24 may. 2013

Paréntesis

Con esto de la crisis me he visto obligado a despedir a mis "negros" y nadie escribirá por mí estos días, así que os quedáis sin leer mis gilipolleces durante un par de semanitas.
Porque como buen español estoy en camino de hacerme funcionario (por tocar los huevos, más que nada), y ando en medio de los exámenes y no, no me da el tiempo para todo.
Pero el refrán dice que mala hierba nunca muere y, como escribir es de lo poco que de verdad me gusta hacer, pronto estaré de vuelta. Así que chicas... no sufráis. Volveré con un saco de estupideces, que la imaginación no deja de trabajar ni en oposiciones. Puedo prometer y prometo más caca, pedos, folleteos, ya sabéis, lo que os gusta.
¡Hasta pronto!

19 may. 2013

Comerciales

Todavía no tenían preparada mi habitación y tuve que esperar en la cafetería. La recepcionista había guardado mi maleta en una especie de consigna y antes de entregársela había extraído la mochila con los apuntes.
Así que allí estaba, en el altillo de la cafetería, esperando mientras me hacía efecto el café y comprobaba cómo el canal 24 horas puede ser desesperante hasta la tortura si tienes que escucharlo durante un buen rato, repitiendo las noticias una y otra vez.
Estudié; no demasiado concentrado: la tele, los coches aparcando, la lluvia ligera, los clientes… pero sobre todo una conversación entre dos tipos sentado unas cuantas mesas a mis espaldas. Dos comerciales de telefonía móvil y sus negocios. Como buenos españoles, no hablaban con discreción y era inevitable escucharlos. Durante la primera hora o así uno tenía cosas que decir:
—Yo trabajo sobre todo Orange empresas, porque particulares es una mierda… y por cada línea es un 10% que me llevo. Este mes mira… sólo en (Empresa X) fueron 25 líneas, a tanto cada una, echa la cuenta.
—Sí, lo llevamos mi socio, su mujer y yo. Y la forma que tenemos de trabajar es a través de amigos. De hecho la mayoría de clientes son empresas de amigos o de conocidos, ¿sabes? O sea que por ahí nos van a ser fieles y no tenemos problema.
—Esta mañana por ejemplo tengo que ir a (Sitio X) y están medio apalabradas diez líneas.
—Claro que si tú y yo trabajamos juntos la cosa se puede multiplicar. Es sota, caballo, rey. Trabajaríamos para vosotros y os llevaríais una parte de lo nuestro, a cambio de vuestra cartera de clientes…
Cada vez que éste sacaba sus verdaderas intenciones el otro le ponía los puntos sobre las íes hasta que tomó la palabra definitivamente:
—Vamos a ver, por muy amigos que seáis el día de mañana a ti –y tanto a ti como a mi, ojo–, Orange te manda a la mierda y pone a otros más baratos.
—Con vuestra forma de trabajar el problema es que no sales de ahí… no entiendo qué podría sacar yo de todo esto.
—Nosotros llevamos el 20% de The Phone House a nivel europeo, ¡el 20%! Y te aseguro que ahí se mueve pasta de verdad.
—Lo que puedo ofrecerte es que lleves esta zona y ya veríamos el porcentaje…
Y más cosas que no me acuerdo.
Cuando se largaron se me había pasado hacía rato el efecto del café y sólo pude decirme a mí mismo:
—Desde luego la vida sí que es una puta mierda.

14 may. 2013

El secreto para reconocer al amor verdadero

PARTE 1: ANTECEDENTES

Era una tarde de estudio y empezaba a írseme la cabeza después de tantas horas. Para entretenerme ya no me bastaban las canastas que me marcaba con la pelota de golf entre los cables del portátil. Así que en una de esas desvié la mirada de la pantalla y cogí una cajita de cartón vacía del escritorio. Mis padres me la habían traído con un suvenir de uno de sus viajes y simplemente estaba ahí esperando a que me acordase de tirarla a la papelera.
La abrí e investigué. No había nada. Sólo un paralelepípedo de cartón rojo y barato. Pura insignificancia.
Claro que en ese momento surgió de mis intestinos una simpática bolsita de gas, merced sin duda bien a la lata de fabada Litoral (maravilloso invento de nuestro señor), bien a la mortadela de la cena de la noche anterior.
El caso… que la bolsita de gas avanzó hasta el borde del ano. Venía potente, con material. Y yo, que por costumbre no soy de guardarme los pedos, y menos cuando estoy solo y con unas ganas locas de entretenerme, pensé que lo mejor sería abrirme de piernas y aguardar el momento justo, ya sabéis, para cogerlo en su punto álgido. Tras unos segundos llegó la ocasión, y como por acto reflejo, acerqué la caja a la entrepierna y la pegué al chándal; la tapa, abierta. Hice fuerza y descargué. Fueron dos segundos o tres, no más, de sonido contundente y con el eco de las ondas rebotando contra las paredes de cartón. Me eché unas buenas risas y seguí estudiando.
Claro que, en la siguiente pausa seria, un par de horas después (antes había habido, por supuesto, más canastas, melodías con el tirador de la cortina y juegos de luces con la lamparita de mesa), observé que la caja seguía ahí, inmóvil, impasible a mi via-crucis hacia el examen final. Se me dio por cogerla, acercármela a la cara, abrirla por una esquinita y ¿qué pasó? ¡Bingo! Una fina peste invadió mis fosas nasales como si de una bomba fétida se tratase. El pedo seguía concentrado allí dentro y en cuanto tuvo ocasión ¡zas! Salió despavorido en busca de atmósfera libre.
No me lo esperaba y, la verdad, me hizo mucha gracia.  

PARTE 2: EL SECRETO PARA RECONOCER AL AMOR VERDADERO

Llegó el examen y, para variar, me salió como una patada en el culo. Pero aún así había que celebrarlo y, de noche, las copas empezaron a volcárseme en la garganta y pronto me agarré una borrachera de las que te  joden unos meses de vida.
Estaba en el pub y aparecieron las tías. Ya sabéis, un grupito de veinteañeras que, como yo, acaban de terminar sus exámenes y desean liberar tensiones. Pronto me agencié a una. Sin recordar muy bien el proceso, terminé haciéndomela y nos magreamos un rato. Luego aceptó venir a pasar la noche a mi triste piso de estudiante.
Fueron unas buenas horas. Allí, dándole a lo nuestro, apareándonos sin preocuparnos, por ejemplo, de cuán profundo era el abismo hacia el que se encaminaban nuestras vidas. Era como si la felicidad hubiera llegado a mi existencia por haber conseguido hacerme hueco en una vagina anónima.
Cuando se hizo de día la tía estaba en bolas y seguía teniendo buena pinta. Una buena caza, pensé, mientras corrí a hurtadillas a descargar parte de mi mierda en el interior del váter. Terminé y me di cuenta de que mi resaca era de las jodidas. Así que corrí de nuevo a la habitación a ver si, entre la ponzoña de la atmósfera, la visión de la tía desnuda me devolvía un mínimo de esperanzas.
Para mi sorpresa, se había despertado y estaba vestida con las bragas y el sujetador, sentada en la cama, y me saludó cuando entré. Sentí cierta vergüenza, en plan ¡dios mío, una desconocida medio en bolas está en mi cama!
Charlamos un rato y, en un descuido, va la tía y coge la caja del escritorio. Ya sabéis, la del pedo. ¿Y esto?, dijo. Nada, tengo que tirarla. Jugueteó un poco con ella, como si en cierto modo sospechase que esa caja insignificante guardara algo especial para mí. Yo me puse un poco nervioso, aunque daba por hecho que allí dentro no podía quedar nada de aquello.
Entonces va y la abre, para colmo cerca de la cara, y por su gesto fue como si una bocanada de aire a presión impactase su boca, sus ojos y su nariz. ¡Bag!, dijo, poniendo mala cara pero riéndose. Yo no podía creérmelo, ¡aún guardaba la esencia! ¿Qué tenías aquí?, preguntó; ni que te echaras un pedo dentro. Dije que esa caja solamente esperaba el momento de ser basura y que, por supuesto, nada raro había guardado jamás en ella.
Charlamos otro rato; la tía sin soltar la caja cerrada; y entonces me suelta: ¿sabes qué? Creo que me gustas; creo que vamos a tener algo especial; que no va a ser cosa de una noche. Yo le respondí con unas cuantas buenas palabras, sin darle demasiadas esperanzas tampoco, y hábilmente logré que en menos de media hora estuviese despidiéndose de mí en la puerta de casa.
Prometí llamarla pero no lo hice. Y eso que me pareció buena tía. Pero lo tenía claro: la mujer de mi vida no se enamoraría de mí tras oler uno de mis pedos.
Por eso sigo guardando la caja en un cajón de la mesilla. Será la prueba definitiva. Sólo cuando una tía la huela y sienta verdadero asco sabré que es ella. Es mi secreto, pero no se lo contéis a nadie.

10 may. 2013

Una difícil confesión

Luisito no lo tenía fácil para declararse a Nati. Había cometido dos terribles errores: primero, hacerse demasiado amigo de ella y segundo, dejarse ir enamorando con el paso del tiempo.
Comían juntos, daban largos paseos, iban al cine y al teatro y todos los días hablaban por teléfono. Eran la pareja perfecta: pero de amigos.
Nada rompía la armonía ni hacía sospechar a Nati las verdaderas intenciones de su fiel Luisito, pero aquella noche su amigo del alma estaba especialmente tenso, sudando y gesticulando de manera inusual.
—­Puedes contarme qué te sucede ­­­­­­–le decía ella­–. Sabes que en mí puedes confiar.
Ese era el plan de Luisito: confesarse de una vez y poner fin a la angustia que lo corroía, aun a costa de perder aquella bella amistad. ¡Pero era tan difícil!
—¡Vamos, Luis! ¡Adelante!
Nati se ponía cada vez más nerviosa y a Luisito no se le ocurrían las palabras. ¿Por dónde empezar?
—Me estás preocupando, Luis. ¡Venga!
Pero él nada. Se desabrochó un botón más de la camisa y escuchó cómo Nati le insistía nuevamente:
—¡Vamos! ¡Vamos!
—¡Vale! –dijo él.
Una lágrima apareció en los ojos de Nati, expectante. Luisito tomó aire, la miró a los ojos, la sujetó por los antebrazos y a la luz de las velas se confesó lo mejor que supo con una sencilla frase:
—Es solo que quiero metértela.

5 may. 2013

Deseo concedido

Tras mucho frotar el genio salió de la lámpara y me concedió un deseo, no sin manifestar un gran malestar por haber interrumpido su letargo:
—Deseo ser feliz –dije.
—Feliz, ¿eh? –refunfuñó. Era azul como el de Aladín– La felicidad es demasiado subjetiva; poco puedo hacer.
—Ha de existir una felicidad absoluta –me quejé–; un estado de permanente bienestar físico y mental; pasado, presente y futuro; la libertad de conciencia. Eso es lo que quiero.
—Verás, muchacho. La felicidad son muchas cosas y ninguna a la vez. ¿Crees que una buena salud contribuiría a que fueras más feliz?
—Sí, supongo.
—¿Y crees que vivir rodeado de los tuyos, gozando todos ellos de una vida plena contribuiría a que fueras más feliz?
—Sí, claro.
—¿Y crees que poseer una ocupación digna donde te desarrolles intelectualmente y resultes de enorme utilidad para tus compañeros y para la sociedad contribuiría a que fueras más feliz?
—Sí, como todo el mundo.
—¿Y la buena comida y la buena bebida? ¿Comer y beber como un rey contribuiría a que fueras más feliz?
—Mmmm… ¡sí!
—¿Y crees que el dinero facilitaría que alcanzases esas cosas que te acercan un poco más a la felicidad?
—Oh, sí.
—¿Y estar rodeado de bonitas mujeres que te desean contribuiría a que fueras más feliz?
—¡Por supuesto!
—Bien, muchacho –se rascó el mentón como si hubiese dado con la respuesta–; pues te diré una cosa.
—¡Adelante! –me impacienté.
—Imagina un día en el que te despiertas por la mañana pleno de salud, fuerte como un toro. Sabes que tu familia y todos tus seres queridos llevan una buena vida; y así te diriges al trabajo. Allí todos reconocen tu valía y agradecen tus esfuerzos por el bien de todos y tú te sientes completamente realizado. Después de una buena comida en tu restaurante favorito regresas a casa y te encuentras junto al portal un maletín lleno de billetes que no tiene dueño. Vas a la policía y te dicen que adelante, que te lo quedes, que la norma es así por ejemplo… Bien. Subes a casa y ¿qué te queda? Una preciosa mujer se desvive por ti y desea que le hagas el amor hasta que caigáis rendidos en un plácido y profundo sueño. Dime, ¿te parecería ese un buen día?
—Un magnífico día; sin duda.
—O sea que dirías que ese sería un día feliz para ti.
—No se me ocurriría mayor felicidad.
—Pues bien, muchacho, una cosa te puedo asegurar –frunció el ceño con la pose del viejo profesor que imparte una lección magistral a sus desobedientes alumnos–: por mucha salud, tranquilidad familiar, trabajo, comida, dinero y mujeres bonitas que rodeen tu vida, tu día jamás será completo si no lo culminas con una buena cagada.
––¿Perdón?
—Ya me has oído. ¡Una buena cagada! Imagínate: tú solo, en tu casa, en tu imperio… Tu retrete de confianza. Tienes ganas, muchas, y notas que va a ser algo serio. Te sientas y ahí sale todo: sueltas la cagada de una sola vez. Te vacías por dentro y te tiemblan las piernas. Sabes que has terminado en cuestión de segundos y ni siquiera tendrás que limpiarte, ¿me sigues?
—Sí, pero…
—Pero ¡nada! –me señaló, inquisidor–, sin una buena cagada tu día no será feliz ¡nunca! Necesitamos eliminar nuestros desechos, deshacernos de los asquerosos escombros que como seres imperfectos somos capaces de generar. Sólo si lo hacemos con contundencia aspiramos a eso que tu llamas felicidad.
—No te quito la razón, mas…
—¡Hasta aquí! –interrumpió nuevamente.
Acto seguido, dio una palmada y desapareció entre una densa niebla de humo. Cerré los ojos para protegerme y, cuando los abrí otra vez, la niebla se había disipado y en su lugar había, junto a la lámpara, unos cuentos tickets de descuento para el McDonalds, a punto de volar con el viento.
Los cogí y no comprendí en un primer momento; pero enseguida entré en razón. El cabrón del genio me conocía y sabía que para mi organismo el McDonalds es mano de santo para hacer de vientre, y esa al parecer era la clave de la felicidad.
Así que cogí la lámpara, la guardé en la mochila y eché a caminar mientras ojeaba qué podía pedirme para cenar. No muy lejos, una eme gigante y amarilla se erigía en el cielo; y a mí me pareció que era la felicidad misma que me decía «ven».