28 abr. 2012

Los secretos de la Enterprise

Ocurre en la Enterprise a años-luz de Vulcano. La teniente Uhura suma años de servicio y otros tantos observándole. El comandante Spock se mantiene racional y frío hasta la desesperación. Su insensibilidad se ha convertido en reto para la teniente.
Uhura busca un momento a solas y susurra en el oído de Spock. Mas él no se inmuta.
Luego se acerca y sus cuerpos se rozan. Mas él no se inmuta.
Luego le besa el cuello y las orejas afiladas. Mas él no se inmuta.
Luego le toma una mano y la pasa por sus senos. Mas él no se inmuta.
Frustrada, se arrodilla ante Spock, le baja los pantalones y lo hace lo mejor que puede, recordando su juventud en los Estados Unidos de África.
Entonces el comandante hace que no se inmuta. En su interior esconde una sonrisa de profunda satisfacción: ¡ouh, yeah!

21 abr. 2012

Anotaciones de un joven contemporáneo

Las puertas del infierno se me abren en vida. Entro y busco fuego y clavos ardiendo que acribillen mis vísceras. Busco la tortura eterna. Satanás lee el veredicto y yo digo que sí a todo. Es cierto, mi señor, es cierto cada uno de tus enunciados.
El Anticristo escoge para mí la peor de las condenas. Decide devolverme al mundo de los vivos y obligarme a vivir una larga vida.
Y aquí estoy.
Cuervos sanguinarios escupen sobre mi alma engangrenada. No soy más que carroña del tiempo y del espacio y el manjar de los buitres.
Desnudo y expuesto me hallo a la espera del verdugo que ya está aquí y que soy yo mismo. Yo me acuso y me castigo y me condeno por todo y por nada a la vez. Soy una mota de la nada en el vacío y soy el vacío de este mundo de la nada.
Respiro errante a la espera del aire envenenado. Grito y no pido nada porque mi voz no es clara. Nadie me entiende: ni siquiera yo. No lloro porque no tengo lágrimas. No siento porque mi alma se ha calcinado. No escucho porque mi corazón no late.
Sólo he de aguardar mi momento y un ángel negro me llevará al infierno del que desearía no haber salido nunca.

16 abr. 2012

La ninfómana y el jabalí (o el paradigma de Mujeres, Hombres y Viceversa)

Fue un flechazo, de esos que a Danielle Steel le inflarían el buche con otro millón. Él, mirándose en el espejo mientras levanta mancuernas. Ella, sudando la gota gorda sobre la elíptica. Y de pronto, rayos visuales que se cruzan, sonrisita Profident, hola qué tal y ahí los tienes, caminito de la pensión más cercana para dar rienda suelta a su amor más sincero.
—Y dices que te gusta bastante el asunto –dice el jabalí, con una mirada indiscreta al escote de su compañera.
—Oh, sí. Es lo único que me va.
—¿Lo único?
—Lo único. Ya lo creo…
La ninfómana sabe lo que se dice, pero no quiere hablar de su condición por no alarmar al pobre muchacho.
—¿Te llamabas…? Es que ya no recuerdo.
—Jessica. Aunque si prefieres, Yesi.
—Yesi me gusta –hace una pausa el jabalí– Arturo. Aunque si prefieres, Arturito.
—Con que Arturito… –dice la ninfómana con voz burlona– así que vas mucho al gimnasio.
—Tres horas todos los días desde hace siete años.
—¡Caramba! Se nota, se nota… ¿Puedo tocar?
—Por supuesto, para eso es.
La ninfómana pasa las manos por los bíceps y los pectorales del jabalí.
—Hum –susurra.
Acto seguido aceleran sus pasos. Hay prisa por llegar.
—Dime Arturito. ¿Qué te llamó la atención de mí?
—¿Sinceridad o buenas palabras?
—Sinceridad, por favor.
—Me gusta cómo te mueves, y el sudor que te transparenta la espalda y el tanga que se te trasluce.
—Perfecto.
—Si es que estamos hechos el uno para el otro.
—Pues yo te seré igualmente sincera. Me has parecido un buen semental para hoy, ¿te vale?
—Oh, sí, un semental, eso es un caballo que… bueno, lo que hace es…
—Montar yeguas todo el día. Eso eres tú.
El jabalí sonríe satisfecho. No hay mejor halago que ese para semejante amasijo de músculos.
—Eso sí –aclara la ninfómana–, espero que cumplas mis expectativas. Que no son pocas.
—¿Acaso lo dudas? Mira…
El jabalí mueve sus pectorales arriba y abajo, intermitentemente. El bamboleo es perfectamente perceptible tras su camiseta interior blanca que luce cual maniquí.
Mas parece el hombre no tenerlas todas consigo. Vacila unos instantes antes de hablar:
—Una cosa debes saber Yesi.
—Ajá.
—Te he mentido.
—¿Eres gay?
—No, por Dios. Es sólo que no entreno tanto como te he dicho.
—No importa. Estás así de fuerte que es lo importante.
—Ya, sí, pero es que me ayudo de ciertas sustancias, ¿sabes? Para que me hagan tan fuerte como ves.
—Vamos, que te pinchas.
—Básicamente. Sinceridad ante todo.
—¿Y eso importa para nuestro tema?
—Es que las sustancias tienen efectos secundarios.
—¿Que son…?
—Que ciertas partes del cuerpo no responden como desearía.
No hay respuesta. La ninfómana maldice para sus adentros pero no disminuye su ritmo acelerado.
—Que no se te levanta, para aclararnos.
—¡Equilicuá!
Están ante el portal de la pensión.
—Está bien Arturito –suspira la ninfómana–, tendré que esforzarme más por que te funcione el soldadito.
—Sería inútil. Ni yo mismo puedo.
—Apañados estamos. Podrás al menos utilizar tus manos.
—Una sí. O la otra. Las dos a la vez no.
—¿Cómo es eso?
—Es que mira. Como te vi en el gimnasio puse más peso que normalmente, y ahora tengo unas agujetas que no consigo cerrar los brazos.
Lo intenta el jabalí. Efectivamente está rígido como una estatua y no podría ni rascarse un costado con la otra mano. Menos aún estrechar a una dama.
—Dios mío –se queja ella–. ¿Y ahora qué hacemos? Yo, o soluciono este calentón o te juro que me da algo.
—No sé… mira mis pectorales.
Un nuevo bamboleo. La ninfómana mira incrédula.
—¿Algo podremos hacer con esto, no, Yesi?
—No me digas el qué, pero yo así no me marcho.
Allí entran los dos, pagan al recepcionista y suben unas escaleras. De lo que sucede en la habitación no hay pistas.

11 abr. 2012

La última tienda

Le costó tiempo decidirse a Don Francisco pero finalmente entró en la tienda.
Cortinas negras tras la puerta. Suelo de madera lacrada. Tarros de cenizas, flores y lápidas en una pared. Instrumental de tortura, cabezas decapitadas y miembros cercenados en la otra. En el mostrador, fotos de los clientes más ilustres con sus notitas de despedida. Tras él, Don Herminio, que regentaba con éxito la Dernière Magasin desde hacía años. Había visto en la muerte el negocio de moda y no le iba nada mal.
Con paso fúnebre y al ritmo luctuoso que provenía de los altavoces Don Francisco se encaminó al mostrador:
—¿En qué puedo ayudarle? –preguntó Don Herminio, que se lamentaba por el negocio perdido mientras leía las esquelas del periódico.
—Venía a…  ya sabe.
—Entiendo. Si quiere puede compartir conmigo el motivo.
—¿Motivo? Asco. Sencillamente, asco por todo. Mujeres, negocios, ya sabe.
—No es el único que siente asco, créame. Yo mismo desearía a veces ser mi propio cliente.
Una sonrisa brotó de las entrañas de Don Francisco, que examinaba el decorado.
—¿Quiere que le muestre nuestros productos?
—Si es tan amable…
—Aquí mismo tengo un dossier, aunque si prefiere pasamos a la trastienda. ¿No? Bien, le explico. Últimamente me están pidiendo mucho el tiro de gracia, ¿ve? Usted se sienta contra la pared, como este infeliz. Es sólo un segundo y no sufre nada. Yo mismo le dispararía de forma certera.
—No me convence… prefiero algo especial.
—Si lo que quiere es sufrir cuento con un viejo garrote, y por un precio algo mayor, unos matones le dan una paliza de muerte. Son unos profesionales…
—No, no… sufrir no. Ya sufrí demasiados años.
—Claro. Pues mire. Los clásicos son la silla eléctrica: tecnología alemana, máxima eficacia. También la inyección letal, el precio varía en función de la dosis que desee. Aunque si lo que quiere es ahorrar contamos con una soga y una viga muy maciza. Es lo que mejor le saldría de precio.
—No sé. Quiero algo rápido, y tampoco muy caro… pero que no sea tan vulgar… un poco especial, como le dije…
—Hum… veamos. Puñaladas no… ahogamiento tampoco… ¿ha escrito sus últimas palabras para la posteridad?
—Oh, no, no. Esto es cosa mía. Los demás bastante tienen con soportarse unos a otros como para cargar con un muerto.
—¿Me permite una sugerencia?
—Por supuesto…
—Es mi ejecución favorita. No está muy demandada pero no se sufre y sale bien de precio.
—¿De cuánto estaríamos hablando?
—Quince mil ultraeuros. Le explico… es la guillotina. Moriría como un rey galo de hace siglos, y por mil ultraeuros más, su cabeza estaría colgada aquí mismo, entre los más ilustres, con su nombre debajo y todo. ¿Qué me dice?
—Mmmm. Guillotina, ¿eh? ¿Seguro que no se sufre?
—Segurísimo. Fíjese que ayer mismo la utilicé por última vez. Una joven despechada entró suplicándome que le rebanara el cuello. Le juro por lo más sagrado que sonreía mientras su cabeza daba vueltas en el suelo.
—Caramba.
—Y aún hay más. La cuchilla caerá a toda velocidad y su cabeza y sus manos se le separarán del cuerpo. Por otros quinientos ultraeuros le lleno la pared de la trastienda de imágenes bellas para que se lleve un buen recuerdo. Incluso sonará un tema de Chopin en cuanto sus manos toquen el suelo. Será como si usted mismo tocase el piano.
Don Francisco sonreía. Hojeó el dossier pero su cara denotaba convencimiento.
—¿Quiere pensárselo unas horas? ¿Días quizá?
—Oh, no. No es necesario.
—¿Guillotina entonces?
—Sea…
—Está bien. Me rellena estos papeles y, con las imágenes, la música y el estante de la pared con su nombre son dieciséis mil quinientos ultraeuros. Si es tan amable…
—Sí, tome. Le pago ahora. Quizá más tarde encuentre dificultades para rebuscar entre mi bolsillo.
—Jajajaja. Sentido del humor… eso ante todo.
—Que no falte ni en los últimos segundos.
Allí se quedó Don Francisco, rellenando los papeles, asumiendo su final con naturalidad.
Mientras, Don Herminio comprobó que la cuchilla de la guillotina estaba afilada, y preparó los lienzos para la pared y el disco con la Polonesa de Chopin. 

5 abr. 2012

Cuando un tío sincero se declara

Querida desconocida:
Puede que debiera llamarte conocida de vista, diana de mis fantasías o pasatiempos favorito, pero eso de desconocida queda bastante bien, por lo menos de momento.
Sin rodeos, me voy a confesar. Desde la primera vez que te vi bajando aquellas escaleras con tus pantalones ajustados sucedió algo que me toca bastante las narices. Sucedió que me apetece que vuelvas a ponerte delante de mí, a mostrarte, a exhibirte, a hacer tus cosas como si nada. Eso, tú hazlo mientras yo imagino cosas. Quiero que aparezcas muchas veces.
Es que estás bastante bien, ¿sabes? No lo digo en tono machista, peyorativo o irrespetuoso. Es de verdad, estás buenísima, lo mire por donde lo mire. A mí las tías espectaculares me ponen, es cierto, y tú no lo eres, pero eres más… mundana, ¿entiendes? Como una especie de diosa sin salirte del mundo de los mortales. Espero que esto lo consideres un halago. No soy de esos que utilizan símiles o metáforas o vaya a exagerar tu belleza.
Me haría ilusión que quedásemos. Te lo digo directamente. Está bien eso de que sueñe contigo o me alegre al verte pero habré fracasado si no logro algo más. Dime, entonces, ¿estás dispuesta a quedar aunque sólo sea por darme el gusto de haber conseguido una cita contigo? Di que sí, anda.
Después, ya se verá si pasa algo o no. Ten clarísimo que yo lo voy a intentar por todos los medios. Te mentiré, te diré lo que quieres oír, te invitaré, te haré regalos, seré caballeroso. Haré todo lo que te gustaría que un príncipe hiciera para conquistarte. Soy un buen actor, dame la oportunidad de demostrártelo.
¿Y qué puede surgir? Seamos optimistas. Imagina que nos gustamos. O sea, que te gusto. Tú me gustarás a mí si yo te gusto a ti, es fácil. Pues si eso sucede, cogemos y empezamos a salir. Tenemos más citas, nos besamos, nos enrollamos un poco más y seremos novios. Una parejita más de este mundo. Te dejo que digas que estamos enamorados y todo. Sigamos siendo optimistas… Imagina que no nos gustamos pero nos atraemos. Es decir, no te gusto por dentro pero sí por fuera. No hay problema en ese caso. No debes temer porque yo me cuele por ti ni nada parecido. Será más que suficiente que nos enrollemos, te quite esos pantalones ajustados que tan bien luces y echemos uno bueno, a lo salvaje, como dios manda. Somos adultos, ¿no? Podemos hacer esas cosas. Yo me sentiría de puta madre después.
Créeme. Soy tu príncipe azul. Otros vendrán que darán mil vueltas antes de coger el camino más corto que es el que intento seguir yo. Pero todos queremos algo parecido. Es ley de vida. No te sientas mal por ello. Ahora haz el favor de contestarme y permíteme que durante los siguientes minutos fije en mi mente esos pantalones ajustados.
Por siempre o de vez en cuando tuyo. Yo mismo.