29 dic. 2014

La muerte del perro

Me meé en los pantalones en cuanto vi aquel perro rabioso. Me puse las manos en la cara, saltó sobre mí y rodamos entre la maleza. Trataba de morderme el cuello y yo de agarrar el suyo. Había sangre y ladridos y de pronto sonó un disparo.
Un hombre estaba a escasos metros con una escopeta de caza todavía humeante. El chucho chorreaba sangre por el pecho y la boca.
—Gracias —le dije.
—Era mi mejor perro —contestó.
Siete meses después me enteré de que aquel hombre estaba en la cárcel y fui a visitarlo. No concebía que alguien que me había salvado la vida fuera capaz de cometer atrocidad tal como para acabar entre rejas.
—Se hizo justicia —me dijo.
—¿Por qué? ¿Qué has hecho? —quise saber.
Se rio con cierta malicia y habló tras un largo silencio:
—Te pondré un ejemplo: aquel día, cuando maté al perro —asentí con la cabeza—; quería dispararte a ti pero me falló la puntería.
Colgué el teléfono por el que hablábamos, me levanté y me fui. Todavía recuerdo su mirada profunda desde el otro lado del cristal.

24 dic. 2014

Un profesional de la bebida

Había personas cazurras y después estaba Harry. Había viejos artríticos que cruzaban una avenida lejos del paso de peatones, había quien se apuntaba al gimnasio los eneros de todos los años, quien intentaba razonar con un policía local, y después estaba Harry.
Estaba siendo una bonita tarde de septiembre y, por supuesto, Harry le había dado al trinque. No había día en que el bueno de Harry no se acostase con unos lingotazos encima, y el hígado ya le había dado un par de sustos. Era todo un profesional de la bebida.
Los temas de conversación se habían acabado y él y sus compinches miraban la playa desde la terraza situada arriba en el acantilado. Refrescaban el gaznate y miraban veinteañeras broncearse y jugar al voleibol allí abajo. Poco más le podían pedir a sus tristes vidas.
—¿Sabéis qué estaría bien? —preguntó uno de los compinches.
Se esperaba Harry algo así como «bajar y juntarnos a un grupito de tías», pero no. Dijo el compinche:
—Bajar y darnos un baño.
El comentario fue ignorado. Les sonaba aquello poco menos que a gilipollez, pero el compinche les retó:
—A que no hay huevos.
Una voz apoyó la moción:
—Por mí sí.
Y luego otra:
—Por mí igual.
Y así todos hasta llegar a Harry:
—Por mí que no sea.
Cinco minutos después la manada estaba en bermudas pisando la arena mojada, despidiendo alcohol por todos sus poros, riéndose a carcajada limpia y esperando a ver quién realmente tenía huevos a dar el primer paso.
Fue, cómo no, Harry. Arrancó en un sprint y chapoteando cuatro o cinco pasos dentro del agua se zambulló sin tiempo a ser consciente de lo fría que estaba. Emergió tiritando y, cuando miró de nuevo la arena, ya los demás se estaban metiendo poco a poco hasta que unos se salpicaron a otros y todos terminaron con el agua a la altura del escroto.
Pero Harry no se unió a ellos. En lugar de eso, se giró de nuevo y miró el océano Atlántico en el horizonte. Cogió aire, despegó los pies de la arena y empezó a nadar mar adentro, braceando y moviendo los pies descoordinadamente, pero avanzando en pocos segundos hasta donde no hacía pie. Alcanzó la línea de boyas que indicaba el límite hasta donde los barquitos podían fondear, y empezó a escuchar algunas voces de sus amigos.
—Tío, puedes volver cuando quieras.
—Hey, que no eres Michael Phelps.
—¡Eso no puede ser bueno, colega!
Pero enseguida las voces empezaban a ser lejanas e inaudibles.
Harry nadaba con convicción. No tenía motivos para hacerlo pero, del mismo modo, no tenía motivos para regresar junto a sus compinches o, simplemente, mantenerse quieto en el punto en que se había zambullido. Así que sólo nadó y nadó hasta que empezó a sentir cansancio, y hasta eso pasó un tiempo difícil de estimar.
Cuando se detuvo, giró su cabeza trescientos sesenta grados para ver hasta dónde había llegado, pero entonces le invadió una sensación extraña: una mezcla de naúseas, dolor de barriga, vértigo y bajón de tensión, y sintió que se quedaba sin fuerzas súbitamente y empezaba a hundirse.
Algo inexplicable tiraba de él hacia abajo y el borracho de Harry braceó y pataleó, pero sus brazos parecían no hacer fuerza al golpear la superficie del mar, como si se hubiera convertido en un blando invertebrado, y los pies parecían atados a dos bolas de presidiario.
Se hundía irremediablemente.
La cabeza estaba debajo del agua. Todavía veía la luz del sol pero le picaban los ojos. Los cerró. Seguía perdiendo altura.
Pensó Harry que todavía era joven para morir, que apenas se había follado una docena de tías, que todavía no se había ido de putas, que todavía no había catado una mamá y que se quedaría sin probar el sexo anal. Pero se quedaba sin aire y la sensación empezaba a ser angustiosa.
Hizo un último esfuerzo pero, paradójicamente, parecía que al tratar de ascender conseguía todo lo contrario.
Y el aire de los pulmones se agotaba.
Harry abrió los ojos. Veía el fondo un poco más abajo y lo rozó con los pies. La superficie estaba muy lejos.
La reserva de aire se terminó. Tenía que respirar y lo hizo. El agua entró en sus fosas nasales y sintió encharcarse todo su organismo. Era un asqueroso pez que trataba de respirar sin branquias. ¡Qué muerte tan patética!
Entonces el bueno de Harry, con todas sus oquedades saturadas, se sintió de repente muy lúcido y miró la parte positiva del asunto. Caminó sobre el fondo marino buscando la parte todavía más profunda del océano:
—Ya que estamos aquí —pensó—, me follaré a la Sirenita, ¿por qué no? Encontraré a la Sirenita y me la follaré. Cuando los demás la palmen tendré una buena historia que contarles. Capullos. Me la follaré a base de bien. Le daré por culo. Claro que tendrá el agujerito en mitad de la cola. Me pregunto cómo será metérsela. Je, je, je. Ella sabrá. Las mujeres tienen trucos para todo.
Absorto en sus bonitos pensamientos, Harry siguió caminando sobre el fondo marino hasta que la oscuridad a su alrededor fue total.

19 dic. 2014

Un buen ejemplar

Toda la oficina tenía la mosca detrás de la oreja. Chavi era un gordo sudoroso, pero ese no era el problema. Vestía viejas camisetas de publicidad que dejaban al descubierto uno o dos centímetros de barriga. Se metía el dedo en la nariz y pegaba la mierda debajo de su mesa. No perdía demasiado tiempo con su higiene y eso se notaba en los días calurosos. Comía palmeras de chocolate y bebía latas de cocacola. Así era Chavi y, sin embargo, nada de eso era el problema.
Sucedía que, desde hacía un tiempo, Chavi se encerraba en el baño a media mañana y no salía de allí en cinco, seis o siete minutos.
—Ya va el cerdo a lo suyo —decían sus compañeros cuando se levantaba de su silla con cierta prisa.
—Menudas cagadas asquerosas debe de echar —comentaban.
—Habría que tener un ambientador o mandarlo a cagar a otra planta —sugerían.
—A ver quién tiene huevos a entrar ahí ahora —se retaban unos a otros.
Un día uno de ellos se atrevió. Chavi se había levantado como un resorte y un tipo le esperó pacientemente tras la puerta. Pasaron los seis minutos de rigor y sonó la cisterna. Chavi salió y saludó:
—Todo tuyo —dijo.
—Gracias, majo —le contestó el otro.
Y entró. Cuando salió regresó a su sitio y esperó a la hora del café para comentar la jugada:
—No os lo vais a creer —dijo—. Entré allí y no las tenía todas conmigo. Estaba acojonado. Entonces respiré, esperando que oliese a mierda de vaca pero, para mi sorpresa, ¡no olía a nada!
—¡Qué dices! —comentaron los demás.
—¡Imposible!
—Como os estoy diciendo. Pero ahí no acaba la cosa. Abrí la tapa del wáter y no había ningún tipo de resto, así que aproveché para echar una meada. Y entonces lo vi...
—¿El qué? —preguntaron dos o tres voces a la vez.
—Algo más asqueroso que la peor cagada que ese cerdo pudiera soltar.
—Joder —dijo uno—, me estás asustando.
—¿Seguro que queréis oírlo?
—¡Suéltalo! —gritaron.
—Ahí va: un pegote de semen en la pared. ¡Sí! A la altura del cuarto o quinto azulejo. Un pegote de semen amarillento resbalando y dejando una estela transparente detrás de sí, como un pequeño cometa surcando el cielo muy muy despacio. Os lo juro. ¡Fue asqueroso!
Todos pusieron cara de repelús, insistieron en lo absurdo y asqueroso de la situación y una chica muy fina se levantó, dijo, a vomitar inmediatamente.
Hablaron con el jefe la misma mañana y, al día siguiente, éste llamó a Chavi a su despacho:
—Iré al grano —le dijo—. ¿Te masturbas en el cuarto de baño?
—No, señor.
—Chavi. Te tiras un buen rato ahí dentro. Es mejor que lo reconozcas. Hay profesionales que te podrían ayudar. ¿Es verdad que te masturbas?
—No, señor, se lo aseguro.
—¿Entonces qué coño haces ahí dentro?
—No creo que tenga que explicarle qué se hace en un cuarto de baño.
—Está bien, Chavi. Vuelve a tu sitio.
Chavi volvió a su silla y dio un buen mordisco a la palmera que se había dejado a medias.
Esa mañana todavía se encerraría sus cinco o seis minutos, y así los días siguientes, sólo que el jefe había dado la orden a sus compañeros de entrar en el baño después de él y oler si había cagado o buscar pruebas de la masturbación en suelo y azulejos.
No olía. Y tampoco encontraron pegotes de semen.
—El cabrón se cuidará muy mucho de limpiarlo todo muy bien —decían.
La masturbación era la única explicación posible, así que otra mañana esperaron la cita habitual de Chavi en el retrete y el jefe, su mujer —que además era la directora general—, y otros tres tíos más se situaron tras la puerta por orden del primero.
—A la de tres —dijo el jefe—. Uno, dos, ¡tres!
El más fuerte abrió la puerta de una patada y se encontraron dentro a Chavi, que los miró con los ojos como platos. Estaba de pie, a un paso del wáter, con los botones de sus vaqueros del Carrefour desabrochados y sujetando con la mano derecha su enorme pene erecto. No dijo nada. Los demás tampoco. Sólo se cerró la puerta y, poco después, Chavi salió de dentro tras tirar de la cisterna.
Ese mismo día fue despedido. No dijo adiós a nadie. Sólo recogió las galletas que guardaba en un cajón, se levantó y desapareció tras la puerta.
—Ya era hora —dijeron algunos con alivio.
Chavi se emborrachó aquella noche. La vida no era fácil para un informático con nulas posibilidades de follar gratis. Demasiado tiempo perdido en su adolescencia entre videojuegos y juegos de rol.
Antes de pedir otra vez una mujer se sentó en el taburete de al lado. Falda por las rodillas. Tacones. Buenas piernas. Pintaba bien.
—Hola, Chavi —dijo.
Era Dora, la directora general. La mujer del jefe. Estaba sola.
—Pídete lo que quieras. Yo tomaré un vodka negro —dijo Dora, mirando al camarero que esperaba detrás de la barra.
—Otro ron cola —dijo Chavi.
Dora sonrió y se escurrió unos centímetros hacia Chavi. Era diez o doce años mayor que él. «Una puta diosa», pensó el chaval.
—Que sepas una cosa —dijo Dora, en voz baja—: tienes un magnífico ejemplar.
Chavi sonrió por primera vez en mucho tiempo.
El camarero se acercó con dos vasos, echó tres bolas de hielo en cada uno y luego se giró para coger de la estantería una botella de vodka y otra de ron.

14 dic. 2014

Aquellos maravillosos lunes al sol

Se lo decía el otro día a mi novia. Mi cara tenía mala pinta y ni yo mismo entendía por qué. Hablando de todo un poco lo fui descubriendo:
—Es que mi vida ya no es como era. Es como si me hubieran robado el alma y sólo fuera una masa de sesenta y nueve kilos que respira, come, mea, caga, trabaja y todas esas cosas. Como si me hubieran despojado de mi esencia. Dime, ¿habrá sido dios?
A ella le preocupaban estas paranoias mías. Me dijo que dios no existía.
—Se supone que tengo la mayoría de cosas a las que un hombre aspira. Una mujer que me quiere, un buen trabajo, dinero, una casa y una vida por delante sin demasiadas complicaciones.
»Se puede decir que lo tengo todo, y quizá ese es el problema. Se acabaron las metas, las aspiraciones. Se acabaron las cosas por las que luchar. Dime, ¿qué es un hombre sin algo por lo que luchar? En mí tienes la respuesta: sólo organismo.
Le costaba mucho entenderme. Para ella mi razonamiento era sinónimo de no quererla.
—Estaba mejor cuando no tenía nada. No te tenía a ti. De hecho tenía miedo de todas las mujeres: era demasiado fácil que me hiriesen. Vivía con mis padres porque no era capaz de encontrar un trabajo decente que me durase. Y cuando encontraba algo me sentía tan desgraciado allí dentro que hacía lo posible por salir y verme otra vez en la calle. Y por supuesto, no tenía dinero, sólo la limosna que me arrojaban mis padres, lo justo para pagarme los vicios.
»Y esa época se prolongó y estuve así años, en una especie de stand-by, a la espera de no se sabía muy bien qué.
Me recordó mi novia lo desgraciado que era entonces, o al menos en la parte que ella conocía. No estuvimos juntos hasta que la cosa mejoró.
—Sin embargo ahora recuerdo esa época con cariño, como si fuese una buena época de mi vida. Estaba lleno de metas, de ambiciones, de sensaciones. Había tocado fondo y sólo me quedaba levantarme y mejorar, ir hacia adelante. Peor ya no me podía ir. Cuando uno se ha hundido del todo no hay nada más abajo. Alrededor sólo hay esperanza.
Mi novia me insinuó que era una especie de masoquista al que le gustaba sufrir. Le dije que no y continué:
—Recuerdo el irme a dormir los domingos por la noche y pensar: «empieza otra semana en la que no tengo nada que hacer». Y el lunes me despertaba a las nueve o diez, echaba un par de currículos —sólo a veces— y a las doce estaba leyendo el periódico y tomándome una cerveza con Mario —un amigo en mi misma situación—, gastándome mi poco dinero. Nos contábamos las penas y nos reíamos del mundo y después decíamos: «es lunes y aquí estamos, ¿no te parece increíble?» Y sí, era increíble. Aunque luego la conciencia pesaba como una losa; la sensación de culpa era enorme. Pero ese ratito de la cerveza, ese momento de reírnos del mundo, y también esas tardes de siesta, esos programas de televisión en el que unos tíos se van al extranjero a buscarse la vida y triunfan, esas horas perdidas en el ordenador, esas noches de partidos y más cerveza, esos jueves hasta las tantas emborrachándonos... no sé, son irrepetibles y tengo la sensación de que, aunque estaba hundido, nunca en realidad estuve tan bien.
Ella me dio las gracias por la parte que le tocaba. Estaba llorando. Me dijo que si tanto me gustaba aquella época la olvidara y volviese allí.
—No es eso. Claro que no quiero volver. Pero creo que la mayor diferencia entre entonces y ahora es el miedo. El miedo que tengo ahora por perder todo aquello por lo que he luchado y volver a una época en que me sentía tan desgraciado pero en la que, paradójicamente, no tenía miedo a nada.
»Podría decirte que estoy encantado en mi situación. Podría mentirme a mí mismo y mentiros a todos y deciros que esto es genial. Pero a mí me gusta decir la verdad, y no hay que tener miedo a la verdad. Y la verdad es que como me dijo el otro día Mario: eran maravillosos aquellos lunes al sol. Me asusta reconocerlo, pero es así. Uno echa de menos su propia miseria. Uno echa de menos no tener miedo. Aunque suene retorcido y sin sentido, nunca tan bien se está como cuando se es una puta mierda.

9 dic. 2014

El buen trabajador

Cuando era nuevo en la oficina estaba acojonado. Le asustaba la gente, todos aquellos hombres y mujeres con sus hombros y sus codos y sus rodillas y sus manos y sus pies, tan conocedores de su trabajo, tan sabedores de todo, tan en armonía con sus ordenadores y sus sillas y sus mesas y sus papeles encima, que pensó que no podía haber peor infierno y que no había otra solución que pedir la cuenta y el posterior suicidio.
¡Qué mal lo pasó este hombre! Malo era aparecer por la puerta y ocupar su sitio entre tantos otros, malo era recibir cualquier orden y no tener ni puta idea de por dónde empezar, malo era acostarse por las noches sabiendo que le quedaban pocas horas para volver a la tortura y ya no hablemos de lo malos que eran los domingos.
Pero como no hay mal que cien años dure, poco a poco los domingos empezaron a ser un día más, la tortura sólo una leve molestia, las noches un buen momento para descansar, las órdenes, entendidas, y ocupar su sitio, una tarea más de tantas que empezaba a dominar.
Sintió que aprendía, que era útil en su trabajo, que sabía hacerlo. Se sintió UNO MÁS. La armonía había llegado también a él.
Estaba integrado.
Había empezado incluso a gustarle lo que hacía. Era bonito ser un buen compañero. Era bonita la sensación de un trabajo bien hecho. ¡Y qué decir de los parabienes del jefe y de todos los demás!
Asumió cada vez más responsabilidades. Las tareas se le acumulaban y él ponía todo su empeño en organizarse y sacarlas adelante. Era pura eficacia.
No importaba que otros abusaran de él o que, de tanta acumulación, no le quedase más remedio que regalarle sus horas al jefe y tirarse allí hasta la noche. La sensación al llegar el fin de semana era magnífica. No podía existir empleado mejor.
Era un viernes de madrugada y el hombre estaba sólo, mirando por la ventana de la oficina en uno de sus momentos de descanso para la vista, dañada tras tanto castigo. Aquella semana había sido de récord. Nunca pensó que tanto trabajo pudiera existir, pero allí estaba él, después incluso de que las limpiadoras dejaran el edificio como una patena, cuando al otro lado del cristal se le apareció levitando Satanás para decirle:
—Eres un auténtico gilipollas.

4 dic. 2014

Un culo prieto, una vida paralela y un perro que huele pises

La cosa llevaba un tiempo bastante jodida. Natalia había dejado de mostrar interés por mí y yo, en cierto sentido, había dejado de mostrar interés por ella. Sólo por las noches, con el roce de su culo prieto bajo las sábanas, renacía el recuerdo de lo que había sido una bonita relación que se esfumaba otra vez en tres o, como mucho, cuatro minutos de cabalgadas.
—Ya sólo me quieres para esto —me decía después—. Me utilizas.
Puede que tuviera razón, que la utilizase cuando me entraba el calentón, pero la cosa se había estabilizado así.
—Quizá a esto sea lo que le llaman relación madura —le decía.
—Y una mierda —contestaba.
Existía una especie de pacto implícito entre nosotros. Compartíamos techo y gastos, nos soportábamos sin hablarnos demasiado y follábamos a menudo, pero no queríamos saber nada de la vida del otro.
—Esto es muy triste —la escuchaba decir por teléfono a veces.
Así que al margen de nuestro pacto, cada uno hacía su vida al otro lado de las cuatro paredes. Por mi parte no había demasiadas emociones. Odiaba a mi jefe, a mis compañeros de trabajo, un poco a mis amigos de las cervezas, a mis rivales de las partidas de póquer, a Messi, a Cristiano Ronaldo, a Mariano Rajoy, a Pablo Iglesias, al Rey, al Pequeño Nicolás y puede que al resto del mundo.
A Carla no la odiaba. La había conocido de pasada dos o tres años antes. Paseaba a su perro en el mismo parque en que yo paseaba el perro de Natalia antes de que lo atropellara un camión de la basura. Luego me la encontraba de vez en cuando y hablábamos un ratito; aunque fuese de la mano de su marido, un maromo de metro noventa con pinta de satisfacerla en todos los sentidos.
—Seguro que te gusta esa zorra —me decía Natalia.
—Para nada —le contestaba.
—Ya, claro.
—De verdad que no.
Pero la verdad era que sí, que me había enamorado de Carla, sólo que el miedo al maromo de metro noventa y a perder el culo prieto de Natalia me obligaron a mantenerme quietecito.
Fue una noche de otoño cuando Natalia me lo dijo. Gilipollas no soy, y los condones desaparecían de la caja a un ritmo mayor del uso que yo les daba, y el teléfono de Natalia no paraba de vibrar por las noches, así que algo me olía. Aún así busqué su culo prieto bajo las sábanas pero ella se apartó. Lloraba. Ni siquiera intenté consolarla. Dejé que se calmara un poco y le pregunté:
—¿Quién es él?
—No le conoces.
Las luces estaban apagadas y sólo veía la silueta de Natalia bajo las líneas de la persiana.
—¿Quién es?
—¿Qué más te da?
Quería saberlo. Por algún motivo, quería saber quién hurgaba en aquel trasero además de mí.
—¿Tanto te interesa? —me dijo.
Entonces me lo contó. Efectivamente, no le conocía de nada. Un amigo soltero de una compañera de gimnasio que a su vez bla bla bla...
—Está bien —le dije—. Buenas noches.
Natalia siguió llorando y yo no tardé demasiado en quedarme dormido.
Las noches siguientes fueron parecidas. Ella lloraba y rechazaba ofrecerme su culo, así que empecé a sentirme mal por todo aquello. Me levantaba, veía un rato la tele en el salón y después volvía a la cama cuando ella ya se había dormido.
Pocos días más tarde, cuando bajé la basura, me tropecé con el maromo de Carla, el satisfactor, con aquel perro insignificante oliendo las pises de otros perros.
—Qué hay —me dijo.
Después de dos o tres frases absurdas le comenté que hacía días que no veía a su mujer.
—Y menos que la verás —me dijo—. Hemos roto.
Quise saber por qué y me contestó:
—Se lio con un viejo amigo y se largó con él.
Le di dos palmaditas en el hombro y le dije que lo sentía y que parecía una buena chica. Luego subí al piso, cené con Natalia y se repitió parte de la escena de las otras veces. Nos metimos en la cama y ya casi no lloraba, pero siguió sin ofrecerme su culo prieto, ese culo que ahora disfrutaba otro.
Yo tampoco insistí pero, desde entonces, empecé a sentirme triste de verdad.

29 nov. 2014

Mi canario el mago

Desde poco después de comprármelo en aquella tienducha, sabía que mi canario tenía extraños poderes, que era una especie de mago encarnado en animal volador.
Un día transformó el agua en vino. Entro al patio de luces y me lo encuentro revoloteando en la bañera, con las plumas hechas un cenagal y cantando: «¡con el pi-piripi-pipi!, ¡con el pa-parapa-papa!», zambulléndose y dejando escapar un rastro de vino por la comisura del pico.
Otro día no estaba en la jaula. Creí que se había escapado, pero no entendía por dónde. De noche regreso a casa y lo veo dentro otra vez, como si nada, saltando de un barrote a otro y piando por mi llegada. Le pregunto qué había pasado y con toda la pachorra me dice: «me fui de putes». «Dirás de putas», le digo. «No. De putes», insiste. Luego me contó el bicho que tenía antepasados astures.
En otra ocasión hizo una montaña de excrementos. Me explico. Se pone en una esquina, siempre la misma, y deja caer sus caquitas negras y blancas sobre el mismo punto, formando una montañita que alcanza los dos o tres centímetros. Me pica la curiosidad y le pregunto a qué viene esa historia, y entonces trepa al lateral de la jaula más cercano a mí y me suelta: «A ver listo, ¿eso es estalactita o estalagmita?».
Pero lo más sorprendente fue una vez que iba a rellenarle el cacharro del alpiste y veo que el cabrón está comiendo en él como si no hubiera mañana, moviendo la cabeza detrás de la cubeta transparente a toda velocidad. Parecía que ni quería perder el tiempo en respirar. Me acerco y, ¿qué es lo que veo? Dentro del cacharro hay, no os lo perdáis, ¡percebes! Sí, percebes. Unos preciosos y enormes percebes gordos como pulgares ya pelados y sin cabeza, con una pinta tan bárbara que se me hace la boca agua. «No me jodas», le digo. El canario saca la cabeza y me dice: «Estaba hasta los huevos del alpiste y tengo mis contactos». «Ya veo», le digo, todavía acojonado. Y él sentencia: «Para ti no hay».
Acostumbrado a estas cosas, una noche llegué a casa dispuesto a plantearle un asunto al canario. Lo cierto es que llevaba una mala racha. O mejor dicho, una racha de mierda. Ya sabéis: las mujeres, el jefe, el poco dinero, las casas de apuestas, el estreñimiento, la disfunción eréctil, las noticias de por la noche, la radio que no funciona, los desagües atascados, las grietas de la pared, la persiana que no baja y la puta que los trajo a todos. Así que me planto ante la jaula y lo miro. Está sobre el barrote, a punto de hacerse una bola sin cabeza para dormir, como una gárgola de Notre Dame pero con una sola pata, y le digo que quiero proponerle un trato:
—Adelante —dice.
—Cambiémonos el uno por el otro.
—¿Cómo dices?
Las plumas vuelven a su posición; se le pegan a la piel, si es que los canarios tienen piel. Quizá estén directamente los músculos detrás de las plumas.
—Sí —digo—. Tú ganas. Me has ganado. Eres mejor que yo. Te mereces salir de esa jaula para siempre y que sea yo el que entre ahí.
—Jajajajaja —se parte el culo de risa el tío.
—¡Vamos! Hablo en serio. Sé que puedes hacerlo. He visto como haces magia, cosas imposibles para un canario. De hecho mira: estamos teniendo una conversación.
—Jajajajaja.
—Seguro que puedes. Cambiémonos. Tú serás libre y harás lo que te dé la gana, sin una jaula a tu alrededor, y yo me meteré ahí y no saldré. Es lo que merezco.
—Jajajajaja —tuvo que agitar las alas para no caerse de la risa.
—Tú llevarás mi vida y yo la tuya, ¿qué te parece?
Sus carcajadas duran unos segundos más. El tiempo necesario para poder callárselas y aclarar la voz. Entonces me lanza una mirada despiadada y me dice con toda naturalidad:
—Ni de puta coña.

24 nov. 2014

Una discusión

Era la hora de la siesta y la parejita venía de una larga temporada sin oler las vacaciones.
—Tenemos un problema de comunicación —dijo María, recostada contra el cabecero de la cama con la Quore.
—Sí —contestó Javi desde el escritorio y tecleando algo en el ordenador.
—Por lo menos estamos de acuerdo en eso.
—Pues sí.
—O sea que tenemos un problema de comunicación.
—Sí, nos comunicamos demasiado.
—Estúpido.
María dejó por un momento la revista y miró la espalda de Javi, cada vez más arqueada tras horas y días ante la puñetera pantalla.
—No me refería a eso.
—Lo suponía.
Javi agitó sus hombros, como si fuese a empezar una larga carrera. En cierto modo era así. Las discusiones con María requerían una buena preparación física y mental.
—Es que no me haces ni caso —dijo María.
—Tonterías.
—No son tonterías, lo digo muy en serio.
—Y yo digo muy en serio que deberíamos pasar más tiempo hablando de tonterías y haciendo tonterías.
—Eso no resuelve los problemas.
—Problemas que sólo ves tú.
—¿Yo? ¡Si ni siquiera me has mirado a la cara para hablar de esto!
Javi no la miró, aunque por el reflejo de la pantalla podía ver que María podría explotar en cualquier momento.
—Y ya no digamos otras cosas. ¿Cuánto hace que no me dices que me quieres, o que me coges de la mano al andar, o que me besas apasionadamente? ¡Dime!
—Tonterías.
—Tonterías, ¿eh? ¡Si ni siquiera me haces el amor como antes!
—Eso es mentira.
—Es verdad y lo sabes.
«Y lo sabes», rio Javi para sus adentros. Se le vinieron a la cabeza las imágenes de Julio Iglesias que circulaban por internet. «Follas poco y lo sabes», se dijo.
—Cálmate, anda —concluyó después.
—En serio, eres desesperante.
—Soy todo lo desesperante que tú eres capaz de desesperarme.
—¿Pero no ves que hay un problema? —María levantó la voz.
—Sí, que estás erre que erre día sí día también.
—¿Y tú no has hecho nada para que yo esté erre que erre?
—Sinceramente, creo que no.
—Tú eres don perfecto.
—No.
—Tú nunca generas discusiones.
—Rara vez.
—Pues ahora la estás generando, que lo sepas.
—Claro, he sido yo el que sacó el tema.
—No, es mejor que me calle hasta que explote un día.
—Deberías probar.
—Eso te gustaría. Que explotase y tuvieses una excusa para mandarme a la mierda.
—No, sólo que te callases.
María respiró profundamente. Hubo un tiempo en que sólo respiraba profundamente después de que Javi la dejará seca tras un polvo majestuoso.
—Esto no funciona —dijo María.
—Ajá.
—Qué asco. Me largo.
Se incorporó y se puso las botas. Javi podía escuchar cómo los botones metálicos de las botas de María golpeaban el somier. Le quedaban muy bien las botas. Tenía pies y piernas hechas para unas buenas botas de cuero.
—¿No dices nada? —preguntó María.
—Ya lo dices tú todo.
—Hombre, he dicho que me largo. Podrías contestarme.
—Ya te oí. ¿A dónde? ¿Con tu hermana?
—No.
—¿Con tus amigas?
—Tampoco.
—¿Entonces?
Javi se giró y miró por primera vez los ojos de su chica. Tenían lágrimas a punto de resbalársele pero eran muy bonitos. Realmente unos marrones y bonitos ojos tristes.
—Me voy para siempre —dijo María.
—Venga ya.
—Hablo en serio, Javi.
—Eso no te lo crees ni tú.
—Esto es el final.
—¿El final de qué? ¿De la discusión? Me alegro entonces.
—Odio tus sarcasmos —todavía tuvo tiempo María de poner cara de asco—. El final de lo nuestro.
—Sí, ya.
—O sea que no me crees.
—No. Harás como la otra vez.
—La otra vez fue distinta. Fue una chiquillada.
—Saldrás con tus amigas, te emborracharás y les contarás lo hijoputa que soy. Procura al menos no oler a colonia de tío al volver.
—En serio. En estos momentos me das asco.
—Muy bien. Nos vemos de noche.
María dio media vuelta y salió de un portazo que estremeció a Javi aun cuando ya se lo esperaba. María era mucho de dar portazos.
Luego Javi escuchó unos cuantos pasos acelerados, otra puerta que se cerraba y más pasos escaleras abajo. Entonces se acercó a la mesilla de su lado y, del último cajón, sacó una botella de vino y un sacacorchos que guardaba para las grandes ocasiones. Se preguntó si aquella era una gran ocasión y volvió al ordenador. Nunca abrió la botella; no sabe si por pereza o por un instante de lucidez.
Mientras, María no sabía muy bien dónde dormiría aquella noche, pero sabía que hasta el lunes no regresaría a la que había sido su casa para recoger sus cosas, aprovechando que el imbécil de Javi trabajaba. Para entonces él la habría llamado y le habría escrito mil mensajes, hecho a la idea, aunque sólo fuera un poco, de que hablaba en serio cuando decía que no volvería.
Lo mejor es que Javi jamás sospecharía que de gilipollas María tenía lo mismo que él de tío válido. Por eso escribió un mensaje de móvil y le dio al botón de enviar con destino Samuel. Samuel era el tío con el que se liado por primera vez la noche en la que dijo que se largaba de casa, aunque todo quedó en una supuesta chiquillada. El que le pegó el olor a colonia. Al final la chiquillada resultó media docena de polvos con un tío que parecía otra cosa. Más personalidad. Más pasión. Más... hombre.
Después de todo, paradojas de la vida, María tuvo que agradecer que Javi, además de cornudo, fuese todo un alelado y nunca se enterara de media.

19 nov. 2014

Vísceras

Hoy no tenía nada claro el asunto cuando me senté delante del ordenador, pero tampoco me perdonaría dejar que pasasen los minutos o las horas y que nada decente ocupase una o dos hojas del word antes de subirlo al blog, así que tiré por el camino más fácil de buscar en mis entrañas y desgranar mis pensamientos y sacar a la luz aunque fueran mis vísceras, como un gran alijo de material incautado.
 ¿Y qué he encontrado? Pues hay demasiadas cosas y ninguna a la vez, pero si tengo que describirlo, en realidad describirme, yo diría que lo que siento son las manecillas de un reloj: «tic-tac, tic-tac», que no puedo dejar de oír como cuando te tumbas en cama en ciertas posturas y escuchas los incómodos latidos del corazón y no puedes evitar preguntarte si no se parará o si ese ruido verdaderamente perdurará hasta que te mueras.
Bueno pues ahí están esas manecillas y no comprendo qué quieren decirme realmente. Puede que por un lado me recuerden que ya no soy tan joven, que ya he vivido un porcentaje de mi vida importante y es hora que me plantee qué demonios he hecho o conseguido hasta ahora. O puede que me recuerden que el tiempo pasa y pasa y jamás dejará de hacerlo, pero ellas suenan fuerte para hacerme ver lo estúpido que soy por no aprovecharlo al máximo y permitir mi autodestrucción sin más.
Es como si una plaga gigante cayese del cielo y yo no hiciera el mínimo esfuerzo por buscar un techo y cuatro paredes en las que refugiarme. ¿Por qué lo hago? No lo sé. En realidad no sé nada. Nada de esto, nada de lo otro. Nada de la vida. ¿Qué carajo sé? ¿Qué carajo soy? Tic-tac, tic-tac. El tiempo pasa y yo sigo plantado en una buena ciudad, con un buen trabajo, una buena mujer y una buena familia a mi lado, pero soy inerte como una piedra hundida en la corteza terrestre durante miles de millones de años, ajeno completamente al entorno, estático, inepto, necesitado de un bofetón o de un escarmiento.
Y creo que ni con esas reaccionaría. Creo que he perdido mi alma. Se ha ido volando porque la he castigado o la he dejado de utilizar creyendo que era innecesaria. Ahora soy sólo esas vísceras de las que os hablaba al principio, unas manecillas que suenan y un gran vacío de inconexión entre las distintas partes de mi organismo. Una especie de máquina que vive y parece humana, pero que de humana sólo le quedan la desmotivación, la repulsión, el asco generalizado y, sin ninguna duda, las ganas de gritar hasta quedarme sin voz y de cagarme en dios y en todas las columnas del firmamento y después estallar en millones de pedazos.
Puede que, después de todo, esa sea mi alma y yo esté engañado y no se haya ido nunca de mí. Como tantas otras cosas, no lo sé.

15 nov. 2014

Los problemas del sobreesfuerzo

Lalo se marcaba una sudada de campeonato. Acababa de correr trece kilómetros y pico en cincuenta y siete minutos. Su record personal, y por poco echa la pota al subir la última cuesta camino del gimnasio.
Medio muerto, estiraba concienzudamente sus piernas contra una barandilla sobre una pasarela de madera que daba acceso a las instalaciones. No podía estar más orgulloso de sí mismo. Cuatro años después de apuntarse a la primera carrera, por fin sus tiempos empezaban a ser dignos de contar a los farsantes que presumían allí dentro de lo estupendos que eran por pasarlas putas a cambio de unos segundos menos por kilómetro.
Lalo apoyaba una pierna estirada en la barandilla e inclinaba el tronco hacia el pie elevado, cuando una mujer que salía del gimnasio se le acercó. Era Vanessa, una madurita siete u ocho años mayor que él, que se machacaba día sí día también ante la poco disimulada mirada de los hombres fofos y los maromos que coincidían con ella. Era de lo poco salvable a las horas que entrenaba y ella lo sabía. En realidad, todos lo sabían, por eso Vanessa acumulaba más fama que méritos de tía buena y morbosa.
En cualquier caso a Lalo le valdría y la sobraría para pasar un buen rato, así que no le quitó ojo en cuanto supo de su presencia. Vanessa le miró también, y las miradas se mantuvieron cruzadas hasta que los cuerpos se hallaban bastante cerca.
—Hola —dijo Vanessa.
—Hola —respondió Lalo.
Llevaban unos días saludándose y nada más. Coincidían muchas veces como para no hacerlo.
—Sí que le has dado duro —siguió Vanessa.
—Buf —Lalo forzó una sonrisa y meneó la cabeza—, demasiado.
—Se te nota, se te nota.
Y tanto que se le notaba. Lalo chorreaba por la cara y había una gran marca de sudor por toda la espalda de la camiseta.
Cambió de pierna. Ahora casi le daba el culo a Vanessa, que en realidad no se había detenido a hablar, sino que sólo había aminorado el ritmo.
—Es que cuando hace bueno —dijo Lalo—, prefiero salir. La cinta me aburre.
—Ya. Normal.
Ahora Vanessa sí que se detuvo y le miraba con una medio sonrisa.
—¿Puedo decirte una cosa? —dijo.
—Sí, claro.
Lalo empezó a ponerse nervioso. Imaginó que quizá le pediría que el próximo día saliesen juntos a correr, su teléfono, una cita directamente o, puestos a pedir, que la acompañara entre los matorrales para demostrarle de qué es capaz una mujer madura. En cualquier caso, todo eran buenas noticias para el campeón de Lalo.
—Pero que no te parezca mal —aclaró Vanessa.
—No, no. Dispara.
La mujer pareció repensarse sus palabras, pero tras una leve sonrisa se decidió a hablar:
—Es que creo... —le entraron las dudas y se calló.
—Vamos. Di. Di.
—Creo...
Lalo abandonó su postura y se incorporó. Sonrió y trató de animarla:
—¡Venga, va!
—Creo... yo creo... que te has cagado en los pantalones.
—¿Ein?
—Que te has cagado en los pantalones. Me parece que te has hecho caca encima.
—No, si te entendí la primera vez, pero no sé a qué carajo viene esa gilipollez.
—¡No te enfades! —pidió Vanessa, algo sonrojada—. Es por la mancha de ahí abajo.
—¡Qué mancha! —Lalo no toleraría la tomadura de pelo.
—Esa.
Vanessa señaló la entrepierna del muchacho.
—Por detrás —dijo ella.
Lalo se retorció y miró. A la altura de las ingles, sus mallas presentaban un cerco humedecido con cierto toque amarillento.
—Boh. ¿Eso? —dijo el corredor.
—Sí, eso.
—Pues te has pasado de lista porque es sudor.
—¿Sudor?
—Sí, sudor.
—No lo creo.
—Lo sabré yo. Siempre que sudo se me queda esa marca porque sudo por ahí, así que o me cago encima todos los días o ya me dirás.
—Vale, vale, sólo te lo advertía.
—Pues que sepas que ofende que le preguntes a un tío de treinta y pico si se ha cagado encima.
—Me lo había parecido.
—Es que hay que joderse —Lalo le daría dos hostias a Vanessa si tuviera pene—. Lo último que me faltaba por escuchar.
—Ya está. Déjalo, ¿vale?
—Sí, claro, que lo deje como si nada. En fin, me largo que si no me pongo más de mala hostia.
Lalo dio media vuelta y no miró atrás, entrando en el gimnasio y soltando por dentro sapos y culebras. ¿Qué coño se creía esa tía? ¿Con qué derecho lo humillaba así?
Bajó a los vestuarios y bebió de su bebida isotónica. Meó y poco a poco se fue calmando. Negaba con la cabeza y se quitaba la ropa mientras pensaba en lo surrealista de aquellas palabras, y sintió que de golpe se le había caído el mito de aquella tía potable. Desde luego, no volvería a saludarla salvo que ella se disculpase, y aún así le costaría.   
Estaba casi desnudo. Sólo le faltaba quitarse las mallas y, cuando lo hizo, descubrió que no sólo había sudor en la entrepierna. Había allí aplastada una ligera lámina de mierda. Se había cagado encima.