26 ago 2013

Vuelta de vacaciones

Como algunos sabréis, por fin he vuelto. Y cuando hablo de volver me refiero a volver de verdad. El asunto de las oposiciones está solucionado, así que me he pegado un crucero de once días y hasta que empiece a currar, allá por octubre, estaré en plena forma tocando las narices por estos lares.
Para empezar, el tema del barco me ha dado bastante que pensar, así que en vez de dedicarme a narrar mis días allí mediante una estúpida crónica, dividiré la narración en varios relatos, tirando de inspiración, que no siempre la hay y más cuando uno está plenamente ocioso.
El primero caerá el uno de septiembre, así que ¡hasta entonces!

9 ago 2013

El grave problema de Don Perfecto

Primero terminó los estudios con una nota excelente. El número uno de su promoción.
Luego encontró un trabajo y empezó a ganar dinero de verdad. Había pasta por un tubo en su cuenta corriente.
Cuando se compró su primera casa ya era el partido perfecto para las mujeres. Tuvo novias y vivió aventuras de todo tipo y resultó ser un amante increíble.
Hacía deporte y todo el mundo admiraba sus abdominales. Era un modelo de forma física y culto al cuerpo.
Apenas le quedaba un ápice para perfeccionarse cuando se percató de un grave problema del que no se desharía hasta el fin de sus días: tan bueno era y tanto se gustaba que sólo se follaría a sí mismo, y no encontraba la manera de que le diese placer.

5 ago 2013

La vida de Pancho

A la gente se lo digo pero nadie se lo traga.
Hace año y pico me regalaron un bulldog de peluche de los de Ikea. Venía con nombre y todo en un lazo que hace las veces de collar: Pancho.
Pero resulta que en mi habitación ya existe otro peluche: nada menos que la Muerte, la de Padre de Familia, con su túnica gris y su cuerpo negro y su guadaña marrón y sus sandalias amarillas. Y claro, donde hay patrón...
Al principio Pancho intentó ganarse el cariño de la Muerte a lambetadas y ofreciéndole el lomo para que se lo rascara con la guadaña, haciéndose un ovillo a sus pies, pero pronto descubrió que la Muerte, como ser inerte que es, no conoce de sentimientos y era inútil que tratara de despertar en ella algo parecido a la ternura o la empatía.
Luego hubo una época de frialdad, de lejanía, pero a ninguno parecía convenirles: la Muerte salía a hacer su trabajo y llegaba a casa cansada y no recibía los cariños de un Pancho resentido, y eso no gusta hasta a quien no siente. Así que la Muerte, a la vista del cada vez mayor volumen de muertos del que tenía que encargarse, le propuso al perro un pacto laboral y de concordia. Necesitaba ayuda, alguien que le sustituyera por las noches en su interminable labor de recoger cadáveres, y qué mejor que Pancho, que además había engordado por la falta de ejercicio, para prestarle ese servicio tan necesario. Yo mismo vi como se daban las manos para zanjar el acuerdo.
Desde entonces el panorama cambió bastante. La Muerte duerme sus ocho horas diarias, si bien no deja de hacer su trabajo por el día, y es Pancho el que llega por las mañanas jadeante y respirando con la lengua por fuera. Recoge sólo animales muertos: gatos, ardillas, gorriones, palomas... toda la gama de cadáveres animales que se pueda imaginar en el entorno urbano. Cuando es otro perro dice que se santigua antes de meterlo en el saco. Porque esa es otra: mete todos los bichos en un saco y los vacía en un lugar secreto; una especie de puerta al más allá que la Muerte me ha asegurado que sólo ella y sus trabajadores pueden conocer.
Aunque lo cierto es que a Pancho se le ha agriado bastante el carácter. Al principio era tierno y juguetón. Ahora es un tojo y habla con voz de Colombo. Además fuma puritos como un carretero y me rechaza todas las comidas: dice que él sólo come las cabezas de pescado, las pieles y los huesos que su jefa le lanza desde la cama –ya decía yo que últimamente mi habitación olía como a podre–. Sólo duerme de cansancio y fuma antes de iniciar la jornada. Pero parece feliz y, sinceramente, a ver quién carajo se atreve a hablarle a su jefa de explotación animal o trabajo indigno. Es lo que hay.
Y repito, todavía hay gente que no se lo traga. Ahora mismo Pancho sale por la puerta con el saco vacío en la boca. Os lo juro.

30 jul 2013

El vendedor

A Felipe Pazos no le gustaba nada su trabajo.
—De hecho, es un trabajo de mierda ­–decía con su traje impecable desde el taburete, moviendo frustradamente el puro apagado que le estaba prohibido fumar, mientras con la otra mano agitaba los hielos de su tercer Jack Daniels.
Hablaba con Maite, la madre soltera venida a menos que escuchaba borrachos y meneaba sus enormes tetas al otro lado de la barra para que a su hijito no le faltase «nada que llevarse a la boca».
—¿Sabes lo peor? –decía Felipe Pazos– Que llega un punto en que me importa una mierda si vendo o no, ¿entiendes? Antes sí, me alegraba el día que me comprasen una alarma, pero ahora, no sé, es casi como si prefiriera no vender y aguantar la bronca del gilipollas de Mateo –el jefe de delegación–. Como si prefiriera el camino de la destrucción a cualquier intento de salir del pozo, ¿entiendes?
Maite no sabía si entendía o no. Tras una docena de años, eran muchos como él los que le hablaban de su penosa existencia. Por lo menos Felipe conservaba el atractivo de parecerse a lo que en su día fue un hombre importante, y era de los pocos que todavía no le había pedido sexo a cambio de unos cuantos euros extra.
—Es muy jodido, Maite. Yo antes era alguien, ¿entiendes? Yo salía de casa y te juro que arrasaba –dijo «arrasaba» enfatizando la erre doble para dar credibilidad a sus palabras–. Tenía las chicas a montones y mira ahora... se escapan de mí como de la peste. ¡No saben con quién están hablando!
La camarera dejó de atender a una pareja de habituales y, mientras eliminaba los últimos restos de unos vasos con un paño húmedo, pudo escuchar mejor y fingir interés por lo que decía su cliente, si bien dándole la espalda mientras se encontraba en faena.
«Se te transparentan las bragas», pensó Felipe Pazos.
—¿Sabes que un día quise ser escritor, verdad? Oh, sí. Escribía relatos y poesía. Incluso tengo un libro que nunca llegó a publicarse. Esos cabrones de la editorial... se llama «La mierda y el millonario». Va de un tío con mucha pasta que posee fantasías de lo más extrañas, que mejor ni te cuento. Te lo pasaré un día. En serio, es muy bueno.
El ex-marido y padre del hijo de Maite trabajaba en una editorial y, tras tirarse a una becaria y abandonarlo, decidió no querer saber nada más de los libros y todo lo que les rodea. Felipe Pazos estaba perdiendo sus pocas opciones.
—Oh, sí. Podía haber sido un gran escritor. Uno de esos que sacan un libro al año y se forran, ¿sabes? Y vivir como dios en mi chalé con jardín con niños y perros correteando. Pero debes saber que es muy jodido en este país ganarte la vida con tu talento. Si no les das exactamente lo que quieren no tienen problema en darte una buena patada.
Maite alcanzó el vaso que Felipe le ofreció para rellenárselo. Sólo un hielo más y líquido hasta la mitad.
—Y ahora mírame. Ya sé que te lo he contado muchas veces, pero... es una mierda andar tocando puerta a puerta y poner tu mejor cara para ofrecer un producto inútil como si fuera milagroso. Y que encima te manden a tomar por culo nueve de cada diez.
Felipe Pazos había sido un buen vendedor. Brillante incluso. En sus primeros años alcanzó el récord de ventas en todo el noroeste pero pronto se quemó y sus cifras empezaron a caer a medida que él se consumía como una vela. Aquel no era trabajo para el hombre que deseaba ser. Ahora vivía sólo en un cutre apartamento sin ascensor, después de dos relaciones fallidas a causa de su creciente gusto por el Jack Daniels, y simplemente esperaba la muerte o algo, no sabía el qué, que lo hundiera definitivamente en el pozo al que se había arrojado.
«Nunca me cansaré de mirar tu escote», pensó dando un largo sorbo al que le siguió un silencio que sorprendió a la propia Maite.
—Me largo. Esto es una mierda –dijo de golpe, abandonando su copa a medias y dejando un puñado de billetes más que suficiente sobre la barra.
Maite apenas pudo reaccionar y decir esta boca es mía cuando Felipe desapareció, tambaleante, tras la puerta de salida. Entonces recogió los billetes, guardándose la vuelta en el escote, vació el vaso y pensó que quizá tenía más cosas en común con aquel borracho de las que ella misma creía hasta entonces.

24 jul 2013

Cuando las gaviotas empezaron a cagar

Acababa de aparcar y tenía prisa. La batalla naval estaba a punto de comenzar y los demás me esperaban en un sitio inmejorable.
Entonces saliste de ese pequeño bar que ni siquiera tiene nombre y más parece un tugurio clandestino; sola, con aspecto de no saber muy bien a dónde debías o querías ir. Levantaste la mirada. Observándote, no me había percatado de que caían gotas y parecía que irían a más. Dijiste algo así como «mierda» y fue ahí cuando me descubriste. Yo disimulé ligeramente, aprovechando para abrir el paraguas que, raro en mí, había guardado en el gran bolsillo de mi chaqueta como si fuera un hombre precavido.
Seguí caminando y pasé a tu altura. Tú dudabas si volver adentro o continuar con tus intenciones iniciales. Te decidiste por esto último. Tu abrigo tenía capucha pero tu peinado era reciente y entendí que prefirieras arriesgarte y esquivar las cuatro gotas que de momento caían entre soportal y soportal.
No me atreví a ofrecerte sitio en mi paraguas. No llovía tanto como para que aceptases.
De pronto una gaviota emergió del tejado de un viejo edificio en ruinas. Miraste preocupada y yo no comprendía. Pero entonces una enorme luz verde se proyectó en todas las fachadas y lo entendí. La batalla había comenzado y sonó el primer cohete. Las gaviotas salieron por cientos de los tejados en una espantosa estampida, volando sin orden y gritando de forma que apenas se oía la batalla. Se acercaron. Tú estabas bajo un soportal y yo en medio de la calle. Nos miramos y dijiste, riendo:
—Era lo que faltaba, que empezasen a cagar todas juntas.
Reí también mientras me acerqué. A punto de meterme también en el soportal, una enorme mancha blanca impactó sobre mi paraguas y por poco le hace un agujero.
—Dicho y hecho –dije.
Esperamos allí unos segundos pero el jaleo no pasaba. Además, la batalla no duraría más de media hora y yo debía apurar si quería ver algo con los demás.
—¿Qué? ¿Nos atrevemos? –dije.
—Sí –contestaste–. Parece que podremos resistir ahí dentro.
Así que salimos al campo de fuego y caminamos bien pegados. Ibas a mi izquierda y yo sujetaba el paraguas con la derecha y con la otra mano casi estaba obligado a tocarte la espalda. Podía olerte.
Hablamos con el sonido al fondo de la batalla y el quejido de las gaviotas. Todavía nos impactó alguna mancha más. Hubiera sido terrible para tu peinado.
No recuerdo a dónde me dijiste que ibas. Sé que llegamos a una esquina en la que no había peligro desde el cielo y me aseguraste que estabas ya al lado de tu destino. Nos despedimos con dos besos, sin desvelar siquiera nuestros nombres. Todavía hoy me arrepiento de mi asquerosa timidez.
Por eso desde el anonimato de esta página quiero que sepas, si sucede el milagro de que leas estas líneas, que de vez en cuando me acerco a esa calle y miro la puerta del bar. Después recorro las aceras que anduvimos e incluso observo el tejado y las gaviotas que de vez en cuando revolotean por allí. Me agradan esas sensaciones, pero ninguna es como tu olor o el roce de tu espalda.