20 may. 2016

Siempre la misma cantinela

Todos los años la misma cantinela. Ya vendrá, ya vendrá, ya vendrá... pero no, no viene. Ni vendrá. Pareces gilipollas, esperando a este lado de la puerta a que alguien haga girar el pomo desde el otro lado, en lugar de SALIR TÚ Y PUNTO.
Creías que el sacrificio traería la recompensa. Que el sufrimiento actual se transformaría en gloria futura. Que el tiempo por delante sólo podría ser mejor. Siempre con lo mismo. Un año tras otro. Ya digo: la misma cantinela. Y lo único que mejora es tu cara de gilipollas, que evoluciona hacia la de un imbécil redomado, engreído y soñador. Un capullo con todas las letras.
Se suceden las decisiones. Avanzas en esto llamado vida. Nadas en el mar. Te zambulles y buceas en él. Siempre con un objetivo. Siempre mirando hacia adelante. Siempre dispuesto a superarte y mejorar. Pero te miras y te das cuenta de que no avanzas. Estás estancado. Tu mañana de ayer es tu hoy, ¿y qué has conseguido? Sólo seguir mirando hacia adelante. ¿ACASO CREES QUE ALLÍ HAY ALGO?
Pero de vez en cuando te llegan las hostias. Ahí es cuando te dices: ojo, que igual estoy perdiendo el tiempo. Igual tanto esperar no vale la pena. Pero concluyes que sí vale la pena y vuelves a caer. Sólo que los materiales también rompen por fatiga y tú terminas también por romper, cayendo definitivamente al vacío, rendido, hasta los cojones de buscar y esperar, buscar y esperar, dándote cuenta de que para recuperar el tiempo perdido necesitarías una vida nueva porque ésta, de lo gilipollas que eres, ya la has desperdiciado por completo.
Y ahora, a pensar si esta es la hostia definitiva o sólo una más hasta que llegue la que por fin me mande al otro barrio. ¿Alguien me sigue?

8 may. 2016

Jesucristo en el puticlub (parte 3 de 3)

Un perro callejero que pasaba por allí meó en la cara de Jesucristo. Éste abrió un ojo y el chucho se escapó asustado.
Era de día y todo lo que veía Jesucristo eran dos paredes de ladrillo y un montón de basura. En contenedores, en el suelo y encima de una montaña de más basura.
Él se sintió una mierda más cuando notó el terrible pinchazo en el estómago.
—A esto le deben de llamar resaca —pensó.
Trató de levantarse. Primero se atusó el pelo. Trató de hacerse una coleta y, al pasar la mano por la cara notó una hinchazón a la altura del ojo.
—El puto negro —pensó.
No muy consciente de su estado, consiguió incorporarse y empezar a caminar. Ni con los judíos había sufrido tanto Jesucristo, pero por fin llegó hasta el final del callejón y miró atrás. Atrás quedaban la basura, las paredes de ladrillo y aquel cartel rosa que decía CLUB.
Luego continuó su camino mirando al frente. Los coches iban de un lado a otro. Algunas personas hacían footing. Otros sacaban a cagar a sus perros. Otros chismorreaban desde la ventana. Antes de retomar el paso, Jesucristo respiró hondo y dijo en voz alta:
—Bienvenido al mundo que papá ha creado.