29 mar. 2014

Una estúpida y asquerosa marioneta

Toda su vida fue una marioneta. Una estúpida y asquerosa marioneta en manos de cualquiera con un mínimo protagonismo en su existencia.
El problema fue que creció y maduró y se preguntó muchas cosas. ¿Valía la pena seguir siendo una marioneta? ¿Le había servido de algo dejarse manejar por los demás? ¿Acaso era ahora más feliz? ¿Se sentía así más lleno? No solía dejarse atormentar por tales cuestiones, pero cada vez eran mayores el estruendo interior y los días y las noches de soledad y dudas.
De nada había valido ser un buen chico: portarse bien en casa, estudiar y trabajar. Ningún provecho había sacado de su empeño profesional: despedido como un perro. Para bien poco le había servido esforzarse en ser un buen amante: encontró a su mujer en la cama con otro. Completamente inútil había sido su intento por perfeccionarse: ahora era una mierda maloliente, sebosa e imperfecta.
Pero tuvo una virtud: reaccionó a tiempo. Supo concluir que había vivido como una marioneta y ya estaba bien. Por eso tomó las riendas de su vida y, una buena noche, se encerró en su dormitorio y bebió hasta emborracharse. Cogió entonces el cuchillo jamonero que había traído al efecto y, de dos certeros tajos, seccionó sus arterias a la altura de las muñecas. Para su sorpresa no le dolió, gracias quizá al vodka. Ahora se desangraba mientras trataba de recordar los escasos momentos positivos que había vivido. Sonrió al hacerlo.
Aprovechó sus últimos minutos para observar su habitación: el ordenador, el reloj-despertador, los posters y los libros. Sobre todo los libros. Los libros que le habían evadido de un mundo que odiaba sin ni siquiera él saberlo. ¿Y por qué no lo sabía? Porque las marionetas no piensan.
Pero ahora ya no era marioneta y sí que pensaba. Ahora él manejaba los hilos. Ahora él podía morirse feliz y tranquilo y jurando y perjurando que era feliz siendo ÉL, ÉL y solamente ÉL.
Descanse en paz.

24 mar. 2014

Las aventuras de un alma condenada

El bueno de Yon nació torpe. Hubo que tirarle de una pata para que viese la luz. Como torpe creció, con escasas amistades durante la infancia y nulas novietas una vez le crecieron pelos ahí abajo. También como torpe se hizo mayor hasta que un buen día el bueno de Yon murió de la forma más torpe, pisándose los cordones de los zapatos y cayéndose a la vía del tren justo cuando pasaba por allí una locomotora de ciento cincuenta toneladas.
El pobre Yon... espachurrado con toda una vida por delante.
Se levantó de la vía el alma de Yon, abandonando el cuerpo que otrora fue suyo reducido a un amasijo de sangre y vísceras: ¡qué asquito! Pero el alma resultó indemne y, como buen chico que había sido, se apareció un ascensor que ponía "sky" en letras doradas y entró en él.
Por el camino se veía su ciudad y luego su país y luego la tierra entera. Yon-a (abreviatura de Yon-alma), del vértigo que sintió, no pudo apretar durante más tiempo los esfínteres y dejó escapar un maloliente pedo. El aroma asqueroso le hizo pensar por un momento que seguía vivo y aspiró muy, muy fuerte.
El ascensor se detuvo y se abrió la puerta. Había nubes a sus pies que no parecían muy estables.
—Pisa sin miedo —le dijo un señor barbudo que debía de ser San Pedro desde una mesa situada unos metros más allá. Tenía pinta y pose de funcionario—. Son sólidas como una roca.
Yon-a se acercó temeroso, tanto por el suelo inestable como por la impresión del momento.
—Yon, ¿eh? —San Pedro revisó sus papeles—. Ajá, uhm, ohhh...
Así deliberó durante minutos, rascándose la barba a la altura del mentón:
—Ajá, uhm, ohhh...
—Pues la cosa está clara —dijo después San Pedro—. Por aquí.
Dio Yon-a dos o tres pasos hacia unas puertas que ponían "paraíso", siguiendo el dedo del barbudo que las señalaba. Cuando estaba a apenas un metro, un agujero se abrió a sus pies y cayó al vacío sin tiempo siquiera a sentir vértigo. Sólo escuchó las risas de San Pedro a lo lejos mientras perdía metros y luego kilómetros de altura.
El golpe iba a ser terrible. ¡Mortal! ¡Pero si ya estaba muerto! ¿Qué me sucederá entonces?, se preguntaba Yon-a.
Pues sucedió que alcanzó una velocidad supersónica durante la caída y gritó de espanto. Cuando estaba a sólo centenares de metros del suelo cerró los ojos y no quiso saber nada del impacto. Se tensionó a tope y se produjo el golpe que, para su sorpresa, resultó del todo indoloro. Ni un rasguño.
El problema es que siguió cayendo un poco más. ¡Estaba perforando la tierra! Vio diferentes estratos de la corteza, roca, esqueletos, fósiles y, por fin, magma. Ahí dejó de caer.
Cuando se incorporó se sentía muy aturdido. Lógico. Alguien tocó su hombro.
—Eh, tú —un enano con zancos le miraba, se dio media vuelta y echó a andar—. Por aquí.
Caminaron. El paisaje era todo herrumbres en llamas y piedra humeante en el suelo. Se oían carcajadas y gritos de dolor, imposible saber de dónde venían. Fueron a parar a una gran sala con aire acondicionado. Se estaba bien allí. Un tipo de rojo y con cola y cuernos, que debía de ser Satanás, echaba cuentas en una hoja y, sin levantar la mirada, se dirigió a los recién llegados:
—¿Este es Yon? Viene de arriba, ¿verdad? —durante un instante abandonó sus números y leyó el expediente de Yon-a—. Era obvio: pecador de pensamiento. Axel, llévalo a su habitación.
Yon-a apenas podía entender nada ni lo pretendía. Se limitó a seguir al enano entre más piedras humeantes e hierros en llamas. Recorrieron un largo pasillo hasta detenerse.
—Aquí —dijo el enano, señalando el interior de un dormitorio que parecía bastante amplio—. Mucha suerte.
Yon-a entró y la puerta se cerró acto seguido. Estaba encerrado. Avanzó por la estancia. Había un amplio cuarto de baño, una televisión de plasma y un colchón gigante con aspecto de cómodo.
Como no tenía mejor cosa que hacer, el alma condenada de Yon durmió una plácida siesta. Empezaba a gustarle el infierno. Podría acostumbrarme, se dijo.
De pronto sonó una musiquita por una especie de megafonía. Era la voz de Satanás:
—Hora de purgar vuestros pecados.
Sintió miedo. Todavía no comprendía muy bien sus pecados ni la clase de torturas que le aguardaban. Las luces se apagaron y, cuando se encendieron otra vez, el paisaje de su habitación había cambiado. Seguía en la cama pero, alrededor, en lo que antes eran las paredes, había la imagen más increíble que el muchacho pudiera imaginarse: dispuestas en círculo había siete mujeres cuya cara no podía ver. Estaban desnudas, con las piernas bien estiradas y el tronco inclinado hacia adelante. Eran siete pares de piernas bien largas con siete pares de nalgas en pompa y siete entrepiernas, sin nada más, colocadas en posición receptiva. ¿Había algo más maravilloso? No, definitivamente no, pensaba.
Para colmo la habitación empezó a llenarse de aroma de mujer, aroma de ahí abajo para ser exactos, y Yon-a creyó enloquecer. Encima se escuchaban mujeres gimiendo de placer y diciendo «¡ven!». ¡Eran ellas!
Yon-a no podía creérselo. Lloró de emoción y se cercioró de que las imágenes eran reales, frotándose los ojos reiteradamente. ¡Seguían allí y cada vez gritaban más! ¡Qué preciosidades!
No lo dudó más y se bajó los pantalones. Tenía la mayor erección que recuerda su virgen cabecita. Se acercó a la primera de ellas y, cuando iba a rozarle una nalga con la mano, comprobó que una invisible lámina de vidrio se interponía en su camino. Un finísimo cristal que iba del techo al suelo le separaba de la gloria. ¡No podía tocarla! Probó con la segunda. Nada. Ni la tercera, ni la cuarta, ni la quinta, ni la sexta, ni la séptima. ¡No podía ser!
Pero sí, así era. Yon-a trató de romper el cristal con una silla, una cómoda y la tele de plasma, inútilmente. Allí seguían los preciosos culitos, inmóviles e inaccesibles.
Lloró de desesperación y se echó en la cama. ¿Cuál había su pecado para merecer eso?
Se incorporó y encontró en la mesilla una notita que se lo dejaba bien claro, justo antes de que las luces se apagaran y se anunciara el fin de la hora de la purga por aquel día: «pensamientos impuros».

19 mar. 2014

El recuerdo irrecordable

Hay recuerdos que pueden no haber existido, fruto de una imaginación que los necesita como sustento.
Era un caluroso verano y los amigos jugábamos al fútbol en la arena mojada y nos bañábamos durante horas. Sólo tomábamos el sol para secarnos; el resto del tiempo en la toalla era tiempo perdido. Agotábamos nuestras energías desde el amanecer pero no concebíamos el cansancio como estado posible del organismo.
De regreso al camping nos encontrábamos al grupo de chicas: Lorena, Mónica, Adriana y Eva. Venían de una calita a la que no nos atrevíamos a ir para que no se pensasen que las perseguíamos.
Ellas caminaban delante y cuchicheaban, lanzando sonrisitas y miradas furtivas al grupito que les seguía. Nosotros las mirábamos en silencio pero todos pensábamos lo mismo.
Por las noches teníamos permiso hasta las doce antes de retirarnos a las tiendas de campaña. El comedor se vaciaba antes pero nosotros tomábamos refrescos y jugábamos al billar y al futbolín hasta que venía la vieja vigilante a echarnos. A veces se quedaban también las chicas y así fue como nos fuimos conociendo.
Desde un principio yo me fijé en Adriana. Tenía una mirada por la que sabías que jamás te haría daño. Con eso bastó para que yo sintiera algo muy, muy fuerte.
Todos, chicos y chicas, se dieron cuenta de que sólo me importaba ella. Sentía un tremendo nudo en el estómago si no la veía y un enorme alivio cuando aparecía delante de nosotros de vuelta al camping. Hablé con ella, poco a poco: qué había hecho hoy, qué tal las clases, dónde vivía, qué le gustaba hacer, qué planes tenía hasta final de verano...
Fue Mónica, su mejor amiga, quien me dio la mayor alegría de mi vida cuando, aprovechando un momento en que me había quedado sólo en la mesa no recuerdo por qué, me pidió que la acompañase afuera y me dijo que le gustaba a Adriana desde hacía días, que ella no se atrevía a decir nada y que hiciese yo algo antes de que se pasasen las dos semanas de camping que nos quedaban.
Nunca estuve tan contento y nervioso a la vez como cuando volví a hablar  con ella, apoyados en la mesa de ping-pong, ella bebiendo un extraño batido por una pajita y yo con una Coca-Cola de bote. Ambos sabíamos que no iba a ser una noche cualquiera y nos costó horrores quitarnos los nervios de encima. Al final lo hicimos y, tras un largo rato de rodeos, conduje por fin la conversación hacia el lugar que me interesaba. Jamás había hablado de sentimientos con una chica y, cuando lo hice, no sabía si iba bien encaminado o si estaba haciendo el ridículo.
Así estuvimos otro buen rato hasta quedarnos solos en la sala. Se suponía que había que dar un paso más. Pasaban diez minutos de las doce, la hora límite, cuando me atreví a acercarme a ella hasta eliminar cada uno de los centímetros que nos separaban, juntando nuestras bocas para no separarnos durante segundos, en un momento mágico y creo que irrepetible. Nos besamos más y más y nos dimos la mano y nos volvimos a besar hasta que escuchamos los pasos de la vieja vigilante al otro lado del pasillo que venía a comprobar que nadie permanecía todavía fuera de sus tiendas.
Adriana y yo nos despedimos citándonos para el día siguiente. Cuando entré en mi tienda, mi compañero se metió conmigo y quiso saber más. En el fondo me tenía envidia. Me metí en el saco de dormir y creo que nunca dormí tan feliz como aquella noche.
La lástima es que de los buenos sueños uno siempre se termina despertando y preguntándose ¿por qué? Preguntándose también si eso que ha soñado ha sido real o no. Diciéndose «ojalá» y lamentando no saber cuándo se volverán a repetir tan maravillosas imágenes.

14 mar. 2014

El pobre Luisín

Decía Luisín que no le gustaba nada eso de las redes sociales. Mentía. Llevaba año y medio pagándole a una página de contactos y por fin lo había conseguido. En otros sitios gratuitos todo lo que había logrado era masturbarse después de desconectar y que alguna furcia se riera de él después de darle falsas esperanzas. Ahora estaba metido en algo serio.
Maica era diferente. Habían coincidido en su gusto por la astronomía y fue fácil prolongar las conversaciones hasta altas horas. Luisín se atrevió a dar el paso y enviarle fotos, y aún así Maica no encontró argumentos para negarse a cenar con él.
La cita marchaba. El objetivo de Luisín era no estropearlo todo la primera noche y optar a una segunda, así que se lavó a fondo, se vistió como una persona, se comportó educadamente en la mesa y respondía con sonrisas y fáciles comentarios a las intervenciones de Maica:
—Sí, sí, es así como tú dices.
—A mí una vez me pasó exactamente lo mismo.
—No, yo tampoco creo que sea para tanto.
—Está claro que hay gente para todo, pero en fin...
—Sí, a mí es algo que también me gustaría hacer algún día.
Cosas de ese estilo decía.
Maica era guapa e interesante. Llevaba un discreto traje, ni atrevido ni tapado, ni caro ni barato. Hablaba y sonreía con sinceridad. Parecía educada y con aspiraciones en la vida. Era más de lo que Luisín hubiera jurado que alcanzaría algún día. Le gustaba mucho.
Pagaron a medias y se tomaron el postre en una terraza cercana. Se veían bien las estrellas y fue fácil prolongar la conversación. Estuvieron allí hasta que Maica aseguró que tenía frío y quizá deberían marcharse, algo con lo que Luisín no podía estar más de acuerdo.
La acompañó hasta su coche. Antes de que él pudiera decir nada, ella le dijo que esperaba hablar con él el día siguiente a través de la red social. Se dieron dos besos y cada uno tomó su camino.
Fue la mejor noche en la vida de Luisín, que estaba impaciente por que llegase el día siguiente para volver a saber de Maica. Tras un rato de conversaciones intermitentes y más bien triviales, él sacó el tema de verse de nuevo, convencido de que había sido una bonita experiencia que valía la pena repetir. Ella aseguró que sí, que ya fijarían la fecha, pero los días pasaron y la fecha nunca se concretaba, y la ilusión de Luisín tornó en desesperación y después en obsesión. A sus preguntas directas recibía evasivas por respuesta. A sus largos comentarios escuetas réplicas.
Finalmente no hubo una segunda cita. Las conversaciones fueron cada vez más frías y esporádicas hasta que Maica desapareció de la red social y Luisín no volvió a saber de ella.
Ahí se acabó lo más parecido a una historia de amor en la vida de nuestro héroe. Jamás supo por qué no funcionó: ya sabía que era feo, gordito, desaliñado y levemente antisocial, pero juraría que habían encajado.
Ahora sólo le quedaba acrecentar su ira hacia el sexo femenino y, por prolongación, hacia la raza humana en general, para convertirse quizá en un asesino que entra en una sala de cine con un fusil y dispara aleatoriamente. También le quedaba su soledad, su depresión permanente y, por supuesto, la masturbación.

9 mar. 2014

Abducido

Como tantas otras tardes de mierda, estaba ante la pantalla de ordenador, estático, inmovilizado, congelado, incapaz de escribir una sola línea con sentido.
Como resulta que lo que tengo es un portátil que por cierto va bastante mal, por no decir que es una puta mierda de aparato, mi cabeza estaba bastante cerca de la pantalla, porque aunque tengo un teclado aparte con el que teclear como dios manda, soy tan retrasado que suelo utilizar el propio teclado del aparatito, con el único objetivo, quizá, de joderme un poco más la vista y quedarme definitivamente cegato.
En un momento dado pulsé el iconito que te minimiza todas las aplicaciones y te muestra el escritorio, y ahí empezó la hecatombe.
Se iluminó el piloto que indica que la CPU está trabajando de lo lindo, cosa poco complicada en tan lamentable aparato, y esperé a que al menos se quedara intermitente para intentar siquiera reabrir una ventana. Pero nada, ahí seguía la CPU muriéndose de esfuerzo. Se escuchaba el ventilador tratando de capear el apocalipsis que debía de estar sufriendo el microprocesador. Entonces la pantalla se puso en negro durante un segundo o dos. Volvió al fondo de escritorio pero sin todos los iconos, que aparecían poco a poco. No había rastro de la barra de tareas, hasta que emergió en blanco y negro, pero en la derecha, en el área de notificaciones, los iconitos se iluminaron y se hicieron el doble de grandes. Algo muy raro. Pero lo más raro vino después. Se me restauró la ventana de internet donde tenía puestos algunos vídeos de los míos, en vista de mi nula inspiración. Estaban en pausa y así siguieron, pero empezaron a aparecérseme pop-ups, uno tras otro, nosecuantas ventanitas emergentes con fotogramas de una tía buena en pelotas, masturbándose o haciéndolo con un maromo al que no se le veía la cara, con un mensaje que ponía haz click para ver más, haz click para ver más. Yo fui cerrando ventanitas pero surgían a un ritmo más rápido que mi velocidad para darle a la crucecita de cerrar. Y en alguna fallaba y pulsaba en medio de la ventanita y se abría el vídeo. Salía la tía follando y gimiendo o unos campos en blanco para registrarme. La locura estaba desatada. La alarma del antivirus había saltado y no paraba de mostrar horrendos mensajes en rojo, con calavera y todo. Escuché más tías gimiendo y gritando y ya había como cuarenta pop-ups abiertos. Era toda una orquesta sinfónica de jadeos. Me estaba empalmando y poniendo muy nervioso a la vez. Pulsé control+alt+supr y en lugar de salir el administrador de tareas el ventilador giró más y más rápido. Olía a quemado. Entonces en la pantalla, en los pocos huecos en las esquinas por los que no había pop-ups  superpuestos, aparecieron unas manchas negras borrosas que se movían hipnóticamente. Noté un tirón en la cabeza hacia adelante. ¡El portátil estaba tratando de abducirme! Hice fuerza hacia atrás pero avanzaba hacia la pantalla centímetro a centímetro. Iba a entrar en el subuniverso de cables y chips y memorias RAM y caché. Iba a estar danzando por el escritorio. Me quemaría en el microprocesador. Me encontraría con todas aquellas putillas de los vídeos. Eso me gustaba. Sí, me gustaba bastante. ¿Cuánto hacía que no...? Avanzaba irremediablemente. Me dolía el cuello. Cansado y seducido por la idea de ser yo el maromo que les daba de lo lindo a aquellas bellezas, liberé tensiones. Se produjo el tirón. ¡Zas! Recorrí en décimas de segundo la poca distancia que me separaba de la pantalla y cerré los ojos. Me di una hostia bárbara. Sonó a cristal roto. El portátil se dobló y el teclado me dio en los dientes. Reboté a mi universo con un importante dolor de frente.
Estaba aturdido cuando recuperé mi posición. Abrí los ojos y miré al frente. Se habían ido las manchas negras y los pop-ups y los mensajes del antivirus y estaba apagado el piloto de la CPU. La pantalla mostraba el escritorio con todas las aplicaciones minimizadas, internet y mis vídeos en pausa incluidos.
Restauré el word, que seguía esperando una palabra decente. Estaba doloroso y jodido por no haber sido real mi encuentro con aquellas musas, pero al menos tenía una puta buena historieta que teclear. Eso sí, utilicé el otro teclado y no el del portátil.   

4 mar. 2014

Sprint

Ahí estaba. Dorsal número 969. La primera maratón en las piernas de Harry "el borracho" Veleta y llegando al sprint en el último kilómetro contra Ahmed Bakhouya, dorsal 1, bronce olímpico, subcampeón del mundo y vencedor en la misma prueba el pasado año.
Pero ahí estaba Harry. A sus treinta y pocos tacos había empezado a correr como quien dice antes de ayer. Talento sobrenatural. Fiestero también de otro planeta: hacía honor a su apodo. Normal que nunca ganase nada.
—¡Vamos chaval! —le gritaba desde las vallas la gente apelotonada. Ni dios conocía su nombre pero ¿quién no quería que ganase un desconocido?
Era una enorme recta y se veía la meta allá al fondo. Después de dos horas y poco no sabía si estaba vivo o muerto. Estaba escarallado, eso seguro. Había superado el muro con alambre de espino y todo y, sorprendentemente, la mayoría de favoritos, manada de negros etíopes y keniatas incluida, se había quedado en el camino. Pero no Ahmed. No el marroquí morito de mierda que parecía estar paseándose por las calles de la capital. Parecía disfrutar acelerando un poco el ritmo, matando lentamente al borracho.
—Puto moro —no paraba de repetirse Harry.
Pero le aguantaba el ritmo. Habían bajado de tres minutos el kilómetro los últimos diez pero ahora debían de estar en dos treinta o dos veinticinco. Era un puto sprint.
El tío de la megafonía se desgañitaba: emoción inesperada en una prueba en la que el ganador solía llegar en solitario. El público se contagiaba y gritaba ¡vamos! ¡vamos! A Harry se le desencajaban las piernas. Podría jurar que ni aun estando recién desayunado sería capaz de esprintar así.
Pero el moro seguía y seguía. Era un martillo pilón.
Trescientos metros para la llegada. El corazón, a doscientos diez. Se ve la cinta en la meta sujetada por dos preciosidades: dos azafatas de la marca de refrescos que patrocina la prueba. Es posible la victoria. La gente grita y aplaude y levanta los puños. Puede ser un paseo triunfal. El mejor día de su vida. Aguanta.
Cien metros. Hay montones de carteles a los lados de la marca de refrescos. También muchas azafatas que ríen y aplauden. Están todas buenísimas. Se imagina que follárselas a todas sería el justo premio para el vencedor. Quizá tardara horas en levantársele pero después ¡pobres de ellas!
Cincuenta metros. Los corredores se echan a un lado. Harry siente las tetas de las azafatas botando a escasos centímetros. Quién le diera poder pararse y masajear un rato, ganar la carrera y luego volver a ellas.
Le sobran fuerzas. La adrenalina ha escondido el cansancio y se encuentra nuevo. Corre como un jamaicano y siente que está medio metro por delante. Las azafatas y sus tetas están ahí. Es la gloria que se merece.
Veinticinco metros. Son sólo una docena de pasos. Al tío de la megafonía no se le entiende nada. Casi puede coger la cinta con las manos. De pronto unas piernas salen por su derecha. Siente la tentación de sacar el codo a pasear e impedir el progreso de Ahmed. Pero eso no es posible. El morito de mierda se saca fuerzas de nosedonde y le adelanta. Su zancada es de dinosaurio. En diez metros le saca tres y alcanza la meta a cinco cuerpos de distancia. La cinta se rompe y está en el suelo, hecha dos pedazos, cuando Harry "el borracho" Veleta cruza la línea.
Todo ha terminado. Segundo. El primero de los perdedores. Harry se tira al suelo y vomita. El morito le da una palmadita en la espalda y levanta luego los brazos. Se pasea reentrando al circuito y chocando las manos de las azafatas, que no dejan de aplaudir.
Harry se reincorpora. Se sujeta las rodillas y apenas puede levantar la cabeza. Ahmed viene a darle un abrazo. Luego unos tipos con traje le felicitan.
—Gran carrera. Gran carrera —le dicen.
—Que os den por el culo —piensa Harry.
Da unos cuantos pasos para que no se le duerman las piernas y después sólo tiene que esperar. Unos cuantos corredores más llegan a meta y comienza la entrega de premios. Saluda desde el cajón número dos del podio cuando mencionan su nombre y recibe un ramo de flores. Luego aplaude obligadamente cuando Ahmed Bakhouya es coronado con dos ramos y, sobre todo, mientras dos azafatas espectaculares le besan la mejilla para hacerse la foto. Suena el we are the champions. No existe un momento peor.
Finaliza todo. La gente se disipa. Es hora de ducharse y estirar.
Las azafatas recogen el chiringuito. Posiblemente se follarían a Ahmed. El morito se lo ha ganado. El bueno de Harry no podría ni olerlas. Necesitaba un whisky. Eso funcionaría. Sin duda. Se merecía un buen trago Harry "el borracho".