17 jul 2014

El cuento del alcalde cuervo

Dicen que los de mi pueblo somos unos gañanes y yo digo que gañanes son tós los demás. Gañanes e hisdeputa.
Tó porque tenemos un alcalde poco corriente. Tan poco corriente que no es ni persona. Es animal. Concretamente un pájaro y ya exactísimamente un cuervo. Un cuervo negro con pico gris y un algo de barbita con canas blancas. Los años no perdonan ni pa un cuervo, se ve.
Lleva gobernando aquí desque Franco la espichó y la verdá, no lo ha hecho nada mal. Las calles tan limpias, recogen la basura tós los días y buses hay cada dos horas que te llevan en un tris a la ciudá, ¿qué más queremos?
Tó empezó, se dice, cuando un día un vecino montó un partido político y como no tenía imagen ni marca, se le ocurrió poner a su cuervo adiestrao como mascota, e iba de un lao a otro dando mítines con él y la gente le decía: ¡que votamos al cuervo, no a ti! El caso es que el fulano ganó las elecciones pero duró poco como alcalde porque murió atropellao por un camión de los de las obras, pero el cuervo se quedó en el despacho donde siempre acompañaba a su amo, con la efigie del rey detrás y todo. Y como el resto de concejales no se arreglaban pa elegir sucesor, pensaron que igual no era malo mantener como mandamás al pajarraco.
Y como digo la cosa no va mal. Cierto que sacó algunas normas peculiares. Por ejemplo. Prohibidos los espantapájaros. Prohibido disparar a los cuervos y a los demás animales voladores. Permitido disparar a los gatos que atacan pájaros. Obligatorio dejar que los pájaros roben nueces y otras frutas y semillas del campo. Obligatorio donar al alcalde tós los bichos muertos de las granjas.
No es el alcalde mú hablador. Él más bien grita y dice uaaaaaah uaaaaaah, y con eso se conforma. En los plenos no participa mucho pero si los demás discuten él lo arregla tó con un uaaaaaah uaaaaaah. Alguna vez se ha enfadao y le tiene picau el ojo a alguno pero pomo más. Con la prensa tampoco se explaya, si le molestan se larga volando y echa una caca desde el cielo.
No sé mú bien cómo hace toas las cosas. Me refiero a toas las cosas de alcalde, mandar y tó eso, pero mira, yo de momento toy contento y pienso votarle hasta que el pobre la espiche, aunque seguro de que aún le queda cuerda pa rato.
Pa que luego nos digan gañanes y locos... ojalá más cuervos mandaran por ahí porque veo las noticias y tó lo que roban los políticos y luego veo a nuestro querido cuervo y me digo: joé qué suerte tenemos.

12 jul 2014

Dos amigas

No había ambiente los jueves así que Paula y Adriana bebían y se emborrachaban y hacían su fiesta en el piso. Habían concluido que no era su problema si los niñatos universitarios preferían preparar los exámenes. No les reprimirían, como ellas mismas decían.
—Tía, pásame el hielo —dijo Paula.
—Cabrona. Me vas ganando. ¿Cuántos llevas? —dijo Adriana.
—Con este cuatro.
—Yo aún estoy terminando el segundo.
Apuró a beberse los últimos sorbos de su vodka con limón y hasta que lo hizo no le pasó los hielos a su amiga. Luego se sirvió ella y vuelta a empezar. Paula permanecía con las piernas en cruz sobre el sofá, como en una postura de yoga que parecía harto incómoda y que sin embargo le resultaba de lo más relajante y apenas se movía para ir a mear. Adriana se recostaba y apoyaba la cabeza en las orejeras del sillón y movía las piernas entre el cojín y el regazo de su compañera.
—A ver —siguió Adriana—. ¿Entonces a Manu te lo tirabas o no?
Manu era el guaperas de clase. Habían coincidido con él en un par de fiestas y apenas habían cruzado un par de palabras.
—Supongo.
—¿Supones? ¿Cómo que supones?
—A ver, no es para tanto, pero no sé...
—Tía, si no te mola está claro que no.
—Ya, pero es Manu, ¿sabes? Es como una obligación querer tirárselo y si tengo la oportunidad...
—Ya. Yo igual. Si luego tiene una pinta de idiota que no puede con ella, pero claro, ¡es Manu!
Ambas rieron y bebieron. De fondo sonaba la música de un pen-drive de Paula que estaba enganchado en el portátil de Adriana. Era una fiesta de pijamas.
—Yo prefiero a Jorge —dijo Adriana. Jorge era un guaperas secundario, más discreto que Manu pero con encanto evidente.
—¡Qué dices! ¿Jorge? ¿Jorge Calvo?
—El mismo.
—Joder tía, mírate. Aspiras a un poco más.
—Ya, pero, es tan mono y parece tan buena gente.
—Ya, tía, no te digo que una noche borracha no se te pueda escapar un morreo con él pero de ahí a algo más. Sólo de pensarlo... buf.
Paula fingió un escalofrío.
—Ah pues yo me dejaría hacer de todo. En plan "Cincuenta sombras de Grey".
—Ja, ja, ja —rio Paula—. ¡Qué guarra! Y eso que yo no lo he leído.
—Pues mira que te lo dije veces. Tengo que dejártelo. Ibas a alucinar.
Adriana le contó tres o cuatro detalles del libro y, antes de reanudar la conversación, se habían terminado sus copas, habían ido a mear, se habían servido la siguiente y estaban ya bastante borrachas.
—A ver, Pau —dijo Adriana—. No te comas más la hoya. Que estás buenísima. Te lo digo yo.
—Que va, tía. Tengo un cuerpo botijo. No me imagino lo que seré a los treinta.
—¡No seas imbécil! Mira...
Adriana dejó el vaso en la mesa, se inclinó sobre Paula y le tocó una teta con cada mano a través del pijama. Primero apretó y luego describió círculos por todo el perímetro.
—Ya las quisiera para mí —dijo—. Mira yo.
Le cogió una mano a Paula y se la llevó a sus tetas. Eran dos o tres veces más pequeñas. Una ochenta frente a una noventa y cinco.
—Ya ves, tía —dijo Adriana—. Plana como una tabla de planchar.
—¿Y qué? —dijo Paula, volviendo a su postura de yoga—. Tienes una cara muy dulce y unas piernas y un culazo.
—¿Qué piernas y qué culazo? Mira...
Adriana se puso de lado y se quitó los pantalones. Se quedó en tanga, un tanga rosa minúsculo.
—Joder —dijo Paula—. Unas piernas que te cagas. Mira yo.
Imitó a su amiga y se desvistió de mitad para abajo. Su tanga era negro pero sus piernas evidentemente más gordas y peor hechas.
—Sí, ya. Tú mira.
Adriana seguía de lado y en esa postura, con sus dos manos, se apretó la piel entre el culo y la pierna, dejando ver en medio un trozo de esa piel arrugada.
—¿Lo ves? ¿Lo ves? —decía.
—Boh.
—Boh, no, tía. Celulitis. Celulítica perdida. A ver qué coño seré yo a los treinta.
—¡Exagerada!
—¿Exagerada? —Adriana se incorporó y le quitó el vaso a Paula. Lo apoyó en la mesa y luego le quitó la parte de arriba del pijama, dejándola en sujetador—. Lo tuyo sí que será la hostia a los treinta. Seguro que no te dejan de crecer —le miró las tetas con adoración.
Bebieron y se sirvieron. La botella se acababa pero había más en la despensa. No habría problemas de alcohol jamás en aquel piso. Volvieron a beber.
—Tía —dijo Paula—. No es justo que yo esté medio en bolas.
—Tienes razón.
Adriana no tardó nada en deshacerse de su parte de arriba.
—¿Así mejor? —dijo.
—Mucho mejor.
—Ja, ja, ja.
—Ja, ja, ja.
Bebieron.
—Aunque insisto en que envidio tus tetas —dijo Adriana.
—Y yo tus piernas.
—Una fusión de las dos sería lo perfecto.
—Sí, con mis tetas y tus piernas.
—Sí, menudo pivonazo.
—Ya te digo, qué pivonazo.
—Nos follaríamos a quien quisiéramos.
—Y tanto. A Manu, a Jorge, a todo dios.
—Ja, ja, ja.
—Ja, ja, ja.
Bebieron muy deprisa. El ritmo era incontrolado. Ignoraron que se había estropeado el pen-drive y ya no sonaba música. Era como si hubieran salido a la terraza de atrás de pub para tomar el aire un rato.
—Aún así —dijo Paula—. Tampoco tendríamos que rayarnos. Al tío que le molemos le tendremos que molar tal y como somos.
—Ya. Seamos feas, gordas, planas...
—Sí...
—Y si no —dijo Adriana muy convencida—. Siempre nos quedarán los jueves.
—Ya. ¿Qué sería de nosotras sin los jueves?
—Sí. ¿Qué sería de mí sin ti? Ja, ja, ja.
—Y de mí sin ti, guarra.
—¡Ay, Pau, Pau!
Adriana se incorporó y abrazó lateralmente a Paula. Le besó la mejilla y la oreja. Luego se miraron en silencio unos segundos y se dieron un pico. Se separaron y no hablaron. Hasta que Adriana dijo:
—Estás buenísima, de verdad.
—Y tú. En serio.
Terminaron sus copas y se sirvieron más. Todavía les quedaba un rato a las dos amigas para quedarse dormidas allí mismo, en el sofá, completamente borrachas y en ropa interior.
Allá los universitarios si preferían preparar los exámenes.

7 jul 2014

En el lecho de muerte

Remedios no tiene remedio para la irremediable muerte de Paco. Su Paco, el primer y único hombre en su vida, yace en la cama de matrimonio que todavía conserva los muelles de cuando estrenaron la casa hace ya más de unas bodas de oro.
Sujeta con fuerza la mano del hombre que apenas puede abrir los ojos y balbucear dos palabras inteligibles. Otros familiares aguardan fuera del dormitorio y el cura se ha marchado tras darle confesión y la extremaunción. Remedios llora desconsolada pero, en mitad del llanto, percibe un deje de preocupación en el rostro de Paco, un extraño comportamiento en mitad de su formidable frialdad y templanza durante el proceso de morir.
Angustiada le pregunta: «¿qué te pasa?, ¿quieres algo?, ¿te traigo algo de la cocina?, ¿te duele algo?, ¿llamo al médico o al cura? Ay Paco, ¡dime algo!»
Pero Paco niega con la cabeza y, cuando encuentra el silencio de su compañera, traga saliva varias veces y hace ver que quiere hablar. Remedios se acerca a él y él todavía le invita con un dedo a que se acerque más:
—Ssssss... só... sólo... sólo una cosa —logra decir Paco.
Remedios asiente con la cabeza y pega su oído aún más a la esforzada boca de su marido. Hay un silencio inacabable y poco después, con meridiana claridad, por fin se escuchan las últimas palabras de Paco antes de fallecer:
—Me voy y nunca me la has chupado.

2 jul 2014

El meteorito

Le habían bautizado como Elsa. En honor a la difunta esposa de su descubridor.
La cuenta atrás había empezado cinco meses atrás, sin tiempo para reaccionar, cuando la presidenta de Estados Unidos se dirigió entre lágrimas al planeta entero para comunicar el mensaje más terrible: toda la humanidad estaba condenada a la extinción.
El meteorito avanzaba y el caos se apoderó de la sociedad. Economías quebradas, batallas campales, espolios masivos e inútiles intentos de las autoridades por mantener lo que los gobiernos llamaban dignidad del ser humano hasta el último momento.
Antón se enteró de la noticia trabajando, como cada santa mañana desde hacía nueve años, entre las tristes paredes sin iluminación natural de Procesa, una oficina de proyectos que milagrosamente había sobrevivido a la crisis y a la reducción de la mitad de la plantilla. Antón se había librado del despido porque echarlo salía por un ojo de la cara.
Sus compañeros no hablaron de otra cosa durante semanas. Nadie sabía muy bien qué hacer y, quizá por miedo o desconocimiento, todos continuaron su rutina y se unieron a esa corriente de dignidad humana que en un principio tuvo un éxito indudable. Hasta que una noche, mirándose fijamente en el espejo, en medio de la soledad de su minúsculo piso de alquiler, Antón se vio ajado y muerto y devorado por los gusanos y se dijo: ¿a qué cojones esperas?
Puso la televisión. Los canales eran monotemáticos: meteorito, meteorito y meteorito. Apagó de nuevo. Estaba decidido. Esa noche recuperó su libro favorito y leyó quince o veinte páginas antes de quedarse dormido.
No puso el despertador y se levantó a las diez. Encendió el móvil y enseguida recibió la llamada de su jefe. No se molestó en contestar a sus gritos o en recordarle lo infeliz que había sido el noventa por ciento del tiempo pasado bajo sus órdenes. A cambio simplemente le dijo que no volvería al trabajo, que no necesitaba el finiquito y le recomendó a él y a sus compañeros que le imitasen si no querían desperdiciar el poco tiempo que les quedaba.
Luego Antón se vistió de sport y aguardó pacíficamente la cola del banco para retirar sus ahorros. No era mucho pero le bastaba. Regresó a casa, preparó una mochila con equipaje para dos semanas y bajó al garaje. Allí desempolvó la Yamaha de 600 cc que se había comprado el verano anterior y que apenas había usado un par de fines de semana. Se puso el casco, arrancó y echó gasolina antes de coger la autopista. A dos horas circulando a una velocidad legal, su abuelita le esperaba en la aldea. La pobre señora todavía se valía por sí misma pero la muerte progresiva de sus vecinos, compañeros de batalla durante toda una vida, había minado su moral hasta casi convertirla en una vieja amargada y solitaria. No dio crédito cuando su nieto aparcó la moto junto al hórreo, y entre lágrimas y abrazos y besos le preguntó qué hacía allí ahora que el mundo se acababa, desperdiciando su tiempo con una anciana a quien de todas maneras poco ya le quedaba que ver en este mundo.
Regresó Antón a la ciudad después de quince días rodeado de aire puro, animales y buenos y abundantes alimentos. Sobre todo abundantes.
Tuvo la sensación al ver las calles y la gente que el caos había aumentado considerablemente, como si de un arrebato colectivo todo el mundo decidiera romper con su vida. Antón aprovechó y llamó a viejos amigos de su infancia y a sus compinches de los partidos del domingo. Entre cenas y cervezas bromearon sobre eso del fin del mundo y comentaron sus planes para el futuro obligadamente inmediato. En realidad todos, incluido Antón, no temían la muerte sino morir: el dolor, las explosiones, las llamas, la radiación. Una vez cruzada la frontera ya todo daría igual.
Antón se fue gastando el dinero en pequeños lujos que con un poco más de sentido común jamás se permitiría. Restaurantes, libros, discos, un traje italiano, unos buena cámara de fotos y la mayor de sus conquistas: algo que se le resistía por caro y que contemplaba embobado ante el escaparate cada vez que paseaba por la calle Real: un enorme cuadro de una ola gigante rompiendo contra un faro en medio de un grandioso vendaval.
A tres meses del día D, sintió Antón que todavía le faltaba algo y buscó su oportunidad. Aparcó la Yamaha en la entrada del instituto Blanco Amor y esperó a que salieran los profesores. Apenas había alumnos pero allí seguían los docentes. «Claro, la dignidad humana», pensó. Llegaron. Hicieron un pequeño corrillo y se despidieron: cada uno a su coche. Entonces Antón se bajó de la moto y caminó hasta María, la chica que desde hacía años no salía de su cabeza, su conquista imposible, su recuerdo imborrable aun cuando él conoció a otras mujeres y ella se casó con su pareja de toda la vida. No importaba. Ella jamás desaparecería de sus entrañas.
Así que se vieron y se saludaron. Hasta entonces sus conversaciones no habían pasado de triviales pero, en pocos minutos, Antón tomó las riendas de sus palabras y le resumió a María que era la mujer de su vida y pretendía pasar el poco tiempo que le quedaba junto a ella. A cambio recibió primero una mirada incrédula, luego una negación y finalmente un recordatorio de que no tenía ni idea de tales sentimientos y que estaba casada. Pero no era ese un final admisible para Antón, así que sin mediar más palabrería, la asió por la cintura y la besó durante segundos logrando que la resistencia inicial se transformase en docilidad y armonía en los movimientos labiales. Cuando se separaron dijo María que eso había sido una locura pero Antón, antes de besarla de nuevo, le dijo con la mayor seguridad con la que había hablado jamás:
—Locura sería morirme sin tenerte.
Le ofreció un casco y, no sin dudas y sin el apoyo de la mano de Antón que apretaba la suya, María se subió a la Yamaha y ambos desaparecieron en la carretera.
Esa noche Antón escribiría la última página de su diario. Una última frase con la que recogía todas sus sensaciones:
«Elsa: ojalá hubieras venido antes».

27 jun 2014

Podría llamarse Belén

Félix se sentó en el váter y cagó con estrépito. Primero fueron dos o tres pelotitas hasta que llegó el gran misil. Le gustaba el gran misil. Significaba un trabajo bien hecho. Era un viejo y mugriento retrete, con una cisterna que no dejaba de perder agua y unas cuantas tiras de bacterias verdes justo por donde cae el agua, pero allí estaba él, sentado en su trono y deshaciéndose de su mierda.
Terminó y se pasó el papel por el culo. Le dolió. Lo miró y, efectivamente, había gotitas de sangre. Solía pasarle y no lo entendía. ¿Almorranas? ¿Por qué? Envolvió el papel y lo dejó caer. Así un par de veces más.
Seguía sentado, respirando, metiendo en sus pulmones los gases de la cagada. Pero eran sus gases, el fruto de su vientre, ¿por qué sentir asco? Le vino a la mente la imagen de la muchacha de anoche. Podría llamarse Belén y pudo haberla conocido en el bar de la esquina. Puede que se hubiera terminado de emborrachar con ella, que se la hubiera llevado a casa y que, después de follar hasta dejarle las uñas clavadas en la espalda y con sangre en las sábanas, se hubiera largado en mitad de la noche para no volver. Sí, podía ser que sucediera eso pero no lo recordaba muy bien.
Aunque sí tenía una vaga imagen de una joven con gafas modernas, un moño bien alto que le dejaba ver toda la nuca, unas piernas de escándalo y vestida y pintarrajeada como si fuera la dama de honor de una boda y la hubieran expulsado del banquete. Parecía triste y necesitada de alma. Félix poseía alma de sobra para los dos así que con la imagen de aquellas piernas empezó a darle al manubrio. Allí, sentado en el váter, con la mierda zambullida a sólo unos centímetros, le dio caña arriba y abajo, arriba y abajo, cerrando los ojos para tratar de fabricarse una posible imagen de Belén. Se la peló y se la peló hasta que, en un momento dado, se corrió y todo el esperma fue a pararle al estómago descubierto, a los pelos púbicos, a los pantalones bajados y posiblemente a la pared del váter, aunque eso nunca lo descubriría porque jamás limpiaba su corrida. Su casa era suya y de su esperma, así que dejaba que sus espermatozoides correteasen por las paredes hasta que se murieran.
Solía hacerlo, masturbarse después de cagar, y no comprendía muy bien el motivo. Quizá sólo necesitaba una descarga completa. El bueno de Félix.
Cuando se levantó miró el panorama de mierda y papel y sangre del fondo del váter. Tiró de la cadena y fue entonces cuando descubrió que tenía una resaca de campeonato. Corrió a la cocina, se sirvió un Rioja y se lo bebió de un trago. Luego se sirvió otro vaso y se lo bebió de otro trago.
Miró el reloj. Era hora. Entró en la habitación y abrió las ventanas. El aire necesitaba renovarse. Había un lejano olor a vómito.
Con cierta prisa, abrió el armario, escogió uno de los trajes: azul casi negro, una corbata verde, cinturón y zapatos marrones. Se vistió, regresó al baño, se lavó los dientes, se peinó, se puso colonia, cogió las llaves de casa y del coche y salió. Le esperaba otro largo día de trabajo.