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31 mar 2016

Mi vida de muerto

Me morí joven y, cuando después de un juicio rápido, conocí a Satanás, me convertí en un espíritu de lo más travieso. Aquí en el infierno no había —no hay, debo decir— demasiado que hacer más que pecar hasta la eternidad y sufrir puntuales martirios por lo malo que has sido en vida. Pero tampoco esos martirios son lo que eran y no causan demasiado dolor. Satanás se ha ablandado, o eso dicen los viejos del lugar.
Total, que tenía bastante tiempo libre y, en vez de mirar vídeos eróticos o jugar al póquer, solía colarme en la tierra de los vivos y hacer mis pequeñas putadas de espíritu. Por ejemplo, allí donde jugaban a la ouija, si me pillaba cerca, movía el vaso en que ponían sus dedos, daba un portazo, abría un grifo o rompía la cristalera más cercana. Ellos se acojonaban y salían corriendo, y yo me quedaba partiéndome de risa... Otras veces me hacían preguntas estúpidas: ¿estás ahí? ¿Tienes algo que decirnos? Y yo movía el vaso hacia donde me interesaba para dar más juego, antes claro del gran susto, ¡jeje!
También me gustaba colarme en los cementerios. Sobre todo cuando a los chavales se les daba por hacer botellón allí. ¡Que ya está bien de molestar a los muertos, hombre! En estos casos una pedrada en una lápida solía bastar para dispersar la reunión. Me encantaba también irme a un descampado donde una parejita había aparcado su coche para dar rienda suelta a su amor de juventud. Solía ponerme por detrás y zarandear el vehículo, y si eso no bastaba, pintaba con el dedo en el parabrisas un mensaje como «váis a morir» o algo así. No veas cómo aceleraban y abandonaban para siempre su nidito de amor, ¡jeje! Aunque bueno, mi pasatiempo favorito era colarme en los vestuarios femeninos, por ejemplo en los del equipo de voleibol, y observar cómo aquellas obras de arte se mojaban y se enjabonaban mientras hablaban del último partido o del siguiente entrenamiento. Aquello sí que era un vicio y ya me decían en el infierno que no me bastarían varias vidas para purgar mi lujuria.
Pasada esta época de travesuras se me dio por algo más macabro. Viajé unos cuantos kilómetros colándome en trenes y aviones —es una de las ventajas de ser espíritu, jeje— y me instalé en mi propia casa, donde había vivido con mi mujer, a ver cómo estaba el panorama por allí. La verdad es que esperaba encontrarme una especie de funeral permanente, pues como os dije, morí joven, y eso siempre es peor que cuando a uno le llega su hora con lógica. Pero no fue así, ni mucho menos.
Después de días de observación puedo resumiros con cierta precisión esa realidad. Mi mujer adelgazó. Nunca estuvo gorda, ojo, pero ahora se había quitado ese kilo de más del culito y tenía un tipazo impresionante. También se soltó literalmente la melena y ya no lucía coleta, y vestía con colores alegres y vestidos cortos, lejos del luto que me esperaba y, lo que es peor, más lejos aún de las telas largas y de colores apagados que se ponía cuando estaba a mi lado.
El motivo de su renovación fue que renovó también sus compañías. Y sí, como estaréis ya imaginando, me refiero a otro hombre. Un chico guapo y joven, de más o menos mi edad, se paseaba ahora por allí, comía en mi sitio de la mesa, se sentaba en el sofá del salón, cagaba en mi retrete y ocupaba mi lado de la cama, haciéndole el amor a mi mujer con una frecuencia que ya quisiera para mí. En fin, pensé, ha encontrado a otro amor; que sea muy feliz.
Cierto es que, una vez convertidos en espíritus, ya no poseemos sentimientos, sólo el dolor físico ante las torturas punitivas, pero noté un pinchazo terrible cuando el perro, nuestro perro, el perro de mi mujer que ya se había acostumbrado a mí y tanto me quería, se volvía ahora loco por aquel hombre y le lamía, le saltaba, quería jugar con él. Por dios, ¡si a mí me costó años que ese chucho me aceptase! No comprendía por qué le había aceptado a él tan rápido. ¡Eso significaba que aquel era sin duda el hombre de la vida de mi mujer!
Y ya lo último fue encontrar la casa completamente carente de recuerdos míos. Entiendo que quite mis fotos en presencia de otro hombre. Hubiera resultado violento. ¡Pero que ni siquiera conserve los cuadros que compré, mis libros o los recuerdos de nuestros viajes es algo que no comprendo! Parece como si me odiara o como si quisiera borrarme del todo y, joder, creo que tampoco fui tan mal marido.
Tengo la impresión de que con mi muerte nació una nueva ella más guapa y vital, más feliz. Vamos, que se ha quitado un gran peso de encima. Y yo como un gilipollas, gilipollas hasta como espíritu, creyéndola de luto y llorando por las esquinas ante mi ausencia.
En conclusión, que desde el otro lado quiero aconsejaros que no os preocupéis tanto por dejar una huella imborrable como por disfrutar de vuestros propios pasos. El mundo seguirá girando una vez desaparezcáis y tarde o temprano seréis sólo un recuerdo. Bueno o malo, pero sólo un recuerdo.
A mí ahora me queda toda una eternidad por delante para pensar en lo gilipollas que soy. Probaré otra vez con mis pequeñas putaditas a los vivos, a ver si así al menos mato el tiempo, con la esperanza de que mi vida de vivo sea también para mí sólo un recuerdo. Sólo así podré empezar a disfrutar de mi vida de muerto. 

16 feb 2016

Un perro muy listo

Lucho tenía muy entrenado a su perro Mon y estaba muy harto de la vida. Los fiascos, uno detrás de otro, habían hecho mella en él. Ahora ya no valía la pena luchar. No había nada por lo que luchar. Luchar era una mierda. Como todo. Todo era una mierda. Pero su perro Mon era muy listo.
Era domingo y Lucho se fue al cementerio con Mon. Por algún motivo al perro le encantaba ese sitio. Probablemente, pensaba Lucho, la hierba estaba muy bien cuidada y todavía podría olerse algún cadáver reciente.
No había nadie visitando a sus familiares así que pasearon largo rato. Tuvo tiempo Mon de olisquear hasta el último rincón y no saber ya qué más hacer. Miró incrédulo a su dueño como preguntando qué carajo pintaban tanto tiempo allí, pero Lucho tenía un último plan para ellos.
Entre pitos y flautas se había hecho casi ya de noche y el sitio empezaba a dar miedo. Mon quiso salir de allí pero Lucho lo retuvo con órdenes muy claras:
—Ven aquí. ¡Vamos!
Lucho había encontrado un lugar que le gustaba. Un lugar que encajaba en su plan de domingo.
Había en cierta esquina un hoyo. Un hoyo muy grande con tierra y hierba dentro y alrededor. Lucho se fumó un cigarrillo, tiró la colilla al otro lado de una columna de lápidas y descendió al hoyo. Ahora el suelo del cementerio le quedaba a la altura de la cintura. Mon le acompañó pero eso no gustó a Lucho.
—¡Arriba! ¡Fuera!
Mon obedeció: se salió del hoyo y miró a su dueño sentado desde arriba.
—Muy bien —concluyó después Lucho.
El hombre se tumbó acto seguido, procurando acomodarse entre las malas hierbas. Enseguida encontró una postura que parecía cómoda. Entonces Mon se levantó e hizo ademán de acompañarle nuevamente, pero Lucho levantó un dedo y eso bastó para que el perro volviera a su postura anterior.
—Y ahora... ¡tierra! —gritó Lucho.
Mon giró la cabeza cuarenta y cinco grados.  Parecía no haber entendido bien la orden.
—¡Tierra! ¡Vamos! —insistió Lucho.
Mon acompañó de un ligero llanto su cara de extrañeza.
—¡Vamos, Mon! ¡Tierra!
El perro lo comprendió por fin y, de varios saltitos, se alzó sobre un montículo que había al lado del hoyo. Luego se giró, dándole el culo al hombre tumbado y, con un movimiento sincronizado de sus patitas traseras, empezó a levantar tierra y a lanzarla parabólicamente sobre el bueno de Lucho, que permanecía inmóvil y observando como buenamente podía el trabajo de su mascota.
—Muy bien, Mon. Muy bien. ¡Tierra!
Mon le dio a las patas con más ahínco, espoleado por los parabienes de su amo, a quien ya la tierra le cubría mitad de la ropa y le había entrado en la nariz.
—Sigue, Mon. Sigue.
La voz de Lucho sonaba entrecortada por la tierra que a golpes le atascaba la faringe. Pero incluso en su sufrimiento no podía sentirse más orgulloso de lo bien educado que tenía al perro:
—¡Muy bien, Mon! Tierra, ¡vamos! ¡Muy bien! ¡Vamos!
La tierra cubría ya el cuerpo entero de Lucho, que apenas podía mover ya la cabeza allí enterrado. Mon estaba a punto de morir extasiado pero sabía que tenía una misión y habría de morir de verdad antes de detenerse. Sólo paró un buen rato después, cuando ya no recordaba la última orden, y entonces se giró y, con la lengua por fuera, observó que allí debajo sólo había un montón de tierra y ni rastro de su amo.
Después de un par de sollozos, el perro descendió y olisqueó. Debajo de aquel montón era obvio que estaba Lucho, pero no había recibido la orden de excavar y, si existían los milagros, salvarle la vida.
Así que simplemente esperó allí un rato más, recobró el ritmo normal de pulsaciones, echó un par de meadas y cogió el camino de regreso a casa que ya se conocía de sobra.
Era un perro muy listo.

6 dic 2015

El tipo que creyó perderse

Álvaro estaba perdido.
—Esa maldita zorra —dijo.
La luz de la luna apenas le dejaba ver entre las copas de los árboles, pero el suelo era negro como la muerte y resbaladizo, infestado de obstáculos de piedras, ramas, troncos y a saber qué calamidades.
—Serás zorra —gritó.
Tropezó en una hendidura y poco le faltó para irse de morros.
—Me cago en la puta —maldijo.
Le dolía el tobillo. Puede que se lo hubiera esguinzado. Pero no podía pararse. Los lobos aullaban. El miedo elevó sus testículos hasta la garganta. Álvaro no tenía ni puta idea de dónde estaba.
—Y todo por tu culpa. Maldita guarra.
Escuchaba bichos y notaba extrañas presencias. Era como si algo o alguien se le fuera a echar al cuello de un momento a otro. Comprendió la insignificancia del ser humano en mitad de todo aquello. La mierda que era a la hora de valerse por sí mismo. A la hora de la verdad.
—No conseguirás matarme, ¡no!
Se sentía cansado, a punto de desfallecer, cuando le pareció ver algo entre unos matojos. ¡Era una carretera! Corrió hacia ella como si no hubiera mañana:
—¡Voy a por ti, zorra! ¡Voy a por ti!
Pisó el asfalto como si fuera el mismo cielo y hasta se arrodilló a besarlo. Era cuestión de seguir el trazado hasta alcanzar una señal de civilización que le recordase dónde demonios estaba.
—Estoy salvado, ¿me oyes? Salvado.
Caminó pegado a la cuneta. Escuchaba aullidos y otros ruidos indescifrables, pero aún así se sentía victorioso. Ningún coche se le cruzó en el camino.
—Debo de estar en la venta del carajo —dedujo.
Por fin vio algo. A lo lejos. A un lado de la carretera, fuera del trazado. Se acercó. Brillaba. Parecía metálico. Álvaro se asustó.
—No es posible —dijo.
Se acercó. Cincuenta metros. Veinticinco. Diez. Cinco...
Sus temores se confirmaron:
—No jodas.
Tumbada y abollada, el foco de su Yamaha todavía emitía una tenue luz agonizante. Simplemente esperaba a que la batería dijera basta. Pero ahí no se acabó todo.
—¿A qué coño huele aquí? —preguntó Álvaro.
Siguiendo el rastro del hedor, se adentró de nuevo en el bosque, tan solo unos metros, sin perder de vista la moto, lo justo para descubrir algo que lo paralizó como si la temperatura hubiera descendido cincuenta grados con un chasquido de dedos.
—No puede ser.
Estalló en lágrimas. Lloraba como un niño desconsolado mientras miraba, rodeado de un halo de sangre alrededor de la cabeza, su propio cuerpo tendido e inconsciente, en un escorzo antinatural a causa de lo que debió ser un brutal accidente.
Luego se miró a sí mismo. Su yo de pie. Un brazo. Otro. El tronco y las piernas. Parecía sano y entero, pero entonces lo recordó todo y supo que era cuestión de tiempo que se abrieran las puertas del cielo o del infierno para acoger su alma que ahora lloraba después de vagar en aquel bosque.
Todavía tuvo tiempo para tocar su yo muerto, allí en el suelo, y pensar una vez más en cómo, después de hablar largo y tendido con Silvia, había podido coger la moto y acelerar hasta perderse en caminos desconocidos y encontrar aquella cuneta fatídica. No supo encajar que ésa a la que había insultado le razonase que ya no era feliz a su lado y que mejor les iría si separaban sus caminos.
Álvaro, desde luego, lo hizo.

28 ene 2015

El cadáver andante

Todo empezó hace cosa de un mes o dos.
Tenía sobre mi cama un cuadro de la muerte. Era una muerte muy bonita, con los ojos rojos brillantes sobresaliendo en su carita huesuda, con su túnica y con la boca abierta para dar más miedo, apareciéndose de entre las nubes grises para intentar tocar con su mano un barco zozobrante en medio de un mar embravecido de una noche de invierno.
Pues bien, de la noche a la mañana —y fue así literalmente—, la muerte desapareció del cuadro. Sí, desapareció del paisaje. Ya no estaba. Allí seguían el cielo gris y el mar revuelto y el barco a pique, pero no había ni rastro de la protagonista del cuadro, y en su lugar el paisaje se había completado con más nubes y más océano, como si de otra instantánea de una desgracia inminente se tratara pero esta vez sin la muerte por el medio.
Me preguntaba cómo podría haber sucedido semejante extrañeza y, desde entonces, acontecieron cosas muy muy raras. Cosas tremendas. Era como si la muerte que abandonó el cuadro ahora estuviese rondando mi casa como un fantasma y se hubiera apoderado del techo, las paredes, el suelo y todos los muebles. Se notaba una presencia constante; no sé explicar la sensación exacta, aunque sí algunos hechos para que os hagáis una idea.
Por ejemplo, la casa está más fría. Pongo la calefacción a trabajar y sube un poco la temperatura, pero hay permanentemente una corriente de aire que te entra por donde la espalda pierde el nombre y te cala hasta la médula, y es inexplicable porque todas las puertas y ventanas están cerradas. Otra cosa. Los chirridos. Suceden sobre todo de noche. Escucho como si alguien estuviese en las lacenas de la cocina o en el armarito del cuarto de baño,  alguna puerta se abre y se cierra sola y suena como si las bisagras necesitasen un poco de tres en uno. También hay humedades. En muchas esquinas del techo aparecen charcos de agua y grietas, y hablando con el vecino de arriba me dijo que por esas zonas no tiene tuberías que puedan perder agua. Y lo más aterrador es que se murieron todas las plantas y se desarrollaron telas de araña por todas las esquinas, por mucho que riego las macetas y limpio bien el polvo y mato todos esos bichos patilargos. Es como si de golpe hubiera cambiado el ecosistema de mi casa y ahora fuera una especie de desván o trastero en desuso.
Pero lo más curioso es que a raíz de todo esto también empezó a cambiar mi carácter e, incluso, mi aspecto físico. Me noto más pálido. No fui nunca yo de tener muy buen color, pero ahora mi cara parece enferma, débil, insustancial. También he adelgazado. No tengo apetito. Antes comía como una lima pero de pronto empezaron a sentarme mal la mayoría de comidas y mi dieta se limita a la cantidad justa de proteínas e hidratos para realizar las funciones vitales. Se me notan todas las costillas.
Por dentro me volví más agrio, más malhumorado. Respondo mal cuando me hablan, rehúyo las conversaciones y odio un poco a todos los seres humanos. Yo nunca he sido muy extrovertido pero pasaba por atento y educado, y ahora soy sólo un pobre chico que prefiere la soledad de su casa tenebrosa a la luz del día y la cálida compañía de conocidos y amigos.
¿Qué me está sucediendo?, me pregunto una y otra vez. Me atormenta la idea de no volver a ser el de antes y, sin embargo, no puedo ni siquiera intentarlo, como si una fuerza invisible me impulsase también a mí a convertirme en el ser despreciable que soy. Y me temo que es ELLA esa fuerza misteriosa que está detrás de todo esto. O peor aún, que en realidad, la muerte que se había salido del cuadro ahora habita en mí; dentro de mí; que yo mismo soy la muerte, o por lo menos un cadáver andante para quien los días en este mundo ya no tienen sentido.
No lo sé. De verdad, no lo sé. Pero es así tal y como os estoy contando. Creo que ahora soy la muerte y no sé si tengo superpoderes o alguna misión importante que cumplir, pero espero por lo menos descubrirlo pronto porque os juro que esta vida que llevo, o mejor dicho, esta no vida que llevo, no me gusta nada.

18 ene 2015

Aquí huele a muerto

Eduardo encajó su utilitario en el garaje y pulsó el botón del ascensor. Mientras esperaba pensó dos cosas: una, que el maletín que sujetaba pesaba de cojones y dos, que estaba completamente sobrio.
No sabía muy bien por qué pensó que estaba sobrio, cuando ya no recordaba su última gran cogorza, pero fue un pensamiento inequívoco: estaba completamente sobrio.
Cuando entró en casa el panorama no le animó demasiado. Nadie, ni el perro, vino a recibirle. Fue él quien se acercó a María Jesús en la cocina, sólo a saludar, sólo a preguntar qué tal todo, pero era obvio que María Jesús no estaba para muchas bromas. ¿Qué esperar de una madre todavía joven, en paro y sin mayor entretenimiento que cocinar dos comidas al día y las series y los programas de corazón de la tele que tanto odiaba? Parecía un milagro que todavía no hubiese saltado desde la ventana del séptimo.
Rubén tenía los cascos puestos y un extraño videojuego en la pantalla del ordenador de unos tíos que estaban como en guerra en medio de una ciudad. Eduardo ni siquiera hizo ruido. Molestar a Rubén sólo le pondría de más mala hostia. Pero era adolescente y se suponía que había que perdonárselo y tragar en lugar de darle dos tortazos que era lo que se merecía.
Después de una cena tranquila los tres estaban en el salón, dejando que unos estúpidos personajes de la televisión hiciesen por ellos el sucio trabajo de mantener una larga y animada conversación. Pronto Rubén empezó a teclear el móvil y ensimismarse en él, y María Jesús se sacó del bolsillo un libro electrónico que desprendía una tenue luz  blanca.
Pasó así un intervalo de tiempo indeterminado, despreciable, hasta que Rubén apagó el móvil, o muy probablemente se le quedó sin batería, y se levantó y dio unos pasos hacia la puerta.
—¿Ya te vas? —preguntó Eduardo.
—Sí.
—¿Por qué? Aún es pronto.
Rubén soltó una sonrisa irónica y, sin detenerse ni mirar a sus padres mientras hablaba, dijo antes de desaparecer:
—Aquí huele a muerto.
Ni Eduardo ni María Jesús dijeron nada. En realidad la escena sólo había sido un paréntesis que no alteró ni su pulso ni su tensión ni sus actos.
Esperó Eduardo a que hubiera un corte para la publicidad para levantarse y decir que se iba a dormir. María Jesús contestó que todavía no tenía sueño y se leería unas cuantas páginas más. Para cuando ella se metió en la cama, su marido ya estaba dormido. Cómo lo conseguía era algo difícil de explicar.
Cuando se levantó la mañana siguiente, una extraña sensación invadía el cuerpo de Eduardo. Un estado nervioso sin motivo aparente y las ganas de hacer algo sin saber realmente qué.
Bajó en el ascensor, desencajó el coche de su sitio, salió a la luz del día y entonces recordó las últimas palabras de su hijo:
—Aquí huele a muerto.
Después de repetírselo a sí mismo unas pocas veces, aquel padre de familia concluyó que el chaval ¡tenía razón! Rubén estaba en lo cierto y no sólo en el aspecto psicológico de su reflexión. ¡Era como si la muerte verdadera rodeara con una nube pestilente el cuerpo de Eduardo y el olor fuera físico, real! Asqueroso.
Se dejó llevar unas cuantas horas en el trabajo pero antes de la hora de comer dijo basta.
Pidió la cuenta, se despidió de sus compañeros con pocas palabras y apareció en casa cinco o seis horas antes de lo habitual.
Por supuesto, nadie fue a recibirle, ni siquiera el perro, y nadie le preguntó qué había sucedido, pero Eduardo estuvo un rato revolviendo en las habitaciones, abriendo y cerrando puertas y cajones y cremalleras. María Jesús y Rubén lo ignoraron hasta que apareció ante ellos con tres maletas hechas, una vieja camiseta y pantalones deportivos.
—¿Qué haces? —preguntó la mujer.
—Nos vamos.
—¿Cómo que nos vamos? —preguntó ella otra vez.
—¿A dónde? —Rubén pasó de su móvil por un instante.
—A la casa de la playa.
—Pero...
—¡AHORA!
El grito de Eduardo fue demoledor y los demás simplemente obedecieron.
Tenían una casita muy lejos de allí. Una casita con campo para el perro y una playa a cien metros donde no había contaminación. El fruto de años de ahorro y la supuesta culminación a una vida de esfuerzos que finalmente se había quedado en dos o tres semanas al año de insuficiente desconexión.
Cuando los tres estuvieron en el coche y el motor arrancó, Eduardo puso la radio y, mientras metía primera y soltaba el embrague, dijo:
—Allí no huele a muerto.

25 oct 2014

Dispara

La guerra llegaba a su fin y aquel pueblucho de mala muerte se había convertido en la última resistencia aliada frente al absoluto dominio invasor. Que cayera el pueblo era cuestión de días, horas quizá, y sólo los coletazos de las guerrillas prolongaban la agonía de los vecinos que, en los últimas dos semanas, habían visto cómo morían niños, eran mutilados soldados y civiles, ardían sus casas y caían cañonazos del cielo día y noche.
Desde la ventana del despacho del ayuntamiento, el único edificio con la orden directa de mantener en pie, Harry tenía la misión de descargar su fusil de media distancia sobre cualquier enemigo que se pasease por lo que un día fue la Plaza Mayor, símbolo de la conquista invasora aunque ahora no fueran más que cuatro baldosas levantadas. A sus espaldas sumaba veintisiete muertos desde que se instalara allí en turnos de ocho horas. Harry era capaz de permanecer inmóvil su turno entero y tenía fama de no desperdiciar una sola bala. Era un magnífico soldado.
Algo se movió tras unos soportales en la lejanía. Oía gritos pero no podía ver nada. Demasiada distancia. Esperaría.
Martin había decidido salir a pasear por lo que aún consideraba sus calles. Se había librado de ser llamado a filas gracias a un amigo de un amigo de su padre que era general, y ahora su padre había muerto, igual que todos sus amigos y su hermano, voluntario aunque podría gozar del mismo permiso. Sin casa, derruida, y sin terrenos, quemados, Martin solía emborracharse en la única tasca que servía alcohol de forma clandestina, a la espera como tantos otros de que los disparos se terminaran o se lo llevasen de una vez por delante.
Con los primeros pasos en la plaza, Harry pudo ver que aquel hombre no era soldado, que estaba borracho y que profería gritos sin sentido. Se acercaba. Enseguida lo tuvo en el punto de mira. Era cuestión de hacer un poco más de fuerza con su dedo índice y se acabaría el escándalo.
Martin seguía adelante. Cantaba y se reía. Gritaba terribles insultos contra los invasores. Hijos de puta era lo más fino.
Un superior de Harry hacía números en el despacho contiguo y, ante el escándalo de la plaza, entró a mirar qué sucedía. Le puso en la mano en el hombro al francotirador y le dijo: adelante. Luego regresó a su sitio.
Harry apretó un poco más. Insuficiente todavía. Martin estaba ya a menos de veinte metros. Un blanco fácil hasta para un principiante. Sin embargo algo le decía que no apretase de todo el gatillo. Que dejase vivir a aquel hombre. Definitivamente decidió esperar y dejarle pasar.
Allí abajo, Martin se hacía el ebrio. Aquel día no había bebido. De hecho, estaba tan sobrio que había tomado la decisión más valiente de su corta vida y había salido a exponerse a la Plaza Mayor e insultar al enemigo mientras se decía a sí mismo: por favor, dispara.  

25 sept 2014

Mi sicario

Me llevó ocho días de búsqueda en internet y otras tantas llamadas a México D. F., pero al fin tenía al sicario al otro lado del aparato.
—Un nombre y una dirección —me dijo.
—Charlie Basanta.
—Ok. ¿Dirección? —por la voz no debía de tener más de veinte años. ¿De veras ese tipo iba a apretar el gatillo?
Le dije la calle.
—¿Una hora para localizarlo?
—Cualquier hora del día es buena. No suele salir.
—Perfecto. ¿Muchos vecinos?
—Ni siquiera tendrás que timbrar. Suele tener la puerta abierta.
—Maravilloso. ¿No tendrás una foto?
—Oh, sí, unas cuantas.
—Envía alguna a esta dirección de email —apunté una extraña sucesión de letras, números y símbolos—. Actualizadas, claro.
—Sí, sí.
—Mi compadre te habló de cómo hacer el pago, ¿verdad?
—Sí, un 25% ahora y el resto...
—Cuando ese Charlie Basanta aparezca en las necrológicas de tu diario.
—Justo.
—Listo pues. Cuenta con una semana. No hay avión antes.
—Lo sé. Emilio —su compadre– me lo dijo.
—Y también te diría que después de hablar conmigo no hay vuelta atrás. No podrás localizarme y el trabajo se hará sí o sí así que ya puedes estar seguro de que no habrá arrepentimientos.
—Sí, sí, me dijo todo eso.
—Y por supuesto, si no pagas el resto te...
—Te tenemos localizado. Lo sé.
—Bien. Pues eso es todo. ¿Algo más?
—Nada más.
Colgó. De alguna forma me sentí liberado. Después de meses pensándomelo, me acogí a la cobardía del «que lo haga otro» y a diez mil euros de mi cuenta bancaria para solucionar mi tormento. La venganza a veces es necesaria, aunque pase el tiempo y uno no recuerda exactamente de qué quiere vengarse, pero quiere hacerlo. Necesita hacerlo.
Siete días después escuché movimiento en el aparcamiento. Hubo unos pasos y se abrió la puerta de mi casa. Yo me relajaba con mi ordenador y una buena cerveza en el sofá de la salita, cuando un tipo joven y, ¿por qué no?, guapo, apareció a escasos metros mirándome con una soberbia seguridad en sí mismo.
—¿Charlie Basanta? —me dijo.
—Sí. ¿Quién lo pregunta?
El cañón de la pistola me apuntó entre ceja y ceja. El muchacho tuvo la decencia de dejarme terminar estas líneeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee

26 ago 2014

Misión cumplida

Se acercaron a menos de un millón de kilómetros. Las luces de la nave se apagaron. Ya no eran más que un fantasma surcando el vacío espacial.
El capitán dio la orden y se activó el inhibidor de radares. El último gran invento para poder llevar a cabo la misión: la misión más importante en la historia de la especie y probablemente entre todas las especies del universo.
La velocidad era ahora menor. Se trataba de posicionarse en el sitio exacto, apretar el botón y aguardar a que los miles de experimentos realizados en el laboratorio no fueran una pérdida de tiempo y dinero, mucho dinero.
Estaban en órbita. Como un satélite más, ahora giraban en armonía con el planeta, en un baile entre un enano invisible y un gigante inconsciente del baile y de la música. Pero la música sonaría enseguida. Y sonaría bien fuerte.
Se percibía la tensión entre la tripulación. Sólo tenían ojos para el planeta que parecía inmóvil tras el cristal y oídos para el capitán, que no tardó en dar las órdenes oportunas.
Habló a sus soldados, uno por uno, y estos obedecieron mecánicamente. Tres, dos, uno, fuego: un destello amarillo salió de la nave a miles de kilómetros por segundo. Un minuto después voló en millones de pedazos aquel hermoso planeta azul con manchas marrones y blancas. La especie potencialmente invasora que lo habitaba era ya historia.
Misión cumplida.

17 jun 2014

La bombilla

Una lámpara y una bombilla. Ese era todo el paisaje.
Luis José llevaba dos horas tirado en la cama y mirando al techo. Había cambiado de postura dos o tres veces y se había estirado el cuello por el dolor. Enseguida la vista debía volver allí arriba. Allí estaba la bombilla. Aquella mágica y maravillosa bombilla.
Había encendido la luz y se había quedado mirándola. Sólo eso, mirándola. El resto era parpadear y respirar, puede que alguna otra función vital que desconociese.
Era una de esas bombillas de ahorro, que consumían poco a costa de un precio un poco más elevado y de tener que esperar unos segundos para que ofrezcan su máxima potencia lumínica. El casquillo estaba oculto, encajado en el enganche de la lámpara. Luego tenía una semiesfera blanca decorativa y después estaba la luz. Cuatro tubos de vidrio en forma de U muy largos y estrechos, dispuestos simétricamente alrededor del centro de un círculo imaginario. No se veía el filamento: era un misterio cómo salía la luz de ahí y, tratando de averiguarlo, uno terminaba con la cabeza dolorida por la ceguera temporal. Había polvo sobre la concavidad de la U, y también un poco a lo largo de los tubos y hacia la semiesfera decorativa, y ya no digamos en el resto de la lámpara: hacía meses que no limpiaba pero ¿a quién le podía importar? Luis José no había enfermado a causa de eso y, al fin y al cabo, deshacerse del polvo era deshacerse de sus propias células. ¿Quién sabía si en alguna de ellas se escondía su alma?
Una sombra negra perfectamente circular se proyectaba sobre el vidrio de la lámpara, arrugado para decorar y para contener más polvo. Eran dos mundos diferenciados de sol y sombra. Abajo la luz, arriba la negrura. Volviendo la vista a la bombilla, los bordes de los tubos de dibujaban con mayor definición, pudiendo distinguir el fondo y otros detalles de polvo y quién sabe qué misterios, pero enseguida los ojos se agotaban y exigían apartar la cabeza. Aún así Luis José aguantaba cada vez más sin desviarse.
Después bostezó y pensó un poco en el mundo más allá de la bombilla. Había gente, trabajo, comida y algo de dinero. Poca cosa. Se dio cuenta de que el aburrimiento, o más bien, el asco, estaban acabando con él. O mejor aún, lo estaban matando. Luis José se moría.
Por eso decidió no pensarlo más y regresar la vista a la bombilla. Allí seguía, blanca y brillante, ¿qué más podía pedir?

13 may 2014

El destino del emprendedor

Familiares y amigos lloraban su pérdida:
—Siempre se van los mejores.
—Con toda una vida por delante...
—No podía haber mejor persona.
—Era atento y siempre tenía una sonrisa en la cara.
Pero también clamaban justicia cuando se manifestaban en los medios. El cuerpo de Diego Calvete había aparecido apuñalado junto al portal de su humilde piso de las afueras:
—¡Qué muerte tan terrible! ¡Asesinos!
—No pararemos hasta que se haga justicia.
—Nadie tenía motivos para hacer esta barbaridad.
—Quien lo haya hecho así se pudra en la cárcel.
Diego se marchaba dejando una viuda embarazada, veinte años de letras de hipoteca y un negocio que se pondría a la venta por un mísero precio.
Sólo a un alma tan emprendedora como ingenua se le pudo ocurrir abrir una gasolinera bien situada a la entrada de la autopista, ponerle de nombre Calvete S.L. en honor a su abuelo que las había pasado putas en Argentina, y esperar que todo le fuera bien cuando decidió ir por libre y rechazar las llamadas de la competencia para pactar precios. Había que ser un tonto suicida para ponerse a despachar diesel y sin plomo entre treinta y cuarenta céntimos el litro más barato que las demás, renunciando a parte del beneficio a cambio de que hileras de coches parasen allí a repostar, asegurando que a él le era suficiente con ganar lo que ganaba y que allá las demás gasolineras si ponían el precio por las nubes.
Por eso en el fondo no debió de extrañarse cuando aquel sicario apareció tras la esquina del edificio, portando una afilada hoja de acero y susurrándole que se había pasado de listo metiendo sus narices donde no le llamaban mientras hundía el puñal en su estómago.
Allí arriba, en el cielo, Diego Calvete tendrá tiempo para pensar en sus errores. Alguien le explicará que así es el libre mercado. O que la sociedad no está preparada para el libre mercado. O que no hay libertad por ningún sitio. ¿Quién sabe?

29 mar 2014

Una estúpida y asquerosa marioneta

Toda su vida fue una marioneta. Una estúpida y asquerosa marioneta en manos de cualquiera con un mínimo protagonismo en su existencia.
El problema fue que creció y maduró y se preguntó muchas cosas. ¿Valía la pena seguir siendo una marioneta? ¿Le había servido de algo dejarse manejar por los demás? ¿Acaso era ahora más feliz? ¿Se sentía así más lleno? No solía dejarse atormentar por tales cuestiones, pero cada vez eran mayores el estruendo interior y los días y las noches de soledad y dudas.
De nada había valido ser un buen chico: portarse bien en casa, estudiar y trabajar. Ningún provecho había sacado de su empeño profesional: despedido como un perro. Para bien poco le había servido esforzarse en ser un buen amante: encontró a su mujer en la cama con otro. Completamente inútil había sido su intento por perfeccionarse: ahora era una mierda maloliente, sebosa e imperfecta.
Pero tuvo una virtud: reaccionó a tiempo. Supo concluir que había vivido como una marioneta y ya estaba bien. Por eso tomó las riendas de su vida y, una buena noche, se encerró en su dormitorio y bebió hasta emborracharse. Cogió entonces el cuchillo jamonero que había traído al efecto y, de dos certeros tajos, seccionó sus arterias a la altura de las muñecas. Para su sorpresa no le dolió, gracias quizá al vodka. Ahora se desangraba mientras trataba de recordar los escasos momentos positivos que había vivido. Sonrió al hacerlo.
Aprovechó sus últimos minutos para observar su habitación: el ordenador, el reloj-despertador, los posters y los libros. Sobre todo los libros. Los libros que le habían evadido de un mundo que odiaba sin ni siquiera él saberlo. ¿Y por qué no lo sabía? Porque las marionetas no piensan.
Pero ahora ya no era marioneta y sí que pensaba. Ahora él manejaba los hilos. Ahora él podía morirse feliz y tranquilo y jurando y perjurando que era feliz siendo ÉL, ÉL y solamente ÉL.
Descanse en paz.

8 feb 2014

Un gran invento

Mi amigo el informático andaba en sus negocios desde hacía un tiempo. Estaba convencido de que tardaría muy poco en hacerse millonario y yo le creí. Sí, le creí, porque mi amigo es de esos tipos que nunca habla por hablar, así que en medio del secretismo que envolvía su trabajo diario sabía que un día le llamaría y le preguntaría:
—¿Ya eres millonario?
A lo que él me respondería:
—Sí. Ya soy millonario.
Pero resulta que me llamó él a mí, cosa poco habitual, para preguntarme discretamente si me podía acercar al laboratorio donde trabajaba con su socio, pues se traía algo entre manos. Cuando llegué me lo dijo:
—Éste es el invento.
Sobre la mesa había unas gafas bastante contundentes, más bien poco estéticas y con pinta de armatoste.
—Es sólo un prototipo —siguió—, pero vas a flipar. Lo hemos probado nosotros y un par de compañeros más. Hasta ahora ha funcionado.
Me lo explicó muy por encima. Las gafas eran una máquina del tiempo hacia adelante. Es decir: te las ponías y podías ver el futuro. No veías desde fuera una imagen de ti mismo dentro de unos años, no, estabas dentro, estabas viviendo lo que te pasaba en el momento que indicases en unas ruedecitas laterales.
—Prueba —dijo—. Necesitamos una muestra más amplia antes de patentarlas.
Me las puse. Pesaban como unos cinco kilos. Veía el laboratorio y los veía a ellos. Era el presente.
—Dinos un momento al que quieras viajar. Puede ser como mucho diez años. No hemos logrado ir más allá. Se nos salía del presupuesto.
Le dije que pusiera eso, diez años. En realidad yo no me creía nada de aquello. Más bien les seguía el juego. Giró la ruedecita.
—¿Preparado? Notarás una sacudida al entrar en el agujero de gusano. Pero tranquilo. No duele. Vamos a poner dos minutos, ¿vale? Después nos dices qué tal.
Les di el okey y mi amigo pulsó un interruptor. La sacudida fue brusca pero efectivamente indolora. Todo se volvió blanco y escuchaba como si viajase en un avión o una nave.
De pronto el sonido desapareció. Esperaba entonces que mi campo de visión se llenase de paisajes o personas que todavía no conocía o que habían envejecido. Esperaba verme casado o con hijos. Esperaba verme con un traje conduciendo un deportivo. Esperaba tomar cerveza con los amigos en un bar nuevo. Pero lo que vi fue la nada. Todo seguía negro como un abismo y en el más puro silencio. Dije algo así como que aquello no iba pero no hubo respuesta. La negrura persistía. Entonces me pareció ver algún puntito blanco aquí y allá, alguna luz a lo lejos, y escuchar un leve sonido que enseguida se disipaba. No encontraba nada. No tenía adonde moverme. Me invadía la sensación de caerme en cuanto daba un paso.
Hasta que noté la misma sacudida que al empezar y apareció de nuevo el laboratorio. Mi amigo me quitó las gafas con cuidado.
—¿No escuchabais? —les pregunté—. Os decía que no veía nada.
—Obviamente no. No te escuchábamos porque tú estabas en el futuro y nosotros en el presente. Había diez años de diferencia entre tú y nosotros.
—Pues entonces —concluí— la máquina sólo sirve para llevarse una buena sacudida porque no he visto nada.
—¡Imposible! ¡IMPOSIBLE! —me juraron.
Les expliqué con detalle todo lo que recordaba de mi experiencia. Aquello no les cuadraba para nada. Aseguraron que tendrían que hacerle algún que otro ajuste a las gafas antes de patentarlas para evitar fiascos como el mío. Buscaban explicaciones: que si teorías del multiverso, agujeros de gusano alternativos, microchips más avanzados. Todo chorradas hasta que a mí se me ocurrió la feliz idea:
—Quietos paraos.
Me escucharon:
—Que puede que en realidad haya funcionado.
—¿Cómo?
—Sí, ¿cómo?
Suspiré. No me gustaba lo que iba a decir.
—Puede que la oscuridad y las luces débiles y los sonidos lejanos hayan sido reales.
—Nunca ha pasado.
—No, jamás. ¿Qué clase de futuro es ese?
Les miré fijamente:
—El futuro de un hombre muerto.
El compañero de mi amigo casi se desmaya. Después de que nadie hablase por un rato me eché a reír. No sé por qué lo hice pero me reí a carcajada limpia.
—Sí. Podría ser pero... —mi amigo intentaba consolarme.
—No te preocupes —puse una mano en su hombro—. Es un invento cojonudo. Espectacular. Yo de vosotros me  apuraría a patentarlo.
Poco a poco recuperaron el ánimo. ¿Qué culpa podrían tener ellos de que en unos años yo fuera fiambre? Me despedí:
—Un gran invento. De verdad. Lo mejor que he visto.
Salí por la puerta. Crucé la calle y miré a un lado y a otro. No venía ningún coche. Al menos no moriría atropellado en ese momento. Un alivio.
Todo un invento esas gafas. Sí señor. Ahora, a esperar a que el hombre de la guadaña llame a mis puertas cualquier día de estos.

28 ene 2014

No es país para pensionistas

Harry aguardaba en su mecedora del apartamento 69. Todavía no era la hora del espectáculo.
Para mantenerse motivado leía unos recortes de periódico que guardaba para momentos de espera:

«Aprobada la LSSP (Ley para la Sostenibilidad del Sistema de Pensiones)»
«El presidente asegura que con esta medida el superávit y la calidad de vida de los jubilados están garantizados.»
«Finalmente el Congreso, por unanimidad, dio luz verde al proyecto que entrará en vigor con carácter inmediato una vez sea ratificado por la Cámara Alta.»
«El Sindicato de Ancianos negoció hasta última hora un retraso de la jubilación de los setenta y dos a los setenta y cinco años a cambio de un decenio más de vida.»
«La edad de jubilación se mantiene en los setenta y dos años y los jubilados, que hoy en día representan el cuarenta por ciento de la población, percibirán el cien por cien de la pensión mientras permanezcan con vida.»
«A finales del mes de diciembre de cada año se ejecutarán a todos aquellos que cumplan ochenta desde enero hasta entonces, empezando por una primera criba con todos aquellos ancianos que superen dicha edad.»
«Las ejecuciones serán públicas y sólo podrán evitarse renunciando a cualquier pensión desde los ochenta años y firmando una declaración jurada en la que el anciano se comprometa a no acudir al médico bajo ningún pretexto hasta su muerte natural.»
«Con esta medida de contención del gasto el Estado se ahorrará más de quinientos mil millones de euros anuales en pensiones y medicamentos.»

A Harry se le revolvían las tripas sólo de pensarlo. Desde entonces siete millones y medio de ancianos pasaron por el paredón ante la impúdica mirada de políticos y familiares. Las protestas y revueltas iniciales dejaron paso a la insensibilidad más absoluta una vez se comprobó que la economía marchaba tras veinticinco años de crisis.
Era la hora. El alcalde daba un mitin en la plaza. Hablaba de impuestos, de jardines, de autobuses, de colegios, de basura, de agua, de luz, de bibliotecas... pero ni una palabra sobre la LSSP. Y todos le coreaban ante su inminente mayoría absoluta.
Se sacudió la cabeza y observó por la mirilla de su Barrett M82. El estrado estaba en el centro del objetivo. Cuando el alcalde cayese, en medio del revuelo, se encargaría también de unos cuantos peces gordos de primera fila —empresarios, compañeros políticos, líderes sociales—, que no faltaban nunca a aquellas ceremonias.
Cuando empezaban las despedidas y los agradecimientos, Harry notó que algo se le movía en sus pantalones. Se estaba empalmando ante la idea de engrosar la lista que había sucumbido a su fusil: tres alcaldes, cuatro diputados, dos senadores, quince miembros del gobierno y una treintena de personajillos más.
Por algo era el terrorista más buscado del país. Y sin que nadie le pagase por ello.
Antes de apretar el gatillo, un portazo atronó el apartamento 69. Cuando Harry quiso reaccionar tenía cinco policías encima dándole porrazos, puñetazos y patadas.
—¡Quieto, hijo de puta! ¿Qué ibas a hacer, eh? ¡Jódete, mamón de mierda! —le gritaban, mientras se sucedían los golpes.
Harry se protegió pero no pudo evitar el sufrimiento. Pronto se lo llevarían de allí a una cárcel donde seguirían torturándolo.
Pero poco le importaba. En realidad, sólo le preocupaba el no haber podido terminar su trabajito de aquella tarde.
El dolor era secundario. Al fin y al cabo tenía setenta y nueve años y medio.

24 dic 2013

Utopía perruna

La vida de Monty tenía poco de estresante. Todo lo emocionante que podía sucederle era la incursión de un maldito gato en su terreno, o un doloroso picor de espalda que requería un rebozado de hierba, o un pájaro que le robaba una pelota de pienso, o un extraño ruido al que había que ladrar a través de la verja de alambre y matorrales.
Por lo demás se levantaba cuando le viniese en gana, se desperezaba, daba los buenos días a los dueños moviéndoles el rabo y ofreciéndoles la cabeza para ser acariciada, bebía agua, comía pienso, pedía sobras de comida humana con carita de pena, cagaba, dormía la siesta, deambulaba por la finca, cenaba y regresaba a la caseta a la espera de un nuevo y glorioso día perruno.
Otro asunto eran las salidas nocturnas. Resulta que un vecino, dos casas más arriba —un imbécil con muy mala baba que cada viernes descendía la cuesta de la urbanización montado en su quad haciendo un ruido atronador—, tenía una perrita en celo una vez al semestre, desprendiendo un aroma más embriagador que la mayor de las barbacoas, penetrando el hocico de Monty con un poder hipnótico que desataba la locura en el perro.
Los días en medio de aquella atmósfera se hacían desesperantemente largos. Resultaba imposible excavar un agujero hasta el otro lado de la valla y, por muy en forma que estuviese, era demasiada la altura que había que salvar para estar fuera.
Por eso esperaba a la noche, cuando el motor del todo terreno de sus dueños se escuchaba tras el portalón, para situarse en una buena posición para, en cuanto éste se abriese unos centímetros, salir escopetado cuesta arriba, ignorando los gritos que le reclamaban desde la ventanilla del vehículo.
Unas horas más tarde se las arreglaba para, a través de un árbol, saltar nuevamente a su finca y dormir plácidamente hasta el amanecer.
Así fue como al poco de las excursiones y, con el olor a hembra desaparecido del ambiente, escuchó más ladridos de lo normal procedentes de la casa del vecino. Muerto de curiosidad, decidió salir una noche más a comprobar qué sucedía. Desde la valla, sin atreverse a entrar, vio cómo cuatro cachorros correteaban junto a su madre, la hembra que pocas semanas atrás había despertado sus más bajos instintos.
Pero poco podía hacer como padre más que desear un futuro feliz para sus cachorros, y así transcurrió el tiempo, mientras se olvidaba del asunto, hasta que a los seis meses un nuevo olor a hembra le hechizó enloquecidamente. Era un olor diferente al anterior pero igualmente hipnótico.
Así que aguardó su oportunidad para salir tras aquel rastro. El olor se hizo más intenso a medida que subía la cuesta. Procedía, por supuesto, del interior de la casa del vecino. Dentro sólo estaban la madre y un cachorro: la hembra de la que sin duda procedía el olor. ¿Cómo saber a esas alturas que era su propia hija? No se lo pensó y entró. Se acercó y olisqueó el trasero de aquella preciosidad. Un olor sublime. Todo marchaba bien cuando una luz se encendió en la casa. Debía terminar pronto el acto y largarse. La montó y empezó a culear. Iban sólo unos segundos y la puerta de la casa se abrió. El tipo del quad salió profiriendo gritos y corriendo hacia él, que rápidamente se quitó de encima, esquivó una patada y saltó la valla camino de su casa con el rabo entre las piernas.
No le había dado tiempo a consumar. Una lástima. Pero tendría más oportunidades y no desesperó.
Durmió plácidamente y el mismo olor mágico le despertó. Era viernes y, por ende, el quad hizo su aparición en la cuesta de la urbanización. ¡Qué ruido tan horrible! Sin embargo ese ruido significaba que la perrita estaría sola. Se las arreglaría para saltar escaparse por el día y hacerlo sin peligro, pensó.
Pero esta vez el quad se paró ante su propio portalón. Contra tal escándalo Monty se coló entre los matorrales de la verja para intentar ver algo, mientras ladraba desesperado. Apenas pudo ver aquel chisme rugiendo sin nadie encima, hasta que por fin el tipo se subió a él de nuevo y arrancó. Se habían largado.
El perro dio medio vuelta y, poco más arriba, encontró una mágica sorpresa. Un buen pedazo de carne cruda descansaba a los pies del limonero. Olía de vicio y por un momento olvidó el aroma de la hembra. ¡Qué extraño era todo...! Y él que aún no había desayunado. Se lanzó y atacó. Delicioso. Jugueteó primero con la grasa, luego con el magro y por último mordisqueó el hueso hasta no dejar ni una sola astilla.
Demasiado rápido todo. Siempre le pasaba al comer deprisa. La barriga le dolía y debía tumbarse y aguardar a que desapareciera el malestar. Pero esta vez parecía diferente. El dolor fue empeorando hasta hacerse insoportable. Entonces se hizo un ovillo junto al limonero y se durmió, sin saber que el veneno no le dejaría despertarse nunca más.