los minutos en tan agradable acto.
Hasta que Noemí habló, el día que no funcionaba la megafonía, para decir que la cambiaban de turno y sus horarios difícilmente coincidirían de nuevo. Él afirmó, como si de alguna manera se lo esperase, y ambos se unieron en un último y apasionado beso. Eso fue todo lo que hicieron, besarse, porque algo les decía en su interior que era mejor no hablar. Era mejor no hacer nada que sólo podría estropear aquellos momentos tan felices. Ni siquiera las manos que acariciaban la cintura del otro trataron de recorrer lugares indecorosos en señal de encontrarse a gusto. No, se trataba de besarse y punto, y así lo hicieron hasta que, tal y como empezó esta historia, Eric comprobó que faltaba muy poco para Pío XII.
Sólo en el último momento se separaron, cuando el metro se había detenido y varios pasajeros se subieron y se escucharon los pitidos que indicaban que nadie debía subirse o bajarse.
—Me ha encantado ­–dijo Noemí.
—Y a mí.
Ésa fue la última vez que se vieron. Desde entonces los recuerdos de aquellos besos les acompañan en su día a día, invadiendo la tranquilidad de sus felices matrimonios, de sus vidas como “señor de…” y “señora de…”, conscientes de su inconsciencia, haciéndose preguntas constantes, convencidos prácticamente de que se arrepentirían, bien de su infidelidad, bien de su cobardía. Seguros de que esa balanza en equilibrio con una vida resuelta de un lado y el recuerdo de algo diferente al otro se romperá en algún momento. Y lo que es peor, obligados cada día a coger la línea 9 a unas horas imposibles. Quizá sea mejor así. Sólo quizá.

21 dic. 2012

En un nuevo paisaje (2/3)

[...]
Se cumplían siete meses en el búnker. Recuerdo el mediodía del 15 de marzo del año pasado, cuando veía con mis padres la televisión y escuchamos la noticia: un asteroide se dirigía directamente a la tierra e impactaría seis meses después, el 13 de septiembre, coincidiendo con mi vigesimosexto cumpleaños. Lo bautizaron como 2040 EB y escondía tras su frío nombre un fatal destino para la humanidad. Destrucción, caos, muerte… ¿para qué recrearme en palabras similares?
No existían misiones milagrosas ni heroicidades de película. No al menos a tiempo de evitar el impacto. Ni proyectiles cargados de bombas de hidrógeno, ni choques para desviar su trayectoria. Nada.
Los esfuerzos de todas las naciones se centraron en la construcción de búnkeres. Se hablaba de algo más de seis mil a lo largo del planeta, al menos oficialmente. Las grandes fortunas contaban con sus propios refugios, para ellos y sus invitados. En España había 27, con una capacidad total para 300.000 personas, el 0,05% de la población: uno de cada dos mil habitantes, en principio, tenía garantizada la salvación.
El gobierno publicó un decreto que relacionaba las personas consideradas de imperiosa necesidad para cuando el planeta volviera a ser habitable y para mantener la convivencia: científicos, artistas, médicos, y por supuesto, ellos mismos. El resto de plazas se sorteó entre las familias, con un máximo de seis miembros cada una, quedando exceptuados del sorteo los voluntarios –que, curiosamente, superaron el millón tras conocerse los pormenores de la vida en el búnker-, reos, estériles y, aunque suene duro, ancianos. Lamentablemente, era cuestión de elegir y, como rezaba el decreto en su exposición de motivos, no todos tenían cabida en el nuevo paisaje.
Así que se celebró el sorteo, en medio de fuertes revueltas y constantes sospechas de manipulación, y el día siguiente se publicó en todos los medios la lista oficial, suplentes incluidos. El nombre de mi padre apareció entre los últimos de la lista, y a él le acompañábamos mi madre y yo como únicos censados permitidos por parte de padre en nuestra unidad familiar. Estábamos elegidos, pero no acudiríamos al mismo departamento: existían módulos para adultos con hijos mayores de edad, supuestamente adaptados a sus necesidades, además de otros para políticos, médicos, políticos, jóvenes, estudiantes, etc. Nunca se ofrecieron demasiadas explicaciones de la división, pero los psicólogos aseguraban que era necesario separar para convivir.
Cinco días antes del impacto estábamos en una inmensa cola de gente que terminaba en el complejo Noroeste-2, donde dos búnkeres recogían gente de Coruña y alrededores. Accedimos a la explanada y me despedí de mis padres. Yo debía dirigirme al módulo 3 y ellos, al 7. Ambos se comunicaban por medio de largos pasillos, pero sólo podríamos vernos de vez en cuando y con autorización del delegado de seguridad. Tras una última mirada al planeta, descendí las escaleras que me conducían cincuenta metros bajo tierra.
Viví unas primeras horas de difícil adaptación, hasta que llegó el 13 de septiembre. Decenas de cámaras grababan el Kalahari, donde 2040 EB tocaría tierra, y muchas otras, tanto a ras de suelo como en edificios y en suspensión aérea, recogían imágenes de infinidad de lugares para ser testigos de la destrucción. Un grito de pánico se escuchó cuando la bola de fuego apareció por primera vez surcando el cielo azul africano. Pero fueron pocos segundos. Enseguida se produjo el impacto, la gran explosión y el temblor estremecedor. Los gritos tornaron en un silencio inquietante, mientras seguíamos atentos en las pantallas la evolución de la onda expansiva. Se veían muertos, edificios y puentes calcinándose y despedazándose. No quiero incidir en eso…
Luego empezó el terremoto. Los geólogos habían advertido de la gran probabilidad de que se produjese un temblor. Mantuvimos la calma como se nos había ordenado, y durante los dos minutos en que pensábamos que el módulo se nos vendría encima existió cierta sensación de paz, como si de alguna manera nuestro destino estuviera escrito y poco mejor pudiéramos hacer que permanecer así, en silencio.
Horas después se instauró la calma definitivamente, hasta que tuvimos entre manos el noticiero de urgencia: el techo del módulo 7 no había soportado el temblor y se había derrumbado, sepultando a todos sus ocupantes. Doscientos dieciséis cadáveres. Sobra decir quiénes estaban entre ellos.
[...]

13 dic. 2012

Redacción: "Mi último viaje"

Me gustaban las redacciones, y más tras haberme seleccionado la tutora de mi instituto (o de mi colegio, ya no me acuerdo), como representante de la clase en un concurso a nivel provincial en el que, por otro lado, no obtuve reconocimiento alguno por mi redacción in situ sobre un tema que sí recuerdo: “Saber oír, saber contarlo”.
Digo esto porque este fin de semana (no gracias al puente: en mi caso tan bueno o malo fue este fin de semana como lo hubiera sido el anterior o el siguiente), he viajado a Madrid. Mi novia y yo, un chico de provincias, metidos en un bus durante siete horas y media para abandonar mi verde, atlántica y lluviosa tierra por la contaminada, mesetaria y seca capital. La de los seis millones. La de Esperanza, Ignacio, Alberto, Ana y compañía. Y me imaginaba a mí mismo hace años debiendo escribir una redacción sobre mi último viaje, y he analizado si cambiaría el resultado si hoy en día me ordenasen el mismo trabajo.
Entonces hubiera abierto mi libreta “PROGRESO” llena de esquemas de redacciones y, en una nueva hoja cuadriculada, con una caligrafía no muy buena, escribiría primero varios guiones con ideas que se me fueran ocurriendo sobre la marcha, luego las ordenaría mediante un número y acto seguido desarrollaría en varias líneas un borrador de cada una de ellas. Para la redacción definitiva cogería otra libreta, la del curso, o los folios si había que entregarla, poniendo debajo una plantilla de líneas para que me saliesen rectas, y escribiría procurando una mejor caligrafía y que los párrafos, más o menos, contuviesen un número similar de líneas cada uno.
Supongo que seguiría más o menos un orden cronológico-incidental: primero el porqué del viaje, cuándo me fui y cuándo vine, qué tal el bus y el hotel, con quienes estuvimos, qué vimos, qué tal me lo pasé y, por último, una especie de resumen o conclusiones sin mojarme demasiado porque lo que importaba era la forma, sobre todo, y no tanto el fondo o los pensamientos profundos que por aquel entonces posiblemente mermarían la calidad de mi redacción. O quizá, simplemente, porque no poseía pensamientos profundos.
¿Y hoy? Pues hoy es distinto, o eso creo. O quizá no tanto. Cambia la forma, o más bien el formato, porque he sustituido la libreta de esquemas por otro documento de Word con unos cuantos guiones llenos de frases sueltas sobre el contenido, o sea: esto. Ya no me paro tanto en el orden y en serle fiel a la cronología de los acontecimientos. Debo buscar algo más, otra cosa, no quiero que sea un diario de viaje. He de darles a mis lectores (toma eso…) algo mío.
¿Y qué es ese algo mío? Pues no lo tengo muy claro, la verdad, pero probaré… Ah, sí, primero, que he conseguido hacer de vientre, y bien, a pesar de lo mucho que me cuesta desalojar cuando estoy fuera de casa; así que ese fue sin duda un momento feliz. Segundo, que creo que a día de hoy es imposible hacer un viaje tranquilo en un medio como el autobús. No porque sea incómodo o imposible dormir (al menos para mí), sino porque existen dos opciones que te joderán el sueño cuando parece que estás a punto de conciliarlo: uno, el sonidito de un teléfono móvil al que le mandan un puto whatsapp, y dos, la típica conversación por todo lo alto de dos o más tipos o tipas sobre asuntos, por supuesto, de lo más insignificante. Tampoco entiendo muy bien qué diferencia hay entre un hotel para ejecutivos (como el que estuvimos, con mala almohada, calor y mampara ridícula en la bañera) y uno normal. Quizá eran los dieciséis euros por cabeza y día que nos hubiera costado el desayuno si llegásemos a cogerlo. Parezco un viejo cascarrabias, ¿verdad? Pues es lo que hay.
En cuanto a la ciudad, resulta que te la puedes recorrer entera en no muchos minutos. Eso sí, sin ver nada porque vas unos metros bajo tierra. No tengo opinión al respeto. El metro, simplemente, cumple su función. Más cosas. Era curioso verme andar por la calle. La novia en una mano y la otra sobre el bolsillo, y el bolso de ella en medio de ambos. Al parecer los carteristas catan enseguida los turistas y debíamos estar precavidos. Total, que te tiene en tensión un paseo por Sol o Fuencarral. Por cierto, que el primer día al poco de empezar a andar vimos una pelea en la calle de las putas (no recuerdo su nombre; el de la calle, no el de las putas), pero bien podía tratarse de una maniobra de los cacos para atraer a la víctima y ¡zas en toda la boca!
La ciudad en sí… bueno, no me pareció agobiante. Me explico. Es grande, hay mucha gente y tal y cual, pero no me produce esa sensación de venírseme encima como dicen te puede suceder rodeado de rascacielos. No sé… quizá si viviese allí pensaría otra cosa. Lo mejor, sin duda, la Casa del Libro. Pónmela en La Coruña y todavía me muevo menos de aquí. Si alguien quiere hacerme un regalo chachi, que sea un tique regalo por valor de, yo qué sé… 1000 o 2000 euros. O barra libre, ¡qué coño! Bien también el mercado de San Miguel. Y el Palacio Real, con foto junto a un caballo incluida. Ah, y el Madrid de los Austrias; chulo. Mal en cambio el Retiro, muy oscuro al anochecer, peligroso. Bueno, mal la iluminación en general, ¿dónde estaban las farolas de Madrid? Mal también los precios, eso por supuesto. Sobre el resto de edificios/parques/calles vistos o paseados no tengo gran cosa que decir, sinceramente. Ahí están para quien quiera opinar.
Qué más: el frío se aguanta. No se te mete en los huesos como aquí. Aunque tampoco estuvimos bajo cero, hay que decirlo. Otro detalle: no hay mar, pero supongo que se puede vivir sin él. Y bueno, en general, me impresiona más la grandeza natural que la urbana. Menuda ocurrencia, diréis; pues decidlo si queréis. Yo ahora lo tengo un poco más claro.
Nada más. Aquí no hay conclusiones, aunque la verdad es que dudo que esto haya sido gran cosa, que me haya mojado en exceso. Quizá no haya cambiado tanto desde que era pequeño. Sigo con mis redacciones, tecleándolas en vez de escribiéndolas, y así será, dios mediante, en Coruña, en Madrid y en la Cochinchina. Hasta pronto.

5 dic. 2012

En un nuevo paisaje (1/3)

Ya no me gustaba tanto mi esquina. Seguía pensando que era uno de los mejores rincones del bunker, con cierto espacio para moverme, cortinas que me separaban de las demás camas, y sin molestos niños ni nadie que roncase en unas cuantas camas alrededor. Pero llegado un punto me aburrió. Me aburrió mucho, muchísimo, y uno de los pocos consuelos que encontraba era caminar por las estancias para asegurarme de que podía estar bastante peor.
Había una gran ventana –en realidad un aparato proyectaba una imagen permanente con tal forma– tras la que se veían hermosas escenas de la vida en La Tierra: el océano embravecido, el Kilimanjaro, una leona amamantado a sus crías, el Gran Cañón, las Galápagos, una pareja de ancianos trabajando su huerto… una enorme variedad, pero finalmente las imágenes se repitieron, provocando el desánimo general.
A mí no me preocupaba. Mi principal entretenimiento era un puzle del Sistema Solar de 50.000 piezas. Cada mañana, tras abandonar el compartimento del comedor donde nos servían un desayuno bastante decente, y finalizada la sesión obligatoria de deporte –yo me tiraba hora y pico corriendo y otro tanto en el saco de boxear-, me encerraba entre mis cortinas, acorralando la mesa común a las cuatro o cinco camas de alrededor y a cuyos legítimos ocupantes había convencido de que era imperioso que me cedieran el monopolio de la mesa, y reunía poco a poco las piezas de los planetas, el cinturón de asteroides, las lunas jovianas y el vasto vacío interplanetario. Me quedaba trabajo para rato.
También había hora para acudir al psicólogo –obligatorio una vez por semana–, y cada tres o cuatro días pasaba el carro de los libros, del que la mayoría nos surtíamos.
Fue precisamente tras devolver  “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco, y después de comprobar que ninguno de los libros del carro me interesaba, cuando al regresar a mi módulo me tropecé con Lis, una ex novia. Estaba triste, cabizbaja. Al verme puso cara de haberse sorprendido aún más que yo por el encuentro:
—Alex…
—Hola.
—Creí que… bueno, ya sabes.
—Yo igual.
—Dios… –dos lágrimas emergieron bajo sus pestañas como si de golpe hubiesen encontrado la ansiada ocasión para ser libres–. Juraría que te habías quedado arriba, con todos. ¡No conocía a nadie cuando llegué aquí!
—Ni yo, Lis. Hice algún amigo aquí, pero de los de antes, nadie.
—¿Tus padres? Juraría que los vi bajar poco antes que yo. Estaban en otra cola.
—Sí, los metieron en uno de los módulos sólo para adultos…
—¿No sería el módulo 7?
—Sí, el módulo 7.
—Lo siento, Alex. Lo siento mucho.
—Gracias. Por lo menos no tuve que vivir el trago de saber que me iba a separar de ellos.
—Ya, pero…
—Eh, eh, eh… –lloró con más fuerza y yo no se lo permitiría– No vamos a hablar de cosas tristes, ¿no?
—No, claro.
Sonó la sirena de alerta de seísmos. Todo el mundo debía regresar a su cama y permanecer allí sentado hasta que la sirena dejase de sonar. La gente empezó a correr a nuestro alrededor y Lis y yo nos separamos a base de codazos y empujones.
—Oye –le dije–. ¿Mañana a la misma hora?
—¡Claro! Aquí a la misma hora.
—Cuídate, Lis.  
—Y tú, Alex.
Llegué a mi cama pero ni la sirena dejaba de sonar ni el suelo empezaba a temblar. Se escuchaban gritos de pánico y de injurias contra los delegados y contra el compartimento de los científicos, donde trabajaban los geólogos.
No se nos permitía abandonar de noche nuestros módulos, al menos sin autorización del delegado de seguridad, y jamás me la concedería durante una alarma. Tras el ligero temblor apenas perceptible, ya era tarde como para arriesgarse a una escapada en búsqueda del módulo de Lis.
Desde luego, tenía algo en que pensar durante las largas horas de sueño. Sin embargo, cuando me entregué a la inconsciencia, sorprendentemente no fue el recuerdo de su piel, su olor o su voz lo que elaboró mi imaginación.
[...]

30 nov. 2012

Condenado

Aquel culo olía bien. Maravillosamente bien. Nada hay como el olor de un buen culo joven y fértil; respingón y hormonado. Claro que él tenía mala pinta; muy mala pinta, y como tantas otras veces fue mirado de malas maneras y obligado a seguir su camino. Solo, errante. Sin su culo.
Tal era su condena. O más bien, la condena que su familia le había impuesto. Pero la echaba tanto de menos… No, mejor no pensar en la familia. Ahora sólo le quedaba deambular de la calle a la plaza, de la plaza al parque, con dos lágrimas inundando sus cuencas oculares, la tristeza en su expresión, la mala salud en el porte, mendigando una triste ración de comida que llevarse a la boca.
 Era tarde y debía buscar un sitio donde refugiarse. Otra noche con el estómago rugiendo. Otra noche sin mojar. Intentaría por lo menos soñar con aquel maravilloso olor. No era fácil la vida de un perro callejero.

24 nov. 2012

Decepción

Menuda caca. Se acaba el 2012, el año del fin del mundo, de las tormentas solares, del final de una era, del apocalipsis. ¿Y qué ha sucedido? Nada. Pues, eso, que menuda decepción.
Éramos muchos los escépticos, los que decíamos no caerá esa breva, que no nos dejamos seducir a principios de año por los castillos en el aire de un meteoro gigante, una guerra nuclear o un cambio climático acelerado. Pero en el fondo teníamos la esperanza. Siempre se tiene esperanza.
Mas queda sólo un mes y se ve que no. No creo ni que los políticos puedan conseguirlo. Seguiremos aquí muy a su pesar. Seguiremos respirando, hablando, comiendo, emborrachándonos, peleándonos, follando (a veces), meando, cagando, insultando, yendo al médico, haciendo cola en el INEM, estudiando oposiciones sin esperanzas, todas esas cosas que hacemos los mortales. Aunque empiezo a dudar de tal condición.
Y yo seguiré escribiendo. Me hubiera gustado; es más, me hubiera encantado tener una pista, un hilo del que tirar de algo grande y real: un descubrimiento de la NASA, un sol enfurecido de verdad, cosas extrañas que han captado los radares, el presidente de los Estados Unidos enviando un mensaje trascendental; cualquiera de esas cosas que me hicieran subir la adrenalina de una p... vez mientras aporreaba teclas entusiasmado con semejante fuente de inspiración.
Pero no. Pasa el tiempo y no hay nada de eso. Me queda la caca, las tías, los cuentos estúpidos y chorradas como ésta. A ver lo que me dura.

18 nov. 2012

El Rey Pene

Érase un hombre y su pene gigante. Un pene ostensible y venoso que alcanzaba la palma y media de largo y gordo como pata de borrego, escudado por dos testículos orondos y macizos que al rozar sonaban a repiqueteo de campana. 
Pronto la majestuosidad de su miembro le granjeó al portador fama y renombre, y ya de joven se le sucedieron lisonjas, motes y, por supuesto, amantes. Las muchachas de los alrededores escuchaban historias, a veces reales, a veces exageradas, acerca del indiscutible poder de aquel miembro erecto, y enardecían en sus entrañas y hasta enloquecían, buscándose luego una buena excusa en una feria, una verbena o un ágape en el pueblo del hombre para acercársele y yacer con él y llevarse de vuelta, sin duda, la experiencia más extraordinaria que su vida pudiera conferirles.
Tal era el vocerío y el clamor popular que cuando el hombre sobrepasó la treintena, las autoridades claudicaron ante aquel semidios de encomiable entrepierna y le coronaron Rey de todas las comarcas, con todos los honores que semejante puesto conllevaba: castillo, servicio, guardia real y tributos de todo tipo, materiales y personales; normalmente en forma de doncellas que, si ya de por sí se sentían atraídas por el tamaño del pene, el acicate de la corona sobre la cabeza del hombre que lo portaba terminaba por convencer incluso a las más reticentes.
Pasaron los años y hubo grandes períodos de paz. El Rey Pene guio a su pueblo por la senda del bien, y a cambio los pueblerinos le juraron fidelidad eterna y los orfebres le fabricaron una corona de oro y diamantes para la cabeza de abajo. Cada año, coincidiendo con el aniversario de su coronación, el Rey Pene comparecía ante la multitud y, bajados los pantalones, lucía su enorme pene coronado para regocijo del gentío. Buscaba el Rey una gran erección, hasta el punto de llegar a palidecer por la ausencia de sangre allén del pene. A eso el pueblo le llamaba éxtasis.
Pero había un asunto que preocupaba en la corte. Precisaba el Rey un sucesor, alguien con un pene similar al suyo que diera continuidad a la estirpe del bien. Pero no sólo parecía lejano el día del nacimiento del príncipe heredero, sino que no existía siquiera una candidata a reina y madre. Los más allegados aseguraban incluso que el Rey era un hombre triste, precisamente por no haber hallado el amor, mas no comprendían por qué un hombre con semejante poder podía no encontrarlo entre tantas candidatas dispuestas a entregarle su alma.
El secreto residía precisamente en el gran poder del Rey Pene. Desde hacía años el Rey rondaba a una de las sirvientas, una joven dulce y hermosa que había cautivado no sólo la entrepierna, sino el corazón de quien ostentaba el trono. Ella, reticente en un primer momento, se dejó conocer y fue entonces cuando descubrió la verdadera persona del Rey, cayendo igualmente enamorada. Mantuvieron su amor a través de encuentros secretos de los que nadie en el castillo llegó a sospechar. Hablaron de bodas, de sucesiones, de los prejuicios del pueblo si su historia saliese a la luz. Pero no era eso lo que imposibilitaba el feliz anuncio de la relación. Era algo mucho más sutil, algo que desdichaba definitivamente al Rey y contra lo que no existía remedio: su doncella era de vagina minúscula.  

14 nov. 2012

Aquí hay trabajo

Había visto el anuncio en la parada del autobús, en un polvoriento papel que rezaba unas letras ininteligibles y con todos los números de teléfono aún sin arrancar. Llamó y concertó la cita. Le extrañó el lugar y la hora: un oscuro callejón en la parte ruinosa de la ciudad una noche de domingo.
Pero allí apareció, sin prejuicios de ningún tipo, emperifollado con su traje y sus zapatos nuevos y su gomina en el pelo y su carpeta con el currículum y el resto de papelorios ordenaditos. Accedió por una puerta tal y como se le había indicado y, tras atravesar más pasillos y puertas, el negro aire dejó paso a una atmósfera enrojecida; con un rojo vivo, magmático, hirviente, que brotaba de las esquinas y las ranuras de la estancia.
—Siéntate, por favor –escuchó una lúgubre voz procedente de una mesa desde la que ascendía humo de tabaco.
—Oh, sí.
El recién llegado tomó asiento. Apenas pudo ver la cara de su entrevistador, escondida tras la túnica que le rodeaba y la niebla de humo maloliente.
—¿Puedo ver tu carpeta?
Falanges y carpianos asomaron de las mangas de la túnica y repasaron las hojas que con tanto esmero había dispuesto el candidato.
—Ajá –decía la voz–. Hum… sí… bien…
—Si desea alguna aclaración no tiene más que preguntarme.
—Sólo un par de cosas.
—Adelante.
—¿Realmente estás interesado en el trabajo?
—Con toda mi alma, señor.
—Quizá quieras saber en qué consiste.
Contestó el candidato más por aparentar que por necesidad. Cualquier cosa le valdría:
—Sí, explíqueme, por favor.
—Bien, es un tema delicado. No todo el mundo está preparado.
—Creo que yo lo estaré, señor.
—Se trata de… bueno, se trataría de ayudarme un poco. Últimamente estoy muy atareado y dos manos más me vendrían muy bien.
—Comprendo.
—Es que ¿sabes? Con el rollo éste de la crisis a la gente se le da por morirse de más y no doy abasto.
—Claro…
—Y… bueno, sería algo muy delicado, pero sabes que cuando un cuerpo muere debe ser trasladado de este mundo. Ya se verá adonde, eso no es cosa mía, pero aquí no puede quedarse. Lo sabes, ¿no?
—Lo sé, lo sé.
—Y claro, con tanta muerte de personas, que son prioritarias, necesitaba alguien que me echara un cable con otros seres. ¿Te interesa?
—¿De qué me ocuparía?
—Perritos y gatitos. Es duro, sí, pero esos animalitos se mueren y también merecen una ultratumba digna, ¿no crees?
—Por supuesto.
—Estamos hablando de atropellos, gatos callejeros, todo eso… me han dado noticia de que últimamente se me han escapado unas cuantas almas y no sabes lo mal que me sienta.
—Lógico.
—Tendrías que recogerlos y llevarlos adonde se te indique. Eso ya se hablaría.
El extraño ser devolvió al candidato su carpeta y después se rascó la nuca con una guadaña que se sacó de la espalda. Sonaba al rascar a hueso limado.
—¿Quieres conocer las condiciones?
—Adelante.
—No te puedo pagar en metálico, lo reconozco, pero te prometo que comida, bebida y techo no te faltarían. Soy amigo del jefe de ahí abajo –señaló el suelo como queriendo atravesarlo con su falange índice–, y te puede conseguir un buen sitio si trabajas para mí.
—No sé. ¿Sin dinero?
—En el fondo es lo de menos. No lo necesitarías… en realidad no tiene importancia alguna porque aún no te conté la otra condición.
—Que es…
—Que si quieres trabajar para mí deberás estar muerto.
—¿Muerto?
—Sí, muerto. Existe una especie de pacto con el de ahí arriba –atravesó ahora el techo con su índice–, que como sabes es el que manda, y dice que para trabajos con el más allá no se puede estar vivo. Comprenderé que rechaces la oferta y…
—No he dicho tal cosa.
Entonces pensó el candidato en su corta vida. Sus padres, su pareja, sus amigos… pero trabajo era trabajo. Para eso lo habían educado, y tenía muy presente la voz de su madre: «no están los tiempos para rechazar nada.» «¡NADA!». No, definitivamente no podía rechazar el trabajo.
—Sólo una cosa –dijo el candidato.
—Te escucho.
—Es que me da miedo morirme. No sabría cómo hacerlo sin… sufrir.
Una risa diabólica retumbó tras la niebla.
—Compañero. Esa es una de las ventajas de estar de este lado.
—No le sigo, señor.
—¿Tú estás seguro de que quieres empezar?
—Sí.
—Y empezarías ya mismo.
—Sí.
—Perfecto –el ser se incorporó y ahora sí, descubrió bajo la túnica su esqueleto–. Entonces sabes que debo matarle.
—Todo por un trabajo.
—¿Preparado?
—Preparado. No me dolerá, ¿no? ¿Cómo la hará?
—Compañero. Tú sólo dame la mano y el contrato está firmado.
Se acercaron las falanges de un lado y la mano impoluta por el otro. Se produjo el contacto y el candidato cayó fulminado y con los ojos cerrados. Pero enseguida los abrió y se levantó. Era el nuevo empleado de la empresa. Por delante le esperaba una eternidad de duro pero necesario trabajo. Los hay con suerte.

9 nov. 2012

Lección de astronomía

Se llamaba Paula y estábamos en aquel descampado de La Zapateira. No cerca de los chalés de los coruñeses ricos ni de los jugadores del Dépor, sino en La Zapateira profunda, aunque no tanto como para huir de las luces de la ciudad.
—Se ve bien –dijo.
—Bah, creí que estaría mejor.
No hablaba demasiado y eso me gustaba, pero se equivocaba con eso de que se veía bien. Admitiría un «se ve regular», o un «se ve decentemente». Pero un «se ve bien» sólo podía provenir de alguien que en su vida hubiera visto realmente una buena noche despejada.
—¿Tienes frío? –le dije.
—No.
—¿Seguro? –temblaba un poco.
—Segurísimo.
Le ofrecí mi abrigo de todas formas. De lo contrario tardaría muy poco en confesar que, efectivamente, tenía frío.
Os cuento. Venía de una relación movidita; con idas y venidas, peleas y discusiones. Una puta mierda de relación, vamos. Total, que me quedé bastante acojonado con respecto al género femenino y como con ganas de venganza, pero esa venganza sólo había dado lugar a desconfiar bastante, así que cuando conocí a Paula quise ir despacio. Por lo menos despacio para un tío, y tuvimos varias citas sin que pasase nada. Cenamos sin que pasase nada. Paseamos sin que pasase nada. Fuimos al cine sin que pasase nada. Y sin que pasase nada le conté media vida y, entre otras cosas, que me gustaba mucho eso de mirar las estrellas, con la sorpresa de que me contestó que a ella también, que se había leído bastantes libros del asunto. Y por eso en nuestra siguiente cita la recogería e iríamos a un lugar donde el cielo se viera bien, aunque repito que sólo se veía regular o decentemente. Demasiado amarillo en el horizonte. Demasiados árboles altos. No. No me convencía.
Pero allí estábamos, tirados en una manta y cenando unas hamburguesas del McAuto, mientras empezábamos a hablar de lo que había allí arriba.
—¿Conoces eso? –le decía.
—El Carro, ¿no?
—Sí –había sido una fácil, sólo para probarla.
—¿Y esa?
—La uve doble. No me acuerdo del nombre.
Era raro pero podía ser. Casiopea, le dije. No quería quedar de pedante pero necesitaba saber si no me había mentido en eso de que le gustaban las estrellas.
Cenamos y estábamos boca arriba.
—La Estrella Polar, ¿sabes localizarla?
—No.
Tuve que explicárselo: todo el rollo de contar cinco veces la distancia entre las dos más orientales del carro y girar un poco a la derecha. Se quedó fascinada, y más al descubrir por qué se llamaba también la Estrella del Norte.
Me preguntó por una que brillaba más que los demás.
—Eso es un planeta –dije.
—Porque no es intermitente, ¿no?
—Sí.
—¿Es Venus?
Mal, mal, mal… No le harían falta ni libros para saber que era imposible que se tratara de Venus. Si está más cerca del Sol que la tierra nunca se podría ver de noche cerca del cénit (tuve que explicarle también qué era eso del cénit).
Allí seguíamos. Ella compensaba cierta ignorancia en la materia con fascinación hacia mí, aparentes ganas de aprender y supuestas promesas de hacer de excelente alumna del maestro. Pero yo, ciertamente, estaba desencantado. Pensaba que me había engañado como un idiota, que, o bien era mentira lo de su interés por las estrellas y se lo había inventado para conseguirme, o bien realmente se creía lista de verdad, y no sé qué sería peor.
Tampoco tuve mucho tiempo para pensar cómo deshacerme de ella. En un silencio se me arrimó y, en cuestión de segundos, se me subió encima y acercó su cara a la mía hasta besarme.
—Esto era lo que querías, ¿no? –pensé.
—Claro. Soy un tío. ¿Para qué iba a traerte aquí si no?
—¿A quién carajo le importan las putas estrellas? Tú lo que quieres es esto, como todos…
Me peleaba con estos pensamientos mientras nos deshacíamos de la ropa, sólo de la necesaria para tenernos acceso ahí abajo.
—Estaba deseándolo –me dijo.
Empezamos. Noté mi derrota. Mi humillación. Yo, sucumbiendo como hubiera hecho sin ser el supuesto tío maduro en que creía me había convertido.
—Joder, cómo me pones –decía ella cada poco–. Me estabas poniendo con todo eso de las estrellas.
Hablaba poco pero resulta que durante el sexo la tía se soltaba y yo, que ya soy normalmente callado, en ese caso más aún. Pero sí, ella me estaba poniendo a mí también y bastante, con lo que mi derrota era cada vez más humillante.
Terminamos… o bueno, terminé. Ella… no lo sé, quizá. Entre tanto hablar…
—Maravilloso –dijo–. Maravilloso.
Me latía rápido el corazón. Sin comerlo ni beberlo había sido el polvo de mi vida. Se echó a un lado y volvimos a quedarnos los dos boca arriba, con las estrellas como testigo.
—¿Y ahora qué? –pensé–. A volver a una relación, a las discusiones, a las peleas… en una buena te has metido, chaval.
Paula habló:
—Me ha encantado la cita. ¿Y a ti?
—Sí. Ha estado bien.
—Genial. Para mí, genial.
Jadeaba al hablar. Al fin y al cabo ella había hecho todo el trabajo.
Pasó un rato en silencio.
—¿Nos iremos? –dijo– Empiezo a tener un poco de frío.
—Extraterrestres –pensé–. Puedo decirle que me quedaré porque una nave espacial bajará según una predicción maya para transmitirnos un mensaje crucial a toda la humanidad. Al principio me tomará a broma pero cuando vea que realmente estoy esperando a los extraterrestres me dará por loco y no querrá saber nada de mí. Necesito una estrella… un nombre…
—¿Qué? –dijo Paula– ¿Vamos o no?
Nos levantamos, recogimos y nos subimos al coche. Dentro me besó otra vez.
—Ha sido increíble –dijo–. Gracias.
—Estás jodido –pensé–. Ahora a aguantar hasta que… hasta que ella quiera, igual que Marta –Marta es mi ex–. Si ni siquiera le as aguantado el primer asalto. Hará contigo lo que quieras…
Así de hundido llegué a casa, sin ninguna propuesta en firme, cierto es, de volvernos a ver, pero convencido de que al día siguiente nos encontraríamos en la facultad y me hablaría de más citas, de planes, de bodas, ¡yo que sé!
Pero no. Resulta que no le vi el pelo y, cuando llegué a casa para comer, encendí el ordenador y tenía un email suyo. «Seré sincera», ponía en el asunto, y tras repetirme que había estado muy bien lo de la noche anterior, me confesaba que lo sentía pero que no le veía mucho futuro a lo nuestro, que a ella le gustaban los tíos un poco más «cañeros», y no los románticos que se van al monte a ver estrellas, que no quería hacerme daño pero era mejor que no nos viésemos y bla, bla, bla…
Le di a «responder» pero no sabía qué decir. Es que no sabía ni cómo me sentía. No tenía ni idea. Me habían hecho jaque mate, eso seguro, pero ¿debía alegrarme?, ¿entristecerme? No lo sé. Sólo sé que, como último gesto de derrota, finalmente le escribí que no se preocupara y que yo también me lo había pasado muy bien.
Me pregunto qué coño espero yo mismo de las siguientes tías que pasen por mi vida.

6 nov. 2012

Sucio despecho

Pensé en ti cuando escuché esa tubería de mi patio de luces. El agua bajaba de golpe con un sonido interrumpido por el choque de algo contra varios obstáculos. Ahí va el zurullo del viejo del cuarto, decíamos, y entonces nos reíamos.
Pero sé que no podía entrar mucho en el tema. No, no podía, porque el asunto de hacer de vientre era cosa sagrada para ti. Porque te encerrabas en el baño y me ordenabas que me alejase y, si podía ser, me largase del piso para que tú pudieses estar tranquila. Sólo así, quizás, a lo mejor, podrías conseguirlo. Pero lo normal era que no, era que nos reencontrásemos y me confirmases que nada, o que muy poco. Un fracaso. O simplemente permanecías callada pero yo comprobaba entrando en el baño que olía como si nada hubiese pasado.
Sí, aquel era un asunto delicado. Te veías hinchada, sucia, cuando pasaban los días y ni los cereales de fibra ni los kiwis ni los supositorios hacían su trabajo. Te jodía que a mí ir al wáter se me diese magníficamente. Yo me lo tomaba a broma. Fue una de nuestras últimas discusiones. Estabas intentándolo cuando yo, desde la habitación, escuché un ruidito procedente del baño, no sé el qué exactamente, y te grité ¿qué es eso?, con voz muy seria, te juro que con la intención de reírnos, pero tan mal te sentó que al parecer te corté el rollo y dejaste de hablarme esa tarde.
¿Recuerdas cuando nos conocimos? Fue en un botellón. Triste, sí, pero así fue. Por algún motivo un conocido mío y yo hablábamos de si éramos capaces de imaginarnos a una tía buena deshaciéndose en esfuerzos mientras intentaba hacer de vientre, ahí, con su cara preciosa y sus tetas y sus piernas, y no, resultaba muy difícil imaginárselo. Tanto que él dijo que había escuchado que las tías buenas soltaban todo por el pis, que nada se les iba por detrás. En ese momento tú y otra chica os cruzasteis con nosotros y nos mirasteis incrédulas, y fue la primera vez que nos vimos. Hablamos y… hasta hoy.
Bueno, hasta hace unos días. Porque me has abandonado, sí. Empezó a irnos mal y decidiste que era mejor dejarlo. Pero yo sé que tú tienes a alguien más. Y de verdad, no sabes hasta qué punto me come por dentro el imaginar a otro escuchando tus ruiditos, consolándote o bromeando acerca de tus problemas intestinales.
Y lo peor es que el viejo del cuarto sigue como si nada, soltando sus zurullos tubería abajo, y el ruido de la tubería es espantoso y cruel, porque a cada momento me recuerda que esta vida sin ti es una mierda. Una mierda mil veces más grande que la mierda más grande que pueda soltar. Echo de menos tu estreñimiento.    

27 oct. 2012

Una vida incompleta

Me he tirado a una gorda de cien kilos. He dormido abrazado a dos modelos desnudas. He tenido sexo semanas sin parar con mujeres diferentes.
He comido en los restaurantes más caros. He probado manjares exóticos. He bebido exquisito vino y whisky de las mejores barricas.
Me he drogado con los famosos de la tele. He practicado deportes de riesgo. He estudiado. He trabajado. Me he hecho rico. He mejorado la vida de quienes me rodeaban.
Y sin embargo nunca he conseguido prenderme un pedo con un mechero: ¿cómo pretendes que sea feliz?

22 oct. 2012

A solas con el gobernador

El espejo no mentía. Aquel tipo con arrugas en las mejillas, pequeñas marcas rojas en frente y boca, dientes desgastados y capilares inyectados de sangre en los ojos era él. Sí, era él. Era él y no le gustaba. Necesitaba una buena capa de maquillaje. Un disfraz. Necesitaba ser capaz de soportar aquella horrible visión.
Bebió vino. El vino que como siempre debía recibirle en el mini-bar si en el hotel no querían perder un cliente. Entonces apartó la mirada del espejo y llamó a su asesor, que esperaba con el resto del equipo en la habitación de al lado. Gritó a su asesor:
—¡Timmy! ¡TIMMY!
Timmy entró con rapidez.
—¿Bradley?
­—Más vino, ¡ya!
—Sí, señor.
—Y que entre María.
Se marchó Timmy y Bradley volvía a estar sólo ante el espejo. Prefirió no mirar. Aquello no podía ser bueno. Cogió la botella. Ya no quedaba ni gota. Aquello era aún peor. SIEMPRE vaciaba una botella antes del mitin pero aquel día necesitaba más. Por algún motivo. O por ninguno. Pero necesitaba más.
Entro en el cuarto de baño y puso la cerradura. Se bajó los pantalones y se sentó en el wáter. Hizo fuerza pero no consiguió expulsar nada. Sintió que jamás lo conseguiría. Pero allí se quedó. Agarró su pene y jugó con él. A un lado y a otro, arriba y abajo, haciendo circulitos, hasta que la puerta de la habitación se abrió y alguien entró.
—¿María?
—Soy Timmy, Bradley.
—¿Dónde está María?
—Enseguida sube, señor.
—¿Y mi vino?
—Entre mis manos. ¿Quiere que se lo abra?
—¡Ni hablar! Déjalo en el escritorio y ve a por María. La necesito.
Timmy desapareció nuevamente y Bradley se subió los pantalones, tiró de la cisterna y regresó al vino. Descorchó la botella y llenó el vaso hasta arriba. Bebió. Se sintió un poco más relajado. Bebió tranquilamente y pudo pensar. Pensó en cuando era un chaval. En lo diferente que era. En lo mucho que se reiría si se viese a sí mismo vestido de traje, encerrado en la habitación de un hotel, bebiendo vino y esperando para ofrecer su gran mitin. Pensó en los valores: la honradez, la palabra dada. En lo mucho que le costaría ahora meterse en una buena pelea, darle al otro su merecido y luego invitarle a una pinta. ¡Aquellos sí que eran tiempos! O cuando le robó la navaja a aquel gitano que quería robarle y terminó robándole él. O cuando se tiró a aquella vendedora de periódicos debajo del puente. Sí, señor, los buenos tiempos. Luego vino el primer trabajo, y el segundo, y el tercero donde conoció a aquel tipo, aquel viejo verde al que le cayó simpático. Ése que le prometió que lo metería en la política. ¡Maldito el día!
Se sirvió otro vaso. Bradley, el chico rebelde de los barrios bajos. Bradley, el alcalde prometedor. Bradley, el gobernador y candidato a la reelección, bebiendo para poder llevarlo, para poder ser el Bradley que todos querían escuchar en el último mitin de la campaña.
La puerta sonó. Sólo María golpeaba así con sus finas manos.
—Adelante.
Dos piernas no muy largas pero bien hechas, con medio muslo a la vista. El pelo alborotado por las prisas, queriéndosele pegar a la piel morena por la libertad, por las muchas horas de rayos uva. María se deshizo de los bártulos que cargaba y entonces se le vio lo bueno de verdad. Aquel escote que enloquecería al mismísimo Santo Padre, con esas dos cosas queriéndosele desbordar, apelotonándose la uno contra la otra y diciendo papi aquí estamos, con esa voz puertorriqueña tan dulce.
—Cuando quiera, señor.
—Sí, claro. ¿Quieres un trago?
—No, señor. Ya sabe que no bebo.
—Pues deberías, María. Deberías.
María abrió una maletita donde alojaba el kit básico para maquillar al gobernador.
—Puede sentarse el señor.
—Sentarme. Por supuesto.
Bradley se sentó frente al espejo que odiaba. Pronto tendría su merecido, cuando María terminase su milagro de cada día.
—¿Mucho o poco? –preguntó María.
—¿Qué pregunta es esa? Ya lo sabes.
—Como quiera, ¿no?
—Como quieras.
María comenzó su trabajo. Bradley se calló para contemplar el reflejo de aquellas dos cosas que botaban. Se movían, aparecían a un lado y a otro de su cabeza. Realmente eran dos bolas grandes y hermosas. Se querían salir. Querían salirse de aquella prisión de sujetador y él deseaba presenciar el momento.
Notó la crema fría sobre la frente. Eso serviría para disimular las marcas rojas. Miró una vez más el escote y cerró los ojos. Bradley había estado casado cuatro veces y las cuatro mujeres le habían abandonado. Al parecer era insoportable convivir con un político de primera línea. Una a una se habían encargado de vaciar su cuenta corriente y ahora estaba obligado a seguir en la palestra para garantizarse una jubilación digna. Eso sí, cuidándose muy mucho de no volver a caer entre las bragas de cualquier fulana dispuesta a repetir la jugada. Luego estaban los hijos, nueve en total. Apenas los conocía. De algunos tenía que pensar el nombre y, desde luego, le costaba hacerles cara. Pero no le importaba. Él sólo debía pasar la paga a final de mes y dejar que sus buenas madres se encargaran de ellos. Seguramente él no hubiera sido una buena influencia.
María iba rápido. Le había extendido otra extraña sustancia por los mofletes y ahora estaba dándole al pincel por encima. Bradley sintió cosquillas y abrió los ojos, y entonces se reencontró con los pechos de María a punto de rozarle un hombro y creyó estar en la gloria.
La tenía dura. Tan dura que podía romper las cremalleras del traje de seis mil euros. Lo que daría por ser libre y poder intentarlo. Sólo intentarlo…
Alguien entró en la habitación. Timmy.
—¿Qué quieres?
—Una hora, Bradley.
—Ya lo sé.
—Le traigo su discurso. Corregido. En la última página tiene las cifras por si…
—Ya, ya, ya… como siempre. ¿Algo nuevo?
—Bueno, es el último mitin de la campaña, señor. Unos cuantos mensajes trascendentales.
—Bah… déjalo ahí mismo.
—Señor, ¿lo va a…?
—Sí, Timmy, lo repasaré.
—Gracias. Ya sabe que hoy la prensa ha recogido que anoche olvidó una frase.
—Lo sé, Timmy.
—Por supuesto. Pero las encuestan dan un empate técnico y no podemos permitirnos…
—¡Joder, Timmy! ¿Qué coño te pasa? ¿Acaso te crees que no lo sé?
—Entiéndame, señor. Tenemos muchos compromisos para esta legislatura y muchos dependemos del domingo para seguir  ganándonos el sueldo.
María suspiró y le hizo más cosquillas, esta vez desagradables. Seguramente también su sueldo dependiera de qué Bradley ganase el domingo.
—Está bien, Timmy –dijo Bradley–. Tendré cuidado. Te lo prometo. Ahora déjanos, ¿quieres?
—Sólo una cosa, señor.
—¿Sí?
—María, ¿te queda mucho?
—Oh, no. Dos minutos.
—Bien. Señor. Hemos llamado al News of the Joke. Mandarán una periodista que estará esperando en recepción. Al parecer esos comunistas cuentan con muchos lectores en internet. No estaría de más que contestase unas preguntas para ellos.
—¿Has dicho News of the Joke?
—Sí, señor.
—¿No son los que hacen chistes y caricaturas?
—Lo son. Pero valoran que los políticos sean cercanos y, como le digo, mucha gente los lee, sobre todo jóvenes y…
—Vale, vale. Le contestaré.
—Perfecto. María…
Timmy se esfumó por fin. Bradley pensó unas cuantas respuestas ingeniosas para el News of the Joke. Calculó que le preguntarían sobre el candidato Vermont, sobre los escándalos de corrupción de alguno de sus compañeros o sobre las últimas declaraciones de su segunda esposa, que se dedicaba a arrastrarse de plató en plató despotricando sobre él; seguramente porque ya se había pulido en ropa y coca toda la pasta que le había sacado. Pero no la culpaba. Él también se arrastraba, sólo que de mitin en mitin, de acto en acto, de reunión en reunión, de despacho en despacho, de comida en comida, y su sueldo y sus comisiones parecían más dignas. Se cambiaría por ella.
—Listo, señor Hill –dijo María.
Bradley se miró y se gustó un poco más. Otro milagro de María, aunque le hubiera perdonado una chapuza si se lo compensaba de otra manera.
—Gracias, guapa.
María recogió y se fue. Bradley miró su trasero gordito hasta que le abandonó tras la puerta. Se acercó al espejo. La cosa había cambiado. Parecía un tipo serio, firme, que sabía lo que se hacía. Y más cuando se colocó las gafas, de las que prescindiría si no fuera porque desde el partido le habían dicho que le daban una imagen culta y diligente.
Se ajustó la corbata y entró en el baño. Meó. Se sacudió los hombros y el cuello y volvió y cogió el discurso de Timmy. Se sirvió más vino y bebió antes de leer una sola palabra. Se paseó de un lado a otro con el discurso en una mano y la copa en la otra. Las mismas palabras de siempre. Algunas verdades, algunas mentiras. Sí, alguna cosa trascendental, medidas que ni él conocía, pero podían colar y quizá supusieran unos cuantos votos.
Estaba preparado. Salió con su maletín de piel y tiró de la puerta. Adiós a su vigesimocuarta habitación de hotel en veintiocho días.
Le esperaban en el hall. Simon y Elton, los guardaespaldas, dejaron sus periódicos en la mesa y se levantaron. Eran buenos tipos. Grandes y fuertes. Serviciales. Sin muchas luces, pero se dejarían los huevos por salvarle y seguro que follaban más.
—Chicos.
—Señor Hill.
—Señor Hill.
Le deprimía la presencia de Simon y Elton. Le recordaban que él no podía ser uno más. Jamás podría volver a conducir un Cadillac con una fulana borracha y en minifalda a su lado. Ahora era el ocupante trasero de un enorme Ford blindado que tenía prohibido conducir. Jamás podría volver a salir borracho de un bar tras insultar al camarero y recibir dos buenos puñetazos. Jamás se sentaría en el jardín de la universidad a buscar conversación con cualquier tía. Ahora tocaba mirar a un lado y a otro, escuchar insultos, halagos. Recibir palmaditas, huevazos. Quizá un disparo entre ceja y ceja.
Sí, un disparo, quizá fuese lo mejor.
Se despidió del recepcionista, un viejo tonto que le había dado la murga sobre cómo debían ser las cosas mientras le acompañó a la habitación. Bradley odiaba a esos tipos, y odiaba más tener que callarse y decir «sí, claro» y no poder mandarlo a la mierda o simplemente pedirle que se callara.
Salieron. Allí estaba la reportera. Ella sola, con una grabadora. Era poca cosa y no muy allá pero rubita y con cierto toque de inocencia. Me valdría, pensó Bradley. De hecho, en ese mismo momento le ofrecería perderse en una isla remota y olvidarse del resto del mundo, aunque odiaba los piercings, Bradley, los odiaba, y esa tipa lucía dos o tres en la cara y otras dos o tres en cada oreja, seguramente para no llamar la atención entre esos anarquistas del News of the Joke.
En la calle hacía frío. El coche estaba lejos y gobernador y guardaespaldas caminaron mientras la reportera les seguía y preguntaba. Por suerte poca gente sabía que allí se hospedaba y pudo caminar con cierta tranquilidad.
Media hora después, Bradley Hill aparecía tras el lateral del escenario de un pabellón polideportivo. Diez mil personas le aplaudían y jadeaban. Él aplaudió también y agradeció a todos su presencia. Se dirigió al estrado y miró la multitud antes de hablar. Quizá entre todos aquellos infelices algún loco portase un fusil y fuera un magnífico tirador.