25 dic. 2011

De la navidad, el vino y el retrete

No tengo nada contra la navidad. Es decir, no voy a ponerme aquí a «cursilear» con que me devuelve a la época feliz de mi infancia –menuda mentira–, ni a despotricar con que si es hipócrita, consumista o, como mínimo, triste para muchos.
Simplemente, no tengo una opinión muy formada. Habrá cosas buenas y malas. Lo de los regalos… me sigue gustando que me sorprendan o haber acertado con el que yo he comprado. Pero me doy cuenta de que crecimos y nos hemos vuelto un poco gilipollas –en mi caso, más gilipollas todavía–. La entrega/recepción de regalos se convierte en protocolaria, en tener que dar porque a mí me van a dar. Y lo peor, que casi todo lo que recibo es dinero. Que viene cojonudo, oye, pero días antes de navidad me preguntan «¿qué quieres?», y yo, «no sé», y me dicen «si prefieres te doy el dinero y te compras lo que quieras». Es triste, pero suelo aceptar eso. ¿Dónde está mi imaginación?
Pero la idea de esta entrada era otra. Pensé otra vez en Paquito y sus colegas. En qué sería de ellos en nochebuena.
Me los imagino en su banco, en su piso compartido, en el comedor social, en los soportales, en el cajero del banco. Puede que pensando que en su día habrían compartido esa noche con alguien querido. Que quizá ellos habrían sabido qué decir si les preguntan qué quieren. Incluso ahora lo sabrían. ¿Una botella de vino, quizá? ¿O dos del barato, para compartir? Me imagino a ese borracho que un día vestía traje y al siguiente decidió echarse a la cuneta con su botella, dejando que los charcos empapasen su traje mientras éste se desgastaba, igual que su dinero, y su vida. Ole sus huevos.
Su mujer le habría dejado porque era un ludópata, un bebedor, o sencillamente estaba arruinado. Allí lo veo a él, en el retrete, mirando la foto de ella mientras da vueltas al tirar de la cadena y proclama: «jódete, zorra». Y luego se va a beber, a pedir, o hacer esas cosas que hacen los que no tienen mejor cosa que hacer.
Y pienso qué pensarán de mí. Yo, que desde mi poltrona de toda una vida por delante, de sociedad media-alta, de tener mi ordenador con mi tiempo libre y mi plato de comida esperando, me dedico a escribir de ellos sin tener ni puta idea de lo que es su vida y de lo que pasa por su cabeza. Sí, evidentemente estoy comodísimo en mi poltrona, y no soy nadie para hacer demagogia barata –¿hay otro tipo de demagogia?– o considerarme el defensor del pobre.
Era sólo un pensamiento de navidad. Ni siquiera voy a expresar mis mejores deseos para nadie, ni para los paquitos de turno. Eso sería una falta de respeto. Son ellos los que deberían expresar si nos desean una feliz navidad a los demás.

21 dic. 2011

La monja y el pervertido

La monja rezaba ante su lecho, arrodillada. La puerta se abrió y el pervertido entró en la estancia, con los pantalones y los calzoncillos bajados y su moral bien levantada. Se situó tras ella, rozando sus hombros con el miembro para llamar su atención.
–Dios de mi vida, ¿qué es esto? –se espantó la monja.
–¿Usted qué cree, hermana?
–Por favor, póngase la ropa. Jesucristo bendito –se santiguó.
–No diga que no le gusta. ¿Cuánto hace que no ve un hombre desnudo?
–¡Por favor! Compórtese. Jamás he visto a un hombre desnudo.
–¿Y qué le parece?
–Me parece un pecado. Y usted un pecador, ¡márchese!
–Ni hablar.
–No tiene derecho a estar aquí. Haga usted el favor de…
–De aquí no me muevo hasta que consiga lo que vengo buscando.
Trató la monja de escabullirse bajo los brazos del pervertido, mas este se lo impidió asiéndola por la cintura y arrojándola sobre el lecho.
–Es usted un loco. ¡Voy a gritar!
–Grite todo lo que quiera. Me excitará aún más.
–¡SOCORRO! ¡SOCORROOOOOO!
–Así, así. No sabe cuánto me gusta.
El hombre se lanzó también sobre la cama, reptando entre las piernas de la monja, que miraba aterrada.
–¿Qué va a hacer?
–Descubrir su secreto.
–¿Qué secreto?
–Ya lo verá. Dígame usted su nombre.
–Gabriela. Hermana Gabriela.
–Gabriela. Me gusta. Serio y femenino. Gabriela…
–Váyase, por favor, me va a meter en un brete.
–¿No quiere usted conocer los placeres de la carne?
–El único placer que contemplo es el de mis votos.
–¿Ah sí? Pues déjeme presentarle otro tipo de placeres.
El pervertido pasó la mano bajo el hábito de la monja, que reculó hasta encontrar la pared del cabecero.
–¿Qué está usted haciendo? –preguntó.
–Sólo acariciarla.
–¡POR DIOS! ¡SOCORRROOOOO! –gritó– ¡ME ESTÁN VIOLENTANDO!
–Vamos, hermana. No me diga que no le place.
–¡SOCORROOOOO! ¿No se da cuenta de que esto es pecado?
–Pecado es su cuerpo, Gabriela. Déjeme avanzar un poco más. Así… por aquí… ¿ve usted qué bien?
–¡DIOS MÍO DE MI VIDA! ¡VIRGEN SANTA DE MIS AMORES! ¿QUÉ HACE USTED? ¡POR LOS CLAVOS DE CRISTO! ¡AY, AY, AYYYYYY!
–¿Lo ve? ¿Lo ve como jadea? Sabía que le encantaría.
–Estoy condenada. ¡Ay, ay! Al infierno. Estoy condenada al infiernooooo…
–Todavía queda lo mejor, hermana Gabriela.
–¿Lo mejor? ¿Cómo que lo mejor?
–Sí, lo mejor, ya lo verá.
El pervertido se aproximó y la montó hasta que se encontró dentro de ella. La monja se escandalizó:
–¡Pervertido! Es usted un pervertido, ¿me oye?
–Lo sé, hermana, lo sé, mas ¿qué puedo hacer? –dijo él, sin dejar de oscilar adelante y atrás.
–De momento, bájese y cierre la puerta, que entra corriente.
El hombre se bajó, cerró la puerta y regresó al lecho junto a su amante. Es lo que tiene follar mucho tiempo con la misma persona, que o haces algo nuevo o te acaba aburriendo.

14 dic. 2011

El viaje a la luna

Creo que la luna, como el sol, asciende menos en el cielo cuanto más septentrional es la posición del observador. Lo digo porque el sábado de noche, viajando al aeropuerto en un autobús de Frankfurt, sin más pasatiempos que quitarme caca de la nariz y entrenar el dedo anular para que algún día pueda señalar como el índice, se me dio por mirar fijamente la luna. Estaba ahí fuera, llenísima, en lo más alto de su trayectoria pero lejos del cenit, reflejando toda la luz que podía.
Tras unos minutos de observación imaginé que estábamos en ella. Todo alrededor era paisaje lunar. Había en realidad árboles, llanuras en las que poco o nada se distinguía y algo de civilización. Pero yo supuse que todo era blanco como el blanco que veía allí arriba, con alguna mancha más oscura que también veía, con montañas y cráteres porque lo había leído. Y levantábamos el polvo de la superficie, un polvo que no recuerdo qué material es por muchos libros de astronomía que a estas alturas me haya tragado.
Y después me planteé una cosa. Me planteé si yo –que tanto presumo de que me gusta la soledad, de que miles de veces la prefiero a la compañía de montones de seres humanos–, tendría los cojones suficientes para estar allí arriba, en ese autobús, o en una nave espacial, o en cualquier cosa que simplemente alunizase conmigo dentro y me dejara a mi aire.
La respuesta fue que no. Probablemente no tendría cojones. Lloraría. Pensaría que todo era una pesadilla. Buscaría desesperadamente a mis compañeros de la nave. O miraría la tierra a cuatrocientos mil kilómetros y desearía que estuviesen construyendo otra nave que me viniera a buscar enseguida.
Pero no me alegraría de estar solo. Quizá mi soledad era sólo una fachada. Demasiada soledad daba miedo.
A todos nos gustaría ir a la luna pero a la hora de la verdad asusta un poco. Pueden pasarnos demasiadas cosas malas.

7 dic. 2011

El cuento de la felicidad verdadera

Despertóse la dama radiante, en su alcoba ataviada con las más finas sedas. Recorrió varios aposentos de su palacete, dando saltitos, transmitiendo abiertamente su júbilo.
–¿Dónde está Anselmo? –preguntaba a cada sirviente que se tropezaba–. ¿Dónde está Anselmo?
–Le haremos llamar, señora –respondíanle todos.
Anselmo era el bufón preferido de la dama.  Desde que tenía uso de razón, su única misión había sido la de complacer a la familia del palacete. Tenía muy poco dinero y vivía en una casita miserable. Sentíase enormemente desdichado.
–Aquí me tiene, señora –dijo Anselmo, a quien un sirviente había acudido a despertar más temprano que de costumbre.
–¡Muy bien! –dijo la dama–. Hoy es el día, Anselmo.
–¿Está usted segura?
–Segurísima. ¡Vámonos! Esto no puede aguardar mucho tiempo.
Presurosa, la dama tomó a Anselmo del brazo y salieron del palacete. Adentráronse en el bosque hasta que los árboles les hicieron invisibles. Entonces la señora detúvose y separóse de su bufón.
–Aquí Anselmo. Aquí es un buen sitio.
–Estupendo, señora. Cuando quiera.
Hallábase la dama engalanada con su vestido favorito, mas no dudó en deshacerse de él y entregárselo a Anselmo, que permanecía inmóvil a unos pasos mientras la señora se quedaba en enaguas.    
–Gracias Anselmo. Será cosa de sólo unos minutos.
La dama avanzó sobre un pequeño hueco entre dos troncos caídos. Allí levantó sus enaguas, deslizó sus calzones hasta la rodilla y agachóse, procurando no perder el equilibrio.
Transcurrieron unos instantes en que ambos aguardaban. Por fin la dama reaccionó:
–¡Creo que lo voy a conseguir, Anselmo!
–¡Ánimo, señora!   
Anselmo observaba el esfuerzo en la tez de la dama. Aquella tez tan dulce y que a tantos hombres había conquistado se enrojecía, torcía y doblaba acompañando los secos gemidos de la mujer.
–¡Lo consigo, Anselmo, lo consigo!
–Muy bien, muy bien, ¡un poco más!
La señora esforzábase hasta la extenuación pero sonreía. Lo estaba consiguiendo.
–¡Ya está! ¡Creo que ya está! –gritó.
–Déjeme ver.
Anselmo se acercó y ayudó a la señora a saltar por encima de los troncos, todavía con sus calzones bajados y las enaguas entre sus brazos. El bufón observó el hueco. Efectivamente, la dama lo había conseguido. Había allí una enorme defecación, imponente, majestuosa, casi impropia de tamaña señora.
–Muy bien, señora. ¿Cómo se siente?
La dama jadeaba pero permanecía radiante. Tomó una hoja de arbusto y limpióse los cuartos traseros. Después subióse los calzones y colocó las enaguas en su posición. Sólo entonces respondió a su bufón:
–Creo que ha sido el momento más feliz de mi vida.
Anselmo devolvióle la ropa y ella vistióse pacientemente. Miraron ambos la obra por última vez y regresaron al palacete.
La dama repitió que había sido muy emocionante y agradeció a su bufón su necesaria compañía. Mientras, Anselmo reflexionó sobre tu vida. Si aquella señora que lo tenía todo había hallado la felicidad en una simple defecación campestre, entonces quizá él no era tan desdichado a pesar de vivir en una casita tan miserable y tener tan poco dinero.
Al fin y al cabo defecaba con frecuencia en campos y bosques. 

3 dic. 2011

El loco del megáfono

Desde hace tiempo vive en mi barrio un hombre al que se tiene por loco. La verdad es que lo recuerdo desde mi infancia: le llaman el loco del megáfono.
Vive solo y no se deja ver mucho. Y cuando lo hace, lo hace acompañado de su inseparable megáfono. Es poner un pie en la calle y llevarse el megáfono a la boca. Espera a que cualquier vecino se acerque y entonces le persigue a unos pasos de distancia, gritando a través de su amado aparatito:
–¡OIGA! ¡USTED, SÍ, USTED, SEÑORA! ESTÁ USTED GORDA, ¿SABÍA? MUY MUY GORDA. TAN GORDA QUE ME DA MIEDO Y ME VUELVO PORQUE ME VA A COMER, ¡ÑAM ÑAM!
–EH, TÚ, SÍ, TÚ, ¿QUÉ MIRAS? ASCO ME DAS, MUCHO ASCO. ERES ASQUEROSO, ¡ASQUEROSO! TE MIRO Y ME REPUGNAS. ¡BUAGGGGG!
Al principio la gente le respondía y se montaban unos buenos líos, pero luego los vecinos acabaron por convencerse de que se trataba de un desequilibrado y acordaron simplemente ignorarle.
Eso, a pesar de lo graves que muchas veces resultaban sus improperios:
–TÚ, HIJOPUTA. Y TÚ, HIJOPUTA. Y TÚ, HIJOPUTA TAMBIÉN. Y TÚ, EL DEL CAMIÓN, ¡HIJOPUTA! ¿ME OYES? ¡HIJOPUTA, HIJOPUTA! ¡VIVO RODEADO DE HIJOPUTAS Y ME VOY A CONVERTIR EN EL MAYOR HIJOPUTA DE TODOS!
–UN, DOS, TRES, ¡PUTA! –contaba tres pasos en la acera y gritaba otra vez tras una joven–. UN, DOS, TRES, ¡ZORRA! UN, DOS, TRES, ¡FULANA! UN, DOS, TRES, ¡PERRA!
Otras veces se quedaba en medio de la plaza y se subía a una silla. Entonces alzaba su megáfono e iniciaba su discurso. Muchos vecinos acudían a escuchar cómo les insultaban. Pero se reían y pasaban un buen rato. Era el loco del megáfono:
–CABRONES Y ASESINOS. ESO ES LO QUE SOIS TODOS, UNOS ASESINOS. QUERÉIS MATARME PERO YO OS MATARÉ ANTES, ¿ME OÍS? OS MATARÉ A TODOS, TENEDLO POR SEGURO.
–SEÑORES, BIENVENIDOS A UN NUEVO DÍA DE MIERDA. UN DÍA DE MIERDA EN EL QUE LLOVERÁ MIERDA Y EN EL QUE COMEREMOS MIERDA Y EN EL QUE CAGAREMOS MÁS MIERDA TODAVÍA. ¡SOMOS TODOS UNA MIERDA Y ENTRE MIERDA MORIREMOS!
–TODOS VOSOTROS HACÉIS DEL MUNDO UN LUGAR APESTOSO. UN LUGAR APESTOSO Y VOMITIVO. DICEN QUE SOMOS POLVO DE ESTRELLAS PERO NO. ¡SOMOS MIERDA DE VACA, SEÑORES! ¡MIERDA DE VACA!
–BONITA REUNIÓN DE CARACULOS ES ESTA. HA VENIDO EL FEO. Y EL CORNUDO. Y EL HIJOPUTA MAYOR. TODOS ESTAMOS AQUÍ, CORDEROS DE DIOS NUESTRO TAMBIÉN HIJOPUTA SEÑOR. ¡ALABÉMOSLO PUES!
El loco del megáfono acabó siendo un personaje entrañable en mi barrio. Los vecinos querían que el loco los insultase y él, encantado de satisfacerlos.
Un día lo vi aparecer por la puerta de su portal y me acerqué a él. En cuanto me vio inició su ritual con la energía de siempre:
–¡CAGÓN! HIJOPUTA, CAGÓN. HUELES A CACA. HIJOPUTA, CAGÓN. HUELES A PIS.
–Un momento –le dije.
–¡CAGÓN, CAGÓN, CAGÓN! –gritó más fuerte–. ¡NO TE ACERQUES! ¡CAGÓN, CAGÓN, CAGÓN! ME AHOGAS CON TU CACA, ¡CAGÓN!
–¡UN MOMENTO HE DICHO! –grité más que él–. Baja el megáfono por favor. ¡QUE LO BAJES!  
El hombre bajó su megáfono y me miró fijamente:
–¿Por qué lo haces? –pregunté.
Parecía asustado. Durante unos instantes no supo qué hacer. Entonces entró de nuevo en su portal y con un gesto me invitó a pasar. Luego subió las escaleras y me invitó también a seguirle. Abrió la puerta de su casa, entramos y, aún sin hablar, me ofreció asiento en el sofá de su salón. El hombre desapareció un momento y pude ver cómo era la casa del loco del megáfono.
Había dos sofás, una mesa-comedor, varios cuadros y un mueble-librería con cientos de libros. Todo normal. Nada indicaba que ese hombre estuviera loco.
Volvió al salón. Ya no portaba su megáfono. Tomó asiento frente a mí y habló en un todo relajado. Era la primera vez que escuchaba su voz sin amplificar:
–Eres la primera persona que me lo pregunta.
–¿Y por qué lo haces?
–¿Acaso te parece raro?
El hombre me lo explicó. Trabajaba a pocos kilómetros de allí, en una asesoría, realizando labores bastante repetitivas que no le causaban sino hastío.
En el barrio nadie sabía de su ocupación. Una noche se agarró una buena curda y regresó sólo a casa con el megáfono. Ni siquiera sabía dónde lo había comprado. El caso es que con su borrachera se le dio por insultar a todo el mundo. Y así varias noches. La gente se escandalizaba pero no hacía nada más. Era sólo un borracho.
–Y una vez empiezas a insultar –dijo–, es como un vicio, una droga. No puedes parar. Y cuando ya consideran que lo haces por loco, ¡eres inmune! ¡Puedes decir lo que quieras!
–Entonces no estás loco.
–Los locos son ellos, ¡créeme!
Charlamos un rato más y entonces me levanté, dispuesto a irme. Ya en la puerta, el hombre me estrechó la mano y me habló por última vez:
–Sólo te pido dos cosas. Una, que no me delates, si no estoy perdido. Te prometo que a ti te dejaré en paz.
–No es necesario.
–Como quieras. Y dos, que pruebes tú alguna vez. Cuando quieras te dejo mi megáfono. Verás qué bien te sientes después.
Salí de allí y regresé a la calle, al mundo real.
Un tiempo después el hombre seguía allí, en su portal, insultando con su megáfono a diestro y siniestro. Entonces miré a mi alrededor. La gente corría de un lado a otro. Tenían mala cara, mal carácter. Los coches daban bocinazos y los conductores mentaban los familiares de los otros conductores. Se respiraba inhumanidad por todas partes.
Volví a mirar al loco del megáfono y le comprendí. Me acerqué a él y le dije que tenía razón. También le dije que me pasaría pronto por su casa para que me prestase su famoso megáfono.

30 nov. 2011

Oscuridad (2/2)

[...]
Insistes en que piense en todo lo que soy, en mis valores, en lo que he vivido; en que no estoy tan mal en definitiva. Vuelves a mi inconformismo… y yo te repito que soy ambicioso hasta la saciedad, aunque eso me lleve a morir entre las tinieblas de mis metas imposibles. ¿Mis valores? No tengo mejores valores que cualquier asesino o cualquier estafador. Ellos al menos satisfacen sus deseos. En sus fechorías se sienten plenos. Yo en cambio llevo una vida socialmente correcta. Sigo el camino del bien. Y eso a ojos del mundo me convierte en un ser aceptable, ¡qué más da lo que pasa por mis entrañas! Qué más dan el vacío perfecto, la perfecta infelicidad. Eso al mundo no le importa. Y tampoco quiero provocar lástima, detesto las palmaditas en la espalda. Sólo quiero que se sepa que diferencio entre lo socialmente correcto y lo interiormente acertado. ¿Lo que he vivido? Simplemente, nada. O si prefieres, muy poquito. Poco te entretendría mi lista de recuerdos. Lo bueno de mi vida se resume en pocos minutos. Lo malo quizá en más. Si en cambio se pudiera explicar el vacío, necesitarías meses o años de escucha. Anécdotas… muy poquitas. Expectativas de futuro… nulas. O sea que no tengo ni pasado ni futuro. ¿Y presente? Puedes intuir que tampoco. Perdido en la falta de ilusiones, de caminos con una meta que alcanzar, consciente de que habrá piedras y muros. Si aparecen más metas, partiré sabiendo que jamás llegaré. Será tiempo perdido, como siempre. Como el tiempo que tanto creía valorar y que tan poco aprovecho. Como el que echaré de menos mientras lo dejo pasar y me desgasto. Porque vale, he sido buen estudiante, pero nadie me enseñó a ser feliz. Eso es cosa de cada uno, lo sé, por eso soy un inútil, porque no sé ser feliz como los demás. Pero no le echo la culpa a nadie. Soy yo y sólo yo. No soy inteligente. No tengo nada. Soy sólo oscuridad envuelta en un cuerpo aparentemente normal y con una vida aparentemente normal, pero todo oscuridad por dentro.
¿Que qué hay de mis amigos? ¿De mis seres queridos? Los aprecio a todos, sí. Pero moriré y ellos seguirán aquí. Seré olvidado. Nadie se acordará de que he vivido, porque nada hice para ser recordado. Ya dije que lo pasarán mal si fallezco y no me gustaría. Puta conciencia. Ellos, a mis ojos, se desarrollan, se adaptan, viven, y yo no lo hago. Creo que sobro, y si me conociesen realmente entenderían mi ausencia.
Esto sí que es bueno, me preguntas por el amor… por amor ideé mis caminos más ilusionantes, pero también levanté los muros mayores y me llevé los mayores palos. El amor es vida desde el éxito, pero es muerte desde el fracaso y la oscuridad. Y yo no salgo de la oscuridad. Temo el día en que por amor vuelva a ver la vida de otra manera, en que piense que será posible llegar a la meta y dé pequeños pasos, porque ahora sé que no llegaré y uno de los golpes será definitivo, mortal. Aunque eso sería hasta bueno. El problema es la tortura anterior.
Y ahora quieres saber qué será de mí; qué pretendo hacer. Cuando se vive sumido en las tinieblas, no es posible hacer planes. Uno cree más en las casualidades, en que sólo por azar saldrá del caos. Los hay que no estamos hechos para triunfar. Para que haya gente feliz por sí misma tiene que haber gente triste por sí misma. Víctimas de su forma de ser. La felicidad es inalcanzable para ellos, para mí. Difícilmente saldré de la oscuridad total. Y aún entonces, caminaré con pies de plomo, porque sé que una desgracia sucederá que me impida disfrutar de un buen momento. Algo que sin duda no merezco. Así será, o así lo veo yo desde la oscuridad.

29 nov. 2011

Oscuridad (1/2)

Que sí, que sí, lo que tú digas. La vida son dos días. Hay que vivir el momento. Carpe diem y todo eso. Pues ¿sabes qué te digo? Que a mí me sobra día y medio. O los dos. De buena gana moriría si no fuera por mi conciencia. Seguro la conservaría mientras me comen los gusanos, para recordarme que alguien sufriría por mí. Para atormentarme y hacerme sentir culpable eternamente.
¿Cómo? ¿Qué en la vida hay cosas maravillosas? Si no lo dudo… y posiblemente muerto no existan. Pero si supiera que de fiambre permaneceré inconsciente, como cuando dormimos y al día siguiente olvidamos nuestros sueños y la noche pareció haber durado un instante, entonces la muerte sería una buena opción. Cosas maravillosas… mira, el tiempo pasa, ya no soy tan joven. Soy ya un poco viejo, un poco decrépito. Cada día un poco más inválido. Inválido no para la sociedad, ¡que le den a la sociedad! Inválido para mí mismo, para hacerme con esas cosas maravillosas que se supone hay al alcance de todos. Que ya lo sé… que me como mucho la cabeza con estas cosas, que no debería darle más vueltas, que mejor me iría dejándome llevar. Estoy harto de consejitos de este tipo. Si me como la cabeza, ¡respetad mi canibalismo! ¿Qué sucede? ¿Que pasando de todo se te cumplen los deseos y la gloria cae en tus manos? Pues si es así, enhorabuena a los ganadores. Yo he perdido. Disfrutad de aquello por lo que no habéis luchado y por lo que yo he muerto, que sin duda os lo merecéis más. Porque yo le doy vueltas, vosotros no; todo para vosotros. Disfrutad de la luz que yo permaneceré oculto y sin molestar en la más completa oscuridad.
Vale, hay cosas buenas. Tienes razón en eso, definitivamente. Porque yo las he deseado, y poseerlas me hubiera hecho feliz. Y se supone que algo que te hace feliz es bueno. Pero ¿sabes? Miles de veces inicié un camino, un camino ideado por mí mismo. ¿Que qué camino? Pues ese que hay que seguir para llegar a la meta. Esos pequeños pasos con los que te trabajas las cosas. Porque se supone que nada llega de golpe y hay que trabajarse lo que uno quiere. Todas las noches soñaba con llegar allí. Poco a poco, intentando no dar pasos en falso. Avanzaba, lo justo para que los deseos de llegar a la meta creciesen más y más. Pero entonces aparecían las piedras. Y esas piedras crecían hasta transformarse en muros. Muros infranqueables, imposibles de saltar y de rodear. Si a duras penas lograba ver algo por encima, era la meta que se alejaba hasta desaparecer en el horizonte. Lo más irónico es que sentía que yo mismo colocaba las piedras y construía el muro. Yo mismo imposibilitaba el seguir avanzando. Idiota. Ahora sólo podía retroceder o echarme a un lado del camino, y allí sólo había tristeza, oscuridad y muerte. Una nueva frustración de una larga lista.
Tiene gracia que me digas que el tiempo pone a cada uno en su sitio. Que a la larga todos tenemos lo que nos merecemos. Si eso es cierto, ¿cuál es mi sitio entonces? De momento el fango y la maleza. Para compensar esto, Dios, o quien coño sea que decide el sitio de cada uno, tendrá que construir un paraíso aparte para mí. Pero existe otra respuesta: que realmente no merezca más que mi fango y mi maleza. Será que soy inútil con ganas, una mala persona (nunca me creí bueno, que quede claro), y por tanto mi sitio sea este: permanecer invisible al mundo y sin recompensa alguna por mi forma de ser; sin nada que me acerque a una felicidad razonable. Piensas que quizá pido mucho. Si tú supieras… no pido tanto. Vale, tengo comida, techo y ropa, soy muy afortunado. Pero seamos serios. ¿A quién de nosotros le es suficiente eso? La felicidad viene por los extras, por el agravio comparativo, por la superioridad sobre el prójimo. Y si te quedas por debajo, malo, porque el que esté libre de envidia que tire la primera piedra. Porque por envidia, ¿acaso tú nunca quisiste matar a nadie? ¿Seguro? ¿Aunque fuese sólo por un instante, pudiendo luego volver atrás y evitar el pecado? No me creo que no. Yo, muchas veces. No pido ser como los demás. No soy defectuoso del todo, no soy un despojo que no merece ni ser, pero sí quisiera saber qué se siente en el éxito. Porque otros llegan a la meta y yo no. Y yo quisiera llegar. Y como no llego el consuelo es entonces el mal ajeno, las ganas de matar. Dejar rienda suelta al instinto animal. Ya habrá tiempo para arrepentirse. De momento, muerte al prójimo.
[...]

19 nov. 2011

Los candidatos

Jornada de reflexión. Pues yo he reflexionado y he construido este diálogo que resume la aportación de los candidatos a la presidencia del gobierno. Es un diálogo de altura, ya lo veréis. Hablan el candidato A y el candidato B:
–Deja usted el país en un estado lamentable.
–Lo lamentable es su actitud y su falta de colaboración.
–Le recuerdo que ustedes están en el gobierno. Ustedes deben tomar las decisiones.
–Eso es cierto. Nosotros tomamos las decisiones. Ustedes se limitan a alegrarse de las malas noticias.
–Ya salvamos el país una vez. Lo haremos otra.
–A costa del estado de bienestar que nosotros construimos.
–Ustedes se han cargado el estado de bienestar. Y ni siquiera han tenido la decencia de hacer autocrítica.
–A diferencia de ustedes, nosotros reconocemos nuestros errores.
–¿Ah sí? Dígame alguno.
–No le haré ese favor. Dígame usted algún error suyo.
–Tampoco yo le haré ese favor.
–Entonces dígame algo bueno que hayamos hecho.
–Es que todo ha sido malo.
–Claro, malo como esto, esto, esto, esto y esto. ¿Es que todo eso no le parece bueno?
–Y también han hecho esto, esto, esto, esto y esto mal. ¿Es que eso no le parece malo?
–Falta usted a la verdad. Tengo una gráfica que lo demuestra. Mire.
–Pues yo tengo otra que demuestra lo contrario. Mire.
–En todo caso, usted critica, pero no les dice a los españoles cómo lo resolvería.
–En el programa electoral aclaro que así, así y así.
–No me lo creo. Usted no va a hacer eso. Si dice la verdad no le votan.
–Eso es demagogia barata.
–Usted sí que es demagogo. Cuando ustedes estuvieron en el poder le recuerdo que bla, bla, bla, bla, bla.
–Siempre volviendo al pasado. No estaría de más que mirase el futuro de vez en cuando.
–Pero los españoles tiene derecho a saber qué votan.
–Pondremos a los mejores a disposición de los españoles para que hagan las cosas bien. Y no gente –por cierto, debería mirárselo–, envuelta en casos de corrupción.
–Me habla usted de corrupción. Usted, que pertenece al partido corrupto por excelencia.
–Ovejas negras hay en todas partes, señor. No presuma de decencia que tendríamos tema para rato.
–Es que puedo presumir de que somos un partido decente.
–Eso se verá en los tribunales. Lástima que no se juzgue la mentira.
–Si se juzgara la mentira veríamos donde estaba usted.
–Los españoles saben que ha mentido.
–Miente usted. Pasan los años y ha ido a peor.
–No, usted ha ido a peor. Cada vez más mentiroso y peor.
–No, usted más mentiroso y peor.
–Los españoles no son tontos. Veremos a quién creen.
–Exacto, eso veremos.


Poco más me han aportado… Y ahora, millones de nosotros a darle la razón a uno de esos pobres hombres.

16 nov. 2011

La verdadera crisis

Tengo por costumbre –buena para mí, estúpida para otros–, darles algo a los tíos que vienen a pedirme en los semáforos. Me llama la atención que son casi siempre hombres. Las mujeres pobres suelen ser más de acera o de puerta de supermercado.
Siento predilección por los negros, lo reconozco. Me suelen caer simpáticos con su sonrisa, su educación y todo eso, y me cuesta decirles que no tengo nada cuando no tengo suelto. 
Después está la cantidad. Lo normal es que oscile entre treinta y cincuenta céntimos. Si estoy decidido a dar y no tengo menos, puede que les caiga un euro. Muchas veces me pregunté cuánto se sacarían al día si cada coche les dejase cinco céntimos. Sale bastante, un sueldazo; los tíos escogen cruces bien transitados para colocarse.
Uno de los que le suelo dar es blanco. Cuando paso por su semáforo –uno de los mejores, con más de mil coches por hora y largos tiempos de espera–, casi siempre es él quien está. Es bajito, viste de cazadora, tiene una pequeña melena, gafas, gorra, y rondará los cincuenta y tantos. Cuando me detengo le veo venir ofreciendo sus pañuelos y sus caramelos, y siempre me hace la misma broma cuando le pago: «La propina, ¿no?», y se va al siguiente coche. Lo cierto es que no es propina, simplemente que no sé si mis céntimos son mucho, poco o da igual para pagar lo que ofrece, así que no le cojo nada, igual que casi todo el mundo.
El otro día me paré en su semáforo. Iba con mis padres. Estaba demasiado atrás en la cola y a él no le daría tiempo a llegar a nosotros sin que arrancásemos de nuevo. Así sucedió: el semáforo abrió y arrancamos. Él ya se retiraba hacia la mediana cuando pasamos a su lado.
–A este suelo darle siempre algo –le digo a mi madre.
Ella le miró y entonces dijo:
–Pero si a este lo conozco yo. Es Paquito –en realidad se llama de otra forma–. Vivía al lado de tu abuela. Pobriño, mira cómo acabó.
Mi madre me lo explicó. Resulta que Paquito había estudiado algo de electrónica –supongo que una FP, mi madre no lo sabía exactamente–, y trabajó durante años. La empresa eran él y el jefe, pero cerró y se quedó en la calle, sin nada.
Eso me hizo pensar. Paquito tenía estudios, no era un drogata, un alcohólico o un delincuente. Quizá no se merecía estar ahí como muchos se creen cuando le ven a él y a tantos otros.
Yo tengo una ingeniería y llevo sin trabajar de verdad más de un año. En mi familia no somos ricos y aunque vivimos bien, nadie me asegura que quizá algún día, si las cosas empeoran o se mantienen así demasiado tiempo, sea yo el que aparezca en un semáforo ofreciendo clinex, caramelos o ¿yo qué sé?, clases de matemáticas.
Puede que, como ahora hago yo, alguien se pregunte cuánto me podría sacar si todos me diesen cierta cantidad.

10 nov. 2011

El fantasma y el soso

Se bajaron del taxi el fantasma y el soso. Echaron a andar, agarrándose el uno al otro, luchando por mantener la verticalidad.
–Joder, tío. Menuda cogorza –dijo el soso.
–Ya te digo, casi le vomito al taxista –respondió el fantasma.
–Igual nos hemos pasao.
–Yo no quería irme, aguantaba aún más.
–Pero si ni siquiera te aguantas de pie, ¿ves?
El soso apretó el brazo del fantasma, que por un momento había perdido el equilibrio.
–¿Dónde está mi casa? –preguntó el fantasma.
–Creo que por allí, ¡vamos!  
–Tu problema… tu problema, es que eres muy correcto.
–¿A qué viene eso?
–Aquellas tías. Teníamos que haber ido con ellas.
–¡Pero si pasaron de nosotros!
–Habrán pasado de ti. Mira cómo bailaron conmigo…
El fantasma simuló unos pasos de baile que por poco le valieron una caída. El soso tiró de él y le obligó a seguir caminando.
–Teníamos que haber ido con ellas. Yo le gustaba a una.
–¡Pero si iba peor que tú!
–Pues me ha dado su número. Mira.
El fantasma sacó su teléfono e intentó teclear algo. Desistió enseguida.
–El caso, que estaba en el bote –concluyó.
–Seguro que ni te acuerdas de su nombre.
–¿Y eso qué importa? Y te digo más. Tú tenías que bailar también. Había tías de sobra.
–¿Yo bailar? Ni loco.
–Ni loco, ni loco. Siempre igual. Tienes que desinhibirte un poco.
–No hubiera valido de nada.
–Joder. Parece que te dan asco las tías, ¿eres gay o algo así?
Miró el soso fijamente al fantasma. Parecía incrédulo por la pregunta.
–Gilipollas.
–Insúltame, pero va siendo hora de que conozcas a alguna tía.
–Cuanto más las conozco, más machista soy.
–¡Bien dicho! Si te sirve de consuelo, yo ya era machista. Un consejo. Tú aprovéchate. Que se jodan.
–Si fuera tan fácil....
–Eres un sentimental. Pasa de los sentimientos. Sentir es de gays y de tías.
–Qué fácil lo ves. A veces me gustaría ser como tú.
–¿Y cómo soy yo?
–A veces me gustaría ser un poco fantasma.
Llegaron a la esquina donde sus caminos se dividían. Entonces el fantasma adquirió un gesto serio, mantuvo el equilibrio, y sacudiendo el dedo índice a la altura de su nariz dijo su última frase antes de desaparecer:
–¿Sabes una cosa? Muchas veces a mí también me gustaría ser un poco más soso.

9 nov. 2011

Cuando éramos personas

No siempre es necesaria una larga observación para obtener conclusiones. A veces bastan unos días de vivencia y de hartazgo consecuente. Entonces aparece el miedo a pensar que te has equivocado durante muchos años. Y ese miedo te empuja a seguir. A adentrarte en algo que detestas, en algo que cambiarías por infinidad de cosas. Y a medida que entras todo empeora, desaparecen tus escasas ilusiones y comienzas a hacerte preguntas.
Pero no te gustan las respuestas e intentas darles la vuelta. Procuras divisar alguna esperanza; mentirte a ti mismo y a los demás. Tratas de ver un final feliz en un futuro no muy lejano. Pero en lo más hondo sabes que no hay finales felices.
Te planteas un reinicio victorioso, ahora sí por el buen camino. Pero es tan difícil que no cuentas con la valentía suficiente. Y ni siquiera sabes si aún atreviéndote hallarías la felicidad.
Tiemblas cuando concluyes que es posible que hayas perdido mucho, muchísimo tiempo. Entonces te ves solo en el mundo y te frenas viéndolo girar a tu alrededor. Te sientes fuera de él, y él es indiferente a ti. A tus dudas, a tus miedos, a todo lo que has sido y creías llegarías a ser. No te has adaptado, pero jamás lo reconocerás. Dirás que tu vida tiene un sentido. Fingirás que lo que haces está bien hecho. Y cuando tu angustia florezca, te preguntarán y proclamarás que vendrán tiempos mejores. Construirás castillos en el aire.
Pero esos castillos se derrumban. Día a día descubres que todo es dinero, mentira, hipocresía. Lo demás no importa. Y ese mundo te es ajeno. O eso creías, porque poco a poco te ves atrapado en la telaraña, mientras el monstruo se acerca sin que vislumbres una escapatoria. Oyes bocinas, te mueves entre prisas, el tiempo apremia, el dinero se escapa. La gente se disfraza con trajes. Nadie sonríe. ¿De verdad es eso lo que quieres? Quieres responder que no, que tú estás por encima. Pero al mismo tiempo te pones tu traje, has dejado de sonreír y empiezas a mentir, a pensar en dinero. Eres casi uno de ellos.
Entonces te cuestionas para qué ha servido todo. No sólo tu vida entera. La vida en general. ¿Para qué tanto progreso? ¿Vives mejor ahora? ¿Es esto lo que llaman bienestar? Te dan ganas de cagarte en el progreso, en el bienestar, en el dinero, en todo. Sueñas con un mundo diferente. Imaginas una época pasada, cuando éramos personas. Cuando no tenías nada de lo que tienes hoy, salvo una cosa: felicidad. Eras niño; te creías la última mierda. Todo lo que vendría lo superaría. Y en cambio... gastas tu tiempo en algo que no crees. Te dejas la piel por un puñado de papeles verdes.
Dudas si esa época existió; si alguna vez fuiste persona. Quieres pensar que sí. O existe una forma de vida digna o si no ¿para qué has nacido? Sueñas al menos con un rincón apartado del mundo, donde sin embargo te sientas en el mundo más que ahora, en medio de toda la porquería que te rodea y que te mancha hasta ser tú mismo. Quieres una vida sencilla. Eso es todo.
Mientras, deambulas muerto, infeliz, atrapado, deseando tener valor. Recordando una época en la que todo era más fácil. Una época en la que éramos personas.

5 nov. 2011

Un día de mierda cualquiera

Hay días en que sólo quieres desaparecer. Días que te sientes en la basura. Todo ha sido negro. Te despertaste mal y con las horas has ido a peor. Ojalá el suelo te tragase. Es lo único que se te ocurre.
No hay motivos; al menos tú no los encuentras. Puede que haya sido sólo un mal día en medio de lo que creías «una buena racha». Pero no te cuadra. Algo motiva los malos momentos. Te lo planteas: puede que nunca debiera haber existido esa buena racha. Era todo mentira. Tu realidad es esta. Desengáñate, no estabas tan bien. Y eso te da miedo. Por eso desaparecer es tu opción.
Estás de malas. Tienes mala cara pero no te esfuerzas en disimularla. ¿Para qué? El mundo no te importa. No te importa tu familia. Ni ellos. Ni ella. En el fondo, ni tú. Sólo ves el tiempo pasar mientras caes. Si al menos pudieras arrastrar a alguien contigo…
Eres inerte. Ni siquiera sabes qué cambiarías. Tu vida es triste. Tú eres triste.
Conduces por la noche de vuelta a casa. Suena una música repelente. Fuera hay luces en las farolas, alguna gente en las calles. Pasas bastante rápido cerca de ellos. Te preguntas si será así al otro lado. Si también habrá velocidad. Si todo será tan frío. Si todo dará tan igual. Dentro el espejo te refleja. Tienes ojeras. Definitivamente no tienes buen aspecto. Eres otro. Sí, algo parecido debe haber al otro lado.
Te acuestas por la noche, sin nada en qué pensar. Sin ni siquiera plantearte si mañana será igual. ¿A quién le importa? Ha sido un día de mierda. No hay conclusiones.

4 nov. 2011

Carta a la muerte

Estimada Muerte:
Nunca escribir una carta me ha hecho tanta ilusión como hoy. Saber que tendrás algo mío en tus manos, que tocarás lo que yo he tocado antes, que leerás lo que yo he escrito; sólo imaginarlo, me impacienta y me estremece al mismo tiempo. Ante tal cúmulo de emociones espero ser capaz de expresarme con claridad. Más que nunca deseo encontrar las palabras adecuadas para revelarte mi amor.
Porque por extraño que te parezca, es ésta una declaración de amor. Un desesperado intento por mostrarte lo que llevo dentro y que tanto me lastra. Probablemente te mofes de un trivial humano contaminado de sentimientos y mortalidad, que osa creerse digno de tu atención más allá de la que te ocupan tantos otros. Pero para mí declararme no es sólo importante; declararme lo es todo. Es el único final digno para mi vida. El acto que hace feliz mi último aliento.
Quizá te preguntes cómo alguien puede amar a quien todos temen. Es sencillo. La esperanza de hallar un sitio en esta vida se ha agotado. Se ha consumido lenta e incesantemente. La gente, el amor, las frustraciones, la insignificancia, el aire y la tierra, el mar, yo. Todo me ha llevado hasta aquí. Hasta esta carta. Hasta esta declaración. Hasta una nueva esperanza que, por muerta la vieja, no deja de nacer con mi muerte. Ahora veo la luz. Veo que el túnel tiene una salida. Y hacia ahí me dirijo; donde tú aguardas para acogerme.
Por favor, cree mi palabra de que mi amor no es efímero. Llevo mucho tiempo añorando tu encuentro. El mismo que dejé de añorar cualquier posibilidad de encuentro con la vida. Desde entonces, vivo por y para ti. A diferencia de los demás mortales, yo no te temo ni te rehuyo. Para mí no eres tabú ni motivo de evitación. Para mí eres trascendencia, magia. Eres poder. Poder de escribir el destino de todos. Poder de cambio. Poder para finalizar una historia y comenzar otra. Aquí finaliza la mía. Tú decidirás cuál me corresponde ahora, pero ya sé una cosa. Sé que mi nueva historia tendrá el mejor de los inicios: un inicio elevándome del suelo y volando acomodado en tus brazos, al refugio de tu guadaña y testigo del secreto que se esconde bajo tu túnica. Ese momento justifica una vida llena de desventuras.
No puedo esperar más. Llegó la hora. La noche es fría y lluviosa. Nadie pasea por las calles. Terminaré estas líneas, doblaré las hojas que las contienen y las dejaré caer. Durante segundos, recorrerán al dictado de la gravedad los treinta metros que separan esta cornisa del suelo.
Después seré yo. Me subiré a la cornisa y miraré este mundo por última vez. Luego cerraré los ojos y tomaré aire profundamente. Sólo me quedará dar un paso al frente. Enseguida mi cuerpo yacerá junto a la carta. Confío en que la encontrarás parte de mí y te la llevarás también contigo. No puedo ser más feliz.
Siempre y desde ahora tuyo.
AFC