30 may. 2012

Fútbol

Hoy escuché en la tele que el fútbol supone en España el uno y pico por ciento del PIB. Me da igual. Sólo lo digo por si alguien no lo sabía. Yo no hablaré de eso.
Hablaré de las emociones que realmente se esconden tras el deporte rey (rey aquí, en otros países no pasa de infante o mismo lacayo). Pero en este país sí está justificado el título, y no por la mierda de liga que tenemos en que exactamente el noventa por ciento de los equipos luchan por ser terceros mientras el diez por ciento restante les caga por encima. Me refiero a que mueve masas como nada, jamás, sea lo que sea, SEA LO QUE SEA, conseguiría. A mí esta vez me tocó la parte buena; ser uno de los miles de entregados a la alegría fácil, las canciones insubstanciales y la borrachera porque sí. El Dépor ascendió y ahí estaba yo.
Cuántos disgustos me he llevado este y otros años… Los he analizado, los disgustos, y he concluido que son cosa que tienen su pico en cuanto el árbitro pita el final del partido que acabas de perder. Luego se mantiene unas horas, por la noche, y los días siguientes ni lees periódicos, ni pones la tele ni la radio, no sea que te recuerden que estás jodido. Al tercer o cuarto día estás mejor y hasta dispuesto a dar una siguiente oportunidad. Con las victorias pasa algo parecido. El clímax sucede con el pitido final y después el efecto se va amortiguando hasta que simplemente está asimilado y si te preguntan dices: sí, claro, ¿cómo no voy a estar contento?
Pero he querido saber qué hay detrás en realidad.
Es algo que se nota especialmente en casos como el mío, cuando a ciento cincuenta kilómetros al sur existe gente deseando mi fracaso (o mi muerte, me atrevería a decir). Perder significa una cosa: exponerte a la humillación de tu rival. No tu rival en el campo, eso no es para tanto. Exponerte a que el amigote de turno, el colega del gimnasio o cualquier otro imbécil te señale con el dedo y tú tengas que agachar las orejas y decir sí, bwana. Y peor puede ser que no lo haga, que aparente elegancia y saber ganar, porque entonces intuyes que por dentro se está riendo de ti y eso te pone enfermo. Por esto nos jode la derrota. Es una derrota personal. Una cuestión de orgullo tocado. Tocadísimo. De buena gana asesinarías y torturarías y destrozarías todo lo que encuentras a tu paso.
Ganando pasa algo parecido. Puedes ser sincero y reírte del otro o puedes callarte y aparentar elegancia. Es lo mismo. Lo que cuenta es tu superioridad de macho alfa, tu felicidad en potencia con la que puedes jugar y de la que el otro no dispone porque tú (sin ningún mérito por tu parte), le has ganado. Has pasado por encima y puedes pavonearte. Realmente no te importa el trofeo, el ascenso o la salvación. Has ganado la batalla contra… en el fondo, contra ti mismo. Ya puedes respirar tranquilo.
Como ya dije en otra entrada de blog, somos una especie la mar de divertida.
Y ahora, se supone que a seguir disfrutando de mis éxitos.

25 may. 2012

Un buen olor

Harry y Jason trabajaban bajo un sol infernal. Eran los jardineros en el chalé de los Morrison, un matrimonio joven cubierto de oro gracias a un par de buenos pelotazos.
Harry podaba los rosales. Para eso tenía que encorvarse y esquivar las espinas, luego calcular el punto exacto donde cortar, sujetar bien la rama, dar el corte y regresar a la posición inicial esquivando otra vez las espinas. Odiaba podar los rosales.
—Hasta los cojones estoy –dijo en alto.
—Paciencia, viejo –le contestó Jason.
Jason llevaba poco tiempo trabajando con Harry, y otro tanto como jardinero. Echaba abono a las camelias, orquídeas, tulipanes, escalonias, magnolios, hortensias, geranios, jazmines, narcisos. Parecía en medio de la selva tropical y debía echar la cantidad justa a cada planta, pero prefería su trabajo y no el de Harry.
—¿A ti cómo te va, Jasy?
—Esto es un puto trabajo de chinos.
—¿Me lo cambias?
—Ni lo sueñes, viejo.
—Yo sé lo que nos hacía falta –Harry se incorporó y se estiró en un gesto de dolor en los lumbares. Luego caminó dos pasos hasta la garrafa de agua de la que bebió un buen sorbo–. Créeme, Jasy, sé lo que nos vendría de puta madre.
—No sé, Harry, quizá nos vendría de puta madre acabar con la parejita y quedarnos con esta choza. ¿A eso te refieres?
—Yo no apunto tan alto. Me refiero a otra cosa.
—Explícate entonces.
—Creo que no hará falta. Mira.
El portalón automático de la entrada hizo ruido. Luego se abrió unos centímetros, lo justo para que entrase la señora Morrison, y se volvió a cerrar. La señora Morrison venía de hacer footing, puntual como un clavo, igual que todos los días. Hizo unos pequeños estiramientos y caminó lentamente en un pequeño espacio, primero en un sentido, luego en otro, mirando al suelo. Tomó aire, estiró otro poco, cogió una toalla del tendedero, se secó y anduvo junto al lateral de la casa hasta encontrarse en el porche desde el que acceder al interior.
—Buenos días, chicos –dijo.
—Buenos días, señora Morrison –dijo Harry.
—Buenos días, señora Morrison –dijo Jason.
—Hace un calor insoportable hoy, ¿no os parece?
—Desde luego, señora –dijo Harry.
Si quiere pasar calor haga nuestro trabajo, pensó Jason.
Trabajaban los dos a pleno rendimiento en presencia de la señora, que apoyó los gemelos de una pierna contra una columna, y después los de la otra pierna.
—Chicos –cambió de postura, llevándose ahora un pie al trasero y sujetándolo con una mano–. No hace falta que os esforcéis tanto. Esto es un jardín, no es una producción en cadena, no pasa nada porque os lo toméis con calma.
—Es nuestro trabajo, señora. Para esto nos pagan –dijo Harry.
—Pero no me gusta que os expongáis tanto. Este sol puede resultar muy dañino, ¿sabéis?
—Lo soportaremos, pero gracias por preocuparse.
—Eso no es suficiente, Harry. Quiero que os lo toméis con más calma.
—Pero el trabajo hay que hacerlo.
—Sí, pero ¿por qué no hacéis un descanso y os tomáis unas cervezas?
—No debemos beber en horario de trabajo, señora.
—Pero yo os estoy invitando. Vamos, tomaos un descanso y bebeos unas cervezas. Os sentará bien.
La señora Morrison se sentó en el suelo, allí, en el porche, cogiendo con las manos la punta de los pies. Harry y Jason seguían a pleno rendimiento, podando rosales y abonando la selva tropical. Se miraron de reojo pero ninguno abrió la boca.
—Chicos –dijo la señora Morrison–. Me voy dentro a tomarme un zumo. Estoy agotada. Insisto en que hagáis una pequeña pausa y os toméis unas cervezas. Harry, entra tú mismo a la nevera y ofrécele a Jason. Os vendrá bien.
—No es necesario…
—¡Sí lo es! Estaré dentro. Tú entra cuando quieras y sírvete tú mismo. Prométemelo.
—Señora…
—¡Prométemelo!
—Está bien, señora Morrison, prometido –hizo Harry un gesto reverencial–. Enseguida hacemos un descanso y nos tomamos unas cervezas.
La señora Morrison deslizó su cuerpo al interior del chalé. En cuanto se perdió de vista Harry y Jason echaron a reír.
—A eso me refería, Jasy. A eso exactamente. Ahora que el maridito está de viaje, ¿qué te parecería si entrásemos ahí dentro y le diésemos a esa su merecido, eh? Primero yo y después tú, bum, bum, bum. No me digas que no era lo que nos hacía falta.
—Ya lo creo –resopló Harry–. Un polvo con esa hembra bien se merece esta jodienda.
—¡Exacto! Jodienda por jodienda. Ojo por ojo. ¿No lo decía la Biblia?
—Algo así, viejo.
—Oh, sí, entrar ahí… mientras se quita la ropa para darse un buen baño. Y entonces sorprenderla y empezar a sobarla. Seguro que no dice ni mu y se pone toda cachonda… al momento ella misma estaría bajándome estos pantalones.
—Seguro que querría que la tocásemos con guantes y todo.
—¡Seguro!
—Oye, Harry.
—¿Sí?
—¿Por qué no vas a por esas cervezas? La señora ha insistido mucho.
—Ah, sí, las cervezas, claro. Luego seguimos hablando, Jasy.
Harry dejó en una mesa las tijeras, los guantes y la gorra. Se restregó las botas en una pequeña alfombra junto a la puerta y entró.
La cocina estaba abierta. Harry se sentía como un perro en medio del pasillo al que no le permiten entrar en casa. Con el rabo entre las piernas, pero deseoso de conocer un poco más. Dio unos pasos hacia el interior de la cocina. Vio una encimera, la vitrocerámica con la campana de extracción y la nevera. Cosas típicas pero de buena calidad. Avanzó y pudo ver toda la cocina. La señora Morrison estaba allí, silenciosa; podía verla sólo de cintura para arriba, tras otra encimera perpendicular a la pared más larga. Tenía el zumo en una mano y un vaso apoyado en el mueble. Todavía no se había servido.
—Harry –dijo–. Finalmente has entrado.
—Disculpe señora –Harry miró hacia otro lado, como si hubiese cometido un error encontrándosela–. No quería incordiar. Enseguida me voy…
—¡Aguarda! Dime, Harry –la señora Morrison caminó alrededor de la encimera y se situó del mismo lado que Harry, apoyando ahora su trasero en un pequeño saliente de mármol–, ¿cuánto tiempo llevas trabajando para nosotros?
—Hum… deje que piense. A ver… cuatro años. No… cinco. Cuatro y medio exactamente.
—Cuatro años y medio.
—Sí, señora, cuatro años y medio.
—Bien, ¿y no te parece tiempo suficiente?
—¿Suficiente para qué?
La señora Morrison sudaba. Había sudor azul oscuro sobre su camiseta ajustada azul clara, sudor gris oscuro sobre sus mallas grises y sudor sobre su cara pálida ligeramente enrojecida por el sol y el footing. Se sacudió la camiseta adelante y atrás para que le entrase un poco de aire fresco y después le contestó a Harry:
—Suficiente para que puedas entrar en casa cuando quieras.
—Pero…
—Ni pero ni nada, Harry. Hace un calor de mil demonios. Os vais a asar ahí fuera. Debería salir de ti mismo entrar aquí y cogerte unas cervezas.
—Se lo agradezco.
—Ya sabes –se sacudió la camiseta otra vez y resopló profundamente–. A partir de ahora entras cuando quieras.
—Entendido, señora.
—Y ahora abre la nevera, coge esas cervezas y llévale una a Jason. Te estará esperando.
—Le estoy muy agradecido, señora. Jason y yo lo estamos.
Harry abrió cuidadosamente la nevera. Las cervezas estaban tras una fiambrera y una bolsa con tomates dentro. Evidentemente ni la señora Morrison ni su marido bebían demasiado. Cogió dos botellas y cerró la nevera. Cuando se giró la señora Morrison se había dado la vuelta. Se había servido un vaso enorme de zumo de naranja y bebía como si fuera la última vez.
—Hasta luego, señora Morrison. Y gracias –dijo Harry, echando a caminar nuevamente hacia la salida.
La señora Morrison siguió bebiendo y dijo adiós con la mano que tenía libre.
Fuera, en el porche, Jason esperaba impaciente su cerveza. Sonrió con satisfacción cuando Harry le dio una botella bien fresca por la que caían miles de gotitas de condensación.
—Aleluya, viejo.
—No creo que haya tardado tanto.
—Yo ya pensaba que habías entrado en su cuarto de baño… ya sabes.
—Oh, no –dieron los dos un trago al mismo tiempo–. Aunque ha valido la pena entrar ahí.
—¿Ah sí? Viejo, ¿no será una de tus películas?
—Acompáñame. Aquí, un poco más lejos de la puerta.
Harry agarró a Jason del brazo y lo condujo a una esquina lejos de puertas y ventanas.
—Ante todo, discreción –dijo Harry–, y hablemos en bajo que esto nos puede costar el pellejo.
—¡Habla!
—Sí, sí, ya voy. El caso es que entré en la cocina…
—Sí…
—Entré en la cocina y allí estaba ella.
—¿Desnuda?
—¡No, hostia! Esto no es una peli porno. Allí estaba ella, con un zumo en la mano, sudando como un cerdo.
—Y te dijo algo…
—Sí, bueno, siguió con las bobadas de que entrase en casa cuando quisiera, que íbamos a palmarla del calor y todo eso. Pero lo que dijo no es lo importante.
—¿Entonces?
—Como te digo, estaba sudando como un cerdo. ¿Te fijaste en la camiseta? Yo también. Bien, pues pude ver que le sudaban sobre todo los pezones.
­—Eso es normal. A todas les pasa.
—Ya, ya, pero le sudaba también entre las piernas. Tenía enormes marcas de sudor que le trasparentaban las tetas y la entrepierna. Te juro que casi se me pone dura.
—Pensarás en ella esta noche cuando abraces los noventa kilos de tu Tanya.
—¡Cállate! Que aún hay más.
—Te escucho.
—Estaba hablándome cuando empezó a sacudirse la camiseta y resoplar.
—¿Jadeaba?
—Más o menos. Ese ruido te juro que bastaría para correrme.
—Eres un enfermo, ¿sabes?
—Tenías que haberla visto sacudiendo la camiseta. Si la vieses ya hablaríamos. Pero aún hay más…
—Adelante. Me está sabiendo cojonuda esta cerveza.
—Y a mí. Luego abrí la nevera y cogí las cervezas. Cuando me volví estaba de espaldas.
—El culo…
—Exacto. Pude ver su culo respingón, redondito y perfecto. Tenía sudor ¡en forma de tanga! Para volverse loco. Le sudaba también detrás del pelo cuando se lo apartó. No sabes lo que me hubiera gustado… Imagínatelo, un culo redondo perfecto con sudor en forma de tanga.
—Maravilloso.
—¡Sí! No sabes cuánto daría por agarrarla allí mismo y empotrarla contra la encimera. Jasy, no sabes lo que debe ser meterla en un sitio tan húmedo y resbaladizo, ¡no lo sabes!
—Definitivamente enfermo. Deberías hablar con Tanya.
—Tenías que verla, Jasy. Lo que sería bajarle esos pantalones sudados, apartar el tanga sudado a un lado y envestir.
Harry negó resignado e hizo una pausa en que ambos bebieron nuevamente al unísono.
—¿Y sabes lo mejor? —dijo Harry.
—¿Todavía queda algo más?
—Sólo una cosa.
—Sorpréndeme.
—Es lo mejor… que con tanto sudor, tanto resoplido, tanta sacudida…
—Sí.
—Con tanto meneo pude sentirlo bien adentro.
—¿Sentir el qué?
—Algo maravilloso, Jason Franklin.
—Tú dirás.
—Me llegó bien adentro, hasta las mismísimas entrañas, algo que no se me olvidará en toda mi jodida vida.
—¡Vamos!
—Muy sencillo, Jasy: un tremendo olor a coño.
Hubo un silencio.
Harry y Jason apuraron los últimos tragos de cerveza mirando al suelo. Luego Jason trató de levantar la vista pero no pudo por el sol cegador. Harry echó un vistazo a los rosales y le dio una palmadita en la espalda a su compañero. Todavía les quedaban unas cuantas horas de trabajo y el sol seguiría quemando.

20 may. 2012

Divino aburrimiento

Dos dioses hermanos se aburrían en su poltrona interestelar. Observaban el cosmos desde la cuarta dimensión sin hallar ocupación con la que pasar la eternidad.
­—Quizá esas dos galaxias –dijo el mayor.
—¿Qué les pasa? ­­­–preguntó el pequeño, desesperanzado.
—Que se acercan y terminarán colisionando.
—Ah…
Andrómeda y la Vía Láctea aparecían ante sus ojos, majestuosas y enormes, pero sin ofrecer señal alguna de una inminente colisión.
—¿Y a qué velocidad se acercan? –quiso saber el pequeño.
—A cincuenta kilómetros por segundo.
—¡Buf! Tardarán una barbaridad en…
—Miles de millones de años –aclaró el mayor.
—¡Eso es muchísimo! Quizá si acelerásemos un poco el tiempo… –cogió el hermano pequeño una especie de mando a distancia muy extraño.
—¡Deja eso! –se lo arrebató bruscamente el mayor– ¿No te acuerdas de las órdenes de papá? Libre albedrío –hizo una pausa–. Libre albedrío…
Allí permanecieron los dos dioses, aguardando el supuesto espectáculo entre bostezo y bostezo.
—¿Pretendes que nos quedemos así eones? –se impacientó el pequeño.
El mayor meditó su respuesta:
—¿Se te ocurre algo mejor que hacer con la mierda que ponen en la tele últimamente?
—Razón no te falta.
Po’vale.
Po’vale.

16 may. 2012

Mi canario y yo

Hace poco tuve una charla de lo más trascendental con Abdullah, mi canario de año y medio. Yo estaba en una de mis sesiones de setas y Abdullah se posó sobre la silla del ordenador, a punto de dormirse, hecho una bola de plumas:
—Quizá te estés pasando –dijo.
—No me des la murga.
—Me preocupo por tu salud, hombre.
—Háblame de otra cosa, ¿quieres?
Abdullah negó con la cabeza y tardó uno segundos en seguir hablando:
—¿Sabes qué? Fue una buena idea lo del cambio de jaula.
—Dirás los cambios de jaula.
—Sí, bueno, los dos cambios. Es que no sabes lo que es estar encerrado en un sitio donde no puedes estirar las plumas. Luego me pusiste la otra jaula, más grande… mejor sin duda, pero aprendes a volar y claro… quieres más pero no tienes espacio. La jaula de ahora está mejor, sin duda.
—¿Mejor? Tío, tu jaula es la casa entera. Vivimos en la misma jaula.
Tenía Abdullah libertad para moverse por toda la casa.
—Lo sé, lo sé –continuó–. Si no puedo quejarme. Puedo cambiar de vistas, echarme unos vuelos a lo largo del pasillo, todo eso…
—¿Y qué más quieres?
—Pues verás. Te lo pido en compensación… por haber aprendido a ir al WC. No me digas que no es impresionante para un animalito.
—No lo dudo…
—Bien, bien. Pues el caso es que tú sigues teniendo las llaves de la puerta. ¿No crees que podías hacerme una copia?
—¿Estás de coña? ¿Qué harías tú en la calle?
—No sé… mirar gachís, deambular, ¿qué haces tú? Es cierto que mi jaula es grande y tal, pero tú puedes salir cuando quieras. A mí también me apetece a veces. ¿Por qué no hacemos un trato?
Me hizo concentrarme Abdullah. Mi canario iba a proponerme un trato:
—Para que veas, mira… –cogió Abdullah mis llaves de la mesilla– tengo fuerza en el pico, puedo coger bolsas incluso. Con un poco de ejercicio, podría llevar cualquier cosa.
—Y el trato es…
—Supongo que cuando sales a la calle me compras el alpiste, tú te compras tu manduca y todo eso.
—Entre otras cosas.
—Bien. Pues te propongo que durante unos días tú te quedes en casa y yo te sustituya. Así comprobarás que puedes fiarme una copia de las llaves.
No era tan mala idea. Me vi a mi mismo aquí tirado, sin hacer nada, mientras Abdullah se encargaba de todo. Me gustó esa imagen.
—¿Hay trato entonces?
—Hay trato.
Se despabiló e hizo unas cabriolas de alegría en el aire. Luego le pedí silencio para que me dejase regresar a mi mundo de setas.
Al día siguiente tomó el mando. Hacía la compra, me ponía comida, me cambiaba el agua y hasta iba a la oficina por mí. Lo escuchaba llegar cansado todas las noches: las bolsas pesaban una barbaridad y juraba que se le iba a dislocar el pico. Luego rajaba un poco de los compañeros de oficina y de la mierda que era todo, pero sin mucha ansia. Estaba tan cansado que enseguida se hacía una bola y se dormía.
Esta misma mañana va y se me queda mirando fijamente.
—Es tarde –le digo–, deberías estar volando al curro hace rato.
—Hoy me tomaré el día libre.
—Imposible. ¿Y ese cambio de humor?
—¿Sabes? Quizá no sea tan malo permanecer en la jaula.
Miró con melancolía su primera jaula, la más pequeña y que tanto odiaba.
—¿Me haces el favor? –siguió–. Ponme alpiste, agua y periódicos ahí dentro y aquí paz y después gloria.
—Tío, ¿quieres volver de verdad a esa cárcel?
—La cárcel es todo lo demás, créeme.
Pensé una solución intermedia. No podía dejar que regresase a aquel agobio. Claro que tampoco permitiría que continuase su actual vida: moriría de estrés más pronto que tarde.
—¿Y si hacemos una cosa? –expreso.
—Te escucho.
—Vives en toda la casa. Compartimos llaves… o hacemos una copia, ¿eso que importa? Y luego las tareas y lo de la oficina a medias. Un día tú, otro yo.
—¡Cojonudo!
Hizo otra cabriola y cantó. Parecía contento.
Ahora los dos somos libres en la jaula y nos rebozamos en la mierda de fuera a partes iguales.

10 may. 2012

El epílogo del don nadie

Nada salió a su rescate durante el paseo. Ni un nuevo paisaje; ni una revelación milagrosa; ni un encuentro trascendental; ni un flamante cambio de perspectiva. Tampoco lo esperaba. Sabía que allí seguía el mismo paisaje; el mismo cielo sin ofrecer señal alguna; la misma gente indiferente y su misma cabeza atada a sus pensamientos.
Regresó a casa entre el absurdo de vehículos y peatones en circulación. Un caos convertido en normalidad sobre el suelo artificial de asfalto y adoquines. Ambiente sin naturaleza. Vida muerta. Un conjunto de seres inconexos que libran una batalla perdida de antemano.
Proyectó una mirada irónica al mundo y encaró el interior del portal. Su madre conspiraba sabe dios qué en la cocina, infeliz. La saludó y se metió en el cuarto de baño, donde permaneció un par de minutos. Luego se encerró en su habitación.
Corrigió la posición de varias figuritas que parecían torcidas, alineó unos cuantos libros fuera de su lugar exacto, deshizo las arrugas del edredón y recogió unos trastos inútiles sobre el escritorio. Futilezas que sólo le servirían para desechar algo de tiempo. Entonces rescató su alfombra bajo la cama. La colocó y se tumbó boca arriba: era su lugar y su postura en los malos momentos. Desde allí observaba el techo, con su pintura blanca, su mínimo relieve defectuoso y las minúsculas grietas que lo cruzaban. Permanecía inmóvil hasta que la espalda se le endurecía, imaginando caras, figuras de todo tipo y todo un mundo paralelo en aquellas grietas y deformidades en la pintura.
Esta vez se levantó enseguida. No quería contaminarse con sus malos recuerdos. Prefirió la cama, donde apartó el cojín y se acostó, adoptando una cómoda posición fetal. Sin querer sonrió: no podía causarle más que risa la imagen de su teléfono móvil volando a través del lago artificial del paseo, estrellándose luego contra una piedra enorme y saltando sus piezas por los aires. Después se sintió satisfecho: por fin había dado el paso crucial, mil veces planeado pero sin encontrar el valor suficiente. Por último respiró aliviado: el trabajo en el cuarto de baño marchaba bien y empezaban a hacerle efecto los somníferos antes que el bote de pastillas que pronto le pondrían el punto y final a todo.

4 may. 2012

Atmósfera viciada

(Deposito esta estupidez en las carnes de un cualquiera, mas yo mismo pudiera ser el lamentable protagonista).


Sonó el despertador por quinta o sexta vez. Carlos Herrera estaba harto de hablar y ser callado de un certero golpe en el parietal. «¡Arriba majestad!», parecía decir desde su dial.
La reina hacía horas que se había levantado. Podía hallarse haciendo punto de cruz o mandándose whatsapps con sus coleguis de Grecia, ¡era tan impredecible la reina! El caso es que el rey, tan campechano él, acudió al cuarto de baño a echar una larga meada ácida. El problema fue la vuelta…
Ya se sabe lo que pasa cuando la noche es movida y uno entra de nuevo en la habitación a respirar su propia atmósfera. Allí estaban, flotando en el aire: humo de tabaco, de los porros de la juerga y del pitillito de después; alcohol exhalado, de diez o doce cubatas; vómito en ebullición, porque hubo de vomitar en la papelera del escritorio para no asustar a los ujieres en plena noche; metano, butano, propano, y todo gas maloliente que acabe en ano y no por casualidad, porque cenó con ajos y eso es garantía de flatulencias intermitentes; néctar de un par de condones usados sobre la mesilla, que toda precaución es poca y no están los reyes para nuevos embarazos. Y también olor a cerrado, a viejo y a enfermo.
El monarca respiró sin querer una bocanada de aquel aire y pensó: «Como diría mi amigo gallego: puro burruallo… Si al menos hubiera abierto la ventana antes…». Solía hacerlo, lo de abrir la ventana antes de descargar su vejiga, así cuando regresaba parte de la mierda se había disipado por sus gloriosas tierras. Pero aquel día lo olvidó y hubo de recurrir al protocolo de emergencia.
Cogió aire limpio profundamente y se tapó el hocico con fuerza. Cualquier cosa con tal de no respirar aquello. Echó a andar camino de los ventanales, calculando que su siguiente inhalación sería con la cabeza en el exterior, o sea, aire puro. Pasó de esa guisa junto al catre, regateó la silla donde se había quitado los pantalones con violencia ante la visión de la reina desnuda y llegó a escritorio con la papelera vomitada.
Entonces cayó en la cuenta de su error de cálculo. La alcoba era demasiado larga: había demasiados pasos que dar antes de llegar al ventanal. Otrora lo hubiera logrado pero con tanta operación de cadera su ritmo era cansino y no lo conseguiría. Su aire se agotaba bajo la mano apretada. Podría darse por vencido y respirar, pero antes de oler sus reales vergüenzas, decidió intentarlo, tan orgulloso él, aun a sabiendas de la imposibilidad de su empresa.
Así fue cómo un exceso de dióxido de carbono en el cerebro terminó con su vida. La familia real al completo le encontró tirado a escasos centímetros del ventanal. Y lo peor es que, ni por asomo, había desaparecido la pestilencia de la atmósfera. Hay aromas que matan.

1 may. 2012

Sensaciones de antaño

Un exceso de quietud gobernaba la vida de HS 01-4687477B (HS 01 significaba Homo Sapiens de la primera generación. Los números y la letra final respondían a extraños códigos asignados cuando nació).
Le tocó vivir una época en la que el sol ocupaba una cuarta parte del firmamento de horizonte a horizonte. Los océanos se habían evaporado, no existía el agua sino en laboratorios y no se podía salir a la calle bajo el sol de verano so pena de tu propia calcinación.
HS 01-4687477B se ganaba la vida esquivando relámpagos. El clima extremo provocaba numerosas tormentas y, ante la aparición de unas nubes sospechosas, era llamado desde cualquier rincón de la tierra para deleitar al público con su espectáculo. Allí aparecía en su vieja Voyager 7 (sólo alcanzaba siete veces la velocidad de la luz), se ponía bajo la nube con un pararrayos y, cuando el relámpago estaba a punto de golpearle, lo evitaba en el último microsegundo. Después recaudaba la voluntad de los asistentes y regresaba a casa. Sufrió sólo un par de quemaduras en su carrera; la elusión del relámpago era un programa instalado en su cerebro desde pequeño, fruto de unos predecesores expertos desde hacía generaciones.  
Para pasar el rato, HS 01-4687477B, como muchos otros Homo Sapiens, tenía instalados varios programitas adicionales que le hacían más llevaderos sus trescientos veinticinco años de vida útil restantes antes de ser declarado oficialmente cuasi-chatarra: Fraternidad básica, Empatía y solidaridad, Ocio standard en bares, coloquios y juegos varios, Cultura popular y populista y Búsqueda del cónyuge. No era raro encontrar a HS 01-4687477B de paseo por la luna o de vacaciones en Titán, aunque su rincón favorito del Sistema Solar eran los enormes lupanares de Saturno, donde escondía varias amantes.
Todo cambió en la última Feria de muestras Intergaláctica de la Gran Nube de Magallanes. Antes de partir de vuelta en el TALGO (Teletransportador a Años-Luz Galáctico Omnipresente), conoció un extraterrestre judío que vendía un extraño objeto procedente de la Galaxia del Sombrero. Consistía en un chip compatible con su sistema operativo que contenía un programa del que nunca había oído hablar: Sensaciones de antaño. El feriante le explicó que se trataba de una síntesis de sensaciones que los mayores estudiosos de aquella galaxia habían recopilado a lo largo y ancho del cosmos. Le invitó a experimentarlo allí mismo.
HS 01-4687477B accedió, se tumbó en una camilla de la trastienda y esperó a que se descargase la prueba de Sensaciones de antaño. Empezó la demostración. HS 01-4687477B nunca había vivido nada igual. En su mente se vio a él mismo sobrevolando la Galaxia del Sombrero en una nave espacial, acompañado de una joven Homo Sapiens que hacía alarde de una extraña sensación: felicidad. Entonces descendió a un planeta azul y recorrió junto a la joven los parajes más significativos: el mar, las montañas, cuevas, ríos y lagos. Después se cogían de la mano, hablaban, se besaban y compartían eso llamado felicidad.
La demostración terminó y HS 01-4687477B no dudó en desembolsar los catorce neutrinos de vellón que costaba el programa. De vuelta en la tierra su vida no volvería a ser la misma. Exprimió todas las aplicaciones del programa eligiendo siempre la misma joven como acompañante: Buena compañía, Amor verdadero, Vida en familia
También leyó en el manual del usuario que en algún planeta de la Galaxia del Sombrero sus habitantes eran como los que aparecían en su mente: las sensaciones formaban parte de su vida.
HS 01-4687477B no dudó en abandonar su trabajo de elusión de relámpagos, tomó de la Gran Reserva Planetaria todos los neutrinos de vellón que había ahorrado y se compró una buena nave espacial: necesitaba por lo menos una Voyager 100.000 o incluso un millón. También se hizo con varias toneladas de Hidrógeno de Fusión Rápida (el combustible de la nave), y una buena cartografía del cosmos cercano.
Emprendió entonces un largo viaje a través del espacio sideral. Valía la pena perder unos cuantos años de vida útil con tal de llegar a tiempo a la Galaxia del Sombrero. Sólo así comprobaría si en realidad existía la fantástica chica que descubrió con Sensaciones de antaño.