29 nov. 2013

Follamor

Echaron un polvo conejero. Llevaban mes y medio sin hacerlo y, claro, por mucho que él trató de prolongar el asunto, con una clásica carretilla resolvió cuando ella aún no estaba segura de que habían comenzado de verdad.
¿Pero me vas a hacer el amor o me vas a follar?, le había preguntado ella al meterse en la cama. Con una sonrisa pícara él había respondido: te la voy a meter con amor.
Pero no estaba todo perdido. Ella le perdonaría con un post-coito abrazaditos y mirándose enamorados hasta quedarse dormidos. Él deseaba darse media vuelta y perderla de vista, pero intentó complacerla aún con su poderoso instinto en contra. Escuchó con atención sus palabras, asintió con la cabeza, aportó varios comentarios, rio sus gracias... pero a los diez minutos juró que había sido un día muy duro y NECESITABA  descansar.
La mujer se mostró comprensiva y las luces se apagaron. Para cuando se escucharon los primeros ronquidos, ella apretaba la almohada. La tela escondía unas tijeras con las que pronto cortaría el problema de raíz.

24 nov. 2013

Cuando algo no va bien

Se subió al estrado, saludó al presidente educadamente y se giró ante el arco parlamentario que esperaba su discurso. Pero algo no iba bien.
—Señor presidente, señorías —empezó—. Hoy quisiera comenzar mi intervención recordando a todos aquellos que bla, blabla, blabla...
Hubo aplausos generalizados y en su interior, un extraño sonido, como si tuviera hambre. Sin embargo acababa de desayunar.
—Me gustaría responderle a sus preguntas, Sr. XXX —empezaba lo duro de verdad—. Asegura usted que bla, blabla, blabla... y sin embargo fíjese. Es obvio que no le interesa escuchar a los organismos internacionales que aseguran que bla, blabla, blabla.
Su bancada aplaudió mientras el Sr. XXX y sus colegas negaban con la cabeza.
—Se está quedando usted solo, Sr. XXX. Ya ni los suyos confían en usted. ¡Y no me extraña después de ver su gestión! Los datos son evidentes, señorías. Hace dos años los intereses se pagaban a bla, blabla, blabla, y ahora nos cuestan un bla, blabla por ciento menos. Hace dos años teníamos un déficit de bla, blabla, blabla, y ahora es de sólo el bla, blabla, blabla, y todos alaban el esfuerzo de este gobierno y de sus ciudadanos por salir de esta crisis. Todos menos usted, Sr. XXX, ¿a qué está jugando?
Más aplausos. En la otra bancada se escuchaba algún silbido. El presidente llamó la atención de varios diputados. Mientras, un pinchazo en el estómago del orador le provocó un gesto de dolor evidente.
—¿Qué habrá sido? —se preguntaba—. Si he desayunado lo de todos los días.
Hizo un esfuerzo por mantenerse imperturbable cuando le tocó retomar el discurso:
—Los ciudadanos no pueden entender su manera de hacer oposición. Es el «no porque no» y el «sí porque sí». Es el «tú eres muy malo y punto». Es el «cuando yo llegue derogaré todas sus leyes». Pero el ciudadano de a pie es lo suficientemente inteligente como para no confiar en usted, Sr. XXX —un retortijón le hizo detenerse unos segundos, lo que provocó algún murmullo—. Cada palabra que sale de su boca en este parlamento es un insulto a la inteligencia de la ciudadanía. La gente sufre, y sufre muchísimo, pero también sabe que son tiempos de grandes sacrificios, empezando por este gobierno.
Las risas se extendieron entre la oposición. ¿Grandes esfuerzos? ¿Ustedes?, se preguntaban algunos. El verdadero esfuerzo del orador se centraba en contener la potencia incomprensible que albergaba en sus entrañas.
—Escuche a la gente, Sr. XXX. La gente pide cambios. La gente pide políticos a la altura y grandes pactos de estado —nueva pausa para un retortijón—. Yo llevo toda esta legislatura ofreciéndole mi mano para colaborar y ¿qué he recibido a cambio más que su negativa y su desprecio?
El Sr. XXX musitaba «vergüenza» a su compañera de escaño. El orador respiraba hondo y se hacía palpable su malestar.
—Sr. Presidente, continúe —se escuchó la imponente voz del presidente del parlamento.
—Por supuesto, señoría —pero el orador no las tenía todas consigo y se tambaleó ligeramente—. Sr. XXX, una última cosa quiero decirle —pero su voz se detuvo y a cambio sonó un disimulado quejido por el micrófono—. Sr. XXX, tenemos en estos presupuestos una nueva oportunidad de alcanzar un gran pacto de estado —las palabras sonaban entrecortadas, quitando credibilidad a su contenido—. Una oportunidad única que no podemos desaprovechar...
El orador hubo de apoyar sus codos en el estrado. No podía continuar. Sonaban puñetazos en la mesa desde docenas de escaños, y más silbidos y gritos. El presidente de la cámara enloquecía por momentos. Haciendo un esfuerzo, el orador se giró y le susurró algo al oído.
—Se suspende momentáneamente la sesión —sonó su voz más poderosa que nunca—. Se reanudará en un cuarto de hora.
Dos minutos después, el Sr. YYY —presidente del gobierno y orador hasta el momento—, se relajaba en los sanitarios del parlamento y soltaba la más larga y placentera cagada de sus cincuenta y pocos años de vida. Un placer inigualable. Sublime. Todavía tenía unos minutos para gozar del momento.
Escuchó cómo se abría la puerta del váter de al lado y, por un carraspeo, reconoció enseguida que se trataba del Sr. XXX. Luego oyó una hebilla del cinturón, una cremallera y unos pantalones que se bajaban.
—Fulanito, ¿eres tú? —preguntó el presidente.
—¡Hombre! Estabas aquí. Ya creíamos que te habías largado.
—Joder tío. No sabes cómo necesitaba esto.
—Ya decía yo que te pasaba algo raro.
—Y tanto. Anda que no les dará que hablar a los medios.
—Si te sirve de consuelo, yo estoy a lo mismo.
—Ya veo, ya.
—Un segundo que ya me viene.
Se escuchó el inconfundible sonido del agua salpicando cuando algo se zambulle.
—Joder, ¡qué gusto!
—¿Y ahora qué? ¿A seguir dándonos de hostias?
—Digo yo. Es lo que toca.
—¿Y con esto de los presupuestos qué hacemos? ¿Pactamos o no?
—¿Qué tal son? Yo no me los he mirado.
—Ni yo, pero tampoco tengo ganas de discutir demasiado.
—Yo menos. Después de esto, el día podría ser redondo si aparecemos con un gran pacto de estado.
—Pues ale, pacto de estado a la vista.
—Amén, hermano.
—Disfruta lo que te queda de cagada. Yo he terminado.
—Perfecto. Enseguida nos vemos.
Al día siguiente los periódicos alababan el esfuerzo realizado por los dos grandes partidos al alcanzar el primer pacto de estado en muchos años. El Sr. YYY y el Sr. XXX posaban más sonrientes que nunca para la foto. Lo que no consiga una buena cagada...

19 nov. 2013

La carta

El otro día vi de lejos cómo se le caía a un chico una carta de la mochila. Me acerqué, la recogí y fui tras él, pero había doblado la esquina y me fue imposible localizarlo. El sobre no llevaba remite así que me la quedé. Para variar no tenía nada que hacer y me senté en un banco a leerla:

«Soy yo. La pesada. La estúpida. La que siempre te escribe estas cartas de mierda que no sé si lees con pasión, con indiferencia, con cara de asco o si las usas para limpiarte después de cagar. Has llegado a decir que te acoso pero soy inmune a ti.
Puede que a estas alturas no tenga nada nuevo que decirte. ¿Qué no te habré contado ya? ¿De qué no te habré llorado? Pero ¿sabes? Me la trae floja. Escribo para mí misma. Es tarde para hacerlo para ti. Fue tarde desde el primer día.
Así que escribiré y escribiré y tú tendrás noticias mías hasta que te mueras. ¿Acaso ves posible que algún día me olvide de ti? Lo sabes de sobra y lo siento. Seré un enorme lastre en tu vida pero para mí no existe otra forma de sobrevivir más que aferrarme a una lejana esperanza de... de no sé muy bien qué. Quizá ni yo lo sepa. Pero necesito poseerte aunque sea en mi imaginación. Necesito que el destino tenga algo bueno para mí aunque sea en mis sueños.
Te vi el otro día. Estabas con ella. No parecías a estar a disgusto pero tampoco te encontré feliz. ¿Nunca te has planteado que existen alternativas? No caeré en la obviedad de decirte que te mereces algo mejor. ¿Quién sabe qué es mejor y peor? Pero imagínate de viejecito con esa persona. Imagina un año tras otro consumiéndote y acompañando de una mujer que sólo te llena si admites que te estás engañando. Te daré un consejo: mírate en el espejo durante cinco minutos al día y luego pregúntate si eres feliz. Si me respondes que sí, quizá admita que he perdido definitivamente la batalla.
Yo sigo como siempre. Unas veces arriba, otras abajo. Como todo el mundo, supongo. De vez en cuando me deprimo y deseo morirme. Ni siquiera la idea de estar a tu lado me consuela, pero es lo que hay. Me pregunto qué coño pintamos ciertas personas en este mundo y cada vez estoy más convencida de que soy una gilipollas. Sobre todo cuando releo estas cartas antes de enviártelas. Soy despreciable por hacerlo; por escupirle a mi tiempo en esta vida desperdiciándolo de tal manera. Pero sé que mañana, o pasado, o la semana que viene, o el mes que viene, volveré a necesitarlo. Volveré a necesitarte. Y lo siento, soy débil y volveré a caer.
En tus manos está ayudarme. Lo siento. De verdad. Lo siento mucho. No puedo más.»

Respiré hondo. No había nada más en aquel folio. No he vuelto a ver a ese chico ni me interesa.
Desde entonces tengo novia. Es esa chica que escribió la carta. Me conquistó desde las primeras líneas. Yo también le escribo y dejo los sobres con mi dirección por toda la ciudad. Estoy seguro de que algún día encontrará uno y me responderá. Estoy seguro.

14 nov. 2013

El españolito de mierda

No pintaba bien la noche para Sebastián.
Avisado estaba el españolito de mierda: «o pagas hoy o te rajamos entero». No era la primera vez que no llegaba a tiempo el sobre del consulado para pagarle a Correa, el delegado del consejo de presos al que le debía cuatro mil bolivianos de alquiler. Era el dueño de su celda de dos por dos y medio por uno ochenta de alto que compartía con Caín y Juan José, dos veteranos del penal. Un nido de insectos picadores y cucarachas que hacían noche entre los pies descalzos de un inquilino y la cabeza del de al lado a escasos centímetros.
Algo se respiraba en el aire, y no eran los mugrientos zapatos de Caín, que le hacía pensar que no iba a ser como las otras veces en las que bueno de su compañero solía consolarle:
—Tranquilo, hermano. Te agarrarán, mentarán a tu madre y como mucho te llevarás una paliza ligera —decía «ligera» con voz suave pero sin ironías, mientras negaba con la cabeza para asegurar que de verdad no sería nada—. En una semana estarás nuevo.
Así ganaba tiempo Sebastián hasta que llegaba el sobre salvador. Más tardaría en llegar, puede que otros cuatro años igualitos que los que llevaba encerrado, la sentencia para su caso: un mil ocho de libro —tráfico de estupefacientes—, en el aeropuerto de El Alto con una maleta de mano que escondía nueve kilos de coca tras un falso fondo.
En un momento de la tarde Caín le había mirado extrañado, como preguntándose «¿todavía estás vivo?», y se había largado, dejando a Sebastián sin el amparo de uno de los pocos bolivianos que no le quería muerto porque un antepasado suyo, a bordo de un barco de conquistadores, había violado a nosecuantas tatarabuelas de los presentes.
—Hoy duermo en el pasillo. Puede que un tipo sepa si mañana me conceden un vis-a-vis —le había mentido Caín.
De Juan José poca ayuda podía esperar. De una patada le mandaron dos semanas al agujero. Sólo a un tipo con tan poco cerebro se le podría ocurrir traficar con cerveza. Le habría bastado una marca de tabaco diferente o simple coca para que los guardias hicieran la vista de gorda.
De éstos era mejor ni solicitar el auxilio. Enterados estaban de que esa noche sonaría la marcha fúnebre y, como mucho, conseguiría que alguno se uniera al grupito de sicarios para divertirse torturando a Sebastián. Eso sí, con patente de corso.
Sentado, apoyado contra la pared agrietada en la que colgaba un crucifijo en lo más alto, contempló la puesta de sol por encima del tejado del edificio de enfrente. En realidad era todo el mismo bloque uno del penal: aquel era el lado opuesto de un cuadrado visto desde arriba. El sol dibujaba un precioso rastro de cielo rojo mientras otros presos fumaban y curioseaban lo que sucedía en el patio. Enseguida una voz por megafonía gritó para que se fueran a dormir o a hacer lo que sus «putas madres» quisieran con tal de guardar silencio.
Apuró entonces el frasquito de metadona, muy recomendable en noches como aquella. Jamás se había drogado en la calle pero unos meses en el penal le bastaron para dejarse convencer de que primero la heroína y, cuando perdió dos dientes, la metadona, eran tan necesarias para agarrarse a la vida como lo es un dios para el creyente más acérrimo.
Pensó en su hijo Jacobo en una conversación telefónica de hacía dos años:
—Papi, ¿cuándo vas a venir?
Fue una de las pocas llamadas que se le permitieron a España, y casi la única a la familia. El resto fueron al consulado y al abogado, que ya no sabía qué decirle para disimular que no tenía nada nuevo que contarle.
—Papi, ¿cuándo vas a venir?
—Puede que en dos días esté ahí —pensó Sebastián—. Claro que repatriado en una caja de pino.
Pronto la bendita droga empezó a hacer efecto. Se pellizcó en el brazo. Apenas sentía dolor. Ese era el objetivo. Luego se abofeteó. Nada. Un cabezazo contra la pared, dos. Apenas nada. Se rio imaginándose la escena: un preso golpeándose a sí mismo para comprobar su resistencia al sufrimiento.
Luego vino la extrema relajación. Casi no lograba distinguir a Jacobo entre sus imágenes mentales. Allí estaba el niño: balbuceando pa-pa, corriendo tras la pelota, abandonando por fin los ruedines del triciclo y diciendo adiós con lágrimas en los ojos a la puerta del cole porque juraba estar enfermo para no tener que quedarse allí.
—¿Cuándo vas a venir?
—Muy pronto, Jaco.
Apartó una muda que estaba demasiado cerca, junto al cojín de Caín. Su buen compadre no merecía encontrarse al día siguiente sus pocas posesiones manchadas de sangre.
Perdió la noción del tiempo. Pudieron transcurrir diez minutos o quizá dos horas cuando creyó escuchar «españolito. ¡Españolito!», muy a lo lejos.
—Será mi imaginación —dedujo.
Pero los murmullos se hicieron más audibles. «Reza lo que sepas, ¡carajo!». Ni siquiera se levantó a comprobar. Puede que no lo lograse aunque quisiera. «Españolito, te vamos a rajar. ¡Aquí nadie jode a Correa!». Se escucharon risas y las botas de varios hombres pisando el metal quebrado de los peldaños de la escalera que venía del pasillo de abajo.
En cuanto doblasen la esquina, sólo una docena de cuerpos que se hacinaban en sacos o mantas en busca de un descanso gratis e imposible les separaba de un hueco en la pared en forma de puerta: la entrada a la celda de Sebastián.
El españolito escuchó un silencio de varios segundos. Para cuando volvió a haber ruido, fue dichoso al descubrirse tan atontado que parecía haberse quedado dormido. Todavía pudo pensar:
—Papi, ¿cuándo vas a venir?

9 nov. 2013

Aquí paz y después gloria

Llevaban así quince o veinte minutos.
—Eres un mierdas, ¿me oyes?
—Y tú una zorra asquerosa. Eres peor que la mierda.
—Si pudiera te daba una paliza.
—Yo no lo hago porque eres capaz de denunciarme.
—Que no te quepa duda, ¡MIERDECILLA!
—Eso es lo que te gustaría, ¿verdad? Sacarme toda la pasta. Eres como cualquier fulana de la calle.
La discusión parecía no tener fin. Las caras enrojecidas mostraban por sí solas el inabarcable grado de tensión que se escondía en aquellos cuerpos.
—Dime –siguió él–, ¿acaso no es así como ascendiste? ¿Qué clase de favores tuviste que hacerle al jefe? ¡Vamos! ¡Dímelo si tienes huevos!
—¿Ahora te preocupa lo que haga con mi vida?
—Por mí como si te revientan diez negros zumbones, pero no estoy dispuesto a que se sepa que soy el cornudo de la relación.
—Ya salió el gallo de pelea... ¿y qué es mejor? ¿Ser el pringao de la oficina después de quince años? ¿Es mejor que no te respeten ni las cucarachas después de todo ese tiempo?
—Oh, vaya... el pringao de la oficina. Pues al principio bien que te gustaba tirar de la VISA de ese pringao. Solo que luego empezaste a ponerte esas faldas y llegaste muy lejos, ¡pero sigues siendo lo mismo que antes! ¡una simple zorra barata!
—Una zorra barata que trae más dinero a esta casa que tú. ¡Pringao! ¡MIERDECILLA!
Los vecinos estaban alertados. Posiblemente en breve la policía tocaría la puerta. Les tomarían declaración y luego cada uno por su lado: ella de compras, él al bar, y aquí paz y después gloria.
—¡Hijo de puta!
—¡Zorra de mierda!
—Tu puta madre.
—La tuya, que en paz descanse.
—Te odio, ¡asqueroso!
—Si pudiera te juro que... –con sus dos manos la agarró por la cintura, apretando para lograr cogerle algo de piel entre sus puños.
—¿Qué coño haces? ¡Me haces daño!
—Y más que te va a doler.
Con una mano siguió apretando y con la otra abofeteó la zona lumbar.
—¡Hijo de puta!
—No te resistas, ¡zorra!
Ella soltó un grito seco y él siguió apretando y abofetaeando. Así unos segundos.
Enseguida los dos se corrieron al mismo tiempo. Los cuerpos sudorosos permanecieron inmóviles, recuperando el ritmo cardiaco, hasta que la puerta sonó: «toc, toc», y después ya se sabe: la declaración, ella de compras, él al bar y aquí paz y después gloria.

4 nov. 2013

Esas malditas gafas

El perro ya no venía a ladrar alrededor del coche. Se había acostumbrado a la presencia de aquel extraño armatoste a una distancia prudencial de la caseta y de la entrada a la vivienda.
Apagué el motor. Después apagué la radio. Era un gesto instintivo después de aparcar y aguardar prudencialmente uno o dos minutos para asegurarme de que la conversación se prolongaría todavía un rato más. Un maravilloso rato más.
Conocía de sobra el paisaje más allá de los cristales. El jardincito, los setos descuidados, el pavimento de hormigón blanco reflectante y la fachada amarilla tras cuya puerta desaparecería poco después no sin antes girarse, sonreír y despedirse con la mano.
Sujetaba con fuerza la carpeta y varios montoncitos de apuntes que no le cabían dentro. Era inútil tratar de convencerla de que dejase todo en el asiento de atrás hasta que se bajara. Una vez dentro de su terreno, algo o alguien parecía darle la orden de coger sus cosas y ponerse en guardia.
Hablaba y hablaba. Las clases. Los profesores. Los exámenes que se avecinaban. Lo cerca y lo lejos que estaba todo. Las vacaciones. Las oportunidades de futuro. Yo asentía e introducía mis comentarios, mezcla de sinceridad y oportunismo ante lo que decía. No sé si la escuchaba o si hacía que la escuchaba. Creo que intentaba escucharla pero no podía. Me lo impedía lo que tenía dentro. Su propia imagen me lo impedía. Miraba moverse su boca mientras hablaba y sus dientes tras ella. De vez en cuando mis ojos se escapaban un poco más abajo. Sus pechos se escondían entre los apuntes y el brazo doblado para sujetarlos. Su escote tenía poco de prominente y, aún con eso, me desconcentraba. Le gustaban los pantalones blancos pero últimamente se atrevía con las faldas. Sus piernas desnudas me robaban, si cabe, más atención a sus palabras. Volví a su cara, a sus ojos, y entonces era como si me desmoronase por dentro. Los buscaba detrás de sus gafas de sol, tratando de adivinar algo, de saber realmente qué le pasaba por la cabeza a través de ellos. Pero era imposible. Apenas se veía la forma tras los cristales negros. Lo hacía para maltratarme. Sin duda. Un día tras otro se ponía aquellas gafas y jugaba con ellas. De vez en cuando separaba una mano de sus apuntes y tocaba la montura. Yo esperaba verle por fin sus ojos pero solamente se recolocaba las gafas unos milímetros; menos quizá. Eran una tortura aquellos cristales negros rodeados de finas líneas marrones hasta las orejas. Cada vez que sueño con una mujer, recuerdo vagamente al despertarme que viste unas gafas exactamente igual que aquellas.
—Hora de irse –dijo.
—Mañana será otro día –solía añadir después.
Yo no podía retenerla. ¿Bajo qué pretexto? Los nervios y el sudor me consumían pero de mi boca salían cordiales palabras de despedida. Luego nos dábamos dos besos. Un gesto que repetíamos las últimas veces; todo un avance porque antes no nos tocábamos.
La olí con discreción. Luego se alejó y se bajó del coche. El perro fue a recibirla pero ella siguió su camino con indiferencia. Arranqué el motor y la radio comenzó a sonar automáticamente. Esperé protocolariamente a que llegase a la puerta, se girase, sonriese y me dijese adiós. Desapareció con sus gafas de sol.
Así transcurrió otro día más en que permanece en secreto lo perdido y enamorado que estoy de ella. ¿Hasta cuándo podré soportarlo? ¿Cuántas veces he de llevarla a casa para decírselo? ¿Por dónde va a reventar todo esto? ¿Se quitará alguna vez esas malditas gafas?
El coche estaba en marcha y me esperaba una tarde de estudio. Al fin y al cabo los exámenes estaban cerca para mí también. Subí el volumen de la música. Luego me tiré un potente, prolongado y satisfactorio pedo.