28 ene. 2015

El cadáver andante

Todo empezó hace cosa de un mes o dos.
Tenía sobre mi cama un cuadro de la muerte. Era una muerte muy bonita, con los ojos rojos brillantes sobresaliendo en su carita huesuda, con su túnica y con la boca abierta para dar más miedo, apareciéndose de entre las nubes grises para intentar tocar con su mano un barco zozobrante en medio de un mar embravecido de una noche de invierno.
Pues bien, de la noche a la mañana —y fue así literalmente—, la muerte desapareció del cuadro. Sí, desapareció del paisaje. Ya no estaba. Allí seguían el cielo gris y el mar revuelto y el barco a pique, pero no había ni rastro de la protagonista del cuadro, y en su lugar el paisaje se había completado con más nubes y más océano, como si de otra instantánea de una desgracia inminente se tratara pero esta vez sin la muerte por el medio.
Me preguntaba cómo podría haber sucedido semejante extrañeza y, desde entonces, acontecieron cosas muy muy raras. Cosas tremendas. Era como si la muerte que abandonó el cuadro ahora estuviese rondando mi casa como un fantasma y se hubiera apoderado del techo, las paredes, el suelo y todos los muebles. Se notaba una presencia constante; no sé explicar la sensación exacta, aunque sí algunos hechos para que os hagáis una idea.
Por ejemplo, la casa está más fría. Pongo la calefacción a trabajar y sube un poco la temperatura, pero hay permanentemente una corriente de aire que te entra por donde la espalda pierde el nombre y te cala hasta la médula, y es inexplicable porque todas las puertas y ventanas están cerradas. Otra cosa. Los chirridos. Suceden sobre todo de noche. Escucho como si alguien estuviese en las lacenas de la cocina o en el armarito del cuarto de baño,  alguna puerta se abre y se cierra sola y suena como si las bisagras necesitasen un poco de tres en uno. También hay humedades. En muchas esquinas del techo aparecen charcos de agua y grietas, y hablando con el vecino de arriba me dijo que por esas zonas no tiene tuberías que puedan perder agua. Y lo más aterrador es que se murieron todas las plantas y se desarrollaron telas de araña por todas las esquinas, por mucho que riego las macetas y limpio bien el polvo y mato todos esos bichos patilargos. Es como si de golpe hubiera cambiado el ecosistema de mi casa y ahora fuera una especie de desván o trastero en desuso.
Pero lo más curioso es que a raíz de todo esto también empezó a cambiar mi carácter e, incluso, mi aspecto físico. Me noto más pálido. No fui nunca yo de tener muy buen color, pero ahora mi cara parece enferma, débil, insustancial. También he adelgazado. No tengo apetito. Antes comía como una lima pero de pronto empezaron a sentarme mal la mayoría de comidas y mi dieta se limita a la cantidad justa de proteínas e hidratos para realizar las funciones vitales. Se me notan todas las costillas.
Por dentro me volví más agrio, más malhumorado. Respondo mal cuando me hablan, rehúyo las conversaciones y odio un poco a todos los seres humanos. Yo nunca he sido muy extrovertido pero pasaba por atento y educado, y ahora soy sólo un pobre chico que prefiere la soledad de su casa tenebrosa a la luz del día y la cálida compañía de conocidos y amigos.
¿Qué me está sucediendo?, me pregunto una y otra vez. Me atormenta la idea de no volver a ser el de antes y, sin embargo, no puedo ni siquiera intentarlo, como si una fuerza invisible me impulsase también a mí a convertirme en el ser despreciable que soy. Y me temo que es ELLA esa fuerza misteriosa que está detrás de todo esto. O peor aún, que en realidad, la muerte que se había salido del cuadro ahora habita en mí; dentro de mí; que yo mismo soy la muerte, o por lo menos un cadáver andante para quien los días en este mundo ya no tienen sentido.
No lo sé. De verdad, no lo sé. Pero es así tal y como os estoy contando. Creo que ahora soy la muerte y no sé si tengo superpoderes o alguna misión importante que cumplir, pero espero por lo menos descubrirlo pronto porque os juro que esta vida que llevo, o mejor dicho, esta no vida que llevo, no me gusta nada.

24 ene. 2015

Quiero saber cómo va

No me jodas que el verano no es una puta maravilla. Bien saben Dios y su compadre Satanás que lo paso mal con el calor, pero hay cosas que lo compensan.
Era una jodida mañana soleada. Veintitrés o veinticuatro grados. La cosa prometía llegar a los treinta y, aunque no os parezca demasiado, venid a La Coruña a descubrir lo que son treinta grados en una ciudad como esta.
A lo que iba. Era una jodida mañana de verano y estaba en el supermercado. Caminaba hacia una de las cintas para pagar comprobando en el carrito que lo llevaba todo. Recuerdo un saco de naranjas, una caja de leche, la bolsa del fiambre, dos o tres tabletas de chocolate, seda dental, desodorante AXE, choco-crispies y dos o tres tonterías más.
Me pegué a la fila que parecía más corta pero vi que la cosa no avanzaba. Además no tenía ganas de escuchar conversaciones ajenas ni de oler presumibles flatulencias de mis predecesores, y entonces vi que allí al lado había una de esos puestos de auto-pago, con dos pantallitas y un chisme para leer los códigos de barras. No parecía que pudiera ser muy complicado así que me dije: «Álex: con dos cojones», y allí fui.
Empecé. Se trataba de darle a la pantallita al botón que ponía «comenzar» y, efectivamente, comenzar. Pasé un código de barras por el lector. ¡Funcionaba! En la pantallita aparecía exactamente la descripción del producto y el importe. Luego el siguiente producto se unía al primero y se iba formando una lista con la suma total debajo del todo. La humanidad avanzaba a pasos agigantados.
Entonces ocurrió. Me di cuenta de que alguien me miraba. Me giré y allí estaba: una chica de metro setenta escasos, una cesta roja con poquitos productos dentro, dos piernas largas, morenas y desnudas hasta las ingles, camiseta azul de hacer deporte y tres o cuatro pelos que se le habían escapado de la coleta y se le pegaban a la cara por el sudor. «Una diosa», pensé. Y esa diosa no dejaba de mirarme. Yo me empecé a poner nervioso. Me temblaban las manos y ya no conseguía que el escáner leyera los códigos de barras hasta pasados dos o tres segundos. Allí seguía ella, mirándome sin disimulo alguno. Podría haberme cagado en los pantalones en ese mismo instante.
A la tercera vez que nos miramos supe que tenía que hablar y lo hice:
—Termino en un segundo.
Triste frase, pensé. Pero no se me había ocurrido otra cosa.
—No es eso —dijo.
Evidentemente ese no podía ser el motivo. Había un puesto vacío al lado del mío que parecía funcionar exactamente igual. Volvió a hablar:
—Es sólo que nunca pagué por estos chismes y quiero saber cómo va.
Su voz era suave, tranquila y sin trabas, yo diría que de buena folladora. Me gustaba.
—También es mi primera vez —dije, y creo que sonreí.
—No parece muy difícil —dijo ella.
—De momento no, aunque no cantemos victoria. Espera a que tenga que meter los billetes.
Pasé las últimas cosas del carro. Un botón ponía «terminar y pagar».
—Debe de ser aquí —le dije a la chica, señalándole el botón. Ella se acercó a pocos centímetros. Me rozó con su cesta roja.
Pulsé el botón.
—Ahora, «pagar en efectivo» —dije.
—Sí —dijo ella.
Un mensaje en la pantalla me ponía que introdujera el importe. Le metí los billetes a la maquinita. Un billete de veinte y otro de diez. Unas cuantas monedas salieron por otro agujero y en la pantalla se leía: «no olvide retirar su compra».
—Ya está —dije.
—Sí —dijo ella—. Ahora me toca a mí.
—Pues mucha suerte.
Ella se rió. En realidad no era para tanto. Es decir, ni era especialmente guapa, ni sus curvas demasiado pronunciadas; y se le veían unas cuantas venas en las pantorrillas, pero por algún motivo me atraía como ninguna tía me había atraído en años. ¿Era eso estar enamorado?
—Hasta luego —le dije.
—Adiós. Y gracias —dijo.
Se quedó allí, pasando sus productos por el lector, en apariencia sin problema alguno, y yo empujé mi carro hasta el parking.
Luego me quedé pensando que allí no podía ir a comprar gente de muy lejos y que era relativamente probable que me acabara encontrando a aquella chica tarde o temprano, así que me preparé para una larga temporada de sufrimiento hasta volver a verla.
Una temporada en la que pude decir y digo que estoy jodidamente enamorado.
Y ahora vuelvo a mi razonamiento del principio. Esto sólo podía pasar en verano. Si fuera invierno y aquellas piernas estuvieran tapadas y no llevara los brazos al aire y aquellos pelos se mantuvieran quietos en la coleta nada de esto hubiera sucedido. Puto Dios y puto Satanás.

18 ene. 2015

Aquí huele a muerto

Eduardo encajó su utilitario en el garaje y pulsó el botón del ascensor. Mientras esperaba pensó dos cosas: una, que el maletín que sujetaba pesaba de cojones y dos, que estaba completamente sobrio.
No sabía muy bien por qué pensó que estaba sobrio, cuando ya no recordaba su última gran cogorza, pero fue un pensamiento inequívoco: estaba completamente sobrio.
Cuando entró en casa el panorama no le animó demasiado. Nadie, ni el perro, vino a recibirle. Fue él quien se acercó a María Jesús en la cocina, sólo a saludar, sólo a preguntar qué tal todo, pero era obvio que María Jesús no estaba para muchas bromas. ¿Qué esperar de una madre todavía joven, en paro y sin mayor entretenimiento que cocinar dos comidas al día y las series y los programas de corazón de la tele que tanto odiaba? Parecía un milagro que todavía no hubiese saltado desde la ventana del séptimo.
Rubén tenía los cascos puestos y un extraño videojuego en la pantalla del ordenador de unos tíos que estaban como en guerra en medio de una ciudad. Eduardo ni siquiera hizo ruido. Molestar a Rubén sólo le pondría de más mala hostia. Pero era adolescente y se suponía que había que perdonárselo y tragar en lugar de darle dos tortazos que era lo que se merecía.
Después de una cena tranquila los tres estaban en el salón, dejando que unos estúpidos personajes de la televisión hiciesen por ellos el sucio trabajo de mantener una larga y animada conversación. Pronto Rubén empezó a teclear el móvil y ensimismarse en él, y María Jesús se sacó del bolsillo un libro electrónico que desprendía una tenue luz  blanca.
Pasó así un intervalo de tiempo indeterminado, despreciable, hasta que Rubén apagó el móvil, o muy probablemente se le quedó sin batería, y se levantó y dio unos pasos hacia la puerta.
—¿Ya te vas? —preguntó Eduardo.
—Sí.
—¿Por qué? Aún es pronto.
Rubén soltó una sonrisa irónica y, sin detenerse ni mirar a sus padres mientras hablaba, dijo antes de desaparecer:
—Aquí huele a muerto.
Ni Eduardo ni María Jesús dijeron nada. En realidad la escena sólo había sido un paréntesis que no alteró ni su pulso ni su tensión ni sus actos.
Esperó Eduardo a que hubiera un corte para la publicidad para levantarse y decir que se iba a dormir. María Jesús contestó que todavía no tenía sueño y se leería unas cuantas páginas más. Para cuando ella se metió en la cama, su marido ya estaba dormido. Cómo lo conseguía era algo difícil de explicar.
Cuando se levantó la mañana siguiente, una extraña sensación invadía el cuerpo de Eduardo. Un estado nervioso sin motivo aparente y las ganas de hacer algo sin saber realmente qué.
Bajó en el ascensor, desencajó el coche de su sitio, salió a la luz del día y entonces recordó las últimas palabras de su hijo:
—Aquí huele a muerto.
Después de repetírselo a sí mismo unas pocas veces, aquel padre de familia concluyó que el chaval ¡tenía razón! Rubén estaba en lo cierto y no sólo en el aspecto psicológico de su reflexión. ¡Era como si la muerte verdadera rodeara con una nube pestilente el cuerpo de Eduardo y el olor fuera físico, real! Asqueroso.
Se dejó llevar unas cuantas horas en el trabajo pero antes de la hora de comer dijo basta.
Pidió la cuenta, se despidió de sus compañeros con pocas palabras y apareció en casa cinco o seis horas antes de lo habitual.
Por supuesto, nadie fue a recibirle, ni siquiera el perro, y nadie le preguntó qué había sucedido, pero Eduardo estuvo un rato revolviendo en las habitaciones, abriendo y cerrando puertas y cajones y cremalleras. María Jesús y Rubén lo ignoraron hasta que apareció ante ellos con tres maletas hechas, una vieja camiseta y pantalones deportivos.
—¿Qué haces? —preguntó la mujer.
—Nos vamos.
—¿Cómo que nos vamos? —preguntó ella otra vez.
—¿A dónde? —Rubén pasó de su móvil por un instante.
—A la casa de la playa.
—Pero...
—¡AHORA!
El grito de Eduardo fue demoledor y los demás simplemente obedecieron.
Tenían una casita muy lejos de allí. Una casita con campo para el perro y una playa a cien metros donde no había contaminación. El fruto de años de ahorro y la supuesta culminación a una vida de esfuerzos que finalmente se había quedado en dos o tres semanas al año de insuficiente desconexión.
Cuando los tres estuvieron en el coche y el motor arrancó, Eduardo puso la radio y, mientras metía primera y soltaba el embrague, dijo:
—Allí no huele a muerto.

13 ene. 2015

Cosas de última hora

Era viernes, última hora, y quedaba bien poco para esfumarme y ser libre durante dos días.
La mayoría de compañeros se había largado y sólo tenía que mirar páginas de internet unos minutos más para recuperar los minutos que me había retrasado por la mañana y poder fichar tranquilamente.
Me tiré un pedo y me levanté, camino del baño, a vaciar los instentinos. Pasé junto a la fotocopiadora y le di un golpecito en el lateral. Estaba ante la primera puerta del baño, la que daba al lavabo, antes de una segunda puerta, la del retrete. La primera puerta estaba arrimada y había luz dentro: algo típico. Empujé con naturalidad y con igual naturalidad entré, dando un solo paso en el interior antes de detenerme de golpe y contemplar el panorama.
Había una mujer dentro, lavándose las manos en el lavabo, igualmente sorprendida por mi irrupción. Yo no contaba con nadie a aquellas horas allí y menos con una tía.
Me miró a través del espejo. Era Graciela, la de contabilidad, y en cuanto dije algo parecido un «huy» o un «perdón», habló sin dejarme tiempo a dar un paso atrás y esperar fuera mi turno:
—Espera que ya termino.
—Espero fuera —le dije.
—De verdad —insistió—. Son sólo unos segundos.
Me quedé dentro. Graciela me sonrió a través del espejo y siguió a lo suyo. El grifo se cerró y cogió un papel de la pared y empezó a secarse. Tenía quince o veinte años más que yo. Bajita pero bien hecha. Unas piernas nada malas, cintura de avispa y cara de mil y una batallas.
Así que allí estaba Graciela, secándose las manos entre los dedos con el papel de la pared, de espaldas a mí, con el culo a la altura del lavabo y apuntándome directamente con aquellos vaqueros azules un poco más subidos de la cadera; y allí estaba yo, a la espera a medio metro de ella para vaciar mi recto en cuanto me encontrara solo.
Graciela hizo una bola con el papel que había utilizado y lo tiró a una papelera. Se retocó los rizos que le colgaban de la frente acercándose un poco más del espejo y se giró. Me sonrió, esta vez mirándome directamente, y dijo:
—Es que este baño está mucho más cerca de mi despacho que el otro —el de mujeres, y era cierto—, y a veces vengo por pereza.
—Claro. Normal —dije.
—Todo tuyo.
Pasó a mi lado sin ni siquiera rozarme y salió del baño.
Cerré la puerta, abrí la del retrete, la cerré también, me bajé los pantalones y me senté en la taza. Olisqueé profundamente a ver si todavía podía captar algo de la esencia de Graciela. Luego hice lo que había ido a hacer, me limpié, tiré de la cadena, me levanté, me subí los pantalones, salí del baño y allí dentro sólo quedó un profundo olor a mierda.

8 ene. 2015

La vecina de abajo

Se repetía la historia con inquietante frecuencia. Raquel, la vecina de abajo, aparecía en la placita con un tío. Era de noche y solían estar borrachos. Entraban en el portal, subían las escaleras, abrían la puerta, entraban y, al cabo de pocos minutos, se escuchaban los muelles rechinantes del colchón de Raquel y el cabecero golpeando con violencia la pared. Mientras duraba el asunto había toda una variedad de gemidos femeninos. Era un polvo animal, salvaje, bárbaro, de los de antes, y os juro que a mí se me ponía dura de escuchar lo que pasaba unos centímetros más abajo de mi suelo. Ella gritaba y gritaba, y a veces se escuchaban frases cortas como o sigue o joder y entonces aumentaba la fuerza del golpeo del cabecero contra la pared. Yo bajaba el volumen de la radio.
La mañana siguiente era otra historia. Con suerte volvía a haber gemidos y golpes de cabecero y sucias frases cortas de una o dos palabras, pero poco después el sexo desaparecía y aparecían los ruidos de discusiones, de objetos volando, de llantos, de puertas que se abrían y se cerraban y de insultos. Había un gran portazo y pasos apurados escaleras abajo. Yo fumaba con la cabeza y el pecho por fuera de la ventana, sólo con mis calzoncillos de la suerte puestos –en realidad todos mis calzoncillos eran mis calzoncillos de la suerte–, y veía al pobre diablo alejarse por la plaza como el preso que logra escapar de la silla eléctrica.
­­–¡Sois todos iguales! ¿Me oyes?
Raquel gritaba desde se ventana. Estaba realmente cabreada.
–¡Todos sois iguales! ¡TODOS!
Entonces el tipo se volvía, cuando estaba a suficiente distancia como para no ser alcanzado por un objeto arrojado, y escuchaba cómo ella le decía algo más:
–¡Que no tenga que volver a cruzarme contigo, hijo de puta!
El tío me echaba a mí una rápida mirada y luego desaparecía.
Raquel permanecía allí. No me había visto. Desde arriba se le adivinaba un poco el escote. Después de calmaba un poco y empezaba a llorar y se metía dentro.
Poco rato después calculaba que ya se le había pasado la frustración y el cabreo y sólo le quedaba la tristeza. Me arreglaba un poco, me echaba colonia y descendía un piso por las escaleras. Me preguntaba cómo iría vestida.
Tardaba siempre uno o dos minutos en abrirme después de que sonara el timbre.
–¿Tú otra vez? –me decía.
Llevaba puestas una de sus camisas de cuadros. Cuadros azules, verdes, rojos y violetas. Siempre cuadros. Y en el medio una o las dos tetas a punto de salírsele. Era algo mágico. Estaba enamorado de Raquel.
–Sí –le contestaba–. No he podido evitar oír que discutías y… bueno, quería saber si estabas bien.
–Ya.
Tenía grandes ojeras, como si se hubiera pasado la noche entera llorando y no jodiendo como una bestia.
–Como no es la primera vez –seguía yo–, quería que supieras que si estás pasando un mal trago o necesitas cualquier cosa aquí está tu vecino de arriba.
–Escucha –me decía–. Es la tercera o cuarta vez que vienes. No sé quién te has creído para meterte en mi vida ni cuáles son tus intenciones pero te aseguro una cosa: nunca, nunca, nunca, y te juro que cuando te digo nunca es nunca, vas a conseguir que folle contigo. ¿Me has entendido? ¡NUNCA!
Las tetas estaban aún más cerca de escapársele cuando se alteraba y yo envidiaba al hijo de puta al que acababa de echar a gritos de su casa después de joderla a gusto una o dos veces.
–Y ahora largo –decía Raquel–, o terminaré llamando a la policía.
Cerraba la puerta y oía sus pies adentrándose en alguna de las habitaciones. Yo subía de nuevo las escaleras y volvía a mi triste vida: cigarrillos, un poco de cerveza, trabajos esporádicos, imbéciles que se me colaban en la cola del supermercado, viejos que no sabían conducir, Mariano Rajoy, todo eso.
Una de las veces decidí cambiar de estrategia. El tío había salido corriendo y ni siquiera tuvo que escuchar los insultos de Raquel desde la ventana. El tío debía de ser corredor profesional o algo así. Eran las diez y cuarto de la mañana.
Cuando bajé y timbré, en lugar de abrirme uno o dos minutos después, esta vez Raquel preguntó desde el otro lado de la puerta:
–Ya te dije que me olvidaras –dijo.
–Te traigo algo –contesté.
Supuse que estaba mirando por la mirilla y le enseñé una botella de vino. Era un vino barato, de seis o siete euros, pero la marca era desconocida y la etiqueta aparentaba cierto glamur. Supuse que estaría bien. Raquel abrió la puerta.
–Para ti –le dije–. Dicen que las penas con vino se pasan mejor.
Su camisa era blanca con cuadros azules, menos escotada que las otras veces. La vi sonreír por primera vez.
–Lo tuyo es la insistencia –me dijo.
Cogió la botella, leyó algo en la etiqueta y volvió a sonreír.
–Pasa, anda –me dijo.
Estaba dentro. Parecía un piso normal. Puertas y paredes y rodapiés como en el mío. Me dijo que me sentase. Estábamos en el salón. Se fue a por dos vasos y un sacacorchos. Bebimos, charlamos un rato y, poco después, me la follé.

3 ene. 2015

El mal perdedor

Mingos bebía whisky como si no hubiera mañana. Estaba borracho y tenía un montón de fichas de su lado de la mesa. Tenía el segundo montón de fichas más grande, sólo por detrás de Nacho "el bizco", campeón de los dos últimos torneos.
—Voy todo —dijo Mingos, derribando sus torres de fichas hacia el medio del tapete.
—Lo veo —dijo Nacho el bizco, empujando también sus fichas. Tardó más que Mingos. Lo hizo con más clase. Con más paciencia.
Había siete mil euros en juego. El que ganara tendría las tres cuartas partes de todas las fichas de la mesa y mandaría plácidamente en el juego hasta el final de la partida. Si Mingos perdía se iba a casa y, si lo hacía el bizco, se quedaba con apenas suficiente para pagar la ciega grande en el próximo turno.
—Cartas arriba —habló el crupier; un viejo borracho al que no se le conocía otra utilidad que mezclar y repartir cartas y contar fichas.
Mingos enseñó sus dos ases. Nacho el bizco, rey y dama de corazones. Sobre la mesa, dos de picas, as de corazones, siete de diamantes y nueve de corazones.
A Mingos se le iluminó la mirada. Trío. Al bizco sólo le valdría un corazón en la última y que no fuese un dos, un siete o un nueve. Mingos calculó las probabilidades. Setenta y cinco u ochenta por ciento para él. El muy capullo del bizco o se pensó que iba de farol o tenía los cojones más grandes de toda la ciudad.
—Última carta —dijo el crupier.
Los seis tíos que quedaban en la mesa dejaron sus copas y miraron la mano del viejo. El público miraba también y se arrimó a los jugadores, y entre el público había cuatro o cinco fulanas bastante potables. Unas profesionales.
El viejo borracho dio la vuelta a la carta:
—Diez de corazones —dijo, colocándola junto a las otras cartas.
—Ohhhh —se escuchó entre el público.
—Uhhhh.
—Ohhhh.
Nacho el bizco tampoco se contuvo:
—¡Sí! —gritó, cerrando un puño en señal de victoria.
—Color de corazones gana a trío de ases —dijo el crupier—. El señor gana. Jugador eliminado.
Mingos se terminó el whisky de un trago y, antes de levantarse, echó una rápida mirada al bizco, que se reía y recibía palmaditas en el hombro de compañeros y público. También de alguna fulana. Nacho el bizco y su veinte por ciento de probabilidades. Nacho el bizco, todo un campeón del póquer. Nacho el bizco, que con un ojo leía y con el otro repasaba. Nacho el bizco, que se follaría a todas aquellas preciosidades con su polla gigante.
Hubo aplausos cuando Mingos se levantó. Adiós a los diez mil euros de premio. Se largó y caminó diez calles hasta su miserable piso del centro.
Entró en casa.
—¿Has ganado? —le preguntó Laura.
—No.
—Vaya por dios.
—Ya.
Mingos hizo algo en el armario de la habitación y volvió a salir de un portazo escaleras abajo. Laura no tuvo tiempo de preguntarle.
Caminó otra vez las diez calles y estaba en la puerta del casino. Todavía estaba borracho y esperó allí fuera. Se fumó nueve cigarrillos y la mitad del décimo.
Salió por fin Nacho el bizco, abrazando por el hombro a una de las fulanas del público. Se vieron.
—Mingos... —dijo el bizco.
—Nacho... —dijo Mingos.
—Bien jugado.
—Lo mismo digo.
Mingos apartó su chaqueta y sacó un revólver del cinturón. Apuntó al bizco, disparó y le acertó en la pierna, en plena rótula. Mingos cayó al suelo, llevándose las manos a la rodilla chorreante de sangre y gritando como un loco. La chica gritó también y se agachó a socorrerle, y el portero gritó también y se agachó a socorrerle.
Mingos se mantuvo en el sitio unos segundos. Luego guardó el revólver en el cinturón, se colocó la chaqueta y se echó a andar diez calles hasta llegar a su piso. Entró.
—¿Dónde has estado? —preguntó Laura.
—Haciendo un recado.
—¿Quieres algo de cenar?
—Sí, por favor. Estoy hambriento.
Mingos se sentó a la mesa y esperó a que Laura le trajera la cena. Patatas fritas y bistec. No estaba mal para un perdedor. Comió, se desvistió, se lavó un poco, se metió en la cama y durmió.