29 dic. 2014

La muerte del perro

Me meé en los pantalones en cuanto vi aquel perro rabioso. Me puse las manos en la cara, saltó sobre mí y rodamos entre la maleza. Trataba de morderme el cuello y yo de agarrar el suyo. Había sangre y ladridos y de pronto sonó un disparo.
Un hombre estaba a escasos metros con una escopeta de caza todavía humeante. El chucho chorreaba sangre por el pecho y la boca.
—Gracias —le dije.
—Era mi mejor perro —contestó.
Siete meses después me enteré de que aquel hombre estaba en la cárcel y fui a visitarlo. No concebía que alguien que me había salvado la vida fuera capaz de cometer atrocidad tal como para acabar entre rejas.
—Se hizo justicia —me dijo.
—¿Por qué? ¿Qué has hecho? —quise saber.
Se rio con cierta malicia y habló tras un largo silencio:
—Te pondré un ejemplo: aquel día, cuando maté al perro —asentí con la cabeza—; quería dispararte a ti pero me falló la puntería.
Colgué el teléfono por el que hablábamos, me levanté y me fui. Todavía recuerdo su mirada profunda desde el otro lado del cristal.

24 dic. 2014

Un profesional de la bebida

Había personas cazurras y después estaba Harry. Había viejos artríticos que cruzaban una avenida lejos del paso de peatones, había quien se apuntaba al gimnasio los eneros de todos los años, quien intentaba razonar con un policía local, y después estaba Harry.
Estaba siendo una bonita tarde de septiembre y, por supuesto, Harry le había dado al trinque. No había día en que el bueno de Harry no se acostase con unos lingotazos encima, y el hígado ya le había dado un par de sustos. Era todo un profesional de la bebida.
Los temas de conversación se habían acabado y él y sus compinches miraban la playa desde la terraza situada arriba en el acantilado. Refrescaban el gaznate y miraban veinteañeras broncearse y jugar al voleibol allí abajo. Poco más le podían pedir a sus tristes vidas.
—¿Sabéis qué estaría bien? —preguntó uno de los compinches.
Se esperaba Harry algo así como «bajar y juntarnos a un grupito de tías», pero no. Dijo el compinche:
—Bajar y darnos un baño.
El comentario fue ignorado. Les sonaba aquello poco menos que a gilipollez, pero el compinche les retó:
—A que no hay huevos.
Una voz apoyó la moción:
—Por mí sí.
Y luego otra:
—Por mí igual.
Y así todos hasta llegar a Harry:
—Por mí que no sea.
Cinco minutos después la manada estaba en bermudas pisando la arena mojada, despidiendo alcohol por todos sus poros, riéndose a carcajada limpia y esperando a ver quién realmente tenía huevos a dar el primer paso.
Fue, cómo no, Harry. Arrancó en un sprint y chapoteando cuatro o cinco pasos dentro del agua se zambulló sin tiempo a ser consciente de lo fría que estaba. Emergió tiritando y, cuando miró de nuevo la arena, ya los demás se estaban metiendo poco a poco hasta que unos se salpicaron a otros y todos terminaron con el agua a la altura del escroto.
Pero Harry no se unió a ellos. En lugar de eso, se giró de nuevo y miró el océano Atlántico en el horizonte. Cogió aire, despegó los pies de la arena y empezó a nadar mar adentro, braceando y moviendo los pies descoordinadamente, pero avanzando en pocos segundos hasta donde no hacía pie. Alcanzó la línea de boyas que indicaba el límite hasta donde los barquitos podían fondear, y empezó a escuchar algunas voces de sus amigos.
—Tío, puedes volver cuando quieras.
—Hey, que no eres Michael Phelps.
—¡Eso no puede ser bueno, colega!
Pero enseguida las voces empezaban a ser lejanas e inaudibles.
Harry nadaba con convicción. No tenía motivos para hacerlo pero, del mismo modo, no tenía motivos para regresar junto a sus compinches o, simplemente, mantenerse quieto en el punto en que se había zambullido. Así que sólo nadó y nadó hasta que empezó a sentir cansancio, y hasta eso pasó un tiempo difícil de estimar.
Cuando se detuvo, giró su cabeza trescientos sesenta grados para ver hasta dónde había llegado, pero entonces le invadió una sensación extraña: una mezcla de naúseas, dolor de barriga, vértigo y bajón de tensión, y sintió que se quedaba sin fuerzas súbitamente y empezaba a hundirse.
Algo inexplicable tiraba de él hacia abajo y el borracho de Harry braceó y pataleó, pero sus brazos parecían no hacer fuerza al golpear la superficie del mar, como si se hubiera convertido en un blando invertebrado, y los pies parecían atados a dos bolas de presidiario.
Se hundía irremediablemente.
La cabeza estaba debajo del agua. Todavía veía la luz del sol pero le picaban los ojos. Los cerró. Seguía perdiendo altura.
Pensó Harry que todavía era joven para morir, que apenas se había follado una docena de tías, que todavía no se había ido de putas, que todavía no había catado una mamá y que se quedaría sin probar el sexo anal. Pero se quedaba sin aire y la sensación empezaba a ser angustiosa.
Hizo un último esfuerzo pero, paradójicamente, parecía que al tratar de ascender conseguía todo lo contrario.
Y el aire de los pulmones se agotaba.
Harry abrió los ojos. Veía el fondo un poco más abajo y lo rozó con los pies. La superficie estaba muy lejos.
La reserva de aire se terminó. Tenía que respirar y lo hizo. El agua entró en sus fosas nasales y sintió encharcarse todo su organismo. Era un asqueroso pez que trataba de respirar sin branquias. ¡Qué muerte tan patética!
Entonces el bueno de Harry, con todas sus oquedades saturadas, se sintió de repente muy lúcido y miró la parte positiva del asunto. Caminó sobre el fondo marino buscando la parte todavía más profunda del océano:
—Ya que estamos aquí —pensó—, me follaré a la Sirenita, ¿por qué no? Encontraré a la Sirenita y me la follaré. Cuando los demás la palmen tendré una buena historia que contarles. Capullos. Me la follaré a base de bien. Le daré por culo. Claro que tendrá el agujerito en mitad de la cola. Me pregunto cómo será metérsela. Je, je, je. Ella sabrá. Las mujeres tienen trucos para todo.
Absorto en sus bonitos pensamientos, Harry siguió caminando sobre el fondo marino hasta que la oscuridad a su alrededor fue total.

19 dic. 2014

Un buen ejemplar

Toda la oficina tenía la mosca detrás de la oreja. Chavi era un gordo sudoroso, pero ese no era el problema. Vestía viejas camisetas de publicidad que dejaban al descubierto uno o dos centímetros de barriga. Se metía el dedo en la nariz y pegaba la mierda debajo de su mesa. No perdía demasiado tiempo con su higiene y eso se notaba en los días calurosos. Comía palmeras de chocolate y bebía latas de cocacola. Así era Chavi y, sin embargo, nada de eso era el problema.
Sucedía que, desde hacía un tiempo, Chavi se encerraba en el baño a media mañana y no salía de allí en cinco, seis o siete minutos.
—Ya va el cerdo a lo suyo —decían sus compañeros cuando se levantaba de su silla con cierta prisa.
—Menudas cagadas asquerosas debe de echar —comentaban.
—Habría que tener un ambientador o mandarlo a cagar a otra planta —sugerían.
—A ver quién tiene huevos a entrar ahí ahora —se retaban unos a otros.
Un día uno de ellos se atrevió. Chavi se había levantado como un resorte y un tipo le esperó pacientemente tras la puerta. Pasaron los seis minutos de rigor y sonó la cisterna. Chavi salió y saludó:
—Todo tuyo —dijo.
—Gracias, majo —le contestó el otro.
Y entró. Cuando salió regresó a su sitio y esperó a la hora del café para comentar la jugada:
—No os lo vais a creer —dijo—. Entré allí y no las tenía todas conmigo. Estaba acojonado. Entonces respiré, esperando que oliese a mierda de vaca pero, para mi sorpresa, ¡no olía a nada!
—¡Qué dices! —comentaron los demás.
—¡Imposible!
—Como os estoy diciendo. Pero ahí no acaba la cosa. Abrí la tapa del wáter y no había ningún tipo de resto, así que aproveché para echar una meada. Y entonces lo vi...
—¿El qué? —preguntaron dos o tres voces a la vez.
—Algo más asqueroso que la peor cagada que ese cerdo pudiera soltar.
—Joder —dijo uno—, me estás asustando.
—¿Seguro que queréis oírlo?
—¡Suéltalo! —gritaron.
—Ahí va: un pegote de semen en la pared. ¡Sí! A la altura del cuarto o quinto azulejo. Un pegote de semen amarillento resbalando y dejando una estela transparente detrás de sí, como un pequeño cometa surcando el cielo muy muy despacio. Os lo juro. ¡Fue asqueroso!
Todos pusieron cara de repelús, insistieron en lo absurdo y asqueroso de la situación y una chica muy fina se levantó, dijo, a vomitar inmediatamente.
Hablaron con el jefe la misma mañana y, al día siguiente, éste llamó a Chavi a su despacho:
—Iré al grano —le dijo—. ¿Te masturbas en el cuarto de baño?
—No, señor.
—Chavi. Te tiras un buen rato ahí dentro. Es mejor que lo reconozcas. Hay profesionales que te podrían ayudar. ¿Es verdad que te masturbas?
—No, señor, se lo aseguro.
—¿Entonces qué coño haces ahí dentro?
—No creo que tenga que explicarle qué se hace en un cuarto de baño.
—Está bien, Chavi. Vuelve a tu sitio.
Chavi volvió a su silla y dio un buen mordisco a la palmera que se había dejado a medias.
Esa mañana todavía se encerraría sus cinco o seis minutos, y así los días siguientes, sólo que el jefe había dado la orden a sus compañeros de entrar en el baño después de él y oler si había cagado o buscar pruebas de la masturbación en suelo y azulejos.
No olía. Y tampoco encontraron pegotes de semen.
—El cabrón se cuidará muy mucho de limpiarlo todo muy bien —decían.
La masturbación era la única explicación posible, así que otra mañana esperaron la cita habitual de Chavi en el retrete y el jefe, su mujer —que además era la directora general—, y otros tres tíos más se situaron tras la puerta por orden del primero.
—A la de tres —dijo el jefe—. Uno, dos, ¡tres!
El más fuerte abrió la puerta de una patada y se encontraron dentro a Chavi, que los miró con los ojos como platos. Estaba de pie, a un paso del wáter, con los botones de sus vaqueros del Carrefour desabrochados y sujetando con la mano derecha su enorme pene erecto. No dijo nada. Los demás tampoco. Sólo se cerró la puerta y, poco después, Chavi salió de dentro tras tirar de la cisterna.
Ese mismo día fue despedido. No dijo adiós a nadie. Sólo recogió las galletas que guardaba en un cajón, se levantó y desapareció tras la puerta.
—Ya era hora —dijeron algunos con alivio.
Chavi se emborrachó aquella noche. La vida no era fácil para un informático con nulas posibilidades de follar gratis. Demasiado tiempo perdido en su adolescencia entre videojuegos y juegos de rol.
Antes de pedir otra vez una mujer se sentó en el taburete de al lado. Falda por las rodillas. Tacones. Buenas piernas. Pintaba bien.
—Hola, Chavi —dijo.
Era Dora, la directora general. La mujer del jefe. Estaba sola.
—Pídete lo que quieras. Yo tomaré un vodka negro —dijo Dora, mirando al camarero que esperaba detrás de la barra.
—Otro ron cola —dijo Chavi.
Dora sonrió y se escurrió unos centímetros hacia Chavi. Era diez o doce años mayor que él. «Una puta diosa», pensó el chaval.
—Que sepas una cosa —dijo Dora, en voz baja—: tienes un magnífico ejemplar.
Chavi sonrió por primera vez en mucho tiempo.
El camarero se acercó con dos vasos, echó tres bolas de hielo en cada uno y luego se giró para coger de la estantería una botella de vodka y otra de ron.

14 dic. 2014

Aquellos maravillosos lunes al sol

Se lo decía el otro día a mi novia. Mi cara tenía mala pinta y ni yo mismo entendía por qué. Hablando de todo un poco lo fui descubriendo:
—Es que mi vida ya no es como era. Es como si me hubieran robado el alma y sólo fuera una masa de sesenta y nueve kilos que respira, come, mea, caga, trabaja y todas esas cosas. Como si me hubieran despojado de mi esencia. Dime, ¿habrá sido dios?
A ella le preocupaban estas paranoias mías. Me dijo que dios no existía.
—Se supone que tengo la mayoría de cosas a las que un hombre aspira. Una mujer que me quiere, un buen trabajo, dinero, una casa y una vida por delante sin demasiadas complicaciones.
»Se puede decir que lo tengo todo, y quizá ese es el problema. Se acabaron las metas, las aspiraciones. Se acabaron las cosas por las que luchar. Dime, ¿qué es un hombre sin algo por lo que luchar? En mí tienes la respuesta: sólo organismo.
Le costaba mucho entenderme. Para ella mi razonamiento era sinónimo de no quererla.
—Estaba mejor cuando no tenía nada. No te tenía a ti. De hecho tenía miedo de todas las mujeres: era demasiado fácil que me hiriesen. Vivía con mis padres porque no era capaz de encontrar un trabajo decente que me durase. Y cuando encontraba algo me sentía tan desgraciado allí dentro que hacía lo posible por salir y verme otra vez en la calle. Y por supuesto, no tenía dinero, sólo la limosna que me arrojaban mis padres, lo justo para pagarme los vicios.
»Y esa época se prolongó y estuve así años, en una especie de stand-by, a la espera de no se sabía muy bien qué.
Me recordó mi novia lo desgraciado que era entonces, o al menos en la parte que ella conocía. No estuvimos juntos hasta que la cosa mejoró.
—Sin embargo ahora recuerdo esa época con cariño, como si fuese una buena época de mi vida. Estaba lleno de metas, de ambiciones, de sensaciones. Había tocado fondo y sólo me quedaba levantarme y mejorar, ir hacia adelante. Peor ya no me podía ir. Cuando uno se ha hundido del todo no hay nada más abajo. Alrededor sólo hay esperanza.
Mi novia me insinuó que era una especie de masoquista al que le gustaba sufrir. Le dije que no y continué:
—Recuerdo el irme a dormir los domingos por la noche y pensar: «empieza otra semana en la que no tengo nada que hacer». Y el lunes me despertaba a las nueve o diez, echaba un par de currículos —sólo a veces— y a las doce estaba leyendo el periódico y tomándome una cerveza con Mario —un amigo en mi misma situación—, gastándome mi poco dinero. Nos contábamos las penas y nos reíamos del mundo y después decíamos: «es lunes y aquí estamos, ¿no te parece increíble?» Y sí, era increíble. Aunque luego la conciencia pesaba como una losa; la sensación de culpa era enorme. Pero ese ratito de la cerveza, ese momento de reírnos del mundo, y también esas tardes de siesta, esos programas de televisión en el que unos tíos se van al extranjero a buscarse la vida y triunfan, esas horas perdidas en el ordenador, esas noches de partidos y más cerveza, esos jueves hasta las tantas emborrachándonos... no sé, son irrepetibles y tengo la sensación de que, aunque estaba hundido, nunca en realidad estuve tan bien.
Ella me dio las gracias por la parte que le tocaba. Estaba llorando. Me dijo que si tanto me gustaba aquella época la olvidara y volviese allí.
—No es eso. Claro que no quiero volver. Pero creo que la mayor diferencia entre entonces y ahora es el miedo. El miedo que tengo ahora por perder todo aquello por lo que he luchado y volver a una época en que me sentía tan desgraciado pero en la que, paradójicamente, no tenía miedo a nada.
»Podría decirte que estoy encantado en mi situación. Podría mentirme a mí mismo y mentiros a todos y deciros que esto es genial. Pero a mí me gusta decir la verdad, y no hay que tener miedo a la verdad. Y la verdad es que como me dijo el otro día Mario: eran maravillosos aquellos lunes al sol. Me asusta reconocerlo, pero es así. Uno echa de menos su propia miseria. Uno echa de menos no tener miedo. Aunque suene retorcido y sin sentido, nunca tan bien se está como cuando se es una puta mierda.

9 dic. 2014

El buen trabajador

Cuando era nuevo en la oficina estaba acojonado. Le asustaba la gente, todos aquellos hombres y mujeres con sus hombros y sus codos y sus rodillas y sus manos y sus pies, tan conocedores de su trabajo, tan sabedores de todo, tan en armonía con sus ordenadores y sus sillas y sus mesas y sus papeles encima, que pensó que no podía haber peor infierno y que no había otra solución que pedir la cuenta y el posterior suicidio.
¡Qué mal lo pasó este hombre! Malo era aparecer por la puerta y ocupar su sitio entre tantos otros, malo era recibir cualquier orden y no tener ni puta idea de por dónde empezar, malo era acostarse por las noches sabiendo que le quedaban pocas horas para volver a la tortura y ya no hablemos de lo malos que eran los domingos.
Pero como no hay mal que cien años dure, poco a poco los domingos empezaron a ser un día más, la tortura sólo una leve molestia, las noches un buen momento para descansar, las órdenes, entendidas, y ocupar su sitio, una tarea más de tantas que empezaba a dominar.
Sintió que aprendía, que era útil en su trabajo, que sabía hacerlo. Se sintió UNO MÁS. La armonía había llegado también a él.
Estaba integrado.
Había empezado incluso a gustarle lo que hacía. Era bonito ser un buen compañero. Era bonita la sensación de un trabajo bien hecho. ¡Y qué decir de los parabienes del jefe y de todos los demás!
Asumió cada vez más responsabilidades. Las tareas se le acumulaban y él ponía todo su empeño en organizarse y sacarlas adelante. Era pura eficacia.
No importaba que otros abusaran de él o que, de tanta acumulación, no le quedase más remedio que regalarle sus horas al jefe y tirarse allí hasta la noche. La sensación al llegar el fin de semana era magnífica. No podía existir empleado mejor.
Era un viernes de madrugada y el hombre estaba sólo, mirando por la ventana de la oficina en uno de sus momentos de descanso para la vista, dañada tras tanto castigo. Aquella semana había sido de récord. Nunca pensó que tanto trabajo pudiera existir, pero allí estaba él, después incluso de que las limpiadoras dejaran el edificio como una patena, cuando al otro lado del cristal se le apareció levitando Satanás para decirle:
—Eres un auténtico gilipollas.

4 dic. 2014

Un culo prieto, una vida paralela y un perro que huele pises

La cosa llevaba un tiempo bastante jodida. Natalia había dejado de mostrar interés por mí y yo, en cierto sentido, había dejado de mostrar interés por ella. Sólo por las noches, con el roce de su culo prieto bajo las sábanas, renacía el recuerdo de lo que había sido una bonita relación que se esfumaba otra vez en tres o, como mucho, cuatro minutos de cabalgadas.
—Ya sólo me quieres para esto —me decía después—. Me utilizas.
Puede que tuviera razón, que la utilizase cuando me entraba el calentón, pero la cosa se había estabilizado así.
—Quizá a esto sea lo que le llaman relación madura —le decía.
—Y una mierda —contestaba.
Existía una especie de pacto implícito entre nosotros. Compartíamos techo y gastos, nos soportábamos sin hablarnos demasiado y follábamos a menudo, pero no queríamos saber nada de la vida del otro.
—Esto es muy triste —la escuchaba decir por teléfono a veces.
Así que al margen de nuestro pacto, cada uno hacía su vida al otro lado de las cuatro paredes. Por mi parte no había demasiadas emociones. Odiaba a mi jefe, a mis compañeros de trabajo, un poco a mis amigos de las cervezas, a mis rivales de las partidas de póquer, a Messi, a Cristiano Ronaldo, a Mariano Rajoy, a Pablo Iglesias, al Rey, al Pequeño Nicolás y puede que al resto del mundo.
A Carla no la odiaba. La había conocido de pasada dos o tres años antes. Paseaba a su perro en el mismo parque en que yo paseaba el perro de Natalia antes de que lo atropellara un camión de la basura. Luego me la encontraba de vez en cuando y hablábamos un ratito; aunque fuese de la mano de su marido, un maromo de metro noventa con pinta de satisfacerla en todos los sentidos.
—Seguro que te gusta esa zorra —me decía Natalia.
—Para nada —le contestaba.
—Ya, claro.
—De verdad que no.
Pero la verdad era que sí, que me había enamorado de Carla, sólo que el miedo al maromo de metro noventa y a perder el culo prieto de Natalia me obligaron a mantenerme quietecito.
Fue una noche de otoño cuando Natalia me lo dijo. Gilipollas no soy, y los condones desaparecían de la caja a un ritmo mayor del uso que yo les daba, y el teléfono de Natalia no paraba de vibrar por las noches, así que algo me olía. Aún así busqué su culo prieto bajo las sábanas pero ella se apartó. Lloraba. Ni siquiera intenté consolarla. Dejé que se calmara un poco y le pregunté:
—¿Quién es él?
—No le conoces.
Las luces estaban apagadas y sólo veía la silueta de Natalia bajo las líneas de la persiana.
—¿Quién es?
—¿Qué más te da?
Quería saberlo. Por algún motivo, quería saber quién hurgaba en aquel trasero además de mí.
—¿Tanto te interesa? —me dijo.
Entonces me lo contó. Efectivamente, no le conocía de nada. Un amigo soltero de una compañera de gimnasio que a su vez bla bla bla...
—Está bien —le dije—. Buenas noches.
Natalia siguió llorando y yo no tardé demasiado en quedarme dormido.
Las noches siguientes fueron parecidas. Ella lloraba y rechazaba ofrecerme su culo, así que empecé a sentirme mal por todo aquello. Me levantaba, veía un rato la tele en el salón y después volvía a la cama cuando ella ya se había dormido.
Pocos días más tarde, cuando bajé la basura, me tropecé con el maromo de Carla, el satisfactor, con aquel perro insignificante oliendo las pises de otros perros.
—Qué hay —me dijo.
Después de dos o tres frases absurdas le comenté que hacía días que no veía a su mujer.
—Y menos que la verás —me dijo—. Hemos roto.
Quise saber por qué y me contestó:
—Se lio con un viejo amigo y se largó con él.
Le di dos palmaditas en el hombro y le dije que lo sentía y que parecía una buena chica. Luego subí al piso, cené con Natalia y se repitió parte de la escena de las otras veces. Nos metimos en la cama y ya casi no lloraba, pero siguió sin ofrecerme su culo prieto, ese culo que ahora disfrutaba otro.
Yo tampoco insistí pero, desde entonces, empecé a sentirme triste de verdad.