19 nov 2014

Vísceras

Hoy no tenía nada claro el asunto cuando me senté delante del ordenador, pero tampoco me perdonaría dejar que pasasen los minutos o las horas y que nada decente ocupase una o dos hojas del word antes de subirlo al blog, así que tiré por el camino más fácil de buscar en mis entrañas y desgranar mis pensamientos y sacar a la luz aunque fueran mis vísceras, como un gran alijo de material incautado.
 ¿Y qué he encontrado? Pues hay demasiadas cosas y ninguna a la vez, pero si tengo que describirlo, en realidad describirme, yo diría que lo que siento son las manecillas de un reloj: «tic-tac, tic-tac», que no puedo dejar de oír como cuando te tumbas en cama en ciertas posturas y escuchas los incómodos latidos del corazón y no puedes evitar preguntarte si no se parará o si ese ruido verdaderamente perdurará hasta que te mueras.
Bueno pues ahí están esas manecillas y no comprendo qué quieren decirme realmente. Puede que por un lado me recuerden que ya no soy tan joven, que ya he vivido un porcentaje de mi vida importante y es hora que me plantee qué demonios he hecho o conseguido hasta ahora. O puede que me recuerden que el tiempo pasa y pasa y jamás dejará de hacerlo, pero ellas suenan fuerte para hacerme ver lo estúpido que soy por no aprovecharlo al máximo y permitir mi autodestrucción sin más.
Es como si una plaga gigante cayese del cielo y yo no hiciera el mínimo esfuerzo por buscar un techo y cuatro paredes en las que refugiarme. ¿Por qué lo hago? No lo sé. En realidad no sé nada. Nada de esto, nada de lo otro. Nada de la vida. ¿Qué carajo sé? ¿Qué carajo soy? Tic-tac, tic-tac. El tiempo pasa y yo sigo plantado en una buena ciudad, con un buen trabajo, una buena mujer y una buena familia a mi lado, pero soy inerte como una piedra hundida en la corteza terrestre durante miles de millones de años, ajeno completamente al entorno, estático, inepto, necesitado de un bofetón o de un escarmiento.
Y creo que ni con esas reaccionaría. Creo que he perdido mi alma. Se ha ido volando porque la he castigado o la he dejado de utilizar creyendo que era innecesaria. Ahora soy sólo esas vísceras de las que os hablaba al principio, unas manecillas que suenan y un gran vacío de inconexión entre las distintas partes de mi organismo. Una especie de máquina que vive y parece humana, pero que de humana sólo le quedan la desmotivación, la repulsión, el asco generalizado y, sin ninguna duda, las ganas de gritar hasta quedarme sin voz y de cagarme en dios y en todas las columnas del firmamento y después estallar en millones de pedazos.
Puede que, después de todo, esa sea mi alma y yo esté engañado y no se haya ido nunca de mí. Como tantas otras cosas, no lo sé.

15 nov 2014

Los problemas del sobreesfuerzo

Lalo se marcaba una sudada de campeonato. Acababa de correr trece kilómetros y pico en cincuenta y siete minutos. Su record personal, y por poco echa la pota al subir la última cuesta camino del gimnasio.
Medio muerto, estiraba concienzudamente sus piernas contra una barandilla sobre una pasarela de madera que daba acceso a las instalaciones. No podía estar más orgulloso de sí mismo. Cuatro años después de apuntarse a la primera carrera, por fin sus tiempos empezaban a ser dignos de contar a los farsantes que presumían allí dentro de lo estupendos que eran por pasarlas putas a cambio de unos segundos menos por kilómetro.
Lalo apoyaba una pierna estirada en la barandilla e inclinaba el tronco hacia el pie elevado, cuando una mujer que salía del gimnasio se le acercó. Era Vanessa, una madurita siete u ocho años mayor que él, que se machacaba día sí día también ante la poco disimulada mirada de los hombres fofos y los maromos que coincidían con ella. Era de lo poco salvable a las horas que entrenaba y ella lo sabía. En realidad, todos lo sabían, por eso Vanessa acumulaba más fama que méritos de tía buena y morbosa.
En cualquier caso a Lalo le valdría y la sobraría para pasar un buen rato, así que no le quitó ojo en cuanto supo de su presencia. Vanessa le miró también, y las miradas se mantuvieron cruzadas hasta que los cuerpos se hallaban bastante cerca.
—Hola —dijo Vanessa.
—Hola —respondió Lalo.
Llevaban unos días saludándose y nada más. Coincidían muchas veces como para no hacerlo.
—Sí que le has dado duro —siguió Vanessa.
—Buf —Lalo forzó una sonrisa y meneó la cabeza—, demasiado.
—Se te nota, se te nota.
Y tanto que se le notaba. Lalo chorreaba por la cara y había una gran marca de sudor por toda la espalda de la camiseta.
Cambió de pierna. Ahora casi le daba el culo a Vanessa, que en realidad no se había detenido a hablar, sino que sólo había aminorado el ritmo.
—Es que cuando hace bueno —dijo Lalo—, prefiero salir. La cinta me aburre.
—Ya. Normal.
Ahora Vanessa sí que se detuvo y le miraba con una medio sonrisa.
—¿Puedo decirte una cosa? —dijo.
—Sí, claro.
Lalo empezó a ponerse nervioso. Imaginó que quizá le pediría que el próximo día saliesen juntos a correr, su teléfono, una cita directamente o, puestos a pedir, que la acompañara entre los matorrales para demostrarle de qué es capaz una mujer madura. En cualquier caso, todo eran buenas noticias para el campeón de Lalo.
—Pero que no te parezca mal —aclaró Vanessa.
—No, no. Dispara.
La mujer pareció repensarse sus palabras, pero tras una leve sonrisa se decidió a hablar:
—Es que creo... —le entraron las dudas y se calló.
—Vamos. Di. Di.
—Creo...
Lalo abandonó su postura y se incorporó. Sonrió y trató de animarla:
—¡Venga, va!
—Creo... yo creo... que te has cagado en los pantalones.
—¿Ein?
—Que te has cagado en los pantalones. Me parece que te has hecho caca encima.
—No, si te entendí la primera vez, pero no sé a qué carajo viene esa gilipollez.
—¡No te enfades! —pidió Vanessa, algo sonrojada—. Es por la mancha de ahí abajo.
—¡Qué mancha! —Lalo no toleraría la tomadura de pelo.
—Esa.
Vanessa señaló la entrepierna del muchacho.
—Por detrás —dijo ella.
Lalo se retorció y miró. A la altura de las ingles, sus mallas presentaban un cerco humedecido con cierto toque amarillento.
—Boh. ¿Eso? —dijo el corredor.
—Sí, eso.
—Pues te has pasado de lista porque es sudor.
—¿Sudor?
—Sí, sudor.
—No lo creo.
—Lo sabré yo. Siempre que sudo se me queda esa marca porque sudo por ahí, así que o me cago encima todos los días o ya me dirás.
—Vale, vale, sólo te lo advertía.
—Pues que sepas que ofende que le preguntes a un tío de treinta y pico si se ha cagado encima.
—Me lo había parecido.
—Es que hay que joderse —Lalo le daría dos hostias a Vanessa si tuviera pene—. Lo último que me faltaba por escuchar.
—Ya está. Déjalo, ¿vale?
—Sí, claro, que lo deje como si nada. En fin, me largo que si no me pongo más de mala hostia.
Lalo dio media vuelta y no miró atrás, entrando en el gimnasio y soltando por dentro sapos y culebras. ¿Qué coño se creía esa tía? ¿Con qué derecho lo humillaba así?
Bajó a los vestuarios y bebió de su bebida isotónica. Meó y poco a poco se fue calmando. Negaba con la cabeza y se quitaba la ropa mientras pensaba en lo surrealista de aquellas palabras, y sintió que de golpe se le había caído el mito de aquella tía potable. Desde luego, no volvería a saludarla salvo que ella se disculpase, y aún así le costaría.   
Estaba casi desnudo. Sólo le faltaba quitarse las mallas y, cuando lo hizo, descubrió que no sólo había sudor en la entrepierna. Había allí aplastada una ligera lámina de mierda. Se había cagado encima.

9 nov 2014

Lo que pudo ser un trauma

Llevaba un tiempo detrás de Sandra. Sandra era una titi de las de verdad. Buena percha, notable alto, y la conversación justa para querer oír más y para no odiarla porque no hay manera de que se calle. Poco más puede pedir un soltero que ha llegado a la treintena.
Después de dos citas era un sábado de noche y estábamos en su piso provisional. Digo provisional porque nada me hacía pensar que Sandra iba a echar raíces allí. Tristemente tenía el instinto maternal bastante desarrollado y no había demasiada limpieza, muebles duraderos o una habitación vacía donde meter la cuna. Ni siquiera un jardincito en los alrededores. Era obvio que se largaría de allí en cuanto pescase un buen semental.
Sandra se había metido entre las sábanas, desnuda, y yo me apoyaba en el cabecero tratando de comprender qué había sucedido.
—No pasa nada —me repetía.
Después de unos besos con lengua y un discreto magreo habíamos entrado en su cuarto. La arrojé sobre la cama con cierta violencia y la desnudé. Yo me quedé en calzoncillos un rato, mientras le trabajaba un poco todo el cuerpo, y después de unos minutos desenjaulé por fin mi canario, caliente como estaba, y me lancé a la búsqueda de uno de los dos condones que había guardado en la cartera en previsión de una buena noche.
Saqué el plastiquito de su funda. Estaba de rodillas sobre la cama, con las piernas de Sandra a ambos lados de mi cuerpo y el paraíso al frente, y entonces me fijé en que el canario ¡no se me había levantado! Daba por hecho después del magreo y de bajar un rato al sur que aquello estaría firme como un soldado en la jura de bandera, pero resulta que no me pasaba de morcillona y no había manera de meter el condón. Lo intenté igualmente ante la mirada atónita de Sandra, que ya se había incorporado. Me lo coloqué en la punta y con la otra mano sujeté la parte central, y tiré hacia abajo como pude y al final conseguí enfundármelo hasta las tres cuartas partes de su envergadura, entendiendo que la envergadura en tal estado no era gran cosa.
Sandra no dijo nada e intenté entrar en ella de todas formas. Por sí sola no iba, así que volví a utilizar el truco de la mano de apoyo para lograr cierta rigidez y forzar la entrada. Pero no funcionó, la punta se doblaba e iba de un lado a otro.
Estuve así dos o tres minutos. Yo intentando taladrar y Sandra calladita. A saber lo que estaría pensando. Por fin abrió la boca y tomó las riendas.
—Déjame a mí —dijo.
Me la agarró e intentó lo mismo que yo. Incluso utilizó sus dedos para hacer la entrada más ancha, pero ni con esas. De hecho el canario se volvía jilguero por segundos, con arrugas antiestéticas en el condón ya seco.
—Tranquilo —dijo.
Me sobeteó el miembro y los huevos. Me gustaba. Me gustaba bastante, pero no se producía el efecto deseado. Había crecido un poco pero seguía pareciendo un cilindro de gelatina que se fuera a desmoronar en cualquier instante.
—Pues nada —se lamentó.
—Mierda.
—¿Suele pasarte?
—¡Es la primera vez! —me ofendí.
 Desistí y me quité el condón, abandonándolo sobre un pañuelo de papel en la mesilla. Me acaricié ahí abajo un poco más pero no valió de nada.
—Creo que tendremos que dejarlo —dije, derrotado.
—Se pueden hacer otras cosas.
—Sí. Ya.
Luego empezó su discurso de que posiblemente estaría nervioso, la cena me podría haber sentado mal, etcétera. Chorradas. Luego vino la ronda de «no pasa nada» y algún «otra vez será» y «habrá muchas otras ocasiones», pero Sandra no comprendía todo el significado de que a un hombre no se le levantase, así que me fui al baño y puse el pestillo.
Estuve allí dentro cinco o seis minutos, sentado en el retrete, mirándome en el espejo, lavándome la cara. Luego vi que había una ventanita y miré por ella. El piso era un primero y no había más de dos metros y medio sobre el suelo. Me subí al retrete, cogí un poco de impulso y me apoyé en la repisa exterior. Respiré profundamente, salté y antes de caer encogí las piernas de forma que el impacto quedó completamente amortiguado. Ni un rasguño.
Estaba en la calle, lejos de la disfunción eréctil. Lejos de aquella terrible humillación.
Cogí el móvil y le escribí a Sandra: «Mañana te llamo. Me gustas mucho».
Bien sabe Satanás que yo no tengo alma de perdedor, así que enfilé el centro y caminé a paso ligero. Era sábado de noche y todavía había abiertos muchos bares. Necesitaba beber, emborracharme un poco, hablarle a una desconocida y tirármela a muerte para evitar posibles traumas.
Ya después, por supuesto, volvería a Sandra e intentaría retomar nuestra bonita relación.

4 nov 2014

Un ángel entre nosotros

Para Ángel ha sido un jodido día de mierda. Igual que ayer, anteayer, el otro y el otro. ¡Buf!
El jefe está de uñas porque no sale una puta licitación y no queda más cojones que despedir a la gente. De momento Ángel se va librando porque es de los veteranos y largarlo sale por un ojo de la cara. Pero os podéis imaginar el ambiente en la oficina entre la inactividad, la mala hostia generalizada y los rumores sobre quién será el siguiente.
Pero algo bueno tenía que tener todo esto, y es que con la reducción de horarios él mismo puede encargarse de los niños por la tarde. Manu y Olalla, de cuatro meses y tres años. Sus ojitos derechos. Lo que da verdadero sentido a la vida de Ángel.
Así que ahí está, sentado en el banco del parque, dándole el biberón a Manu, que no para de llorar y patalear como si tuviera el demonio dentro por mucho que le arrulle y le cante todas las putas canciones de Disney Channel, mientras vigila con el rabillo del ojo que Olalla no se meta tierra en la boca ni le dé por escaparse a la carretera. Un grito a tiempo lo consigue, pero eso hace llorar más a Manu y vuelta a empezar. Ángel es un verdadero ángel.
 El hombre hace lo que puede, y así pasan las horas hasta que Rosa llega a casa y puede descansar un poco y quizá hasta poner la tele antes de irse a dormir para recibir un nuevo y glorioso día de trabajo. ¡Qué gran padre es Ángel!
Lo que no me explico es cómo el tío no bebe —apenas una cerveza o dos por semana—, no fuma, no consume drogas duras ni blandas ni intermedias, no se hace una triste paja y, si me apuras, no se pega un tiro entre ceja y ceja de una puta vez.

30 oct 2014

El escupitajo

Menudo coñazo de clase, y yo con un catarro de cojones. Había pasado una noche de mierda, con la sensación de tragar sangre y respirando por la boca, pero los exámenes estaban a la vuelta de la esquina y tenía que joderme e ir a clase así estuviera en el lecho de muerte.
Cuando el profesor, un viejo verde al que le gustaban bastante las minifaldas, dijo «hasta aquí» y «podéis ir en paz» —así solía terminar sus clases—, no tardé un minuto en salir del aula, caminar a zancada larga el pasillo de la facultad y abrir la puerta de emergencia del fondo que daba a la calle a través de unas escaleras exteriores.
Por fin estaba fuera. Intenté respirar aire fresco pero todavía tenía la tocha apelmazada. Entonces me apoyé en la barandilla e hice lo que llevaba deseando hacer todo el coñazo de hora anterior. Aspiré con la faringe todo lo fuerte que pude, haciendo un ruido profundo y desagradable, obligando a los mocos que encharcaban mi tráquea a elevarse hasta mi garganta, y luego empujé en otro estruendo horrible para que se hiciesen una bolita en la boca, entre la lengua y los dientes. Sentía ahí la bola, dura y flexible al mismo tiempo, y una enorme liberación en el resto del tracto respiratorio. A continuación me asomé al pequeño abismo de dos pisos que me separaba del suelo y escupí procurando que todo me saliese de una vez, no fuera que se me quedara la babilla colgando y hubiera que hacer un segundo y ridículo esfuerzo. Me dolió la garganta en el acto, pero observé con satisfacción cómo la flema amarilla con cierto toque sanguinolento caía merced a la gravedad hasta estamparse allá abajo, matando posiblemente la hierba sobre la que acababa de hacerse el apocalipsis.
Me sentí limpio, más vivo que antes, preparado para volver a otro tostón de asignatura, pero entonces sucedió lo cojonudo de esta historia. Por las escaleras de emergencia, mientras cocinaba y ejecutaba todo mi esgarro, subía Rebeca, Rebeca Ojea, la chica de primero que me ponía —por no decir que me gustaba, eso queda muy gay—, desde hacía cosa de uno o dos meses y a la que llevaba intentado acercarme sin éxito desde entonces.
Bien, pues va la tía y sube justo en ese momento. Yo no la había visto, creí que no subía ni dios, y de repente ahí está, a dos pasos de mí, con su abrigo y su carpeta y sus tenis deportivos y su todo. Me quedé acojonado, a dos velas, mirándola como si acabara de ver a la Virgen María, y ella, al ver mi estado, se asustó un poco y no me quitaba ojo.
—Hola —dijo.
—Hola —contesté.
Pasó por mi lado. Le miré el culo pero, antes de quedarme hipnotizado, recordé la situación embarazosa que estaba viviendo.
—Lo siento —le dije. Ella se volvió.
—¿Qué es lo que sientes?
—¿No lo escuchaste?
—¿El qué? ¿El escupitajo?
Estaba jodido.
—Sí. El escupitajo.
Se rio.
—Pues sí, la verdad.
—Perdona —insistí—. Creí que estaba solo.
—A mí no me tienes que pedir perdón.
—Es una cerdada.
—Sí, lo es. Y muy desagradable.
—Lo siento. De verdad. Si hubiera sabido que venías...
—Ya está. Por lo menos te habrás quedado a gusto.
Volvió a sonreír. Me la follaría en ese mismo instante.
—Sí —dije—. Muy a gusto.
—Me alegro por ti. Bueno. Me tengo que ir a clase.
—Sí, yo igual.
Siguió su camino. Yo dejé que anduviese unos metros por delante y vi cómo entraba en un aula atiborrada.
Y aquí se acabó la escena. Durante toda esa mañana no pude concentrarme en clase y sólo pensaba en cómo remediar el desastre.
Pero dicen que no hay mal que por bien no venga, y resulta que desde entonces Rebeca me saluda y a veces hasta tenemos pequeñas conversaciones. Puede que algún día le deba a aquella tremenda flema el haber conseguido algo con ella, en cuyo caso lo del escupitajo no será nada en comparación con otro tipo de cerdadas aún más placenteras... vosotros ya me entendéis.